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Publicado el 15 Junio, 2018 por Redaccion Cultura e Historia en Historia
 
 

MÁXIMO GÓMEZ

Dos patrias: Cuba y Santo Domingo

El general en jefe mambí se definía dominicano de nacimiento; dominicano y cubano de corazón
Cuba, sin duda, fue el escenario donde maduró su pensamiento, inmerso en la defensa de ideales muy superiores a los que se debatían en el suelo natal. (Foto: GREGORIO CASAÑAS)

Cuba, sin duda, fue el escenario donde maduró su pensamiento, inmerso en la defensa de ideales muy superiores a los que se debatían en el suelo natal. (Foto: GREGORIO CASAÑAS)

Por YOEL CORDOVÍ NÚÑEZ *

El nombre de Máximo Gómez Báez está asociado a las luchas del pueblo cubano por su independencia en la segunda mitad del siglo XIX. Imposible referir en poco espacio las innumerables campañas y acciones militares que concibió y dirigió con singular genio y maestría, tanto durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878) como en el transcurso de la Guerra del 95 (1895-1898). En cada operación militar brilló el estadista, el hombre de pensamiento que legó a sus contemporáneos y a las generaciones venideras páginas de indudable valor acerca del arte militar, y en particular en materia de guerra irregular.

Durante décadas, historiadores y estudiosos de la personalidad del General en Jefe del Ejército Libertador cubano han puesto el énfasis en sus hazañas militares, no así en el sustento político de su obra revolucionaria, tampoco en otras cualidades y habilidades que lo caracterizaban. Algunos colegas se sorprenden cuando se habla de la prolija obra escrita por el estratega militar. El escepticismo se apodera de quienes leen y releen cientos de circulares, proclamas y partes de guerra salidos todos de la pluma de Gómez, pero se resisten a pensar que esa producción escrita incluyera cuentos, pequeñas obras de teatro, ensayos políticos de sorprendente factura estilística, un extenso epistolario, referencias autorales en materia de filosofía, y muchos otros documentos literarios atesorados en bibliotecas y archivos, en gran proporción inéditos.

¿Cómo este proceso de formación y desarrollo de la personalidad y el pensamiento político condicionó los modos de asumir e interpretar la realidad y el destino de la independencia dominicana y antillana por parte de Máximo Gómez?

Ahora bien, resulta imposible comprender cabalmente esa formación humanista, los principios y el sustento ético de su obra militar y política, si no lo asumimos como parte de un proceso con punto de partida en su experiencia formativa en Santo Domingo, en particular la vivida en su natal Baní. Cuba, sin duda, fue el escenario donde maduró su pensamiento, inmerso en la defensa de ideales muy superiores a los que se debatían en el suelo natal, pero sería Santo Domingo la primera escuela en la cual se formó el joven banilejo y la cuna de aprendizaje de normas de conducta que perfilaron su temperamento recio y sensible a la vez.

¿Cómo este proceso de formación y desarrollo de la personalidad y el pensamiento político condicionó los modos de asumir e interpretar la realidad y el destino de la independencia dominicana y antillana por parte de Máximo Gómez?

Influencia familiar

Vista actual de Baní. (fotopaíses.com)

Vista actual de Baní. (fotopaíses.com)

La primera referencia formativa indudablemente tiene que ver con la educación que recibió de sus padres, “tan honorables como severos y virtuosos”, según afirmara en sus notas autobiográficas. Una disciplina férrea, propia del campo dominicano, solo delegable en la figura del maestro de escuela “maestros de látigo y palmeta hasta por una sonrisa infantil”, como los calificó Gómez.

Esta influencia familiar transcurrió en un contexto marcado por la inestabilidad política de Santo Domingo, y en el cual habría de tomar decisiones importantes en su vida y en la de sus padres. La primera, su alistamiento a los batallones dominicanos para enfrentar al invasor haitiano en 1855, fecha en que recibió su bautismo de fuego en los campos de Santomé, el 22 de diciembre, cuando contaba con apenas veinte años de edad.

La incorporación a la vida política del país fue clave en el proceso formativo de su personalidad. El campo de batalla le impuso otras reglas opuestas a las conocidas en su hogar, había acontecido en su vida lo que definió como transición eléctrica: “Cambiar la voz tierna y dulce de mi madre, por la enérgica y dura del capitán, las inocentes sonrisas y pláticas, también inocentes de mis hermanas por las groseras carcajadas y palabras descompuestas del soldado, el buen cura por el sargento de la compañía, que no sabía reprender instruyendo, los libros de moral, por la ordenanza militar y la táctica, el incensario por el fusil, la blanda cama por el duro suelo, en fin cambiar todo lo dulce por todo lo amargo”.

