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Publicado el 25 Julio, 2018 por Igor Guilarte Fong en Historia
 
 

A 65 AÑOS DEL 26 DE JULIO

Símbolo inmortal de lucha

Por su significado y proyección en el tiempo, el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes constituye un hito de nuestra historia

Por IGOR GUILARTE FONG

Vista de la fortaleza en las horas posteriores al asalto. (Archivo del autor)

Vista de la fortaleza en las horas posteriores al asalto. (Archivo del autor)

Sesenta y cinco años después de que la Generación del Centenario martiano, encabezada por Fidel, expusiera sin miedo sus vidas y encendiera el motor pequeño que habría de generar un movimiento mayor, la epopeya del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes se afianza en su vigencia.

Frente a los círculos gobernantes proimperialistas amplificados al amparo de la bota golpista del 10 de marzo de 1952, se hacía necesaria una arremetida final para culminar la obra de nuestros antecesores. Eso fue el 26 de julio, como dijera el propio líder de la Revolución en 1973, rememorando los versos de Rubén Martínez Villena.

En tales circunstancias, el joven abogado Fidel Castro asumió la responsabilidad histórica de nuclear una pequeña y resuelta vanguardia insurgente, en su mayoría seguidora de la prédica de Eduardo Chibás contra la corrupción y en favor de la justicia social

En tales circunstancias, el joven abogado Fidel Castro asumió la responsabilidad histórica de nuclear una pequeña y resuelta vanguardia insurgente, en su mayoría seguidora de la prédica de Eduardo Chibás contra la corrupción y en favor de la justicia social. Sumaron cientos los hombres que Fidel logró entrenar y organizar en células compartimentadas.

La segunda fortaleza militar del país, ubicada en Santiago de Cuba, fue el objetivo primario. El plan contenía el ataque simultáneo al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, dada su ubicación estratégica. La ocupación de ambos reductos serviría para armar a las masas y desencadenar una Revolución de pueblo.

Estudiantes, profesionales, obreros, campesinos, desempleados, integraron el contingente de centenar y medio –incluidas dos mujeres– escogido para las acciones armadas. Profundamente martianos, en su Manifiesto leído poco antes de partir, los combatientes juraron forjar una patria mejor, sueño supremo del Apóstol, declarado Autor Intelectual de aquella gesta.

El Moncada ha trascendido como icono del triunfo de las convicciones revolucionarias. (ERNESTO OCAÑA)

El Moncada ha trascendido como icono del triunfo de las convicciones revolucionarias. (ERNESTO OCAÑA)

Por razones imprevistas falló el factor sorpresa. Aunque solo seis asaltantes cayeron en el combate, la lista de mártires creció de manera espeluznante en más de 50, con la posterior represión desatada por la tiranía.

A pesar del revés militar y de la elevada consecuencia luctuosa, la acción librada aquella mañana de la Santa Ana no fue asumida como una derrota. Desde ese momento el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes se alzó en multitud de símbolos. Fue un grito de rebeldía, un llamado a la conciencia social de los cubanos, una victoria de las ideas.

Aquel 26 de julio de 1953 marcó el cambio de rumbo de una nación entera, un antes y un después en la larga historia de lucha de un pueblo por su independencia. Reafirmó la tesis de la insurrección popular mediante la vía armada como el camino efectivo para que el poder recayera verdaderamente en el pueblo.

De ese impetuoso movimiento surgieron una dirección y una organización políticas defensoras del orden democrático. Asimismo, la grandeza y justeza de las ideas que enarbolaron aquellos jóvenes trascendieron las fronteras y se sembraron como ejemplo en otros pueblos del mundo.

Fue síntesis de lo mejor de las tradiciones de lucha. Además de Martí, con el asalto se le rindió tributo a Antonio Maceo, Máximo Gómez, Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, y tantos héroes más caídos por el mismo anhelo libertario.

“Por la dignidad y el decoro de los cubanos, esta Revolución triunfará”, sostenía el juramento de aquellos valientes. Precisamente, 65 meses más tarde aquel sacrificio empezó a convertirse en realidad. El 26 de Julio de 1953 abrió las puertas a un curso triunfal de la Revolución cubana.

