0
Publicado el 9 Agosto, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1933: Good bye, brigadier; welcome, sargento

El derrocamiento de Gerardo Machado obliga a Washington a buscar el nuevo Hombre Fuerte que defienda sus intereses en la Isla

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Todo empezó en un paradero de guaguas. En medio de la más aguda crisis político-económica que atravesaba la república neocolonial, a un funcionario abusón y avaricioso, el jefe del Distrito Central –estructura administrativa inventada por Gerardo Machado para suprimir la alcaldía de La Habana–, se le ocurrió retirar la licencia a la compañía Ómnibus Cuba con lo que lanzaba a unos 300 compatriotas a la desocupación en un momento en que el desempleo alcanzaba índices récord. Tal decisión absurda y temeraria, si tomamos en cuenta la situación existente, solo se puede explicar por la ambición desmedida de este turiferario presidencial que pretendía destruir una por una a las pequeñas empresas de transporte público con el fin de monopolizar personalmente ese sector.

Como era de esperar, los trabajadores de Ómnibus Cuba se lanzaron a la calle. Su protesta coincidió con la de los comerciantes y pequeños industriales que solicitaban una prórroga por seis meses en el pago de impuestos, excesivos para la época. Los maestros y los empleados públicos aprovecharon para reclamar sus sueldos atrasados. La Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), orientada por Rubén Martínez Villena y el primer Partido Comunista, convocaba al proletariado a una solidaridad efectiva con los obreros despedidos. Entretanto, la policía y el Ejército se divertían repartiendo plan de machete entre los manifestantes y repletando con sus víctimas los cuerpos de guardia de los hospitales.

Desapercibido de la realidad, Benjamín Sumner Welles, embajador y procónsul de Washington en Cuba, intentaba un consenso entre el Gobierno y la oposición burguesa. Logró al fin que Machado decretara la amnistía a los presos políticos y algunas reformas cosméticas. El 27 de julio de 1933, mientras recibía felicitaciones de magnates norteños y oligarcas criollos por haber “resuelto” la crisis, se paralizó el transporte público en la capital. Se desencadenaron nuevos paros y demostraciones públicas. Junto con los obreros, participaban en las manifestaciones estudiantes de las distintas enseñanzas y veteranos mambises. Y la policía no dejó de hacer su trabajo sucio. En Santiago de Cuba disolvieron a tiros una concentración de maestros.

El general transige

El 30 de julio el funcionario abusón, por órdenes de su amo, se reunió con los obreros del transporte capitalino. Ingenuamente, traía como carta de triunfo la renovación de la licencia a Ómnibus Cuba. Los proletarios le entregaron un nuevo pliego de demandas, entre ellas, el reconocimiento gubernamental al sindicato provincial del sector. El turiferario se quedó sin habla. Al no adoptarse acuerdo alguno, al día siguiente quedó paralizado el transporte público en casi todo el país. En Santa Clara cerraron los comercios, las sociedades de recreo y varios centros fabriles. El pueblo generalizó la lucha de calle y la policía arreció la represión. En Santiago de Cuba había heridos por docenas y una fallecida, América Labadí. En La Habana cayó mortalmente herido Marcio Manduley, el más unitario combatiente del 30, miembro de la Alianza Izquierda Estudiantil, que siempre acudía al llamado de otras organizaciones para cualquier acción. Su sepelio devino manifestación de repudio a la tiranía machadista.

Sumner Welles, completamente despistado, regañó al ABC por la violenta situación, desconociendo tal vez que esta organización terrorista pequeño burguesa había perdido casi toda su militancia de base, opuesta a la mediación del yanqui, y había constituido el ABC radical, muy afín al Directorio Estudiantil Universitario (DEU). Para su consternación y azoro, el diplomático conoció que periodistas y tipógrafos habían abandonado redacciones y talleres al llamado de la CNOC. Los portuarios suspendieron sus labores. Los médicos se dispusieron a atender solo las urgencias.

Machado comprendió que era necesario pactar. Al reunirse con los líderes de la CNOC, concedió el grueso de las demandas económicas planteadas, así como la legalización del movimiento sindical y del Partido Comunista. El buró político del PC, cuyos miembros no se percataron del cambio de carácter de la huelga, de económico a político, orientó a la CNOC a aceptar las propuestas de Machado. Pero los sindicatos de base se negaron a ello. El proletariado exigía que se fuera Machado. Villena, con su autoridad indiscutible, reorienta la directiva: “¡Adelante con la huelga!”.