A las acciones decisivas contra las huestes haitianas le dedicó espacio en sus autobiografías, pero también al alcance político de la victoria: “Las armas de la joven república salieron brillantemente victoriosas, pero de aquel campo de honor y de gloria salieron los héroes predispuestos y preparados para las contiendas civiles”.

La culpa cometida

En los años en que hizo causa común con los independentistas cubanos levantados en armas en 1868. (Foto: EL CORREO DE ULTRAMAR)

En los años en que hizo causa común con los independentistas cubanos levantados en armas en 1868. (Foto: EL CORREO DE ULTRAMAR)

Al llamado del general Santana a la anexión de la república a España, en 1861, el joven de 25 años de edad se alistó en las Reservas Dominicanas como Secretario de la Tenencia de Gobierno de Baní. Para entonces, estaba muy lejos aún de adentrarse en los espacios donde fluían las ideas más radicales que se debatían en la nación. Uno de los centros de difusión más importante de tales tendencias de pensamiento fue el colegio de San Buenaventura, establecido en la capital dominicana en 1852.

Máximo Gómez no participó de ese ambiente intelectual, el cual aglutinó a determinados grupos de la sociedad dominicana y este es uno de los tantos elementos que debemos tener en cuenta a la hora de acercarnos a una explicación de su inclusión en las reservas. Gómez se refería a cómo el “ciego cariño” que le profesaba su madre contribuyó en no poca medida a su distanciamiento de los principales centros educacionales y que fuera su maestro el cura del pueblo, Andrés Rosón, hombre que, “aunque bastante instruido era de atrasadas ideas como lo ha sido siempre la gente de sotana”.

En cuanto a su proceder en esa vorágine delineó en breves líneas lo que denominó la culpa cometida: “Joven yo, ciego y sin verdadero discernimiento político para manejarme dentro de aquella situación, más que difícil oscura, porque realmente la Revolución se presentó más que defectuosa, enferma, fui inevitablemente arrastrado por la ola impetuosa de los sucesos, y me encontré de improviso en la isla de Cuba”.

Toma de conciencia

Los escasos cuatro años que mediaron desde su llegada a Santiago de Cuba, en julio de 1865, como oficial derrotado de las Reservas Dominicanas, hasta su incorporación a la guerra de independencia de Cuba, en octubre de 1868, comprendieron una etapa de su vida que podría denominarse de “primeros descubrimientos”. La impronta de la realidad colonial esclavista cubana condicionó rápidamente en él un proceso reflexivo que giró en torno a la revalorización de su conducta en tierras dominicanas.

En sus primeras notas autobiográficas, fechadas el 28 de marzo de 1876, en plena guerra de independencia en Cuba, se refirió al impacto de la “fatídica y degradante institución”, como calificara a la esclavitud: “Cuando poco a poco me fui informando sentía unas impresiones horrorosas y sentía que se levantaba en mi alma un sentimiento que me hacía odiar a los españoles” y años después agregaba: “Muy pronto me sentí yo adherido al ser que más sufría en Cuba y sobre el cual pesaba una gran desgracia; el negro esclavo. Entonces fue que realmente supe que era yo capaz de amar a los hombres”. Desde entonces hizo causa común con los independentistas cubanos levantados en armas el 10 de octubre de 1868, al llamado de Carlos Manuel de Céspedes.

Fotografía tomada en Honduras en 1879. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Fotografía tomada en Honduras en 1879. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Banilejo de corazón

No obstante este compromiso con la causa independentista de la colonia insular, las alusiones del guerrero a sus primeras experiencias en la política dominicana y sobre todo a sus sentimientos hacia la patria chica banileja quedaron plasmadas en importantes piezas literarias de su autoría. A las referidas notas autobiográficas y las anotaciones en su Diario de Campaña habría que agregar su opúsculo La vuelta a mi patria, escrito para los periódicos El Porvenir, de Puerto Plata, y El Teléfono, de Santo Domingo, en los meses finales de 1885: “De todo me había despedido a pesar mío [se refería a su partida en 1865], pero me parecía que una parte de mi espíritu, de mi ser, se había quedado fluctuando en la atmósfera de mi patria; porque ¡ay! cuán difícil es olvidar a Santo Domingo… y sobre todo, cuán dificilísimo no acordarse del pueblo de Baní. Sí, de ese Baní donde se meció mi cuna”, la “tierra de hombres honrados y de mujeres bonitas y juiciosas”.

