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Publicado el 31 Julio, 2018 por Redacción Digital en Historia
 
 

La masacre de El Príncipe en 1958*

El parte oficial felicita a las fuerzas del orden que lograron con su pronta actuación reducir y controlar un motín en la referida prisión... En el incidente murieron tres detenidos nombrados Roberto de la Rosa, Reinaldo Gutiérrez y Vicente Ponce Carrasco y hubo además 15 heridos...
Monumento a los asesinados en la masacre del 1 de agosto de 1958, en la prisión del Castillo del Príncipe./ Foto: granma.cu)

Monumento a los asesinados en la masacre del 1 de agosto de 1958, en la prisión del Castillo del Príncipe./ Foto: granma.cu)

Por Giraldo Mazola**

Con voz entrecortada, el locutor del Circuito Nacional Cubano, CNC, Eddy Martín, lee en el noticiero nocturno de ese mismo día el primer y único parte elaborado por la tiranía de un supuesto motín en la prisión del Príncipe el primero de agosto. Eddy, liberado unos días antes, se había reincorporado a su trabajo en la emisora.

El parte oficial felicita a las fuerzas del orden que lograron con su pronta actuación reducir y controlar un motín en la referida prisión. Anuncia que se inició una causa contra una veintena de forajidos que serán juzgados por actividades terroristas al destruir propiedades en la cárcel, atacar y herir a varios miembros de la guarnición y a quienes se les ocuparon varias armas de fuego y explosivos. En el incidente murieron tres detenidos nombrados Roberto de la Rosa, Reinaldo Gutiérrez y Vicente Ponce Carrasco y hubo además 15 heridos. Al mencionar este último nombre la voz de Eddy se quiebra, tartamudea y se hace más aguda la gravedad del timbre.

(Foto: Granma)

Eddy Martín y Gustavo Mazorra fueron detenidos después de la fallida huelga del 9 de abril y enviados al Vivac del Príncipe. Eran los locutores de guardia en las emisoras Circuito Nacional Cubano, CNC y 1060 esa mañana del 9 de abril cuando compañeros del 26 de julio introdujeron el disco con el llamamiento a la huelga, grabado en la voz de Wilfredo Rodríguez que comenzaba con la popular canción de moda entonces “Marcelino pan y vino.” Eddy, aunque odiaba la represión de la tiranía no estaba vinculado entonces al 26 de julio pero ayudó a evadirse de la emisora e incluso se llevó en su auto a Paquito Vilalta, que fue quien puso el disco burlando la vigilancia policial permanente en las estaciones de radio.

En la novena estación coincidió con Wilfredo, que era el responsable del 26 de julio en el sector de la radio y la televisión, y con Vicente Ponce, que fuera detenido con él aquel fatídico 9 de abril en horas de la noche. Quizá ambos no fueron asesinados como muchos otros porque ya la orgía de sangre había cansado a los matarifes, y más que eso, porque habían logrado con la feroz represión, paralizar la huelga.

En el Vivac se estableció una profunda amistad entre Eddy y Vicente, surgida en los días que compartieron en las mazmorras de la estación de policía y consolidada por la coincidencia en apreciaciones y criterios.

Estaban en la misma galera y dormían en la misma litera de dos pisos. Conversaban mucho y Eddy llegó a profesar una admiración sincera por aquel joven idealista y profundo, lleno de fe en la victoria, aún en aquellos momentos de desconcierto que siguieron al fracaso de la huelga de abril. Vicente catalizó sus convicciones y lo hizo abrazar desde entonces la causa que defendía.

Fue después del 26 de julio. Beba Farías, la esposa de Luis Más Martín, una excelente  titiritera, me visitó para traerme un recado. Más Martín, liberado un mes antes, había salido para la Sierra el día anterior donde alcanzó grados de capitán y me advertía que el Partido Socialista Popular, P.S.P., había conocido que se fraguaba una agresión contra el Vivac.