Con la victoria del 1° de enero de 1959 se dio prioridad a resolver los seis problemas fundamentales denunciados por Fidel en su alegato de autodefensa y que luego se denominó Programa del Moncada. Sesenta y cinco años después Cuba no se detiene, bajo el concepto de su líder histórico, de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, continúa cimentada en el pasado pero mirando hacia el futuro.

Crimen en San Enrique

Así transcurrieron las últimas horas de seis jóvenes integrantes de la Generación del Centenario

El carro que salió con seis prisioneros del cuartel Moncada se dirige al este de la ciudad, por la carretera de Siboney, la misma que 72 horas antes había recorrido la caravana de revolucionarios mientras “volaban” al combate. Atraviesa el límite del partido de Las Guásimas y dobla a la izquierda, por el angosto camino que conduce a las alturas de la Gran Piedra.

Los detenidos van en la cabina con las manos atadas, despeinados, aturdidos, con vendas en los ojos que no alcanzan a cubrir los rostros desencajados. Un dolor angustioso les abraza los cuerpos fracturados por andanadas de golpes y brutales torturas. Uno de ellos presenta una herida de bala sin atención médica desde hace tres días. La falta de agua y alimentos agrava la depauperación física. Cada cual resiste como puede, se aferra a la vida aunque la esperanza se torne gris con cada minuto que expira.

Un sencillo monumento fue erigido en el sitio del crimen para recordar a los héroes. Lamentablemente hoy no luce como en esta gráfica tomada hace unos años. Está destruido. (IGOR GUILARTE FONG)

Un sencillo monumento fue erigido en el sitio del crimen para recordar a los héroes. Lamentablemente hoy no luce como en esta gráfica tomada hace unos años. Está destruido. (IGOR GUILARTE FONG)

“¿Adónde nos llevan?”, se habrá preguntado en silencio más de uno, con l

ógica inquietud. Durante el viaje no tienen permitido hablar entre sí. Tampoco han de tener muchas ganas de hacerlo. Se enjugan la sangre de los labios. Pero el mutismo no impide que busquen alivio en los laberintos profundos y misteriosos de la mente: que recuerden a la madre, la novia, lo que dejan pendiente; que se interroguen por dentro, que lamenten su suerte.

A fin de cuentas, pueden ser sus últimos pensamientos. Lo saben. Algo en el ambiente –más allá de sus cuerpos– huele mal. Desde el domingo, cuando cayeron en manos de los sádicos subordinados del coronel Chaviano han sido consternados testigos de la muerte de sus compañeros.

El furgón se detiene, luego de recorrer el último tramo de pronunciadas curvas, subidas y bajadas. En la cerrazón del transporte, los prisioneros no han tenido oportunidad de retener esos detalles topográficos ni de saber adónde han ido a parar. El viaje ha demorado unos veinte minutos, pero a ellos les ha parecido una eternidad.

–¡Vamos!, bajando… –ordena el guardia que ha abierto de golpe la puerta trasera. Del interior empiezan a saltar unos hombres.

Los nombres

Andrés Valdés Fuentes
Andrés Valdés Fuentes (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

Andrés Valdés Fuentes (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

El viernes 24 no fue otro viernes cualquiera. La hora cero había llegado. Ese día, el ayudante de panadero Andrés Valdés Fuentes dejó de trabajar antes de lo acostumbrado, cobró su salario y corrió a su vetusta casa en el barrio de Cayo Hueso. Allí pidió ropa limpia a su madre y entregó el dinero al padre:

–Viejo, coge de ahí lo que necesiten para los gastos que tengan… Me voy a pasear a las regatas de Varadero –dijo con tono sereno.

Como parte del grupo dirigido por José Luis Tassende, a las 10 y 15 de la noche abordó el tren central rumbo a Santiago de Cuba, donde se hospedó en el hotel Perla de Cuba. El día 26, al fallar el factor sorpresa del asalto, Andrés salió de la Posta 3 junto a sus amigos Armando Valle López y Raúl de Aguiar Fernández.