Cuando escribe este texto, se encontraba de regreso en su patria enrolado en los preparativos de un nuevo proyecto para llevar la revolución a Cuba, esta vez mediante un programa revolucionario redactado por él en la localidad hondureña de San Pedro Sula en 1884. La misión era bien delicada. Se trataba de interceder ante el gobierno del general Alejandro Woss y Gil, sucesor de Francisco Gregorio Billini, primo de Gómez, con el objetivo de recabar el apoyo presidencial para la causa cubana, consistente en la posibilidad de adquirir armamento y otros materiales bélicos que, trasladados desde Estados Unidos, yacían en el Ministerio de Guerra y Marina de Santo Domingo.

En vano intentó viajar de incógnito con el sobrenombre de Manuel Pacheco. Pronto la noticia se generalizó y de todas partes le llegaron manifestaciones de afecto y cariño. Añoraba visitar su terruño natal: “De mi pueblo, ¡ay! de Baní, he recibido miles de agasajos y no obstante yo no podré ir a visitarlo, pues no tengo derecho ni al tiempo ni al dinero que se pueda consumir, sino en los asuntos de la revolución de Cuba; y a Baní no me llama sino el afecto de los míos”.

“De mi pueblo, ¡ay! de Baní, he recibido miles de agasajos y no obstante yo no podré ir a visitarlo, pues no tengo derecho ni al tiempo ni al dinero que se pueda consumir, sino en los asuntos de la revolución de Cuba; y a Baní no me llama sino el afecto de los míos”.

Y luego de pedirle perdón a la tierra de sus padres, el hijo fugitivo y errante dejó para sus coterráneos una declaración de principios, propia de un pensamiento político que había madurado al calor de las luchas por la independencia de Cuba y de las experiencias en su bregar por otras repúblicas latinoamericanas tras concluir la Guerra de los Diez Años en 1878: “Vengo a visitarte cual un proscrito, vengo a besarte, porque mi corazón es tuyo y tuyos son mis pensamientos; pero me vuelvo porque mi misión aún no está cumplida, no soy bien digno de ti; cuando acabada la gran obra de América, a la cual me he consagrado, y regrese de una vez para siempre y plante mi tienda sobre tu suelo querido, sea entonces para pagarte, cual hijo agradecido, la vida y el nombre que te debo…”.

A pesar del sigilo mostrado en materia tan sensible, el mes de enero de 1886 sorprendió al general Gómez preso en la Fortaleza Ozama, víctima de las intrigas políticas provenientes de las altas esferas de poder dominicano. Para entonces ya gozaba de prestigio entre sus paisanos y, en esta ocasión, se codeó con los exponentes del ideario dominicano y antillano más radical, entre ellos Gregorio Luperón, Fernando Arturo de Meriño y sobre todo con el educador y sociólogo puertorriqueño Eugenio María de Hostos, quien emprendía una descomunal obra de renovación pedagógica y de formación magisterial en suelo quisqueyano.

Al partir, dejó en los apuntes de su diario una nota sobre la política de su nación y en particular del gobierno de Ulises Heureaux: “Si los dominicanos no tratan de quitarse la influencia maléfica de ese hombre, el país va derecho a la ruina y al salvajismo. La fuerza no es Gobierno, y este es el único medio que conoce Lilis para gobernar”. El 14 de mayo de ese mismo año regresó a Santo Domingo, desembarcando por Montecristi, en lo que fue un segundo intento, también fracasado, por obtener recursos que le permitieran llevar adelante su proyecto revolucionario.

