0
Publicado el 11 Mayo, 2018 por Redaccion Cultura e Historia en Historia
 
 

La vergüenza como arma

Agramonte rechazó varias propuestas de capitulación, expresando que se proponía continuar la lucha solo con la vergüenza de los cubanos. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Agramonte rechazó varias propuestas de capitulación, expresando que se proponía continuar la lucha solo con la vergüenza de los cubanos.

Por RICARDO MUÑOZ GUTIÉRREZ*

En Las Clavellinas (4 de noviembre de 1868) los camagüeyanos se levantaron y se organizaron militarmente para combatir por la libertad de Cuba. Ignacio Agramonte no estuvo presente porque la Junta Revolucionaria de Camagüey le había encargado otras responsabilidades. No es hasta el siguiente día 11 en que desde el ingenio Oriente se comunicó con Salvador Cisneros Betancourt y se presentó a este en el poblado de Sibanicú. Cumple la misión de recorrer el sur de la provincia donde se hallaban cientos de patriotas en varias partidas –algunos en el

monte desde octubre de 1868–, para organizarlos y ponerlos bajo la dirección de la

Junta Revolucionaria.

Logra reunir a seis jefes de partidas, con más de 300 hombres, quienes firman un acta –identificada por el autor de estas líneas como Acuerdo de Jobabo–, reconociendo a la Junta como la máxima autoridad revolucionaria y determinando las zonas o lugares donde operarían militarmente. Esta alianza puede considerarse el primer gran servicio político y militar que el futuro Mayor prestó a la revolución, mientras otros trataban de llegar a una componenda con las autoridades españolas para abandonar la lucha armada a cambio de reformas.

En la reunión de Las Minas, la noche del 26 de noviembre de 1868, cumplió otra misión no menos importante: enfrentar a los claudicantes. Sus intervenciones fueron decisivas para convencer a la mayoría y salvar la revolución en Camagüey y en Cuba. Aún impactan sus palabras: “Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan, Cuba no tiene más camino que conquistar su redención arrancándosela a España por la fuerza de las armas”.

Casa natal en la ciudad de Camagüey, tal como se conserva hoy luego de restaurada. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Casa natal en la ciudad de Camagüey, tal como se conserva hoy luego de restaurada. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

El joven abogado

Ignacio Agramonte Loynaz nació el 23 de diciembre de 1841 en la entonces llamada villa Santa María del Puerto del Príncipe. Allí realizó sus primeros estudios y los continuó en el colegio habanero El Salvador y en Barcelona (España) hasta su regreso a Cuba en 1857, donde matriculó Derecho Civil y Canónico en la Real Universidad de La Habana.

Como parte del curriculum de estudio se desarrollaban las sabatinas, una especie de reunión o sesiones durante las cuales los estudiantes debatían temas referentes a sus estudios; en una de ellas Agramonte leyó una denuncia contra el régimen de opresión a que estaba sometida la Isla. Antonio Zambrana, uno de los presentes y después compañero de lucha en la Guerra de los Diez Años, escribió: “Aquello fue un toque de clarín. El suelo de todo… temblaba. El catedrático que presidía el acto dijo, que si hubiera conocido previamente aquel discurso no hubiera autorizado su lectura”.

Foto de la familia Agramonte Loynaz. (Ignacio de pie, a la izquierda). (MUSEO CASA NATAL IGNACIO

Foto de la familia Agramonte Loynaz. (Ignacio de pie, a la izquierda). (MUSEO CASA NATAL IGNACIO

En junio de 1865 se tituló como licenciado en Derecho y el 24 de agosto de 1867 obtuvo el doctorado; mientras, ejerció como Juez de Paz del Barrio de Guadalupe y para un bufete particular. Por estos años inició relaciones amorosas con Amalia Simoni Argilagos, con quien mantuvo un hermoso epistolario que se extendió por varios años, incluso luego de casados, debido a la guerra y la deportación de la esposa.

A mediados de 1868 Ignacio regresó a Puerto Príncipe. Tres asuntos importantes debieron mantenerlo completamente ocupado: la labor como abogado en su bufete, el inminente matrimonio con Amalia, que se efectuó el 1º de agosto de ese año, y la conspiración para el inicio de la lucha por la independencia. El levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes sorprendió; y ante los que se oponían a la lucha armada, u otros que vacilaban en espera de recursos para la contienda, el futuro Mayor acompañó a Salvador Cisneros Betancourt y a su primo, Eduardo Agramonte Piña, en las gestiones y reuniones de los días 2 y 3 de noviembre que decidieron el alzamiento de Las Clavellinas.