Por vía férrea lograron alejarse de la ciudad y llegar temprano, el 27, a Marcané, donde fueron auxiliados por Ramón Castro Ruz. Este los llevó a su casa, les dio ropa, dinero y comida, y los refugió en un cañaveral. El hermano mayor de Fidel y Raúl pensaba esperar el tiempo prudencial para propiciarles una salida segura, pero los tres jóvenes, desesperados por regresar a La Habana, decidieron irse por su cuenta.

En un cafetín pidieron “gaseosa”, en lugar de refresco. El uso del vocablo los marcó y, un rato después, mientras esperaban en la estación ferroviaria de Alto Cedro, fueron capturados Andrés y Raúl Aguiar. Valle pudo huir, momentáneamente, y fue interceptado más tarde en Cacocum. Durante años se repitió que los muchachos fueron asesinados en algún lugar cercano al río Cauto, y desaparecidos sus restos en un pozo ciego.

La realidad es que Andrés y sus compañeros de lucha e infortunio fueron trasladados a la sede del Escuadrón no. 14 de la Guardia Rural, en Palma Soriano, y de allí, remitidos al Moncada. Es de conjeturar que este movimiento debió realizarse alrededor del mediodía o en horas tempranas de la tarde, porque ya a las cinco estaba Andrés, sin saberlo ni quererlo, en la masacre de San Enrique. Apenas consiguió estudiar hasta quinto grado. Tenía 24 años.

Manuel Isla Pérez
Manuel Isla Pérez (Archivo del autor)

Manuel Isla Pérez (Archivo del autor)

–No, no quiero postre –dijo y apuró el último bocado del plato. Almorzaban todos juntos ese día. Pero algo más importante apremiaba al jovencito de cuerpo menudo, ojos claros y pelo rubio. Se levantó de la mesa donde quedaron sus padres y seis hermanos; entró al dormitorio.

–¡Anjá, conque nos vamos de fiesta!” –lo inquirió con picardía Mercedes, su madre, al sorprenderlo cuando preparaba una “mudita” de ropa.

–Mamá, si no vengo esta noche a dormir no te asustes –delineó una sonrisa tranquilizadora y se encaminó a la estación.

Lo vieron subir al tren de las tres, con destino a La Habana. También por ferrocarril llegó a Oriente. A pesar de su corta edad había mostrado coraje de hombre maduro. “Las armas las llevaré yo…”, se le escuchó decir en la finca Santa Elena cuando hizo falta esconder los fusiles usados en las prácticas de tiro. Escondidos bajo una carga de yerbas los llevó a su casa en Los Palos. Esas escopeticas calibre 22 fueron empuñadas por la Generación del Centenario en el ataque.

Tras la confusión de la retirada, el peón agrícola deambuló por una urbe desconocida hasta que, irremediablemente, cayó preso. En ese momento vestía una camisa de cuadros grandes y rojos. Genaro Hernández, miembro de su misma célula de Nueva Paz, coincidió con él en uno de los calabozos.

“Alrededor de la una de la madrugada, amanecer del 27 de julio, llegaron algunos compañeros, entre ellos Manuel Isla. Tenía la cara llena de hematomas. Lo habían golpeado. Se nos acercó y dijo: ‘Si les preguntan, digan que no me conocen. Yo dije que no los conocía a ustedes y que había venido a los carnavales’. Fue lo único que me dijo. Como a las tres de la madrugada, llegó el comandante de la guardia y señaló a cinco. Eso lo hicieron como dos o tres veces. En una de esas veces salió Isla y no regresó más”, relataría.

Al principio creyeron, agregaría el asaltante sobreviviente, que sacaban a los compañeros para interrogarlos. Pero al ver que no regresaban y escuchar las ráfagas comprendieron lo que sucedía. Luego tuvieron la versión de que lo asesinaron en el campo de tiro de la fortaleza.

