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Publicado el 26 Abril, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1898

Tío Sam se va a la guerra

Estados Unidos halla el pretexto de intervenir en la mayor isla antillana y no lo desaprovecha
La prensa estadounidense atizaba la histeria belicista. Esta viñeta sin firma apareció el 11 de marzo de 1898 en Hot Springs Weekly Star. El Tío Sam increpa a España: ¿Esto es traición/falsedad? A sus pies un marinero muerto.

La prensa estadounidense atizaba la histeria belicista. Esta viñeta sin firma apareció el 11 de marzo de 1898 en Hot Springs Weekly Star. El Tío Sam increpa a España: ¿Esto es traición/falsedad? A sus pies un marinero muerto.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Al día siguiente de la explosión del acorazado Maine (ver Aires de guerra imperialista, BOHEMIA, 5 de enero de 2018), Theodore Teddy Roosevelt convocó a una reunión en la Secretaría de Marina con todos los jefes de sección y otros oficiales de alta graduación para discutir el asunto del buque hundido en la rada habanera. En realidad, no hubo debate. Sin pruebas que lo argumentaran, el belicoso político ya tenía la convicción de la culpabilidad de España y bramaba por el envío inmediato de una escuadra para bombardear ciudades cubanas. Si alguien lo contradecía, era acusado de “ponerse del lado del enemigo”. Ese día escribiría a su amigo Diblee: “Daría cualquier cosa porque el Presidente (McKinley) dictara órdenes para que la flota partiera para La Habana mañana mismo”.

Sin contar con el mandatario, en su condición de Secretario de Marina enviaba mensajes a las naves de guerra estadounidenses para que se mantuvieran alertas pues, en su opinión, la guerra con España era inminente. Al comodoro Dewey, quien navegaba por el Pacífico, le ordenó abastecerse de mucho carbón, pues “será deber suyo impedir que la escuadra española abandone la costa asiática e inicie operaciones defensivas en Filipinas”. Cuando alguien comentó que el presidente McKinley era partidario de esperar el resultado de una investigación formal, Teddy soltó uno de sus característicos exabruptos: “El presidente tiene tanto carácter como un pastel de chocolate”.

William Randolph Hearst y su periódico New York Journal tampoco estaban interesados en llegar a la verdad, sino atizar el belicismo de sus compatriotas. En la edición del 17 de febrero de 1898, un titular de ese rotativo acusaba: “La destrucción del Maine fue obra del enemigo”. Debajo, en una ilustración, podía verse una mina española unida por cables a tierra. Pulitzer, en el New York World, lo secundaba en su campaña guerrerista.

Ante lo que se les venía encima, los españoles comenzaron a tomar medidas. En Cádiz se organizó una escuadra naval, la cual ancló nueve días después en Cabo Verde, aunque todos conocían que su destino final era la mayor isla antillana. Hearst sobredimensionaría esta noticia y en su edición del 10 de marzo de 1898, el New York Journal anunciaba que la declaración de guerra era ya inminente.

Vivir de ilusiones

Máximo Gómez rechazó indignado la propuesta del general Blanco de que los mambises se unieran a los españoles sin que estos reconocieran el derecho de Cuba de ser libre. (Ilustración: Aurelio)

Máximo Gómez rechazó indignado la propuesta del general Blanco de que los mambises se unieran a los españoles sin que estos reconocieran el derecho de Cuba de ser libre. (Ilustración: Aurelio)

El ministro español de Ultramar, Segismundo Moret, también creía como Hearst que era inevitable el conflicto armado entre las dos potencias. Al intervenir en un banquete en homenaje al alcalde de Madrid, afirmó con el propósito de desinformar a Washington que los mambises estaban vencidos en la guerra, a la cual declaró casi extinguida, pues daba por seguro la pacificación total de la Isla. Las fuerzas peninsulares, según su percepción desde un lujoso buró allende el Atlántico, campeaban en Camagüey y habían podido penetrar hasta los parajes más intrincados de la Sierra Maestra.

Según lo reseñado por el periódico madrileño El Día, en su edición del 11 de marzo, Moret le atribuía al recién instaurado régimen autonomista en Cuba el haber revivido la economía, profetizaba la mayor zafra del quinquenio, más del doble de la de 1897, y la recuperación de las rentas de la aduana antillana a una cifra similar a la de 1894.

