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Publicado el 7 Junio, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA SIGLO XIX

Mambises de otras tierras

Marcharon a un país hasta entonces extraño para ellos y abandonaron todo, familia, hogar, bienestar, incluso al riesgo de perder la vida

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Nadie como Máximo Gómez, solía decir Maceo, ha sabido defender nuestra bandera. (Ilustración: PERIÓDICO GRANMA)

Cuando centenares de miles de cubanos, de 1975 a 1991, atravesaron el Atlántico para combatir por la libertad de Angola, Fidel entonces señalaría que de esta forma se estaba saldando una deuda de gratitud con los pueblos del mundo por su desinteresada ayuda en nuestros más de cien años de lucha por la emancipación nacional. Se refería el líder histórico de la Revolución, fundamentalmente, a los más de 3 000 hijos de otros suelos, procedentes de unos 40 países, que pelearon dentro del Ejército Libertador en las tres guerras de independencia (68, Chiquita y 95). Ellos derrocharon coraje en la manigua, escribieron hermosas páginas de heroísmo e incluso, muchos ofrendaron sus vidas.

De estos internacionalistas del siglo XIX, 35 alcanzaron el grado de general entre las fuerzas insurrectas, aunque esta cifra pudiera aumentar en cualquier momento con los documentos recién adquiridos en archivos españoles, que el autor de estas líneas no pudo consultar. De los 11 mayores generales de otras tierras, varios ocuparon altos cargos en el Gobierno mambí. Por supuesto que esta lista la tiene que encabezar el banilejo Máximo Gómez, general en jefe de las tropas cubanas, junto con el virginiano Thomas Jordan, quien se desempeñó durante algún tiempo como jefe del estado mayor. El venezolano José Miguel Barreto asumió la secretaría de Guerra durante la presidencia de Céspedes, cargo que igualmente ocupara el polaco Carlos Roloff durante la guerra del 95.

Si con algunos altos oficiales nacidos en Cuba hay lagunas en cuanto a nacimiento y trayectoria militar, ¿qué decir con estos 3 000 cuyas partidas bautismales y demás datos radican en instituciones diseminadas por la geografía universal? Tal es el caso, por ejemplo de Eloy Beauville, de quienes solo sabemos que nació en Francia. En la manigua combatió bajo el mando de Ignacio Agramonte y organizó el primer batallón de artillería mambisa. Hay sobre él desde hace tiempo una polémica historiográfica pues algunos autores afirman que solo han hallado su ascenso a teniente coronel mientras que en un documento, El Mayor lo citaba como general de brigada.

El Napoleón de las guerrillas

Si se aborda el internacionalismo con Cuba, es obligatorio referirse al nombre de Máximo Gómez, de quien se dice con justa razón que es imposible escribir la historia de Cuba sin mencionarlo. Como generalísimo del Ejército Libertador, brilló como estratega y como táctico desde el combate de Pinos de Baire, en 1868, donde al organizar la primera carga mambisa al machete, demostró cómo ese instrumento de trabajo podía convertirse en formidable arma de combate, hasta la Campaña de la Reforma (1897-1898), en la que desarrolló una genial guerra de desgaste, que desangró a las fuerzas españolas.

El Napoleón de las guerrillas le llamó The London News, en su edición del 23 de enero de 1897. Tal calificativo le sirvió de inspiración al dominicano Juan Bosch para su célebre libro, donde expresa: “A lo largo de más de 30 años, el general en jefe del Ejército Libertador no podía recordar una sola derrota en su historia de soldado y en cambio podía recordar hazañas que hasta donde alcanzaba la memoria de los hombres no había llevado a cabo ningún otro guerrillero. El título de Napoleón de las guerrillas no le quedaba grande, pues, al jefe de los mambises en Cuba”.