Manuel Isla Pérez solo estudió hasta segundo grado. Nunca más volvería a almorzar en familia ni a dormir en casa. Lo condujeron a San Enrique con 20 años. Los había cumplido dos semanas antes.

Oscar Alberto Ortega
Oscar Alberto Ortega (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

Oscar Alberto Ortega (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

Nito -como le conocían sus allegados- estudió la primaria completa, jugaba ajedrez, escribía poemas, tenía buena voz y hasta cantaba tramos de óperas. Era alegre, servicial, hospitalario. En su casita marcada con el número 4, en la calle Lora, de Palma Soriano, durmió Fidel tres meses antes, cuando los preparativos del asalto.

En la histórica mañana de la Santa Ana peleó junto a su coterráneo Teodulio Mitchell Barbán. Este rememoraría años después que ambos estuvieron entre los que retornaron a la Granjita y oyeron a Fidel cuando habló de continuar la lucha en las montañas, pero no pudieron incorporarse.

Según narraría Mitchell: “Allí se le cayó el fusil a Armando Mestre y se escapó un tiro que hirió accidentalmente a Nito en la pierna derecha, como a dos dedos por debajo de la rodilla. Era un tiro de balita 22. Entonces Fidel me pidió: ‘¡Guajiro, encárgate de él!’. Y así lo hice. Le puse un vendaje sobre la herida y salimos vestidos de civil a la carretera de Siboney, buscando sacarlo normalmente.

“Habíamos avanzado un tramo cuando se acercó una máquina donde iban como ocho compañeros nuestros, todavía vestidos de guardias. Les insistí que abandonaran el carro y se dispersaran, pero no me hicieron caso. Invitaron a montar y Nito lo hizo”. Todos cayeron prisioneros y fueron asesinados. El palmero que se desempeñaba como ayudante en un salón dental tenía 26 años de edad.

Ramón Méndez Cabezón
Ramón Méndez Cabezón (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

Ramón Méndez Cabezón (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

En casa le decían Ramonín, por ser el hijo de Ramón. Nació en la habanera clínica Hijas de Galicia, donde hoy una tarja así lo recuerda. Contrario al diminutivo de su nombre era una estampa de hombre: alto, buen tipo, de músculos ejercitados en el gimnasio de la calle Lacret. No pudo terminar la secundaria. Como viajante de comercio se dedicó a vender jamones y manteca. El viernes 24, por la tarde, se vistió con un flus (traje) blanco, de estreno, como si fuera a una fiesta. Sospechó la madre que tendría una cita romántica.

–Mami, hasta el domingo por la noche –se despidió tiernamente. A ella no le asaltaron temores, al verlo tan jovial, optimista, lleno de vida. Jamás pensó que era la última vez que vería al hijo querido.

El lunes 27, la señora Dominica Cabezón se enteró de la tragedia por una vecina. Durante ocho años trataron de rescatar los restos mortales, hasta que en 1961 el padre fue a Santiago y localizó en el cementerio de El Caney al sepulturero que lo había enterrado. “Lo que aquel hombre relató me dejó destrozado. Como el de otros compañeros, su cadáver había llegado allí bárbaramente mutilado”, reviviría el viejo Ramón con temblor en la voz.

Días antes de su partida la madre tuvo un sueño y le habló de sus temores a Ramonín.

–Ten cuidado, mijo, ese sueño me ha dado mala espina…

–Déjate de sueños, mami. Esto no se arregla con sueños. Tenemos que arreglarlo nosotros mismos –contestó él, resuelto.

Ramón Ricardo Méndez Cabezón integró el grupo de apoyo comandado por Abel Santamaría que ocupó el Hospital Civil Saturnino Lora. Dado que fueron esos los primeros combatientes con los que inició la venganza castrense, surgen incógnitas de cómo permaneció con vida hasta aparecer después entre los inmolados en el camino de la Gran Piedra. Tenía 24 años.

Manuel Saíz Sánchez
Manuel Saíz Sánchez (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

Manuel Saíz Sánchez (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

“Era muy joven pero sabía guardar celosamente los secretos de sus labores revolucionarias… como un viejo”, comentaba orgullosa la madre.