El análisis que me transmitía era sencillo y lógico. La ofensiva contra la Sierra después del fracaso de la huelga de abril se había transformado en una contra ofensiva de las fuerzas revolucionarias. Yo pensaba que esa era la médula de la cuestión. Allá, en el frente principal, el curso de los acontecimientos tomaba un derrotero irreversible. Allí se iba a decidir el futuro y la tiranía, aunque sus personeros no lo reconocieran, aunque no lo percibieran, estaba estratégicamente derrotada.

(Foto: Granma)

En la capital las medidas adoptadas por el régimen para reprimir a los prisioneros en detención preventiva tampoco habían dado resultado. La designación de algunos jueces venales para que procedieran a condenar a los acusados y así remitirlos para el Presidio Modelo en Isla de Pinos, fracasó. El enfrentamiento de los que eran presentados a juicio convirtiéndose de acusados en acusadores irritaba a los que calcularon que podrían amedrentarnos imponiéndonos años de cárcel.

Haber cantado a medianoche del 25 de julio, en el centro de la capital el himno nacional y el del 26 de julio, había servido como pretexto para exacerbar a los jenízaros capitalinos que deseaban actuar con energía contra los detenidos en El Príncipe.

“Debíamos ser muy cuidadosos y no caer en una trampa, en una provocación. Iban a montar un pretexto para agredirnos y castigar lo que consideraban inadmisible. Era el momento de actuar más unidos todas las fuerzas políticas, más disciplinados y evitar caer en errores. Cualquier acción que adoptáramos debía ser bien meditada. No sabía que planeaban hacer pero recomendaba que fuéramos prudentes y no nos dejáramos llevar por las provocaciones que seguramente tratarían de llevar a cabo.” Ese era en síntesis el mensaje.

Agradecí la preocupación, pero realmente no le otorgué toda la trascendencia que tenía. Trasmití lo que me dijeron a la dirección del 26 en el Vivac y supe que Beba también visitó a alguno de los miembros del P.S.P. detenidos en el propio Vivac, quienes comunicaron esas inquietudes a las otras organizaciones.

El 31 de julio habían trasladado arbitrariamente a la cárcel del propio Castillo del Príncipe a una treintena de prisioneros del Vivac, aludiendo que estábamos muy hacinados. Eso no había sucedido antes, al menos en tal magnitud. Habíamos evaluado que eso parecía el anuncio de su futura condena en los próximos juicios o que querían descabezar la dirección interna que teníamos o poner a los que consideraban más revoltosos en condiciones de mayor control. En fin, especulábamos con las posibles causas de esa decisión de la dirección del penal. Habían dejado muchos compañeros valiosos y combativos en el Vivac y ello no nos permitía fundamentar algunos de esos argumentos. El ambiente estaba caldeado y nos excitábamos por cualquier medida de las autoridades de la prisión.

Se produjo el 1ro de agosto una situación explosiva por la suspensión de las visitas con el pretexto de un incidente ocurrido en la cárcel. Desde abajo nos gritaron nuestros compañeros demandando que los secundáramos en la protesta que iniciaban porque habían maltratado a los visitantes que acudieron ese día. Al rato, la protesta originada abajo se extendió, sin saberse exactamente qué estaba sucediendo. Protestaban los familiares afuera y los prisioneros dentro.

Tanto en el Vivac como en la cárcel se bloquearon los accesos con cuanto cosa  aparecía, incluso con literas, y se empezaron a quemar colchonetas. En el Vivac se bloqueó la puerta de la escalera al retirarse la guarnición y quedamos momentáneamente dueños de todo el recinto. Por doquier se desarmaban literas para disponer de tubos con que defendernos. Se demolieron paredes internas para tener piedras como proyectiles. Se lanzaban botellas. De inmediato empezó la represión. Del patio de la cárcel tiraban a los ventanales con fusiles y ametralladoras y con una 30 que emplazaron y cuyas ráfagas obligaban a agacharse. No demoró mucho la llegada de los esbirros más connotados de la capital que acudieron presurosos con la flor y nata de sus asesinos y la balacera contra los prisioneros se incrementó.

