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Publicado el 13 Abril, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES

Dos banderas de lucha

En el Grito de Demajagua se consagraron como principios del pueblo cubano la conquista de la independencia absoluta y de la justicia social, que en 1868 tenía que partir necesariamente de la abolición de la esclavitud
Al abogar por el sufragio universal, Céspedes le otorgaba al antiguo esclavo los mismos derechos que al amo, de elegir y ser elegido. (Crédito: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Al abogar por el sufragio universal, Céspedes le otorgaba al antiguo esclavo los mismos derechos que al amo, de elegir y ser elegido. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

El día amaneció gris, con una pertinaz llovizna. Carlos Manuel de Céspedes, “el presidente viejo”, como le llamaban los serranos, resolvió no visitar aquella mañana a su amigo Millán. Abrió su diario en la página fechada el 27 de febrero y consignó allí sus impresiones sobre algunos personajes conocidos, como si le invadiera una rara premonición, como si intuyera que aquel iba a ser su último viernes.

Vino el único ajedrecista de la zona que podía medir fuerzas con él y sobre el tablero escaqueado empezó un combate de peones y alfiles. Luego paseó por el caserío. Por sus callejuelas, eludió herbazales y lodo. Entró en una choza, donde una descendiente de esclavos le ofreció una tacita rudimentaria, llena de café. Ella le llamó una vez “presidente”, “amo” y él le reconvino: “Llámeme mejor amigo, hermano”. Llegó una serranita de bellos ojos, que ya llevaba un hijo suyo en sus entrañas, y desde un taburete que le ofrecieron enseguida, le miraba con ternura.

Luego lo secuestraron los niños, a quienes les enseñaba las letras, las cuatro tablas, lo que debía saberse de hombres ilustres, países remotos, plantas y peces. En la chiquillada brillaba toda la gama de colores del etnos cubano, sin exclusiones, como era lógico suponer en alguien que, al convocar a la lucha al pueblo cubano, abogó por la abolición de la esclavitud y el sufragio universal.

En Bayamo y en Manzanillo decían que era imbatible en el ajedrez. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

En Bayamo y en Manzanillo decían que era imbatible en el ajedrez. ( AUTOR SIN IDENTIFICAR)

En esos momentos, no muy lejos de allí, una patrulla española avanzaba por la manigua, desbrozando monte.

Bayamo 1819

Nació el 18 de abril de 1819 en una casa situada en el callejón de la Burruchaga, hoy Maceo, entonces de una sola planta, pues el piso superior que ostenta hoy (allí se ubica el Museo Casa Natal del prócer), fue añadido por inquilinos posteriores. Sus padres fueron Jesús María Céspedes y Luque, bayamés, y Francisca de Borja Castillo y Ramírez de Aguilar, camagüeyana. Cuatro hermanos tuvo: Borjita, llamada como la madre, quien se encargara en el destierro, durante la guerra, de toda la familia. Francisco Javier, nacido en 1821, el único de los Céspedes y Castillo que logró ver el fin de la dominación española en Cuba. Ladislao murió durante la guerra y no se tienen imágenes de él. A Pedro María, nacido en 1825, lo fusilaron los españoles en

1873, cuando lo de la expedición del Virginius.

Carlos Manuel pasó su niñez en el campo, en las haciendas de su padre. Según sus coetáneas, era un jovencito fuerte e indómito, muy simpático y elegante, bien parecido, aunque de pequeña estatura. Ya adulto lo describen robusto, bien proporcionado, de fuerte constitución y ágiles movimientos. Dicen que se distinguía en el baile, la equitación y la esgrima, que era casi imbatible jugando al ajedrez. Tenía fama de buen cazador y fina puntería. Asegura el patriota Fernando Figueredo que nunca le vio fumar, ni alzar una copa.

A los 16 años marchó a La Habana, donde obtuvo su título de bachiller en Derecho civil. Pudo haberse quedado en la capital pero le aguardaba en Bayamo su dos veces prima María del Carmen Céspedes y López del Castillo, con quien contrajo matrimonio el 18 de abril de 1839. Ella murió el 19 de enero de 1868, a los 47 años de edad. Tuvieron tres hijos: el primogénito, Carlos Manuel de Céspedes y Céspedes, coronel mambí en el 68, quien a su vez tuvo cinco hijos; una niña, Carmen, que murió muy joven, y Oscar, combatiente también de la guerra y fusilado por los españoles en Camagüey el 29 de mayo de 1870, con apenas 23 años.

