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Publicado el 10 Abril, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1869. El abrazo de los fundadores

La Asamblea de Guáimaro, que redactó la primera Ley de leyes mambisa, constituyó un paso de solidificación de la nación cubana

La gran mayoría de los participantes en la convención de Guáimaro pertenecían a la clase señorial. (ilustración: Juan E. Hernández Giro)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Con la incorporación de Las Villas a principios de febrero de 1869, la guerra iniciada en Oriente y secundada por el Camagüey se había extendido hasta el centro del país. Pero no había coordinación entre las fuerzas mambisas y era necesaria la unidad para resistir los embates de la ofensiva colonialista. Se imponía, por motivos obvios, una reunión de los principales dirigentes insurrectos para constituir el Gobierno de la República en Armas, capaz de dirigir el movimiento independentista y darle representatividad en el extranjero.

Se escogió un lugar equidistante de las regiones sublevadas y que además fuera accesible para los convencionales electos. El sitio escogido fue Guáimaro, localidad enclavada en un antiguo hato, en plena sabana camagüeyana, a 78 kilómetros al este de la entonces ciudad de Puerto Príncipe, según consignaban los manuales de geografía de la época. La asamblea se inició el 10 de abril de 1869. Testigos presenciales relataron años después a José Martí que el poblado estaba más que nunca hermoso en ese día. “Era el pueblo señorial como familia en fiesta. Venían el Oriente, el Centro y Las Villas al abrazo de los fundadores”, añadía el Apóstol.

Nadie ignoraba entonces que en este encuentro debían salvarse serios escollos, pues había discrepancias sobre problemas cardinales, como la esclavitud y la organización que debía dársele a la guerra en lo político y lo militar. Hasta la bandera que debía enarbolar la insurrección era motivo de controversia, pues los orientales abogaban por el estandarte levantado por Carlos Manuel de Céspedes en el ingenio Demajagua, mientras los camagüeyanos y villareños hacían ondear la actual enseña nacional.

Criterios opuestos

Céspedes cedió a la traba de la Cámara, que limitaba las prerrogativas del Ejecutivo y el Ejército. (Retrato de autor no identificado)

La gran mayoría de los participantes en la convención de Guáimaro pertenecían a la clase señorial, es decir, a los grandes terratenientes y hacendados medios. Solo dos delegados pudieran clasificarse dentro de la pequeña burguesía o en las capas medias de la sociedad. Ninguno era campesino. Ni negro. Ni mulato.

Al debatirse los artículos que debían engrosar la Constitución mambisa, afloraron dos tendencias: los “institucionalistas”, con Ignacio Agramonte y los camagüeyanos al frente, abogaban por la subordinación del Ejecutivo y el Ejército a la Cámara, esta última como poder civil supremo. Los partidarios del “centralismo”, encabezados por Carlos Manuel de Céspedes y los orientales, propugnaban que el Ejecutivo y el Ejército estuvieran investidos de la autoridad necesaria para enfrentar la realidad cambiante de la contienda, sobre todo en cuanto al movimiento de tropas y la planificación militar.

Agramonte propuso una edad mínima para la presidencia que lo alejaba de ese cargo por años (Retrato  Esteban Valderrama)

Agramonte propuso una edad mínima para la presidencia que lo alejaba de ese cargo por años (Retrato Esteban Valderrama)

En aras de la unidad revolucionaria, ambos bandos hicieron concesiones. Céspedes cedió a la traba de la Cámara, la cual limitaba las prerrogativas del Ejecutivo y el Ejército; Agramonte y los jóvenes hicieron aprobar en la Constitución una edad mínima para la presidencia que los alejaba a ellos de ese cargo por años.

Los orientales aceptaron como enseña nacional la bandera diseñada por Teurbe Tolón que Joaquín de Agüero enarboló en el Camagüey en 1851; los camagüeyanos impusieron al estandarte del 10 de Octubre como tesoro de la República y que al sesionar el Parlamento cubano se conservara en el salón de sesiones. Tradición que se mantiene hasta hoy día, según norma la ley.

La esclavitud y la mujer

En el artículo 24 de la primera Constitución mambisa, al plantear: “Todos los habitantes de la República son enteramente libres”, se declaraba explícitamente la abolición de la esclavitud, una de las dos consignas enarboladas por Céspedes en el ingenio Demajagua para iniciar la gesta. En la práctica, tal artículo tuvo un carácter formal, faltaba la ley complementaria que permitiera hacer realidad ese precepto. En cambio, el Reglamento de libertos, aprobado por la Cámara meses después de Guáimaro, respaldaba legalmente el trabajo forzado de los exesclavos.

De esta forma la abolición de la esclavitud pasó a ser un eufemismo dentro del campo mambí. Fue necesario que Carlos Manuel de Céspedes enmendara ese dislate al promulgar la circular del 25 de diciembre de 1870, la cual hizo efectiva la emancipación plena en los territorios liberados por los mambises.

Ana Betancourt nunca habló en la Asamblea de Guáimaro, como erróneamente afirman algunos, sino en la velada nocturna, una vez concluido el cónclave. (Retrato de autor no identificado)

Ana Betancourt nunca habló en la Asamblea de Guáimaro, como erróneamente afirman algunos, sino en la velada nocturna, una vez concluido el cónclave. (Retrato de autor no identificado)

Otro tema candente en la Asamblea de Guáimaro fue la igualdad de la mujer. A pesar de que Ignacio Agramonte, a nombre de Ana Betancourt, presentara una petición a la Cámara de que se les concediese a ellas los derechos a que por justicia son acreedoras, hubo consenso en rechazar la propuesta. Salvo Céspedes y Cisneros Betancourt, entre otras excepciones, la gran mayoría de los constituyentes, incluso algunos camagüeyanos, estimaron que la mujer cubana “aún no estaba preparada” para ejercer deberes y derechos reservados hasta entonces únicamente a los varones.