El Vivac estaba en el ala izquierda de la prisión del Castillo del Príncipe, vieja fortaleza española construida como parte del sistema de defensa de la ciudad de La Habana en una colina medianamente prominente en el Vedado.

Esa fortaleza fue convertida en prisión desde la época colonial y a principios de la República por ella desfilaron los líderes de la fallida revolución del 33.

La cárcel estaba destinada a los llamados presos comunes que igualmente estaban hacinados. Tenía dos pisos y un patio central y una veintena de galeras, entre ellas una destinada a los desequilibrados mentales, subdividida en pequeños  calabozos. Había otra para presos políticos ya condenados que no habían remitido aún al Presidio Modelo de la Isla de Pinos.

(Foto: EcuRed)

Ahora, atiborrado de detenidos, el Vivac servía para mantener fuera de circulación a los sospechosos o ejecutores de actividades revolucionarias pendientes de celebrársele juicio. Con la suspensión de las garantías constitucionales los detenidos en prisión preventiva tenían que permanecer meses encarcelados hasta la celebración de dichos juicios sin que pudieran presentarse recursos de hábeas corpus o fianzas que posibilitasen las citaciones fuera de la prisión.

Esta circunstancia tuvo a su vez un aspecto positivo. La convivencia de tantos revolucionarios de distinta procedencia política posibilitó que prevaleciera una corriente unitaria, no sectaria, y que se fueran quedando aislados los elementos más conservadores y divisionistas. Los rezagos anticomunistas o sectarios que muchos teníamos y que impedían una verdadera unidad, se fueron arrinconando.

Por otra parte, desde el punto de vista cultural, se logró convertir aquel conglomerado en una escuela fabulosa que contribuyó a consolidar el nivel cultural, educacional y político.

Se creó la Escuela ”Frank País” en el Vivac con cursos de alfabetización, de seguimiento para compañeros que sólo tenían primero o segundo grados cursados, de geografía, historia, inglés, italiano, filosofía y hasta de ajedrez, que impartíamos Más Martín y yo, y que constituyeron sin proponérnoslo un antecedente del Instituto Superior Latinoamericano de Ajedrez, ISLA y de las clases radiales que después de la Revolución organizó Más Martín en Radio Rebelde. Eddy Martin y Vicente Ponce alfabetizaron.

Lo más sustantivo desde el punto de vista político fueron la conmemoración de efemérides, las veladas culturales y las conferencias sobre temas cruciales de actualidad.

Se accedía al Vivac desde el frente de la fortaleza con una entrada independiente. Estaba en una primera planta y ese solo acceso desembocaba en un salón, especie de recibidor dividido por un muro de metro y medio donde acudían las visitas. Del otro lado del muro eran convocados los detenidos cuyos familiares o amigos visitaban. Al final de ese muro había un pequeño espacio destinado a las visitas de los abogados. Los detenidos eran llamados por un improvisado sistema de avisos mediante una cadena de presos comunes que iban repitiendo el nombre solicitado.

Al fondo del pasillo estaba la enfermería con una veintena de literas. Allí  atendíamos en “primer grado” a los compañeros que llegaban, generalmente por la madrugada, de los distintos cuerpos represivos, torturados, sucios y enfermos.

De la puerta enrejada de esa entrada, a través del pasillo, se llegaba a lo que se denominaba “Cuatro Caminos,” encrucijada a la que daban acceso las entradas de las cuatro primeras galeras. Siguiendo por el pasillo se llegaba al comedor y de ahí a una quinta galera con un patio contiguo y otro trasero.

En esas cinco galeras estábamos hacinados más de 400 prisioneros que dormíamos en literas que cada vez había que unir más entre sí, al extremo que en muchos casos era necesario entrar a ellas por el frente al carecer de espacio que las separara.

En el Vivac se secunda la protesta de la cárcel, compañeros de todas las galeras irrumpen en el zaguán de las visitas y la guarnición desciende por la escalera cerrando la reja sin hacer oposición. En esa entrada se tiran literas, colchonetas, muebles y con el alcohol de la enfermería se incendian. También se ponen literas y colchonetas en la puerta de acceso al pasillo. En la entrada del comedor se ponen uno encima del otro los bancos utilizados para sentarnos en el almuerzo y la comida.