El insurrecto

Tras la Reunión de Minas, creció su prestigio de dirigente político. En elecciones realizadas esa noche por los partidarios de continuar la lucha, fue elegido para formar el Comité Revolucionario de Camagüey, órgano que conduciría la revolución en el territorio. Era necesario frenar el avance del Conde de Valmaseda, quien desde Puerto Príncipe se dirigía a Nuevitas para proseguir hacia Oriente y sofocar el levantamiento en esa región. Los mambises enfrentaron a los peninsulares en Bonilla (28 de noviembre).

El futuro Mayor con amigos de su época universitaria. Aparece reclinado, en el suelo. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

El futuro Mayor con amigos de su época universitaria. Aparece reclinado, en el suelo. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

A Ignacio Agramonte le correspondió el punto más avanzado y de mayor peligro. Se portó, según Salvador Cisneros Betancourt, “muy valiente y bien; en un principio rechazó a más de media docena de soldados que intentaron llegar hasta él, mas habiendo sido herido levemente, su primo y concuño Eduardo, muy al principio de la acción, dejó el campo para acompañarle y llevarle”.

Conscientes los independentistas orientales y camagüeyanos de la necesidad de unir los esfuerzos y constituirse en un solo gobierno, en los primeros días de diciembre Agramonte fue encomendado por el Comité para entrevistarse con Céspedes, con el objetivo de unificar el movimiento. En Bayamo se había instituido una jefatura centralizada en Céspedes como capitán general, lo cual era inadmisible para los camagüeyanos, pues consideraban que el voto de los ciudadanos, o poder del pueblo, y las formas democráticas debían ser principios del Estado desde los primeros momentos, para evitar que en el futuro la república cayera en errores y desviaciones, como había ocurrido en Latinoamérica. Las diferencias de criterios entre el Comité Revolucionario del Camagüey y el Gobierno de Bayamo, que la historiografía ha particularizado entre Céspedes y Agramonte, sobre los principios y forma de un gobierno único de todas las regiones, se mantuvieron durante semanas y meses.

Mientras, la revolución en el territorio camagüeyano se fortalecía por la llegada de Manuel de Quesada, al frente de una expedición. La incorporación de numerosos combatientes hizo que el Comité Revolucionario, inspirado en el ideal democrático que predominaba entre sus integrantes, decidiera efectuar nuevas elecciones.

El 26 de febrero de 1869, en el poblado de Sibanicú se constituyó la Asamblea de Representantes del Centro; fueron elegidos Ignacio y Eduardo Agramonte, junto con Cisneros, además de Francisco Sánchez Betancourt y el joven abogado habanero Antonio Zambrana Vázquez. El primer acuerdo adoptado fue el Decreto de Abolición de la Esclavitud.

La comprensión de que para obtener la victoria era necesaria la unidad y organizar una sola representación de todos los patriotas de la Isla, determinó que los revolucionarios orientales, villareños y camagüeyanos se reunieran el 10 de abril de 1869 en Guáimaro, en Asamblea Constituyente. Por encargo de los representantes, Agramonte y Zambrana redactaron la Constitución de la República de Cuba, la cual fue aprobada el día 11 por la Asamblea y debía regir mientras durase la guerra de independencia.

Terminada la Asamblea se constituyó la Cámara de Representantes; Agramonte fue elegido secretario, pero el 26 de abril renunció a esa responsabilidad, para ocupar el cargo de jefe de la División del Camagüey del Ejercito Libertador, con el grado de mayor general.

El jefe mambí

Foto poco conocida de la Quinta Simoni, donde residieron Ignacio y Amalia tras contraer matrimonio. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

Foto poco conocida de la Quinta Simoni, donde residieron Ignacio y Amalia tras contraer matrimonio. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

La primera acción que dirigió fue el combate de Ceja de Altagracia, el 3 de mayo de 1869, donde demostró dominio del arte militar y comprensión del tipo de guerra que debía realizarse al poderoso Ejército español. De gran repercusión fue el ataque a la ciudad de Puerto Príncipe el 20 de julio pues, aunque no era el objetivo tomar la ciudad, levantó el prestigio de la revolución, obligó a los peninsulares a concentrar fuerzas y emprender la inmediata construcción de numerosos puestos, fortines y torres, para defender dicha plaza.

El 27 de octubre, en el combate de Sabana de Bayatabo –dirigido por el mayor general Thomas Jordan, en las proximidades de Minas–, se destaca por su valor y actitudes, según el parte rendido por el jefe, y el 1º de enero de 1870 participó –como segundo al mando– en el combate de Minas de Juan Rodríguez, en las cercanías de Guáimaro, contra una poderosa fuerza española a la que se le causaron más de 200 bajas.