No debemos tomar al pie de la letra las hiperbólicas declaraciones del ministro español, como lamentablemente han hecho algunos historiadores de hoy día. Una cosa es la propaganda política, otra, la verdad histórica. En realidad, la zafra de 1898 alcanzó cifras similares a la de 1897, es decir, la quinta parte de lo que Cuba producía en 1894. La pacificación de la Isla no pasó de ser un sueño de Moret: en los informes y cablegramas dirigidos a él por el capitán general Ramón Blanco, se daba cuenta de los combates diarios que sostenían las tropas españolas con los insurrectos en Camagüey, el valle del Cauto y Guantánamo. En el parte del 28 de febrero, por ejemplo, Blanco confesaba más de 100 bajas en tierras agramontinas por parte de una columna que había partido de la capital provincial con unos 3 000 efectivos. En otro parte, suscrito el 14 de marzo, se consignaban “combates y tenaces resistencias” que sostuvieron unidades ibéricas al mando de los generales Joaquín Vara del Rey y Arsenio Linares con tropas mambisas.

Fuentes cubanas, por su parte, consignaron, además del hostigamiento a columnas españolas por parte de fuerzas insurrectas al mando de Agustín Cebreco y otros jefes en los alrededores de Santiago de Cuba, los avatares de los efectivos peninsulares cuando se atrevían a abandonar la ciudad de Camagüey (Informe de Lope Recio y otros jefes a Calixto García, 27 de febrero) o sus seguros refugios en Guantánamo (Informe de Periquito Pérez, 16 de marzo), Jiguaní, Manzanillo y Bayamo (Informe de Jesús Rabí, 19 de marzo).

A su vez, de acuerdo con los datos enviados a Russel Alger, secretario de Guerra de los Estados Unidos, por sus agentes en Cuba, España solo contaba con unos 65 000 soldados en condiciones de combatir, quienes por su baja moral y pésimo entrenamiento militar, eran incapaces de resistir por mucho tiempo a los insurrectos.

Con esos informes coincidía, más o menos, el senador por Vermont, Redfield Proctor, quien había estado en Cuba durante varias semanas entre febrero y marzo de 1898. En su intervención en la Cámara Alta, recogida en el Congresssional Record de la época, calculó en unos 60 000 los efectivos coloniales, “mal entrenados y mal dirigidos”, mientras los insurrectos ascendían, según él, a unos 30 000, “bien armados, pero escasos de municiones”. Para el político yanqui, esto último los incapacitaba para lograr una gran victoria militar.

Y algo se le escapaba a Moret en el colmo de su optimismo. Si en marzo de 1898, cuando en Cuba se vivía un clima benigno, el estado en que se hallaban los soldados ibéricos no era el idóneo, ni su fuerza numérica suficiente para mantener a raya a los mambises, ¿qué pasaría en junio, julio y agosto con el calor sofocante, los insectos y las enfermedades tropicales? Hasta el almirante Pascual Cervera reconocía que España ya no podía vencer a los cubanos por la vía de las armas. En carta a Segismundo Bermejo consideraba a la mayor colonia antillana “una isla que fue nuestra y ya no nos pertenece, porque, aunque no la perdiésemos de derecho, con la guerra la tenemos perdida de hecho”.

Los cubanos aún no tenían ganada la contienda en ese instante, es cierto, pero Madrid se estaba acercando en su conflagración colonial a lo que los ajedrecistas llaman zungswang, ese momento en una partida en el cual con cualquier jugada se pierde.

Una ingenua propuesta

En total coincidencia con Gómez, Calixto García no aceptaba el fin de las hostilidades sin un convenio en que se refrendara la independencia de la Isla. (Autor no identificado)

En total coincidencia con Gómez, Calixto García no aceptaba el fin de las hostilidades sin un convenio en que se refrendara la independencia de la Isla. (Autor no identificado)