Cuando al fin los sicarios penetran al Vivac, con sus armas ardiendo después de habernos baleado a través de las ventanas y patios, y se frustra la posibilidad de establecer un diálogo con las autoridades del penal, se reinicia la balacera desde la entrada del pasillo y llegan con sed de venganza hasta el cruce de los Cuatro Caminos.

Vicente Ponce Carrasco (Foto: EcuRed)

Vicente Ponce Carrasco (Foto: EcuRed)

Allí, un cabo del SIM asesina con una ráfaga a quemarropa, en la entrada de la galera 2, a Vicente Ponce, penetra el cubículo, lo remata y dispara a mansalva contra todos los detenidos. Otros esbirros lo secundan. De la Rosa cae fulminado instantáneamente y Reinaldo, con varios impactos en el pecho, avanza hacia ellos hasta que se desploma. Un grupo de heridos yace entre las literas mientras instintivamente otros tratan de agazaparse eludiendo la plomiza. Los sicarios disparan hacia los parapetos del comedor y se aprestan a avanzar para repetir la matanza.

A gritos, el coronel Martín Pérez, detiene el tiroteo contra los detenidos desarmados y permite que los heridos y muertos sean trasladados a la enfermería.

Nos sacan a los presos de esas cuatro galeras, nos empujan hacia el comedor, nos obligan a quitar los parapetos y nos conducen a todos, a través de la última galera, la 21, hasta el pequeño patio final.

Allí, bajo insultos, nos obligan a virarnos de espalda y una decena de policías montan simultáneamente sus ametralladoras intimidando y amenazando con una matanza.

Al rato, se van retirando los sicarios y la policía de la prisión nos va retirando por grupos a las respectivas galeras, donde nos encierran.

Fue un golpe muy fuerte en la cabeza. Como un cabillazo o el planazo del bastón de un policía. Las piernas me flaquearon y caí de rodillas, medio aturdido, encima de los cristales regados por el piso de las ventanas destrozadas por los balazos.  Fue algo parecido, aunque de más envergadura, como cuando de muchacho el viejo me sorprendía y me daba con el canto de la mano por la corva de las piernas diciéndome: “tú no sirves para soldado.”

Había intentado llegar a los “Cuatro caminos“ pero tuve que retroceder de nuevo hasta la entrada del comedor, pasando por entre los bancos de madera que habíamos puesto como improvisado parapeto.

Reinaldo Gutiérrez Otaño/ Foto: EcuRed

Reinaldo Gutiérrez Otaño/ Foto: EcuRed

Hacia la entrada del Vivac había ido Vega Vega, de la O.A., a discutir con el jefe del penal Coronel Pérez Clausell. Cuando casi lo estaba introduciendo en el pasillo alguien tiró una botella y el coronel retrocedió. Comenzaron a tirar de nuevo y Vega Vega sobrevivió de milagro gateando hasta la enfermería.

Por las ventanas enrejadas entraban como moscardones disparos que seguían haciendo desde el patio de la cárcel y desde afuera, rebotando peligrosamente en las paredes de piedra y convirtiendo inseguro cualquier escondrijo.

Justo después de cubrirme tras la pared la primera ráfaga hizo astillas la punta del banco que tenía cerca de la cara. En eso el flaco Taras Domitro, combatiente santiaguero del 30 de noviembre se desliza por el piso como el mejor robador de segunda base, justo cuando una ráfaga hace añicos sobre su cabeza unos cristales que aún quedaban en una ventana. Me inclino para preguntarle si está bien porque tiene una cara de espanto y asomo sin darme cuenta la cabeza, cuando me hieren.

Estaba en calzoncillos. Había perdido una de las chancletas de palo en la carrera y al pasar por entre los bancos se me cayó la otra.

