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Publicado el 19 Junio, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1958

Un ejército en fuga

En el rechazo de la ofensiva batistiana de verano, las fuerzas rebeldes propinan contundentes reveses a las tropas de la tiranía

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fidel supervisa las posiciones rebeldes durante la batalla de Jigue. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Fidel supervisa las posiciones rebeldes durante la batalla de Jigue. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Infelices elipsis de historiadores y comunicadores, entre los que hay que incluir al redactor de estas líneas, han creado en sucesivas generaciones de lectores la falsa concepción de que la ofensiva batistiana de verano se ideó a partir del fracaso de la Huelga del 9 de Abril. Es como confundir, en una fórmula química, a las sustancias que reaccionan con el catalizador. En realidad, desde enero de 1958 la tiranía venía maquinando el cacareado Plan FF (Fin de Fidel) con la asesoría del coronel Clark Lynn, de la Misión Militar del

ejército de Estados Unidos en la Isla.

El 21 de marzo de 1958, en una reunión de los principales jefes del ejército batistiano, presidida por el jefe del Estado Mayor Central (EMC), general Francisco Tabernilla, se perfeccionaron y puntualizaron aspectos de dicho Plan, que consistía en cercar a los rebeldes en el triángulo Pilón-Niquero-Cabo Cruz con el fin de bloquear todos los puntos de suministros, lo que facilitaría su posterior aniquilación. Para ello se planteaba bombardear y ametrallar continuamente la zona comprendida entre El Hombrito y Santo Domingo para obligar a los guerrilleros a retirarse hacia el oeste.

El embargo estadounidense de armas, decretado por Washington el 8 de marzo, no mermó la capacidad militar de la tiranía. Armas y repuestos “made in USA” seguían llegando, ya no de Norteamérica, sino de Nicaragua y República Dominicana, con la aviesa solidaridad de los sátrapas Somoza y Trujillo. Aliados yanquis de la OTAN también suministraban equipamiento al régimen batistiano.

De distintas partes del país el EMC trasladó al oriente cubano a más de 30 compañías de fusileros, con las que se completarían 15 batallones de infantería más nueve compañías independientes, reforzados con una unidad mixta de tanques medianos M-4 Sherman y ligeros T-17, una batería de cañones de montaña, una fragata, tres guardacostas y una barcaza de desembarco, aparte de la cobertura aérea que les brindaban los aviones B-26, T-33 y PA-22. Más de siete mil efectivos en total. Contra esto, Fidel solo podía disponer de unos 300 rebeldes, después que ordenara el reagrupamiento, en torno a la Columna 1, de la Columna 3, de Almeida; la Cuatro, de Ramiro Valdés; y la Siete, de Crescencio Pérez, aparte del destacamento de Camilo en el llano y de la columna recién formada, al mando del Che, quien asumiría la defensa del sector occidental del territorio rebelde ante la ofensiva enemiga.

Por supuesto, después del fracaso de la Huelga del 9 de Abril el régimen de facto aceleró los preparativos para la aplicación del Plan. Ya a inicios de mayo comenzaron los bombardeos sistemáticos por la aviación de la tiranía al territorio rebelde.

La tiranía al ataque

El 25 de mayo de 1958, con el ataque a la posición rebelde más avanzada en el pueblo de Las Mercedes, se inició la ofensiva gubernamental. En ese combate, escribiría el Che, nuestros muchachos se batieron valientemente allí durante dos días, en una proporción de 1 contra 10 o 15, luchando además contra morteros, tanques y aviación. Tras el repliegue táctico de los guerrilleros, el Batallón 17 del enemigo ocupó el poblado. Entretanto, el Batallón 11 de infantería, unos 370 efectivos al mando del teniente coronel Ángel Sánchez Mosquera, “uno de los más tenaces, agresivos y saguinarios” militares batistianos, al decir del Che, avanzó desde Minas de Bueycito hacia el barrio de La Otilia el 29 de mayo y a la altura de El Macío encontró una tenaz resistencia de los revolucionarios capitaneados por Guillermo García, quienes con sus emboscadas de hostigamiento y contención, libraron encarnizados combates en San Miguel, Vega Grande y Caña Brava.