Ella lo vio por última vez el viernes 24. Salió vestido de traje blanco.

Se justificó que iba a Villa Clara, a la boda de un amigo.

Lo hizo tan discretamente que aquello no sonó a despedida.

Manuel Saíz Sánchez había terminado estudios primarios y trabajaba en una carpintería de La Víbora.

Tenía estatura mediana, delgado, piel trigueña, pelo castaño.

Era el más joven de la célula de Lawton.

También fue de aquellas seis víctimas conducidas a San Enrique.

Se desconoce en qué circunstancias fue apresado.

Tenía 18 años.

 

Reemberto Abad Alemán Rodríguez
Reemberto Alemán Rodríguez (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

Reemberto Alemán Rodríguez (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

Lo mismo que Manuel Saíz y Ramón, Reemberto Abad Alemán pertenecía al llamado Grupo de Lawton, barriada capitalina adonde se había mudado su familia desde el Guayos natal, en Las Villas. Trabajaba como masillero junto a los hermanos Matheu Orihuela, y aunque tenía nivel primario, estudiaba aeronáutica por correspondencia, en curso de una academia de Estados Unidos. Era alto, pasaba de los seis pies, delgado pero fuerte, de ojos pardos y cabellos castaños.

El 24 llegó a su casa antes de la hora acostumbrada, embadurnado de masilla, con apuro por bañarse, almorzar y cambiarse. Debía salir urgente. Descolgó de la percha el traje blanco que tenía destinado para el día de su boda. La madre le reclamó. Él respondió que se sentía tan contento como si se fuera a casar. Comunicó que iba a realizar un trabajo en Matanzas y que no regresaría hasta después del domingo, pues aprovecharía para las regatas de Varadero. El 1° de septiembre iba a cumplir 25 años.

Horas transidas de temor, de zozobra, de amargura, han vivido tras el combate del amanecer. Una vez en el interior de los calabozos del Moncada, no queda más que esperar que no se pose la fatalidad sobre carne propia. ‘Vengan cinco más… Tú, tú, tú, tú y tú’… A punta de dedo, al azar, los van sacando los guardias. Una cosa es segura: no los han llamado para soltarlos.

El escenario

La finca San Enrique se ubica a cuatro kilómetros y medio de la carretera de Siboney, yendo al norte. El punto exacto donde va a ocurrir el suceso imprevisto es paralelo al cruce del río Carpintero con el camino que sube a la Gran Piedra.

Hay casas dispersas, de tablas y guano, muy pobres. El lugar ofrece todas las señales de abandono y los violentos contrastes de un ámbito rural de la época. Entonces pertenece al término municipal de El Caney, en cuyo cementerio serían inhumados los cadáveres, el día 30.

La zona se caracteriza por las ondulaciones. Rocas de origen volcánico y tamaños diversos se amontonan en gran número sobre el terreno. Por el corredor de humedad que traza el río, la vegetación es tupida, de bosques de galerías: algarrobos, ceibas, guásimas, palmas reales, mangos, mamoncillos, guayabas.

Casualmente por el sitio cruzó Fidel junto a 18 hombres la mañana del 26, rumbo a la cordillera, en su plan de formar guerrilla.

A las cinco de la tarde no hay señales de convulsión en esos predios. La vida es tranquila, sin altibajos. Pero pronto la rutina de aquel paraje boscoso y recóndito se verá acribillada. Es martes 28 de julio de 1953. Caprichosamente, allí, seis moncadistas tienen cita con la muerte.

Los hechos

En la misma edición de los diarios donde se publicaba la alocución en la que el arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Pérez Serantes, hacía un llamado a la paz, aparecían los partes militares que daban cuenta de seis muertos en la finca San Enrique, seis en Juraguá, otro muerto cerca de Maffo; tres en las cercanías de Bayamo. Una verdadera cacería humana se había desatado.