En cuclillas me revisé con cuidado la cabeza, centímetro a centímetro, en toda la zona donde sentía punzadas y ardor, buscando asustado si tenía un hueco, si el impacto había abierto el cráneo, como si así fuera posible seguir consciente. Sentí el calor de la sangre en la oreja. La toqué instintivamente y cuando vi los dedos embarrados de rojo intenso el frío de la espina dorsal me estremeció. Me limpié en el calzoncillo y volví a explorar. Otro hilillo corrió por la frente, me entró en un ojo y la ardentía fue tremenda. Me lo restregué y fue peor. Al tacto sentí, bajo la piel desgarrada, las astilladuras de una parte del parietal y el susto aumentó.

Me acordé de aquel albañil que había atendido en el hospital no hacía mucho tiempo cuando llegó con casi todos los huesos rotos después de caerse de un andamio. Tenía un golpe en la cabeza que le había rebanado un pedazo de pelo, piel y hueso. Por la pequeña abertura se le veía el cerebro. Fue la primera vez que vi eso y se me quedó grabada la imagen de la masa encefálica que se movía al ritmo de su respiración. Proseguí buscando la temida perforación y respiré cuando al terminar el área lastimada, no la encontré. Volví a repasar la herida ya más tranquilizado pero erizaba la sensación carrasposa del hueso astillado.

Pregunté a quienes se escondían cerca de mí, si veían una abertura, un hueco, en fin si se veían los sesos para que me entendieran. Rogelio Montenegro agachado a mi lado me revisó. Mofándose de mis complejos por la baja estatura gritó, a pesar de estar a mi lado y dirigiéndose al grupo agazapado por todos lados en aquel comedor: ¡Así que tú querías ser alto, pues alégrate, si no fueras tan “rebijío” te hubieran dado el tiro en el ojo!  Después me conmina: ¡No tienes nada más que un rasguño aunque echa sangre como loco! ¡Para qué carajo sacaste la cabeza! Armando Franco, otro chivador, también grita desde el otro extremo: ¡Un médico, se le salen las tripas al “dóctor” por la cabeza!

Sentado en cuclillas me reviso las rodillas que me duelen y empiezo a sacarme cristales enterrados. Me duelen más que la cabeza. La derecha sobre todo tiene varias cortadas que sangran y me molestan. Ahora me doy cuenta que los pies me duelen y a pesar de la suciedad veo varias cortadas en ambas plantas.

Siguen tirando ráfagas y disparos aislados pero sobre todo tiran desde la propia entrada del Vivac.

Aunque también me encerraron en una galera logré salir, después de muchas negociaciones, aludiendo a mi condición de “enfermero.” No había ningún médico detenido y Alipio Zorrilla y yo, únicos estudiantes de medicina, tratábamos de atender a nuestros compañeros en aquella enfermería. Alipio ya no estaba pues fue uno de los que enviaron a la cárcel y ese era un argumento más para poder salir. Me prestaron unas chancletas y me vestí con un pulóver y un pantalón que encontré y que me quedaban grandes. Ya se habían llevado los muertos y algunos heridos. Temíamos que a los heridos los llevaran al hospital de la policía donde no sabíamos si realmente los iban a atender o los asesinarían.

Roberto de la Rosa./ Foto: EcuRed

Roberto de la Rosa./ Foto: EcuRed

Por eso prevaleció el criterio de que sólo salieran los heridos que debían realmente recibir atención hospitalaria y las heridas menores, como la mía, ventilarlas entre nosotros.

Al Niño, mi amigo de Lawton, le habían dado dos balazos en el vientre, debajo del cinto que no sangraban. Me enseñó las perforaciones y me preguntaba ¿Qué tú crees Dóctor? Le dije que eso no era nada, que se mantuviera tranquilo, pero insistí en que lo sacaran primero cuando vino un transporte. Lo despedí con el mayor afecto que pude, convencido de que no lo vería más, pero gracias a no sé qué milagro sobrevivió e incluso también se resistió a morir cuando inmediatamente después del triunfo de la Revolución unos masferreristas lo dieron dos tiros en un muslo.