El Comandante en Jefe le encomienda al Che la defensa del sector occidental del territorio rebelde ante la anunciada ofensiva enemiga. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El Comandante en Jefe le encomienda al Che la defensa del sector occidental del territorio rebelde ante la anunciada ofensiva enemiga. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Desde Santiago de Cuba, el EMC trasladó hacia la zona de combate al Batallón 18, unos 300 efectivos al mando del comandante José Quevedo. Tras desembarcar en una playa cerca del Turquino, al amanecer del 18 de junio marcharon en dirección al río Palma. Dos días después cayeron en una emboscada rebelde, dirigida por Ramón Paz, y se vieron obligados a retroceder. Mientras, el Batallón 11 avanzaba hacia el poblado de Santo Domingo, hostigado por los guerrilleros, y los batallones 17 y 19 ocupaban Vegas de Jibacoa. El Batallón 18 persistió en reanudar su marcha hacia territorio rebelde y el 24 de junio sufrieron varias bajas en Purialón. A duras penas sus efectivos llegaron a un lugar conocido como El Jigüe, donde las emboscadas de contención les impidieron avanzar hacia Naranjal.

Primera Batalla de Santo Domingo

El 28 de junio, reforzado con el Batallón 22, las fuerzas del teniente coronel Sánchez Mosquera avanzaron río Yara arriba hacia Pueblo Nuevo. Allí chocó con la escuadra de Lalo Sardiñas, engrosada con la de Andrés Cuevas y la ametralladora 50 de Braulio Curuneaux, quienes detuvieron el avance batistiano y aniquilaron la compañía N de vanguardia, a la vez que ocuparon gran cantidad de armas, entre ellas, más de 30 fusiles semiautomáticos, una ametralladora 30, un mortero de 60 mm, amén de abundante parque. Con este combate se inició la primera Batalla de Santo Domingo.

A la mañana siguiente se reanudó el combate. El refuerzo enviado por Sánchez Mosquera para rescatar al diezmado Batallón 22 recibió una lluvia de fuego guerrillero. Cumpliendo órdenes de Fidel, Camilo Cienfuegos y sus 40 hombres, reforzados por la escuadra de Félix Duque, ocuparon posiciones en Casa de Piedra, libraron un violento combate con la tropa enemiga que debía salir por el río Yara a sacar a los heridos de Pueblo Nuevo y buscar suministros. En esta acción cayó en combate Wilfredo Lara de la tropa del Señor de la Vanguardia.

Las acciones combativas duraron en total tres días, en los cuales los rebeldes cercaron y atacaron simultáneamente a las fuerzas de Sánchez Mosquera acampadas en Santo Domingo. Entre los destacamentos rebeldes que participaron en la batalla, se hallaban los de René Ramos Latour Daniel y Geonel Rodríguez. En opinión de Fidel, a partir de ese momento comenzó el fin de la ofensiva enemiga en toda la Sierra Maestra

Segunda Batalla de Santo Domingo

Para reforzar al Primer Frente guerrillero en la Sierra Maestra, Fidel ordena el reagrupamiento en torno a la Columna 1, de la Columna 3 de Almeida y el destacamento de Camilo que operaba en el llano. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Para reforzar al Primer Frente guerrillero en la Sierra Maestra, Fidel ordena el reagrupamiento en torno a la Columna 1, de la Columna 3 de Almeida y el destacamento de Camilo que operaba en el llano. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El Batallón 18, tras arribar a la región del Jigüe, no había podido avanzar. Al estacionarse allí, Fidel aprovechó para cercarlo tras ordenar a sus guerrilleros que ocuparan todos los firmes de las elevaciones aledañas. Situó además emboscadas de contención para evitar la llegada de cualquier refuerzo, una próxima al lugar, con fuerzas de Guillermo García, y otra en Purialón, con combatientes de Andrés Cuevas.

Todos los intentos de romper el cerco por parte de los sitiados fueron infructuosos. Los refuerzos enviados (el 17 de julio, la Compañía G-4; el 19, el batallón de Los Livianos) tampoco tuvieron éxito. Después de 10 días de cerco e intensos combates, el 21 de julio se rindió el Batallón 18. Se le ocuparon unas 250 armas.

Tras la batalla del Jigue, Fidel comenzó a preparar el cerco de las fuerzas al mando de Sánchez Mosquera y, a la vez, el rechazo y destrucción de los refuerzos que con seguridad enviaría el alto mando batistiano. A las fuerzas de Daniel, Zenén Mariño, Geonel Rodríguez y otras, sumó las de Guillermo García, que ubicó en el sector norte. A la derecha de este situó la escuadra de Vilo Acuña y a la ya acantonadas al sur-sureste, agregó la de El Vaquerito.