En abril de 1870, por discrepancias con el presidente Carlos Manuel de Céspedes, renunció a la Jefatura Militar de Camagüey y en los meses siguientes, sin mando, pero con el grado de mayor general y un grupo de subalternos, combate a las fuerzas españolas en Ingenio Grande, Jimirú, Socorro, Múcara. Mientras, las tropas españolas desarrollan una gran ofensiva por todo el territorio camagüeyano, destruyendo campamentos insurrectos, asesinando a empleados civiles de la revolución y capturando a las familias cubanas que se escondían en los montes; en estas condiciones muchos independentistas vacilaron y se presentaron a los españoles buscando el perdón para salvar sus vidas y la de sus familiares.

Para Ignacio fue desastroso que apresaran a Amalia y su hijo Ernesto, el 26 de mayo, precisamente el día que el mambisito cumplía un año. Un oficial español le explicó a la joven el poderío de sus fuerzas, la inminente derrota de los libertadores y la posible muerte de Ignacio, con el objetivo de que le escribiera a su esposo proponiéndole conservar la vida a cambio de abandonar la Isla. Ella se puso de pie rápidamente y le replicó: “General, primero me cortará usted la mano antes que yo escriba a mi marido que sea traidor”.

El Mayor

Por encargo de sus compañeros de la convención, Agramonte y Zambrana redactaron en Guáimaro la Constitución mambisa, la cual fue aprobada por la Asamblea. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por encargo de sus compañeros de la convención, Agramonte y Zambrana redactaron en Guáimaro la Constitución mambisa, la cual fue aprobada por la Asamblea. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

En enero de 1871, cuando la revolución en Camagüey parecía derrotada definitivamente, las diferencias con Céspedes fueron zanjadas y el mayor general Agramonte reasumió el mando de las debilitadas y dispersas fuerzas libertadoras de la región. El día 17, mediante una proclama a los camagüeyanos, en la cual se evidencia su madurez como militar, da a conocer su vuelta al mando y exhorta a la lucha, pero con una mayor organización y disciplina. El combate diario es la única forma de alcanzar la independencia y la mejor manera de proteger a las familias, afirma; y enfrenta con firmeza los intentos de presentarse al enemigo, sometiendo a juicio a los infractores, incluso dictando condenas a muerte.

En su segundo mandato evidencia dotes de dirección, aptitudes y conocimiento de las tácticas de la guerra irregular que va perfeccionando día tras días: el empleo del factor sorpresa, la retirada oportuna de las fuerzas después de provocar el desgaste del enemigo, el aprovechamiento de las características del terreno, el rápido movimiento para atacar fuerzas menores, la concentración y desconcentración de las fuerzas teniendo en cuenta las operaciones del enemigo, y un orden combativo flexible, de manera que facilite moverse de forma oculta.

Comprendió Agramonte, en las condiciones de desventaja logística en que combatía el Ejército Libertador, la necesidad de autoabastecerse aprovechando el ingenio criollo y las posibilidades brindadas por la naturaleza. Dirigió la creación de talleres donde se elaboraban o reparaban los efectos que necesitaban las fuerzas insurrectas, incluyendo pólvora fabricada con guano de murciélago, una lejía que se obtenía de las cenizas del árbol conocido como jobo, carbón de cedro y azufre. Estos talleres se asentaron en su mayoría en la zona de Najasa y la sierra de Cubitas, pues allí existían tupidos montes capaces de brindar protección contra cualquier ataque sorpresivo sin necesidad de emplear numerosa custodia.

Sin embargo, hay tres elementos del arte militar cubano que todos identifican plenamente con el Mayor –como le llamaban sus soldados–. El primero, la caballería camagüeyana, su capacidad y orden combativo según la correlación de fuerzas; atacaba en bloque cuando el enemigo dividía sus tropas, pero si aquel concentraba sus activos, entonces, como si fuese una guerra de guerrillas, con pocos jinetes y rápidos movimiento de un lugar a otro lo hostiliza de manera constante y lo desconcertaba, impidiéndole conocer el lugar exacto donde se encontraba la fuerza insurrecta.

Otro, fue el orden y la disciplina que logró de sus oficiales y soldados, algo reconocido por el general Máximo Gómez cuando escribió que ellos eran los más disciplinados del Ejército Libertador. Por último, aunque no menos importante, su liderazgo ganado por su valor, genio militar y ejemplo personal. Se caracterizó por un especial respeto hacia sus hombres, evidente en sus muestras de responsabilidad con la vida de todos ellos. Cómo olvidar esta anécdota: una vez que escaseaba el alimento, indicó compartir una guayaba entre él y tres compañeros más.