Por esta vez no abundaremos mucho sobre el Generalísimo. Tenemos planificado en próxima edición un extenso trabajo acerca de su quehacer revolucionario e insurrecto. Concentrémonos, pues, en otros internacionalistas menos conocidos que también lo dieron todo por la libertad de Cuba.

El lugarteniente de Céspedes

Luis Marcano planificó y dirigió con Céspedes el ataque y toma de Bayamo. (Ilustración: XIOMARA)

Banilejo como Máximo Gómez, Luis Gerónimo Marcano emigró a Cuba en 1865 junto con sus hermanos Félix y Francisco y se radicó en El Dátil, donde se casó con una sobrina del brigadier dominicano Modesto Díaz, quien igualmente había tomado el camino del exilio y era vecino suyo. Tiempo después Máximo Gómez se estableció en el lugar.

Los Marcano se involucraron desde sus inicios en las conspiraciones independentistas, según algunos autores, a través de Luis Figueredo. Luis Gerónimo se dio a la tarea de entrenar militarmente a los campesinos de El Dátil en el mayor secreto y con ellos organizó una fuerza de unos 160 hombres que luego aumentó a cerca de 300. Se reunió con Céspedes inmediatamente después del Grito de Demajagua y tras el combate de Yara, este le nombró su Lugarteniente general.

Luis Marcano planificó y dirigió junto con Céspedes el cerco y toma de Bayamo (18-20 de octubre de 1868). Luego combatió victoriosamente en El Cobre (noviembre y diciembre de ese año). Le llamaban la mayor inteligencia militar y “el brazo derecho” de la insurrección. Los españoles pusieron precio a su cabeza.

El 9 de agosto de 1869, dos individuos comprados por el colonialismo, le hirieron gravemente a machetazos. Tras una lenta recuperación, se incorporó a filas y al frente de una tropa, combatió en El Maco y atacó la guarnición de Vicana y el campamento de El Congo, al sur de Manzanillo, los dos últimos en mayo de 1870. Pero ya las autoridades españolas habían duplicado la suma para quien le diera muerte. Al concluir la última de estas acciones, le hirió de muerte un mal cubano oculto en la maleza. Según la tradición, nadie recogió su cadáver y los hechos relacionados con su asesinato nunca se aclararon.

Llama la atención cómo su nombre se sumió en el olvido dentro de las filas mambisas. Máximo Gómez consignaría en su Diario de Campaña, en una fecha obviamente posterior al día señalado, pero en su inconfundible caligrafía: “Nadie más se acordó del valiente general que tantos servicios había prestado a la causa de Cuba ni nadie ha dedicado una página ni un recuerdo a su memoria […], solamente el teniente coronel Pedro Martínez, que fue su secretario, es el único cubano que cuando se reúne conmigo le oigo hablar con entusiasmo del olvidado general”.

El Hércules dominicano

Modesto Díaz, el Hércules dominicano, se movía ágilmente con su tropa por la Sierra Maestra como un jabalí del lomerío. (Ilustración: ROMAY)

Aunque el brigadier dominicano Modesto Díaz simpatizaba con la causa cubana, su sentido de la disciplina le llevó a defender Bayamo del ataque mambí. Cuenta la tradición que su compatriota Luis Marcano, al sitiar el punto por él defendido, le solicitó una entrevista, en la que le recordó una promesa de ayudar a Cuba que había hecho en El Dátil. Al convencerle de la rendición, dicen que el banilejo le dijo: “Paisano, es usted mi prisionero”.

Céspedes sostuvo poco después una larga conversación con Modesto Díaz y este, al estimar que una vez prisionero, quedaba roto su compromiso con España, aceptó el grado de teniente general mambí: “Cuente usted que la causa de Cuba tendrá en mí un buen servidor, y como prueba de mi fe, permítame estrecharle la mano”.