En los reportes sobresalían las “hazañas” del comandante Andrés Pérez Chaumont, jefe de las operaciones de captura de los revolucionarios. La verdad es que este “héroe de batallas contra hombres sin armas y maniatados” –como lo calificó Fidel en La Historia me absolverá– se dedicó a sacar del Moncada a combatientes detenidos, víctimas de torturas y casi moribundos, para trasladarlos a vericuetos donde los ultimaba en acciones teatrales.

En la zona de Siboney las fuerzas militares montaron varios “teatros de operaciones” para disimular crímenes a mansalva. (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

En la zona de Siboney las fuerzas militares montaron varios “teatros de operaciones” para disimular crímenes a mansalva. (Archivo de BOHEMIA/ Autor no identificado)

En su edición del 29 de julio, el periódico santiaguero Diario de Cuba publicaba en primera plana: “A las cinco y media de la tarde de ayer, en la finca “San Enrique”, situada en el Camino de la Gran Piedra, uno de los lugares más intrincados y de difícil acceso por sus estribaciones, cerca de la toma de agua de Siboney, fuerzas de la Guardia Rural del Regimiento Maceo sostuvieron fuego con los fugitivos que atacaron al Cuartel Moncada con un balance de seis revolucionarios muertos de la partida que se compone de unos veinte hombres. Las fuerzas del Ejército tuvieron que lamentar tres heridos. Los fugitivos continúan batiéndose en retirada por los montes de esa zona siendo tenazmente perseguidos.”

La prensa no informaba los nombres de los caídos en el “combate”, como tampoco los de los supuestos militares heridos. Simplemente, no podía. No hubo tal enfrentamiento entre bandos, sino un crimen a mansalva, tal como lo vio Antonio Clavijo, el lechero.

“Eran como las cinco y cuarto del martes 28 cuando los mataron. Esa tarde había llovido mucho. Yo bajaba a llevar leche cuando vi que de un carro amarillo bajaban a unos muchachos. Me escondí detrás de un matojo, cerca de ellos, los vi… Ellos no dijeron nada. Tenían puestos unos sudarios blancos, limpios; los ojos vendados y las manos amarradas hacia atrás con alambre. La figura que más se me quedó en la mente fue la de un muchacho alto, de pies muy grandes, pesaba unas doscientas libras.

“Los iban sacando del carro y los sentaban en la lomita, donde ahora está el obelisco. Los sentaban sobre un tronco… Lo que menos pensaban es que le iba a pasar lo que les pasó. Estaban serenos. Yo estaba mirando esa operación y sabía lo que venía. Entonces me entró una cosa, salí del escondite y grité: ¡Oigan, qué van a hacer! Un guardia flaco me palanqueó el fusil y dijo: ‘Lárgate de aquí que te matamos so…’ Pasé el río crecido y corrí a casa de Cundingo. Qué cosa más grande, al otro día apareció en los periódicos la batalla…”, declaró a Verde Olivo, en 1967.

El citado Cundingo, quien hacía carbón y se nombraba Rafael González, también ofreció un dramático testimonio a la revista de las FAR: “Era de tarde, el 28 de julio. Los trajeron en un carro amarillo cerrado; yo no los vi; el que los vio fue Clavijo. Llegó a mi casa muy nervioso y me dijo: ‘Cundingo, van a matar a esos muchachos por gusto, oirás los tiros dentro de poco’. No había acabado de decirlo cuando tronó eso ahí debajo de los tiros que tiraron. Les dieron tantos balazos que se conocía que eran personas por el pelo. Después se fueron y dejaron una posta cuidando los cadáveres. Ahí estuvieron tirados hasta el otro día por la tarde que se los llevaron, lo que quedaba de ellos, porque los machos se los habían comido.

“Por aquí vivía una mujer que todavía anda mal de los nervios, porque un lechón se le apareció en la casa comiéndose el brazo de un muchacho. Luego que hicieron el paripé del combate se aparecieron y nos dijeron que teníamos la zona llena de bandoleros, pero que ya estaba limpia”.

