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Publicado el 19 Marzo, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

SERGIO GONZÁLEZ, EL CURITA

“¡Tiren que aquí hay un hombre!”

Para Faustino Pérez, coordinador del Movimiento en la capital, era el alma organizativa de la clandestinidad
Sergio Gonz{alez El Curita. Una de sus últimas fotos. (Autor no identificado)

Una de sus últimas fotos. (Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

No se han hallado evidencias de que la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio haya nombrado alguna vez a Sergio González el Curita como Jefe de Acción y Sabotaje de la antigua provincia de La Habana, aunque así lo atestigüen manuales de Historia, textos periodísticos y algunos de los participantes en la redacción de Semillas de fuego, esa antológica compilación sobre la lucha contra la tiranía batistiana en la capital.

Durante años, en busca de esa evidencia, el autor de estas líneas en vano escudriñó documentos y entrevistó a dirigentes de la guerrilla urbana (Faustino Pérez, Marcelo Fernández, Rogelio Montenegro y Arnol Rodríguez, entre otros). Ellos mencionaron otros nombres al referirse a quienes desempeñaron ese cargo de junio de 1955 a marzo de 1958. No obstante, al recoger testimonios de combatientes, se llegó a la conclusión de que, si exceptuamos a Faustino, era el líder de mayor autoridad en el aparato clandestino.

Al respecto hay una anécdota reveladora. El nombrado oficialmente Jefe de Acción y Sabotaje ideó una disparatada acción contra los carnavales habaneros que, de realizarse, hubiera costado víctimas entre la población. Al disentir, Gerardo Abreu, Fontán, se fue a ver a el Curita. Este le dio la razón a Fontán y ambos se entrevistaron con el Jefe, sujeto que años después desertaría del campo revolucionario e involucionaría hacia el terrorismo anticubano. La orden, por supuesto, fue revocada.

Sergio González López nació en la finca La Purísima, en el municipio de Aguada de Pasajeros, hoy provincia de Cienfuegos, el 29 de octubre de 1921, aunque uno de sus biógrafos, Caridad Massón, asegura que fue en 1922. Apenas un adolescente, ingresó para la carrera eclesiástica (de ahí proviene su mote cariñoso de el Curita) que luego abandonó, para casarse con Gladys Vergara (ya fallecida), su compañera de toda la vida y madre de sus cuatro hijos.

De ella testimoniaron allegados y compañeros de lucha que, sin ser una combatiente, lo apoyó en sus actividades revolucionarias. Mujer de origen humilde e ideas avanzadas, de una gran honestidad y coraje, cuentan que cuando una vez le registraron la casa los esbirros del SIM (Servicio de Inteligencia Militar, aparato represivo de la tiranía), ella se les enfrentó. Uno de los sicarios le dijo: “Si usted fuera hombre…”. Gladys inmediatamente replicó: ‘Si yo fuera hombre, no permitiría que usted me hablara así”.

Sergio entró a trabajar en los tranvías. Afiliado a la Ortodoxia, enfrentó en el sindicato a los mujalistas, encabezando una candidatura unitaria. Solo el fraude impidió su triunfo. Según el obrero comunista Manuel Jiménez Alfonso, “siempre fue muy solidario, muy preocupado con todos los compañeros sin preocuparle la militancia o filiación política que profesara”. Para Manolo González Maño, luego uno de sus más estrechos colaboradores en la clandestinidad, “era una especie de maquinita de hacer amigos, de atraer gente al campo de la Revolución. Y lo mismo atraía a un comunista, a un católico, a un protestante, a cualquiera que fuera de otra religión”.

En su imprenta de la Plaza del Vapor. (Autor no identificado)

En su imprenta de la Plaza del Vapor. (Autor no identificado)

En 1949, al ser cesanteado, pasó a administrar la imprenta de su hermana Delia en la Plaza del Vapor (Águila entre Dragones y Reina, donde hoy se erige el parque que lleva su nombre). Allí se imprimirían manifiestos y volantes, tras el golpe de Estado batistiano del 10 de marzo de 1952, contra la tiranía y en apoyo a los jóvenes asaltantes del Moncada.