Ante la inminencia de la guerra con Estados Unidos, el capitán general español Ramón Blanco le envió una carta a Máximo Gómez en la que le manifestaba la necesidad de olvidar “nuestras pasadas diferencias y que unidos cubanos y españoles para nuestra propia defensa, rechacemos al invasor”. En su contestación, fechada el 20 de marzo de 1898, el Generalísimo mambí puntualizaba: “Me asombra su atrevimiento al proponerme nuevamente términos de paz […] Usted representa una monarquía vieja y desacreditada y nosotros combatimos por un principio americano: el mismo de Bolívar y Washington […] Solo tengo que repetirle que es muy tarde para

En el Manifiesto de Sebastapol, Bartolomé Masó reiteró el lema mambí de Independencia o Muerte. (Ilustración: Esteban Valderrama)

En el Manifiesto de Sebastapol, Bartolomé Masó reiteró el lema mambí de Independencia o Muerte. (Ilustración: Esteban Valderrama)

una inteligencia entre su ejército y el mío”.

Calixto García coincidía plenamente con Gómez. Al también general Mario García Menocal, escribiría: “Para suspender las hostilidades, se necesita un convenio con nuestro Gobierno y este tendrá que tener como base la independencia”. A su vez, el general Bartolomé Masó, presidente de la República de Cuba

en Armas, lanzaba el 24 de abril el Manifiesto de Sebastopol, en el

cual reiteraba el lema mambí de Independencia o Muerte.

La Resolución Conjunta

La histeria belicista iba in crescendo en los Estados Unidos. El presidente McKinley dirigió al Congreso un mensaje el 11 de abril que pedía autorización para intervenir en Cuba con el supuesto fin de pacificarla y establecer “un gobierno estable, que sostuviera el orden, garantizara la paz y la vida de los ciudadanos y cumpliera sus compromisos internacionales”.

Voluntarios estadounidenses listos para zarpar hacia Cuba. (Foto: USF Libraries Digitization Center)

Voluntarios estadounidenses listos para zarpar hacia Cuba. (Foto: USF Libraries Digitization Center)

Siete días después, las distintas facciones dentro del Congreso estadounidense llegaron a un consenso sobre la guerra de Cuba y elevaron al poder ejecutivo la Joint Resolution (Resolución Conjunta), convertida en ley al ser sancionada por la firma del presidente. Mediante ella se autorizaba la intervención militar en la mayor isla antillana y se proclamaba demagógicamente que el pueblo cubano “es y de derecho debe ser libre e independiente” por lo que una vez derrotado el colonialismo español, se dejaría “el gobierno y dominio a su propio pueblo”.

España comprendió enseguida que la resolución equivalía a una declaración de guerra. Todo su personal en Washington fue inmediatamente evacuado hacia Canadá y al embajador yanqui en Madrid le solicitaron su retirada del reino. En Santiago de Cuba españoles fanáticos atacaron las casas de los pocos estadounidenses que aún no habían abandonado la ciudad y las de los familiares de mambises. Entretanto, las airadas manifestaciones de integristas en La Habana se vieron contenidas ante la presencia del general Blanco quien, tras calmarlos, les prometió: “Juro por la Patria, encargado de defender la integridad de su territorio, que no saldré de Cuba vivo, si de la lucha no salgo vencedor”.

Un llamamiento para reclutar 125 000 voluntarios se hacía público en Washington mientras la flota de guerra estadounidense recibía la orden de partida para iniciar el bloqueo de Cuba. Pronto comenzarían el asedio naval y cañoneo de los principales puertos de la Isla. Desde Cabo Verde el diputado a cortes y capitán de navío Fernando Villamil envió un telegrama a Mateo Sagasta en el que le argumentaba lo inútil del sacrificio de la escuadra peninsular en las Antillas debido a su inferioridad con respecto a la yanqui. El señor Primer Ministro ni se dignó en contestarle, quien le respondió fue Segismundo Moret, en su condición de ministro de Ultramar, y lo hizo en inglés: “God bless you (Dios los bendiga)”.

Había comenzado lo que Lenin calificaría años después como “la primera guerra imperialista”.

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Fuentes consultadas

Los libros Cuba, la forja de una nación, de Rolando Rodríguez, La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui, de Philip Foner, Calixto García, su campaña en el 95, de Aníbal Escalante Beatón; Cronología crítica de la guerra hispano-cubano-norteamericana, de Felipe Martínez Arango; y El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals. La compilación Documentos para la historia de Cuba, Tomo I, de Hortensia Pichardo.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García