La mediación yanqui se había ido a pique. El país se tornó ingobernable. Usando términos boxísticos, Machado se hallaba contra las cuerdas. Welles, noqueado, estaba vivo pero inconsciente.

Una aclaración necesaria

Una interpretación errónea de una frase de Rubén Martínez Villena –quien calificó de “asno con garras” a Machado–, por parte de historiadores, medios de comunicación y la escuela cubana, ha provocado que se tenga una imagen errónea del “mocho de Manajanabo”, como le llamaban despectivamente sus detractores por la falta de dos dedos en una de sus manos. El sátrapa no nació en Santa Clara, como aseguran algunos de sus biógrafos, sino en una localidad a 16 kilómetros de esa ciudad.

De Machado podíamos decir que fue general de brigada del Ejército Libertador, pero durante la neocolonia empañó su pasado mambí en componendas con oligarcas y monopolios extranjeros. Carente de ética como político, llevó el pragmatismo hasta los lindes de la esquizofrenia. Mandaba a matar a sus enemigos con la frialdad de un mafioso. Pero distaba de ser un asno. Hábil y astuto como pocos, siempre acertó en cuál rival debía morir, con qué poderoso tenía que concertar alianzas, a qué empresario adular para conseguir sus objetivos. Su gran defecto (como criminal): dejaba que la emoción nublara su razón. De ahí sus errores estratégicos en ordenar el asesinato a Armando Anfré, en 1925, por una cuestión personal, o a los hermanos Freyre Andrade, en represalia por el atentado a Clemente Vázquez Bello. Esta última decisión, al decir del embajador devenido canciller del régimen, Orestes Ferrara, “le hizo más daño al gobierno que 100 bombas del ABC”.

El final del exbrigadier

El pueblo ejercía el poder en la calle, aunque de forma tumultuaria. Sin juicio alguno, los sicarios del régimen derrocado eran arrastrados por las calles y ejecutados a la vista de todos. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO).

El pueblo ejercía el poder en la calle, aunque de forma tumultuaria. Sin juicio alguno, los sicarios del régimen derrocado eran arrastrados por las calles y ejecutados a la vista de todos. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO).

La huelga general no cedía. Inútiles eran las acciones represivas del régimen. El pueblo, decidido, gritaba en las calles: “¡Que se vaya Machado!” El 7 de agosto unos irresponsables transmiten por radio la falsa noticia de la huida del tirano. Los habaneros se lanzaron a la calle. Según el periodista de BOHEMIA, Enrique de la Osa, “el oleaje humano se movió hacia el Parque Central. Corría por el Paseo de Martí, profiriendo gritos ensordecedores, en su imaginario, el desplome del régimen, su meta: el Palacio. Lo imprevisto: la balacera a mansalva. Tabletearon las ametralladoras. Irrumpía Ainciart con sus despiadados ‘expertos’ (policía élite del gobierno), disparaban también sus armas contra el pueblo desde las ventanas del Capitolio”.

En un gesto de desesperación, el canciller machadista Ferrara le solicitó una entrevista a Sumner Welles. Al mediador no lo ablandó el Oporto de marca que descorcharon en su honor. Fijó un plazo de 48 horas para que Machado abandonara el poder. El italo-cubano se perdió en conjeturas gramaticales. “No es un ultimátum, ¿he hablado yo de intervención?”, argumentaba socarronamente el procónsul. Al final no llegaron a conclusión alguna.

Dentro del Ejército la disciplina comenzó a resquebrajarse. Se produjeron conatos de rebeldía entre la joven oficialidad. En Washington el embajador cubano hizo el último intento por salvar el régimen. Fracasó. La renuncia de Machado a la presidencia no se hizo esperar. Welles propuso a Alberto Herrera, jefe del Ejército, como presidente interino. Lo vetaron los propios militares. Estos también se opusieron a la candidatura de Horacio Ferrer, avalado por el expresidente Menocal. Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, en cambio, no tuvo objetores.