Empresario agrícola

Vista actual de los terrenos en que estuvo asentada su finca La Reforma, en Laguna Salada, República Dominicana. (Foto: MERCEDES ALONSO ROMERO)

Vista actual de los terrenos en que estuvo asentada su finca La Reforma, en Laguna Salada, República Dominicana. (Foto: MERCEDES ALONSO ROMERO)

Luego de dos años de incesante búsqueda de financiamiento para nuevos empeños a favor de la independencia de Cuba, así como de trabajo para mantener a la familia, afectada por enfermedades que, incluso, provocaron fallecimientos, regresó a Santo Domingo, procedente de Perú, tras hacer escala en Panamá, Jamaica y Haití. El 2 de septiembre de 1888, anotó: “Nuevas y gratas impresiones al pisar por tercera vez las playas de mi tierra natal. Ojalá, Dios, ¡de eterna bondad! sea esta vez más afortunado que las dos primeras, ahora que vuelvo a buscar asilo tranquilo a la sombra de la paz”. En esta ocasión, habría de dedicarse a fundar una empresa agrícola, para lo cual contactó con Alejandro Grullón y Rafael Rodríguez, de la Casa Jiménez.

Sus ideas sobre la colonia tabaquera estaban enmarcadas en una época de inquietudes científicas entre grupos y sectores ilustrados en la República Dominicana, pertenecientes a una endeble, pero pujante burguesía, que buscaba demoler los rezagos feudales. Movido por estas perspectivas, Gómez compró a Juan Isidro Jiménez los terrenos de Laguna Salada y contrató braceros cubanos, radicados en Jamaica y otros enclaves antillanos. Según el patriota cubano Gerardo Castellanos Lleonart, íntimo amigo de la familia, la finca La Reforma, nombre puesto en recordación al potrero villareño, en Cuba, donde vio la luz su hijo Francisco Gómez Toro (Panchito), funcionó también “a modo de taller para mantener la disciplina, el respeto, la identificación personal y el amor a la patria…”.

Diversos factores incidieron en el fracaso de la empresa agrícola, razón por la cual en 1893 ya estaba enrolado en un nuevo negocio consistente en la explotación de palo amarillo. Pero para esa fecha un acontecimiento trascendental había marcado su vida. El 11 de septiembre de 1892 llegó a La Reforma el joven revolucionario José Martí, con la encomienda de ofrecerle al veterano de la Guerra Grande, con quien había tenido divergencias a raíz del programa de San Pedro Sula, el cargo de General en Jefe del Ejército Libertador de Cuba.

Un haz en medio de Las Antillas

Vista actual de los terrenos en que estuvo asentada su finca La Reforma, en Laguna Salada, República Dominicana. (Foto: MERCEDES ALONSO ROMERO)

Su casa en Montecristi, donde recibió a Martí, en el estado en que se hallaba a inicios del siglo XX. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Los tres días que permaneció Martí al lado de Gómez en Santo Domingo representaron, por sus resultados, la necesaria fusión política militar, punto culminante de un largo proceso en busca de formas superiores de organización y conducción de la revolución. De igual modo, el grado de afinidad política, base para el establecimiento de una entrañable amistad, permitió que el pensamiento del Generalísimo se complementara con las orientaciones y concepciones martianas acerca de la trascendencia antillana y continental de la revolución cubana a finales del siglo XIX. La firma del Manifiesto de Montecristi, redactado por Martí el 25 de marzo de 1895, documento en donde se exponía ante el pueblo cubano y ante el mundo las causas y objetivos de la “guerra fatalmente necesaria”, no fue

más que el punto culminante de la identificación entre Gómez y Martí.

Durante la guerra de independencia de 1895 y sobre todo en el convulso contexto de la ocupación militar de Estados Unidos en Cuba entre 1899 y 1902, las referencias de Gómez acerca de Santo Domingo fueron expresiones de un pensamiento político maduro. En carta escrita a su esposa, Bernarda Toro Manana, el 27 de julio de 1895, le confesó soñar “con una ley, que con muy insignificantes retribuciones, declarase (lo mismo con Puerto Rico cuando fuese libre) que el dominicano fuese cubano en Cuba y viceversa”.

Pero para la materialización de esa unidad antillana, primero debía ser un hecho la independencia de Cuba y Puerto Rico. De ahí el significado de las declaraciones a su primo Gregorio Billini, desde Montecristi, un mes antes de zarpar hacia Cuba: “Creo, y no veo por qué no puede ser así, que tú, Martí y yo y todos los que sean como nosotros, nos estrechemos las manos y formemos un haz en medio de Las Antillas”.