Dedicada al cultivo de plantas ornamentales, María Elena Casamayor, una niña entonces, tampoco olvidó la escena: “Temprano por la mañana los vi muertos, tirados por la lomita, cerca de donde hoy está la escuelita. Estaba regado uno por ahí, otro por allá. Vestían como pijamas, creo que de blanco, o azul”.

Las pruebas

Por si fuera poco, de aquel crimen quedaron pruebas contundentes en los certificados de defunción copiados literalmente por la colega Marta Rojas del sumario de la Causa 37 durante el juicio, que aparecen en las páginas 157 y 158 de su libro La generación del Centenario en el juicio del Moncada:

“DILIGENCIA

En 29 de julio de 1953, y siendo las dos y treinta p.m., se constituye el señor Juez asistido del actuario en unión del Oficial Letrado, Dr. Antonio Menéndez Sotolongo, asistido del Primer Teniente Médico, Dr. Luis Montalvo Lefebre, en la finca “San Enrique”, barrio de Damajayabo, de este término (El Caney), a fin de dar cumplimiento en la anterior carta-orden.

Próximo al Camino de la Gran Piedra y paralelo al río, margen derecha, en un terreno intrincado, aparece a la izquierda un individuo de color blanco, vistiendo pullover blanco, pantalón azul y zapatos de dos tonos, como de 27 años de edad, se encontraba boca abajo, siendo la causa directa de la muerte hemorragia intercraneal con avulsión de la masa encefálica y hemorragia intratorácica y causa indirecta, herida por proyectil de arma de fuego.

Avanzando como a una distancia de cinco metros, aproximadamente, aparece un individuo color blanco, delgado como de 25 años, pantalón azul, zapatos de dos tonos con un pullover que dice Georgia, pérdida total de la primera falange del dedo pulgar de la mano derecha, causa directa de la muerte, colapso cardiaco vascular y la misma indirecta, igual que la anterior.

A la derecha de este cadáver y a una distancia de unos tres metros aproximadamente, aparece un individuo blanco, vistiendo pantalón y camisa color blanco y zapatos de dos tonos, como de 27 años de edad, con un disparo en la yugular izquierda, causa directa, hemorragia intracraneal y como indirecta igual que en los casos anteriores.

A la izquierda del anterior como a cinco metros, aparece un cadáver de un hombre blanco, como de 18 años de edad, vistiendo camisa a cuadros, pantalón gris, zapatos amarillos, disparo en la ingle, siendo la causa directa hemorragia intraabdominal, e indirecta, la misma de los casos anteriores.

Avanzando al frente, y subiendo a la loma aproximadamente ocho metros, se halla el cadáver de un individuo como de 25 años de edad, blanco, camisa azul con broche de metal, pantalón carmelita con listas, zapatos carmelitas, siendo la causa de la muerte hemorragia intratorácica e indirecta, la misma de los anteriores.

Subiendo a la derecha, en un ligero declive, se encuentra el cadáver de un individuo blanco, como de 30 años de edad, con pantalón y camisa blancos, zapatos carmelitas, medias del mismo color, causa directa de la muerte, hemorragia intraabdominal e intratorácica e indirecta, la misma de los casos anteriores.

Manifiesta dicho médico, además, que la muerte de los mismos data de unas 24 horas aproximadamente, estando todos estos cadáveres en estado de putrefacción con signos de ella algunos, por lo cual se prescinde de las autopsias, ordenando su enterramiento y demás requisitos de ley, en cuanto a exposición de cadáveres.

Nota: los anteriores cadáveres se encuentran inscriptos en el Registro Civil de El Caney, en el tomo 15, a los folios 31, 32, 33, 34, 35 y 36.”

 

Fuentes consultadas: Mártires del Moncada, Autores varios; La Generación del Centenario en el juicio del Moncada, Marta Rojas; Con los pobres de la tierra y Después del asalto al muro, Ángel L. Beltrán; “Del Moncada a la montañas”, Alfredo Reyes Trejo en Verde Olivo, 23 de julio de 1967.


Igor Guilarte Fong

 
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