Todavía en la Constituyente de 1901, poco más de tres décadas después, prevalecían los prejuicios. Un coterráneo de Agramonte y Ana Betancourt se atrevió a reiterar ese mismo falso argumento al debatirse en el cónclave ese punto. No sería hasta 1934, tras arduas batallas, que las cubanas consiguieron que se les reconociera su participación en los sufragios, logro que puso a Cuba entre los primeros países de la región con ese derecho.

Retrospectiva desde el tercer milenio

La Asamblea de Guáimaro significa un importante momento de unidad en la historia de Cuba. Los delegados insurrectos relegaron sus discrepancias y criterios divergentes en aras de la unión del movimiento independentista. Al promulgarse la Constitución mambisa, la nación cubana en formación salió elevada a la estatura de Estado independiente y se sustituyó el despotismo colonial por un sistema basado en principios republicanos y democráticos.

La composición clasista de los convencionales los llevó, una vez finalizado el cónclave, a veleidades como el Reglamento de libertos, ya mencionado, o la moción de algunos diputados sobre la solicitud de la anexión de Cuba a los Estados Unidos. El sector más radical, liderado por Eduardo Machado, se opuso a esto último y reivindicó el derecho de Cuba a alcanzar la independencia total.

En Guáimaro se trató de regular una república que ya existía en los machetes y los fusiles que estaban llevando adelante la gesta libertadora. ( Autor no identificado)

En Guáimaro se trató de regular una república que ya existía en los machetes y los fusiles que estaban llevando adelante la gesta libertadora. ( Autor no identificado)

A pesar de esas limitaciones, en Guáimaro el movimiento revolucionario cubano dio un decisivo paso de avance en la formación nacional y en el desarrollo de la conciencia patriótica. Como afirmara hace años el ya fallecido académico Julio Fernández Bulté al autor de este trabajo, “se ha dicho que en Guáimaro se trataba de regular una república que solo existía en el sueño de aquellos hombres, yo prefiero decirlo de esta manera: esa república ya existía en los machetes y los fusiles que estaban llevando adelante la gesta libertadora”.

Interrogado también por BOHEMIA sobre este tema, el historiador Rolando Rodríguez señalaría en aquella ocasión: “Pudo esta asamblea haber cometido errores y su obra tener imperfecciones, no se trata de negarlos. Pero, hay que valorar que ante sus logros, los errores toman dimensiones minúsculas. Hay que volver el rostro y admirar ante todo el paso monumental que significó establecer la república y darle paso a la independencia, y, por igual, rendirle tributo a cuenta de la trascendencia colosal que tuvo la proclamación de que todos los cubanos eran enteramente libres”.

“Tampoco cabe olvidar la falta de experiencia de aquel momento y que, además, las acciones de la convención se correspondían a las circunstancias de la época. Los conceptos se burilan gracias a los hechos y las ideas evolucionan al compás de estos. Los forjadores de la nación y de la conciencia patria fueron hallando poco a poco la solución justa a los problemas de Cuba, y dejaron una lección imperecedera: la verdad emerge siempre a cuenta de lucha, sacrificios y no pocas veces de la sangre, y no del numen de hombres encastillados en ensoñaciones perfectas”.

Para Fernández Bulté, “lo que más trasciende de esta Constitución es que la república cubana surge con ella, el 10 de abril de 1869, al consagrarse el primer estado revolucionario, con la República de Cuba en Armas, reiterada después en las de Baraguá, Jimaguayú y La Yaya. En 1902 solo se le dio continuidad al cuerpo republicano nacido muchos años antes, lamentablemente esa continuidad se hizo en una forma mediatizada, sometido al dominio imperialista”.

“La nación cubana –proseguía–, se consolidó en el curso de la guerra del 68. Para que la nacionalidad cubana cuajara y se elevara al rango de nación, hacía falta la unidad económica y política de nuestro archipiélago, el primer paso serio para lograr la unidad política es la Constitución de Guáimaro, un paso de solidificación de la nación cubana”.

Y añade Rolando Rodríguez: “No osemos desconocer que en Guáimaro fue donde comenzó a dársele respuestas institucionales a las demandas de una nación en cuaje, que estaba reventando en su brote. La revolución del 68, que se expresó en la lucha armada, fue su resultado; y Guáimaro, el resultado de su necesidad de buscar una legalidad para la lucha y una personalidad para toda la nación. Esta quedó plasmada en la república que, a pesar de su carácter neocolonial, vería en 1902 emerger el Estado nacional. De dotarlo de independencia absoluta con el alba del Primero de Enero se encargaría una vez más la intransigencia peleadora de los cubanos”.

No por gusto, añadimos nosotros, Martí escogió precisamente el día de su conmemoración, 23 años después de suscrita la Constitución de Guáimaro, para la proclamación del Partido Revolucionario Cubano, el instrumento imprescindible para organizar la guerra necesaria, breve y republicana, con la que pensaba poner fin a la dominación española y fundar la futura república cubana.

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Fuentes consultadas

Los libros Las luchas por la independencia nacional y las transformaciones estructurales (1868-1878), del Instituto de Historia de Cuba, y La forja de una nación de Rolando Rodríguez. La compilación Documentos para la Historia de Cuba, de Hortensia Pichardo. El artículo El 10 de abril, de José Martí.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García