La firma del Manifiesto de Montecristi, redactado por el Apóstol el 25 de marzo de 1895, no fue más que el punto culminante de la identificación entre Gómez y Martí. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

La firma del Manifiesto de Montecristi, redactado por el Apóstol el 25 de marzo de 1895, no fue más que el punto culminante de la identificación entre Gómez y Martí. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Sin embargo, la ocupación militar de que fueron víctimas Cuba y Puerto Rico al finalizar el conflicto colonial, le imprimió un nuevo significado a su ideario. No se trataba ya de la mera independencia de una isla, tal como quedó expuesto en un breve, pero contundente opúsculo, escrito durante su cuarta y última visita a Santo Domingo en los primeros meses de 1900: “La libertad y la independencia de Cuba es la garantía y la independencia de Santo Domingo”. Y más adelante aclaraba sus preocupaciones: “Se debe tener mucho miedo, primero a los pretextos y después al oro y a los cañones de los imperialistas del Norte”.

Semejantes declaraciones no eran casuales. Tras el asesinato de Ulises Heureaux se desató una campaña de descrédito hacia las esferas de poder de la República Dominicana, que incluía declaraciones de políticos y periodistas europeos y de Estados Unidos. En sus Declaraciones necesarias publicadas para la prensa dominicana, Gómez había salido al paso de tales criterios: “¡Se nos llama salvajes! Salvajes vemos en la República del Norte asesinando a Lincoln el redentor, y a Garfield el bondadoso; salvajes envía Italia a España y vemos caer a Cánovas; salvajes italianos también, tronchan, asimismo, la vida de un Carnot. Y el epíteto amargo e hiriente, ¿por qué no surgió entonces, yendo a herir con su estigma infamante a la Nación que tales monstruos producía?”.

Esas preocupaciones por la estabilidad política y la seguridad de la independencia de Las Antillas no cesaron con el establecimiento de la República de Cuba, en 1902. Eso sí, consideraba que habían pasado los tiempos del peligro anexionista y así lo hacía saber en entrevista conferida al periodista Pío Herrera, el 27 de septiembre de 1904: “Si alguno quiere o teme la anexión es muy sencillo, pues los yankees no la pueden querer, ni la necesitan para nada, pues ellos sin apurar y sin entrar en esos serios compromisos, tendrán en toda la América la superioridad mercantil, que es lo que ellos persiguen para ponerse enfrente de Europa”.

De ahí sus preocupaciones por los mecanismos de dominación económicos y políticos impuestos por el Gobierno estadounidense tanto a Cuba como a la República Dominicana. La Enmienda Platt, en la mayor de las Antillas, la definió como “eterna licencia convertida en obligación para inmiscuirse los americanos en nuestros asuntos”, y la condenó tanto como el Laudo Arbitral en Santo Domingo.

En la estabilidad política y económica, solo alcanzable mediante la unidad de los dominicanos, encontraba Gómez la fórmula salvadora: “solamente una resolución honrada cabe en el pavoroso problema que nos agobia en estos momentos. Que sinceramente un abrazo fraternal una a los divididos dominicanos, separados por miserables rencillas, poniéndose todos al lado del gobierno para matar el Laudo, pagando a todo el que se le deba, como le conviene hacer a los pueblos honrados, salvando al mismo tiempo la independencia del país, seriamente amenazada”.

La vida no le alcanzó para presenciar el fatal desenlace de los conflictos y divisiones en los dos países. Al año siguiente de estas declaraciones, moría en La Habana, víctima de una enfermedad infecciosa. No había vuelto a pisar su natal Baní, luego de la visita efectuada en el año 1900. Todo era diferente a los ojos del libertador dominicano: “El pueblo de Baní, casi está convertido en ciudad. El templo de madera que dejé es hoy de piedra, pero con los mismos santos que, piadosa, mi madre me enseñó a adorar”. Y se despide, como el peregrino que retoma su rumbo, sin saber el destino: “Por fin le dije adiós a Baní, arrancándome de brazos que no volveré a caer en ellos, y fui despedido con lágrimas y sonrisas de tanta buena gente que me quiere”.

Muy diferente ese recuerdo al de su primera partida. Eran las caricias de un pueblo que admiraba la obra redentora de quien fuera, al decir de Martí, dominicano de nacimiento, pero cubano de corazón. Gómez, prefería, en cambio, referirse a sus dos patrias, y así se definía: dominicano de nacimiento; dominicano y cubano de corazón.

Yoel Cordoví Nuñez

(cubadebate)

 

* Doctor en Ciencias Históricas. Vicepresidente del Instituto de Historia de Cuba.


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