Al enviudar, Céspedes inició relaciones con Candelaria Acosta, a quien llamaban Cambula, perteneciente a una familia de asalariados que trabajaban y residían en su ingenio Demajagua. Él rondaba los 50 años, ella tenía entonces 17 y por lo que han dicho quienes la conocieron, estaba muy lejos de ser la peligrosa vampiresa de boca roja y senos nacientes que algunas mentes calenturientas describen hoy. A su edad, muchas adolescentes del propio Manzanillo, Bayamo y Santiago de Cuba en el siglo XIX ya habían contraído nupcias y eran madres. Mariana Grajales, a los 17, ya le había parido un varón a Fructuoso Regueiferos.

Cambula y Carlos Manuel tuvieron dos hijos: Carmen, nacida después del alzamiento, y Carlos Manuel, en Jamaica, adonde el padre envió a Cambula y su pequeña a finales de 1871.

Especulaciones gratuitas

Casa natal, tal como se conserva hoy. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Casa natal, tal como se conserva hoy. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Algunos autores, ignorantes de su ignorancia, afirman festinadamente que Céspedes se fue a la guerra por estar arruinado y que “nunca, moviendo las ruedas de La Demajagua con el sudor esclavo, iba a recuperar los 81 000 dólares que invirtió en ella”. Nada más lejos. En primer lugar, en el ingenio Demajagua (y no La Demajagua, como se llama actualmente la comunidad erigida cerca del Parque Nacional), uno de los más rentables del Oriente cubano según Álvaro Reinoso, prevalecía la mano de obra libre, trabajaban más de medio centenar de asalariados. En cuanto a la hipoteca, se contrajo para garantizar un préstamo con vistas a nuevas inversiones y no por deudas apremiantes.

Ignoran igualmente que la propiedad que más ganancias le rendía era la hacienda ganadera La Junta así como los tres corrales que tenía entre Manzanillo y Campechuela. Aparte de otras estancias de su pertenencia, cuya existencia conocemos gracias a los hallazgos en los archivos del investigador granmense Aldo Naranjo.

En sus fincas prefería la mano de obra libre a la esclava, como sucedía en Demajagua. A quienes cuidaban sus corrales los dotó de rifle, caballo y perros, lo que causó consternación en las autoridades españolas. “¿Cómo usted va a armar a los negros?”, protestaron las autoridades colonialistas. “¿Y cómo quiere usted que defiendan mi ganado de los perros jíbaros?”, se justificaba el bayamés. Después, en la guerra, la puntería de sus corraleros devenidos mambises, adquirida en cazar ladradores, hizo estragos en las filas del ejército español.

Ingenio Demajagua, 1868

La campana del ingenio llamó por última vez a formación. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

La campana del ingenio llamó por última vez a formación. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

En 1928 relató Cambula a un periodista: “El ocho o nueve de octubre, vino a verme Carlos Manuel para que yo le hiciera una bandera cubana. Él mismo me pintó en un papel el diseño, indicándome los colores que debía llevar […] Yo entonces desbaraté mi mosquitero, que tenía tela roja, descosí un vestido azul de mi uso y con una pieza de tela blanca que tenía sin usar, me puse a hacer la bandera en la sala de mi casa, cosiéndola a mano.

“La estrella la dibujó en un papel Emilio Tamayo, un joven que había venido unirse a la acción revolucionaria […] Cuando la bandera estuvo terminada, Carlos Manuel me dijo, poco más o menos, lo siguiente: ‘Tómala, dásela a Tamayo y grítale a nuestras fuerzas que antes mueran que entregarla al enemigo’”

El Grito de Demajagua

A partir de la medianoche fueron llegando de las fincas y los bateyes aledaños a la hacienda Demajagua, decenas de blancos, negros y mulatos libres. Al amanecer ya eran más de 500 y según algunas fuentes, en las siguientes horas sobrepasaron los 700. Horas después, a media mañana, la campana del ingenio llamó por última vez a formación. Céspedes se dirigió primero a los hombres libres, varios de los cuales eran trabajadores de su hacienda: “Ciudadanos, ese sol que veis alzarse por la cumbre del Turquino viene a alumbrar el primer día de libertad e independencia de Cuba”.