Treinta minutos después de las tres de la tarde del 12 de agosto de 1933 el exbrigadier general del Ejército constitucional Gerardo Machado abandonó el país. Le acompañaban cuatro estrechos colaboradores, entre ellos, el funcionario abusón, exjefe del distrito Central. Al día siguiente Céspedes juraba como presidente.

Las angustias de un procónsul

Esta vez Sumner Welles aceptó las congratulaciones –hasta el presidente Franklin Delano Roosevelt lo felicitó–, pero no las tenía todas consigo. Le preocupaban el clima de insubordinación militar, la postura nacionalista combatiente del DEU, el candente problema obrero, la dependencia y sometimiento de Céspedes hacia su persona. El nuevo mandatario no imponía ley, ni autoridad ni mando. Hasta para nombrar un funcionario estatal de cuarta categoría precisaba de consejo.

El pueblo ejercía el poder en la calle, aunque de forma tumultuaria. Sin orden de detención, las cárceles se llenaban de machadistas. Sin juicio alguno, los sicarios del régimen derrocado eran arrastrados por las calles y ejecutados a la vista de todos. Las propiedades de los colaboradores del tirano eran saqueadas, las pocas que se conservaron intactas fue porque militantes del DEU contuvieron a las turbas. En todo el país los alcaldes fueron sustituidos sin que mediara un decreto presidencial. No valían salvoconductos ni pasaportes aunque estuvieran firmados por el propio Céspedes, muchos favorecidos terminaron en prisión.

El caos duró 22 días. Un levantamiento de sargentos y soldados, apoyado por el DEU, derrocó al presidente provisional, quien conoció de ello mientras andaba por Sagua la Grande observando los destrozos de un ciclón. Regresó a Palacio apresuradamente y se encontró con los cinco comisionados de los sublevados, integrantes de la llamada Pentarquía. “Y bien señores”, dijo Céspedes aparentando indiferencia. El profesor de Fisiología de la Universidad de La Habana, Ramón Grau San Martín, habló a nombre de sus compañeros: “Señor, hemos venido a recibir de usted el Gobierno de la nación”. Tras un breve diálogo en que ambas partes expusieron sus criterios, el mandatario exclamó: “¡Bien, doctor Grau!, ¿se han dado cuenta ustedes de la responsabilidad que contraen ante el pueblo de Cuba y el mundo?”. El aludido le dedicó una de sus sonrisas burlonas que lo harían célebre años después: “Hace años, señor, que hemos cumplido la mayoría de edad”.

Un hasta entonces oscuro taquígrafo, el sargento mayor Fulgencio Batista, desplegó una gran habilidad y astucia en la sublevación del 4 de septiembre para apoderarse de la dirigencia. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO).

Un hasta entonces oscuro taquígrafo, el sargento mayor Fulgencio Batista, desplegó una gran habilidad y astucia en la sublevación del 4 de septiembre para apoderarse de la dirigencia. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO).

La Pentarquía duró poco. A propuesta del DEU, Grau fue designado presidente. El profesor de Fisiología se negó a jurar la Enmienda Platt e incluyó en su consejo de ministros a un revolucionario antimperialista, Antonio Guiteras, quien promocionó las leyes más radicales promulgadas por aquel Gobierno, llamado por el pueblo “de los 100 días”. Por otra parte, un hasta entonces oscuro taquígrafo, el sargento mayor Fulgencio Batista, quien en la sublevación del 4 de septiembre desplegó una gran habilidad y astucia para apoderarse de la dirigencia del movimiento de los alistados, ocupó la jefatura del Ejército.

Desde el 5 de septiembre, un día después de la sublevación, mientras aparentaba ser un elemento leal al Gobierno Provisional Revolucionario, se reunía secretamente con Sumner Welles, a quien causó una grata impresión. El diplomático yanqui llegó a decir que Batista era la única persona en Cuba que representaba la autoridad. El mediador pudo al fin dormir tranquilo: a pesar de los pesares, ya Estados Unidos tenía en perspectiva el nuevo Hombre Fuerte para defender sus intereses en la Isla.

Fuentes consultadas

Los libros La revolución precursora de 1933, de Lionel Soto, Crónicas de 1933, de Enrique de la Osa, y Rebelión en la república: auge y caída de Gerardo Machado, de Gerardo Machado.

 


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García