A partir de entonces, el dominicano devino un verdadero dolor de cabeza para las fuerzas españolas, hasta el punto que comenzaron a llamarle “el jabalí de la sierra”, dada su facilidad al moverse por toda la cordillera de la Maestra y bajar al llano para atacar convoyes, poblados, plazas, fuertes y quemar cañaverales. James O’Kelly, corresponsal de guerra del New York Herald, le describía de gran fuerza física, “son sus espaldas tan sólidas como las de Hércules… su agilidad como jinete es proverbial, adonde quiere que un caballo pueda ir, allí lo llevará Modesto Díaz”.

Díaz creyó que con el Pacto del Zanjón había finalizado la guerra. Sin aceptar la capitulación, aunque acató la decisión de su tropa de entregar las armas, regresó a República Dominicana y se estableció en Yaguate, poblado perteneciente a la provincia de San Cristóbal. Allí murió en 1892.

Bravo entre los bravos

Un mambí canadiense, Washington Ryan, de cuyas cargas al machete hablaban elogiosamente sus compañeros de armas. (Ilustración: ROMAY)

Al igual que el artillero Beauville, Washington Ryan tiene a los historiadores sumidos en la polémica. Casi todos se refieren a él como William Ryan (incluso O’Ryan) y hay quien dice que al nacer en Toronto, probablemente en 1843, fue bautizado como Albert Claude, pero en los documentos manuscritos por él, localizados en el Archivo Nacional, se autodenomina Washington.

Desembarcó en Cuba en enero de 1870 en el Anna y combatió en la caballería camagüeyana bajo el mando de Ignacio Agramonte, teniendo entre sus subordinados a Henry Reeve el Inglesito. Cuentan que al propinar a los españoles “cargas y golpes de mano sobresalientes de valor y audacia”, comenzaron a denominarle “el bravo entre los bravos”. Pero el trópico hizo mella en su salud y tuvo que regresar temporalmente a Estados Unidos. Allí no permaneció inactivo, organizó varias expediciones con hombres y armas para la manigua e incluso las acompañaba hasta las costas de la Isla.

En noviembre de 1873 se enroló en la expedición del Virginius con la que pensaba desembarcar e incorporarse a la insurrección. Capturado el buque por la armada española y conducidos sus tripulantes y pasajeros a Santiago de Cuba, un tribunal condenó a Ryan a la pena de muerte. Camino del paredón, dicen que iba cantando una popular canción de las tabernas neoyorquinas. La sentencia se cumplió el 4 de noviembre de 1873.

Una aclaración necesaria

José Miró Argenter fue jefe del Estado Mayor del general Antonio durante la Invasión a Occidente. (Ilustración: ROMAY)

Los internacionalistas reseñados en líneas anteriores, con la obvia excepción del Generalísimo, tal vez no fueron los más relevantes, pero sí figuran entre los más relegados por la historiografía y los medios de comunicación. En tan apretado espacio es imposible abordarlos a todos pero quizás en otra oportunidad podremos abordar a otras figuras, como el catalán José Miró Argenter, cronista de la Invasión a Occidente y participante activo en ella, a los valientes canarios “de armas tomar” Manuel Suárez, Matías Vega, Jacinto Hernández Vargas y Julián Santana, al boricua Juan Rius Rivera, los colombianos José Rogelio Castillo, Avelino Rosas y Adolfo Peña, los venezolanos José Miguel Barreto y Amado Manuit, entre otros.

Todos ellos, por su desinteresada actitud de marchar a una tierra hasta entonces extraña para ellos y abandonarlo todo, familia, hogar, bienestar, incluso al riesgo de perder la vida, merecen nuestro respeto y agradecimiento. Y de cierta forma, explicaría a las más jóvenes generaciones por qué más de 1 400 cubanos marcharon a España en 1936 a luchar por la libertad de ese pueblo, y centenares de miles lo hicieron, cuatro décadas después, en suelo africano.

 

Fuentes consultadas

Los libros Almas sin fronteras, de René González Barrios, y Entre la memoria y el tiempo, de Nydia Sarabia. El Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba.

 

 


Pedro Antonio García

 
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