Después hizo reunir a la dotación de su ingenio. “Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora sois tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar su independencia. Los que me quieran seguir, que me sigan: los que se me quieran quedar, que se queden. Todos seguirán tan libres como los demás”. La mayor parte de su auditorio se incorporó a la sublevación.

Céspedes mostró a todos los presentes la bandera de la Revolución, confeccionada la noche anterior por Cambula. Ante el estandarte, según testimonio del mayor general mambí Bartolomé Masó, “prestaron todos el juramento solemne de vencer o morir, antes que volver a ver hollado el suelo de la Patria por ninguna de las tiranías”.

El Héroe del 10 de Octubre entonces exclamó emocionado: “Enhorabuena, sois unos patriotas valientes y dignos. Yo por mi parte juro que os acompañaré hasta el fin de mi vida […]”.  Uno de los presentes –ni la Historia ni la tradición quisieron recoger su nombre–, gritó: ¡Independencia o muerte!”, a lo que todos replicaron: “¡Viva Cuba libre!”.

El Manifiesto del 10 de Octubre

La historiografía tradicional, durante casi toda la neocolonia, trató de minimizar la importancia del documento que Céspedes dio a conocer el mismo día en que encabezó el grito de independencia: el “Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba dirigido a sus compatriotas y a todas las naciones”, más conocido entre nosotros como el “Manifiesto del 10 de Octubre”.

En él se exponía y argumentaba las causas del levantamiento: “Nadie ignora que España gobierna a la Isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado, no solo no le deja seguridad en sus propiedades arrogándose la facultad de imponerle tributos y contribuciones a su antojo, sino que teniéndola privada de toda libertad política, civil y religiosa, sus desgraciados hijos se ven expulsados de su suelo a remotos climas o ejecutados sin forma de proceso por comisiones militares establecidas en plena paz con mengua del poder civil. La tiene privada del derecho de reunión como no sea bajo la presidencia de un jefe militar: no puede pedir el remedio a sus males sin que se le trate como rebelde y no se le concede otro recurso que callar y obedecer”.

Al cerrar toda posibilidad de diálogo, puntualiza Céspedes, solo a los cubanos les queda una opción. “Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio […] La Isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos”.

“[…] Solo queremos ser libres e iguales como hizo el Creador a todos los hombres”, se subraya en otro momento del Manifiesto. Y luego se afirma: “Nosotros consagramos estos dos venerables principios; nosotros creemos que todos los hombres somos hermanos […] Admiramos el sufragio universal”. De esta forma, en la cuestión racial, Céspedes se distancia de otros pensadores cubanos como José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero, y del reformismo al estilo de Pozos Dulces y Morales Lemus, quienes abogaban, aunque desde variados matices, por la abolición de la esclavitud, pero obviaban mencionar todo lo referente a la justicia social. El Héroe del 10 de Octubre no solo plasmó sus criterios en el manuscrito, sino que lo llevó a la práctica: liberó a sus esclavos y los exhortó a incorporarse, como ciudadanos con iguales derechos que la población blanca, al Ejército Libertador. Y al abogar por el sufragio universal le otorgaba al antiguo esclavo los mismos derechos que al amo de elegir y ser elegido.

En el transcurso de la Guerra del 68, Céspedes aplicaría en la práctica lo que había plasmado en el papel: tanto en el gobierno mambí de Bayamo, cuando los insurrectos tomaron esta ciudad, como en el Ejército Libertador, promovió a altas responsabilidades a patriotas negros y mulatos.

Algunos historiadores han esgrimido fuertes críticas contra Céspedes, porque en el Manifiesto abogó por “la emancipación gradual y bajo indemnización de la esclavitud”. En primer lugar, el abogado bayamés solo podía ofrecer como ejemplo su gesto del 10 de Octubre, pero no tenía potestad ni poder para imponer su criterio al resto de los independentistas. No podemos olvidar que no solo para los terratenientes occidentales, sino para muchos de los hacendados villareños y camagüeyanos que abrazaban la causa del independentismo, era indiscutible el requisito de indemnización. Incluso, cuando la Cámara de Representantes, órgano supremo del gobierno mambí constituido en Guáimaro en abril de 1869, decretó la abolición d la esclavitud, estipuló que “oportunamente serán indemnizados los dueños de esclavos”.