Por orientaciones suyas, el destacamento de Félix Duque ocupó posiciones sobre el río Yara, a dos kilómetros del campamento enemigo, para que fuera el primero en chocar con el enemigo si huía por esa zona. A la tropa de Ramón Paz, fortalecida con la de Daniel y otras dos escuadras, le encomendó la emboscada a los refuerzos batistianos que vinieran subiendo por el río Yara. Para cortarles a estos la retirada, los destacamentos de Eddy Suñol y Antonio Sánchez Díaz (Pinares) se posicionarían aguas abajo, apoyados por el pelotón de Lalo Sardiñas.

El 25 de julio una tropa batistiana que pretendía rescatar a Sánchez Mosquera marchó río arriba y chocó con los rebeldes de Paz y Daniel. Tras un furioso combate, el enemigo se retiró después de sufrir considerables bajas. Atrás dejó su impedimenta, 33 fusiles, nueve carabinas, una bazuca y abundante parque. Sánchez Mosquera comprendió que sus superiores no podrían enviarle un rescate ni abastecerlo. En vez de huir por el río, decidió dividir sus fuerzas para que subieran al firme por tres puntos diferentes. Uno de ellos chocó con la tropa de Guillermo y no pudo avanzar. Fidel mandó al pelotón de Lalo Sardiñas a unirse con la tropa de Guillermo y ambos desarrollaron una persecución implacable al enemigo, el cual luchaba desesperadamente por escapar con su jefe herido gravemente.

El radista del batallón imploraba lastimeramente: “Coronel herido en la cabeza. Coronel herido en la cabeza. Manden zunzún.  Manden zunzún”. De una avioneta de reconocimiento respondían: “Zunzún no puede bajar. Zunzún no puede bajar”. Era imposible para un helicóptero hacerlo, dadas las condiciones de terreno y el fuego rebelde de ametralladoras ligeras calibre 30.

El amanecer del 28 de julio sorprendió a la tropa de Sánchez Mosquera quemando su impedimenta y parte del parque. El militar batistiano quería aligerar en todo lo posible la carga para apresurar el paso en su huida. Los rebeldes de Guillermo y Lalo no cesaban en su persecución implacable y seguían causándole bajas. En su premura por ocupar las mejores posiciones para aniquilar al enemigo en fuga, analizaría Fidel años después, Ramón Paz no tomó precauciones en su retaguardia. El Batallón 22, reconstruido con efectivos estacionados en Bartolomé Masó, al subir desde el llano al firme de Providencia, se situó a espaldas y a la derecha de Paz, quien ante el sorpresivo fuego, cayó mortalmente junto con varios de sus compañeros. El resto de su destacamento se replegó hacia las fuerzas de Daniel, quien movió acertadamente los rebeldes bajo su mando hacia Palma Criolla, río Providencia arriba.

Los restos del batallón 11 lograron salir de la encerrona y el helicóptero pudo trasladar a Sánchez Mosquera a Santiago. Pero los efectivos de Daniel, reforzado con los de Paz, tomaron atajos y reanudaron el hostigamiento de las fuerzas batistianas, que huyeron en dirección a Cerro Pelado. La persecución continuó hasta pocos kilómetros de Bartolomé Masó y solo se detuvo en pleno llano.

En su parte para Radio Rebelde, Fidel calificó de batalla de gran magnitud a estas acciones desarrolladas del 25 al 28 de julio e informaba: “La zona de Santo Domingo, El Salto y Providencia han quedado totalmente liberadas de tropas enemigas. Nuestras fuerzas sufrieron en esta sangrienta batalla siete muertos y cuatro heridos […] El Ejército Rebelde ha aumentado extraordinariamente sus efectivos de combate y prosigue la lucha contra los restos de las fuerzas enemigas que iniciaron la más grande ofensiva militar que pudo imaginarse en nuestra república […] La ofensiva se ha convertido en fuga desesperada”.

Fuentes consultadas

Los libros La victoria estratégica, de Fidel Castro, Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Che Guevara, y La Guerra de Lliberación Nacional en Cuba 1956-1958, de Mayra Aladros, Servando Valdés y Luis Rosado


Pedro Antonio García

 
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