El Mayor dirigió personalmente decenas de combates en los cuales derrotó a fuerzas enemigas numérica y materialmente superiores; el más conocido, por su intrepidez, destreza e importancia política, fue el rescate de Sanguily. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

El Mayor dirigió personalmente decenas de combates en los cuales derrotó a fuerzas enemigas numérica y materialmente superiores; el más conocido, por su intrepidez, destreza e importancia política, fue el rescate de Sanguily. (AUTOR NO IDENTIFICADO)

Estas cualidades de Agramonte –que fueron consolidándose durante los años de 1871 y 1872– hicieron que mejorara la situación militar bajo su mando, y las fuerzas mambisas del Camagüey pasaran de la defensiva a la ofensiva. El Mayor dirigió personalmente decenas de combates en los cuales derrotó a fuerzas enemigas numérica y materialmente superiores; el más conocido, por su intrepidez, destreza e importancia política, fue el rescate del general de brigada Julio Sanguily Garritte, en el que con poco más de 30 hombres se enfrentó a una tropa de 120.

Jimaguayú

En 1872 había cambiado por completo la situación militar de Camagüey; la escasez de armamento y municiones no era impedimento para que el Mayor elevara la moral combativa. En mayo de ese año, el Gobierno de la República en Armas hizo extensiva su jefatura a las fuerzas de Las Villas, que desde mediados de 1871 venían combatiendo a su lado en el territorio camagüeyano. Agramonte propuso un proyecto de invasión a Las Villas y el Occidente de la Isla, la falta de armas y municiones impidió materializar el plan.

El 11 de mayo de 1873 prepara un combate para golpear contundentemente la caballería de una fuerte columna española, en el potrero de Jimaguayú; la astucia del teniente coronel José Rodríguez de León impide que la acción se desarrolle como el Mayor la había concebido. Este, después de dar órdenes para la retirada, observó que el jefe español había realizado un movimiento con la caballería; al parecer, Agramonte creyó entonces que podría atraerla al fondo del potrero donde, convenientemente apostada, esperaba la infantería mambisa.

Cuentan que al ser inaugurada la estatua ecuestre de Ignacio Agramonete el 24 de febrero de 1912 en su ciudad natal, Amalia, anciana ya, se desmayó conmovida al ver la bien lograda imagen del esposo amado. (RAÚL CASTILLO)

Cuentan que al ser inaugurada la estatua ecuestre de Ignacio Agramonete el 24 de febrero de 1912 en su ciudad natal, Amalia, anciana ya, se desmayó conmovida al ver la bien lograda imagen del esposo amado. (RAÚL CASTILLO)

Al encabezar la carga, seguido por pocos hombres, contra un flanco del enemigo, un disparo en la cabeza le causa la muerte. Según fuentes históricas, dos de sus acompañantes vieron el suceso, uno trató de recogerlo, pero no pudo con el cuerpo y ante los disparos españoles se retiró en dirección a la infantería; el otro, informó a Henry Reeve, jefe de la caballería mambisa, que le parecía haber visto caer al Mayor –quizás eludía la responsabilidad por el abandono del jefe–, pero no lo confirmó y Reeve, quien había recibido la ratificación de la retirada, impidió que algunos de los combatientes fuesen hacia la dirección indicada.

Lo real fue que el cadáver quedó en el potrero y unos guerrilleros, después de concluir el combate, lo encontraron y le quitaron algunas de las pertenencias. Unas horas después, el jefe español conoció por sus subalternos que los documentos hallados sobre el cuerpo parecían pertenecer a un jefe y ordenó que una compañía regresara al lugar para buscarlo.

La caída de Agramonte significó un duro golpe a la revolución. Su cuerpo fue llevado a la ciudad de Puerto Príncipe, donde oficialmente se le identificó y se certificó la muerte. Con el propósito de no dejar un lugar donde los buenos cubanos pudieran rendirle tributo, los españoles desaparecieron sus restos, sin que pueda asegurarse que el patriota fue incinerado.

Creyó España que el ensañamiento podía destruir el ejemplo del combatiente que abandonó sus afectos, comodidades y riquezas para servir a la revolución y la patria. Su impronta se aprecia en las valoraciones de importantes personalidades, en la historiografía, las manifestaciones artísticas –artes plásticas, música, poesía–, y en el imaginario popular, como modo de conducta valerosa, patriótica, política, moral y ética.

*Historiador y profesor universitario. Miembro del Comité Ejecutivo Nacional de la Unión de Historiadores de Cuba.


Redaccion Cultura e Historia