Por otra parte, el precepto constitucional que abolía implícitamente la esclavitud fue letra muerta, pues la Cámara de representantes de la República de Cuba en Armas, una vez constituida, acordó el 5 de julio de 1869 un Reglamento de Libertos que, como acertadamente afirman los investigadores Jorge e Isabel Castellanos, en la práctica funcionó como el sustituto vergonzante de una ley reguladora de la esclavitud.

Fue Céspedes quien, encabezando el abolicionismo radical mambí, suscribió el 25 de diciembre de 1870 una circular que proclamó la liquidación del Patronato y el fin de la esclavitud en el campo insurrecto.

Ana

El 10 de abril de 1869, los principales jefes insurrectos se reunieron en Guáimaro para dotar a los cubanos de una constitución y de un Gobierno. Allí Carlos Manuel conoció a Ana de Quesada. Ella afirmaría años después: “Yo estuve entre las jóvenes camagüeyanas que, siguiendo a nuestros mayores, fuimos a Guáimaro a presenciar el nacimiento de un pueblo. Al oír a Céspedes hablar de todos sus anhelos y propósitos por el bien de la Patria, experimenté en mi alma una emoción nueva, casi religiosa”.

Ana de Quesada y Loynaz había nacido en Camagüey el 16 de febrero de 1842. Dicen que era hermosa, bondadosa, dulce, de modales delicados y una cultura poco común para una mujer de su tiempo. Durante la guerra y en la emigración se reveló como una mujer de carácter. Ella y Carlos Manuel se casaron el 4 de noviembre de 1869, en plena manigua. Su primogénito Oscarito falleció de corta edad. Embarazada de dos meses, Céspedes la envió al extranjero, en donde nacieron Carlos Manuel y Gloria de los Dolores.

Independencia o Muerte

“Al honorable señor C. Sumner: La Revolución de Cuba, este levantamiento de una pequeña colonia europea en América contra su despótica, y relativamente poderosa metrópoli, no ha sido juzgada con exactitud y precisión por todos los que a ella han dedicado su atención […] Cerca de tres años cuenta la guerra y en ese intermedio España ha enviado a la Isla como 60 000 soldados y ha aumentado sus fuerzas navales hasta llegar a tener en condiciones hasta 83 buques en las costas de Cuba operando el bloqueo, gracias en parte al auxilio sacado de ese país (U. S. A.) con la construcción, armamento y equipos de 30 cañoneras de vapor […].

El lugar donde enfrentó a la patrulla española, cerca del caserío de San Lorenzo, en el estado en que se hallaba a inicios del siglo XX. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

El lugar donde enfrentó a la patrulla española, cerca del caserío de San Lorenzo, en el estado en que se hallaba a inicios del siglo XX. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

“A la imparcial historia corresponderá juzgar si el gobierno de esa República ha estado a la altura de su pueblo y de la misión que representa en América, no ya permaneciendo simple espectador indiferente de las barbaries y crueldades ejecutados a su propia vista por una potencia europea monárquica contra su colonia, que en uso de su derecho, rechaza la dominación de aquella para entrar en la vida independiente, (siguiendo el ejemplo de Estados Unidos) sino prestando apoyo indirecto material y moral al opresor contra el oprimido, al fuerte contra el débil, a la monarquía contra la República, a la Metrópoli europea contra la colonia americana, al esclavista recalcitrante contra el libertador de cientos de miles de esclavos. Mas, no por eso ha menguado la consideración del pueblo de Cuba hacia el de los Estados Unidos, ambos son hermanos y permanecen unidos en espíritu a pesar de la conducta de la administración de este último, que no me corresponde calificar […].