Gustavo Bruguet recibió un balazo debajo de la tetilla que chocó con una costilla y corrió increíblemente entre la piel y el hueso hasta impactarse en la columna dorsal sin afectar el hueso. No era grave pero se quejaba de una ardentía terrible.

El “grande”, corpulento estibador de un tórax amplio y fuerte, recibió un balazo en el medio del pecho, justo en el esternón que, para su suerte, al penetrar ese hueso, se desvió y no le atravesó el corazón. Al igual que Lino, el caprichoso proyectil continuó adosado a las costillas, pero por dentro, hasta impactarse en la columna sin afectarla. Más se lesionó al caerse de la litera donde recibió el balazo y exhibía como prueba unos chichones pero caminaba animadamente, aunque le preocupaba la perforación que como una condecoración llevaba en el medio del pecho.

El alcohol, mercurio cromo y mertiolate habían desaparecido como combustibles y tuve que curar muchas heridas de cristales con un poco de agua oxigenada que quedó y con agua de la pila. Fui galera por galera con un cubo y más que curar limpié las heridas de muchos compañeros y las mías.

  • Parecía un alma en pena. Se entregó mansamente y sin resistencia. La desmoralización le quitó la arrogancia y altanería. Hablaba bajito aunque se podía apreciar su primitivismo. Fue detenido e interrogado. Varias personas dijeron que se jactaba de haber matado a tres compañeros en el Vivac. Lo reconoció con desparpajo. Ya era teniente pues aquel acto le valió dos ascensos en pocos meses. En su calabozo se fue desmoronando y le temblaban las manos cuando le trajeron la comida. Por un descuido no se le quitó la corbata cuando se le desarmó y se le retiró el cinto. Amaneció ahorcado, colgado con ella de la ventana.

Realmente fue un “libretazo” pues no lo consultó con nadie. Había mandado a dibujar en una sábana un retrato de Vicente a partir de una foto de carné. Alfredo Yabur, que fuera abogado de muchos de nosotros y ahora Ministro de Justicia, se había comprometido a hablar en el sencillo acto que había organizado y se efectuaría después de la ronda de boxeo ese día. Por un imprevisto urgente fuera de la capital Yabur no llegó a tiempo. Eddy Martín tuvo que convertirse en el orador.

Combatientes muertos masacre de El Príncipe)

Vicente, Reinaldo, Roberto. (Foto: EduRed)

También ese día se le entrecortó la voz, casi tartamudea y el tono grave de su tonalidad se alteró cuando anunció con solemnidad y mucho orgullo que a partir de ese momento se había decidido que el Frontón de Jay Alay de Concordia y Consulado, se denominaría, a partir de ese momento, Vicente Ponce Carrasco, en homenaje a un joven revolucionario cuyos sueños y sanas ambiciones fueron cercenados brutalmente, pero cuyas virtudes y ejemplo vivirán eternamente.

Un laboratorio en Boyeros y una escuela en San Miguel del Padrón llevan el nombre de Reinaldo, pero muchos cada vez que oímos a Carbonell recitando recordamos a aquel mulato fornido y fuerte que jovialmente declamaba imitándolo con acierto y gracia.

No conozco si existe alguna fábrica o escuela que lleve el nombre de Roberto de la Rosa. Al hacer estas líneas creo que debemos ocuparnos de rectificar este involuntario olvido, si es que es así, pero confieso que me acordé de él cuando nació mi primer hijo pues cuando lo balearon mortalmente atinó a decir con preocupación instintiva “Ay, mis hijos” pensando tal vez en el futuro de esos niños en vísperas de su muerte. Quizá su monumento definitivo no sea ponerle su nombre a una obra, sino que es la propia Revolución por la que murió, la que les garantizó a ellos y a todos los niños de entonces y de ahora un futuro seguro.

Giraldo Mazola, Embajador de Cuba en Namibia.

 

*Mención del concurso de la Asociación de Combatientes. Una versión fue publicada en Granma

**Embajador de Cuba en Namibia


Redacción Digital

 
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