“Cuando salió Fidel del Presidio Modelo (mayo de 1955) –afirmaba el combatiente Humberto Torres, Fonseca–, Sergio se entrevistó tres veces con él y puso la imprenta a su disposición […] Era uno de los lugares en que se reunía la Dirección Nacional del M–26–7. Al fundarse las brigadas juveniles en la provincia (de La Habana), lo hicieron Ñico López, René O Reiné, Fontán”.

El Curita organizó células en el transporte, los bancos, las plantas eléctricas, escuelas; en zonas como Marianao, Guanabacoa, Centro Habana, 10 de Octubre.

Durante una de sus detenciones, al lado de Machaco Ameijeiras. (Autor no identificado)

Durante una de sus detenciones, al lado de Machaco Ameijeiras. (Autor no identificado)

A partir del desembarco del Granma, pasó a la clandestinidad. Según sus compañeros, “no paraba realizando acciones y formando nuevos cuadros”. A inicios de mayo de 1957, cayó preso. Remitido al Castillo del Príncipe, protagonizó el 22 de octubre siguiente una espectacular fuga con otros combatientes.

En cuanto se escapa, al divulgarse la noticia, los combatientes se reagruparon en torno a él. Muy pronto se hicieron acciones que demostraban lo que significaba que el Curita estuviese en la calle, ante la consternación y el azoro de la tiranía: la noche de las 100 bombas, para la cual reunió a los más intrépidos jefes de grupos: el legendario Fontán, el audaz Pao (Rogelio Iglesias Patiño), el heroico Cheché Alfonso y el valiente Elcire Pérez, entre otros; el incendio de la refinería ESSO, el sabotaje a la conductora del acueducto, la destrucción de documentos financieros en la Cámara de Compensaciones…

Fichado por el aparato represivo del régimen. (Autor no identificado)

Fichado por el aparato represivo del régimen. (Autor no identificado)

Faustino Pérez, entonces jefe del M–26–7 en la capital, calificaba a Sergio como “el alma organizativa, el activista principal” de esas acciones. “Era un pilar fundamental del Movimiento –añadía– y comandaba una de las fuerzas más aguerridas y audaces”.

“El Curita concebía el sabotaje, la bomba –explicó Rogelio Montenegro a este redactor–, como un acto político, que no hiciera daño a las personas. Él combatía mucho el terrorismo”. “Luchaba por restarle crueldad a la guerra –reiteraba Manolo González–, se preocupaba por los detalles y porque no hubiera muertos ni heridos. No permitía, y nos lo repetía constantemente, que en una acción muriera un infeliz, alguien que nada tuviera que ver con la tiranía”.

El 18 de marzo de 1958, mientras preparaba un grupo de acciones con vistas a la huelga general revolucionaria que luego estallaría el 9 de abril siguiente, fue detenido en un apartamento que casualmente había caído en manos de la Policía unas horas antes (nunca se ha comprobado que hubiera una delación) y donde se iba a reunir con otros jefes de grupo. El cardenal Arteaga, entonces primado de la Iglesia católica en Cuba, le rogó a Batista que respetara su vida y este le prometió que así lo haría. Su cadáver, con visible huellas de balazos y bayonetazos, apareció al día siguiente en el reparto Altahabana junto al de los combatientes Bernardino García Santos y Juan Borrel. Al enfrentar la justicia revolucionaria en 1959, uno de sus asesinos confesaría que antes de morir el Curita se abrió la camisa y les gritó: “¡Tiren que aquí hay un hombre!”.

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Fuentes consultadas

Los libros El Curita, de Caridad Mason y La Habana insurrecta, de Pedro Antonio García.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García