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Publicado el 2 Octubre, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1958

Higinio y Morúa: dos héroes del Llano

Pese a un largo martirologio por los calabozos de la tiranía, a Higinio no logran arrancarle una palabra. A Morúa lo identifica un traidor y los sicarios de la tiranía lo acribillan a balazos en la vía pública

En la lucha clandestina sobresalieron dos figuras como el sindicalista Fernando Torices y el destacado laico católico José Fernández Arderi.

Higinio

Fidia lo conoció cuando él era un estudiante de la Universidad de La Habana. Se casaron en 1956. Eran tiempos difíciles, de guerra; e ingresaron en el Movimiento 26 de Julio. Sus compañeros bromeaban: “No parece que Higinio y Fidia se hayan casado, sino que siguen de novios”.

“Nos veíamos por las noches, en una esquina distinta -Fidia relataría años después-, el 24 de septiembre de 1958 lo esperé inútilmente. Le buscamos por las estaciones de policía, antes y después del triunfo de la Revolución, sin encontrar rastro suyo. El presentía su fin, sabía que el cerco se hacía más estrecho”.

“A mí me va a pasar lo mismo que a Oscar Lucero”, Higinio decía en referencia a quien prefirió morir en el silencio sin pronunciar el nombre de compañeros de lucha. En 1959, un esbirro detenido aseguró haber oído decir que el financiero del 26 de Julio, torturado y casi moribundo, pidió tiraran su cadáver en la puerta de su casa, para que su familia pudiera enterrarlo.  No lo hicieron así. Desaparecieron su cuerpo, tal vez en el mar, como a tantos otros. “Hasta muerto les infundía temor”, dijo Fidia cuando se cercioró del final de su esposo.

Jorge Fernández Arderì nació en un hogar de campesinos medios del Oriente cubano. Según su cuñada, Cira Tudela, la familia era tradicionalista y católica; Jorge comenzó estudios para sacerdote pero pronto se convenció de que no tenía vocación religiosa. Sus padres y hermanos le ayudaron para que viniera a La Habana a estudiar.  Sobre su esposo, Fidia señaló: “Tenía un carácter afable, muy humano. Era muy recto y organizado. Poseía un alto sentido de la moral y del respeto a la mujer. Veía muy lejos, preveía el futuro de la Revolución. Como combatiente clandestino, me planteó muchas veces que solo debía saber lo estrictamente necesario”.

“Nos enseñaba a tener una verdadera disciplina en cuanto a la compartimentación -dice Cira-, recuerdo que una vez quise contarle algo en relación a mi trabajo en el Movimiento y me dijo: No me digas absolutamente nada. Debes respetar las reglas, que tu derecha no se entere de lo que haga tu izquierda”.  “Un hombre cabal, con tanta dignidad como valentía”, suele decir de Arderí el líder obrero del M-26-7 Jesús Soto. Otro dirigente de la misma organización, Octavio Louit (Cabrera), afirma emocionado: “Higinio era mi hermano”.

Para Gaspar González Lanuza, fue “mi maestro en el clandestinaje. Admiraba en él que llevaba sin contradicciones sus profundas creencias religiosas, era católico práctico y catequista, y su incondicionalidad con la Revolución”.

Pepe Díaz, combatiente del Llano y la Sierra, lo califica como “uno de los hombres más grandiosos que he conocido en mi vida y de los que más me impresionó. Era muy religioso y a la vez, un convencido revolucionario cuando pocos de nosotros habían alcanzado la madurez política. En los preparativos para incorporarme al Ejército Rebelde, me regaló un libro de un autor soviético, El hombre y la montaña, de Illin, y me inició en las ideas socialistas. Este libro lo leyeron en el monte muchos compañeros”.

Fue Aldo Rodríguez, financiero de la sección obrera del 26 en La Habana durante 1957, quien le puso su definitivo nombre de guerra. “Al pasar yo a otras responsabilidades -recuerda-, y ser designado Arderí para ese cargo, al transferirle mis funciones, él me insistía en cómo se iba a llamar para la clandestinidad”.  “Yo le decía: ten paciencia, ya lo sabrás; al llegar a Bohemia, donde contactamos con el financiero del 26 allí, se me ocurre de repente: Te presento a Higinio. Arderí permaneció sereno y ecuánime, como si siempre lo hubiéramos llamado así”.

Todos coinciden en afirmar que Arderí realizó un meritorio trabajo en el frente de las finanzas y fue una de las piezas claves en la recuperación del Movimiento en La Habana después de la Huelga del 9 de Abril. Siempre buscó la unidad con los militantes de otras organizaciones en la acción obrera.  Según González Lanuza, autor de una biografía sobre Arderí, una probable delación llevó a los esbirros de Esteban Ventura hasta cerca de su refugio: “Varios agentes se abalanzaron sobre él, impidiéndole toda posible fuga. Esta acción marcaría el inicio de un largo martirio en los calabozos del régimen”.