“Tarde o temprano, el gobierno de los Estados Unidos se atemperará, en la cuestión de Cuba, a la opinión pública, abiertamente pronunciada por el reconocimiento de los republicanos de Cuba como beligerantes. No obstante, llegue o no llegue ese día, la Revolución Cubana vigorosa es ya inmortal; la República vencerá a la monarquía, el pueblo de Cuba, lleno de fe en sus destinos de libertad, y animado de inquebrantable perseverancia en el sendero del heroísmo y de los sacrificios, se hará digno de figurar, dueño de su suerte, entre los pueblos libres de América. Nuestro lema es y será siempre: Independencia o Muerte. Cuba no solo tiene que ser libre, sino que no puede ya volver a ser esclava”. (Carlos Manuel de Céspedes, Las Tunas, agosto 10 de 1871)

Charles Sumner (1811-1874) fue senador por Massachusetts en varias legislaturas. Simpatizante de la Revolución del 68, se opuso a la intervención de Estados Unidos en el conflicto y a la anexión de Cuba por parte del imperio.

Bijagual

No fue la justicia de un pueblo en armas sino la maldad de ciertos hombres lo que le desterró a San Lorenzo y le negó protección alguna, como merecía una personalidad de su renombre. Incluso en Bijagual, cuando su deposición como presidente, no mayoreó el patriotismo, sino el rencor y la animadversión, apoyados por fusiles y machetes de soldados manipulados e ingenuos. Según el historiador Rafael Acosta de Arriba, “hubo ilegalidad, el quórum mínimo aprobado por la constitución y la ley electoral era de nueve, cuando Salvador Cisneros Betancourt, un poco aparentando escrúpulos, cierto pudor, se retira de la votación y el grupo de la cámara que está reunido para deponer a Céspedes se queda sin quórum mínimo, ahí hay una violación. En segundo lugar el sucesor legal era el vicepresidente de la república, Aguilera, que estaba en misiones en Nueva York, y no Cisneros, como sucedió”.

“Nunca vivo me tomarán prisionero”. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

“Nunca vivo me tomarán prisionero”. (AUTOR SIN IDENTIFICAR)

“Legal no fue, desde el punto de vista ético”, apunta Eusebio Leal, quien además señala: “El acto virtuoso, extraordinario de su parte, lo que convierte a Céspedes en el padre de verdad, es haber aceptado ese veredicto, porque como abogado tenía un apego al concepto de la ley y a la autoridad a la constitución que él había reconocido”. Aunque también, preocupado por la ya tan resquebrajada unidad entre los independentistas, prefirió que fueran injustos con él antes que crear un cisma en el campo mambí, como hubiera pasado si él hubiera hecho resistencia al dictamen de la Cámara. Pero en definitiva el cisma se produjo tras su muerte.

Durante tres largos meses, después de su deposición, el Presidente viejo, permaneció atado al Gobierno, cuyos funcionarios no perdieron oportunidad de vejarlo y humillarlo. El 27 de diciembre de 1873, se le autorizó a permanecer en Cambute. Ante el avance de los españoles, el 23 de enero de 1874 tuvo que trasladarse a la prefectura de Guaninao, que regía el entonces capitán José Lacret Morlot y a la que pertenecía el caserío de San Lorenzo. En este sitio vivió Carlos Manuel de Céspedes los últimos 34 días de su vida.

San Lorenzo, año cero

La patrulla española continuó avanzando, llegó a un descampado, a la vista del caserío. Una niña avisó a los serranos de la presencia del enemigo. Céspedes trató de escapar por el camino del barranco, con los peninsulares detrás. Corría con dificultad y dos veces se detuvo para disparar contra sus perseguidores, quienes le dieron alcance. El bayamés volvió a disparar pero uno de aquellos hizo fuego primero.

El chaleco se le fue humedeciendo debajo de la tetilla izquierda y rodó cuatro metros barranco abajo. Ya lo había advertido tiempo atrás: “Nunca vivo me tomarán prisionero”.

Fuentes consultadas

Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, compilación de Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo. Carlos Manuel de Céspedes. El Diario perdido, de Eusebio Leal. Facetas de nuestra historia y Dos fechas históricas, ambos de Hortensia Pichardo, La forja de una nación, de Rolando Rodríguez. Los silencios quebrados de San Lorenzo, de Rafael Acosta de Arriba.


Pedro Antonio García

 
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