“Por necesidades de su trabajo -afirma Aldo Rodríguez-, él tenía relaciones con muchos combatientes clandestinos. Estaba consciente de esto, si caía en manos de la policía batistiana, decía que iba a morirse en silencio. Y así fue”.  “Si la información que Higinio tenía, hubiera estado en manos de Ventura -señaló Jesús Soto-, la sección obrera del 26 en La Habana hubiera sufrido un golpe de tal magnitud que le hubiera llevado mucho tiempo recuperarse”, a lo que añade González Lanuza: “Si Higinio hubiera hablado, muchos de los que hoy te damos testimonio de él, no estuviéramos aquí contigo”.

“Pero lo mejor que puede decirse de Jorge Fernández Arderí -concluye Cira Tudela-, es que pasó por las más terribles torturas y los esbirros no lograron arrancarle una sola palabra de delación contra sus compañeros de lucha”.

Morúa

Según  Nieves López, una activa integrante del Frente Cívico de Mujeres Martianas, ella fue quien le impuso su nombre de guerra: “Como tú eres de Matanzas, la tierra de Morúa Delgado –le dijo–, te llamaremos Morúa”. Otro testimonio, el de Josefina Rodríguez (Fifí), disiente del anterior y asegura que él ya venía de su provincia con ese apodo. Había nacido en el poblado de Máximo Gómez, el 30 de mayo de 1928 y en realidad se llamaba Fernando Alfonso Torices. De familia muy humilde, desde temprana edad tuvo que dedicarse a trabajar.

Como muchos en su tiempo, se fue a La Habana buscando mejores opciones de trabajo. Se destacó en las luchas sindicales durante los gobiernos auténticos en el sector del Transporte.  Su oposición a la tiranía batistiana lo llevó a integrar el Movimiento 26 de Julio, en el que rápidamente formó parte de sus comandos de Acción.

Ascendido a capitán de milicias, organizó y dirigió grupos en La Habana Vieja, Párraga y Lawton. Participó activamente en la noche de las 100 bombas, llamada así por la cantidad de artefactos colocados en la capital durante una sola jornada.

Después de la Huelga del 9 de Abril, dice Hidelisa Esperón, “lo designaron jefe del cuartel maestre de la Comandancia de Acción y Sabotaje en La Habana, es decir, el responsable de las armas que se conseguían, todo el pertrecho mayor. El las controlaba y se las suministraba a los grupos de Acción; aparte de que continuó con los grupos que antes dirigía”.

María Trasancos (Mariíta) recuerda a Morúa como alguien “muy combativo, leal, aguerrido, valiente. Siempre se estaba riendo, hacía una broma y una chanza de cualquier cosa. Lo conocí a inicios de 1957, el ya pertenecía a Acción y Sabotaje del M-26-7 y estaba de lleno en la lucha clandestina; a partir de ahí empezamos a trabajar juntos”.  “Era muy limpio, escrupuloso, continúa relatando Mariíta, siempre con una ropa muy modesta pero bien planchadita. Le gustaban mucho los perfumes y como no tenía dinero para gustos como esos, siempre fue muy humilde, un amigo suyo que también se llamaba Fernando y tenía más posibilidades económicas, le regalaba perfumes y pañuelos con la letra F”.  Para Hidelisa, la característica principal en Morúa era lo delicado y fino en el trato con los compañeros: “Sobre todo, con nosotras, las muchachas. Nos trataba de cuidar mucho. Era muy alegre y conversador. Una gente con quien se podía hablar y hablar y el tiempo se te iba”.

Pilar Sa Leal lo conoció a su salida de prisión, en 1958. “Como Mariíta ya estaba fichada por la policía batistiana, ella me coordina para que yo trabaje con él, a partir de ahí, estuve bajo sus órdenes hasta su muerte. En los avatares de la vida, durante ese tiempo nos hicimos novios”.  “Los sueños que teníamos eran los de una pareja modesta, nunca pudimos ejercer el derecho de ser jóvenes, todo el tiempo que estuvimos juntos fue en la lucha clandestina, nunca supe si sabía bailar, qué tipo de música le gustaba. Fue un noviazgo casi platónico, idílico”.

Todos sus compañeros destacan de Morúa su inteligencia y astucia como combatiente clandestino, capaz de prever las reacciones de los que trabajaban con él. Cuentan que nunca entraba directamente a las casas donde se refugiaba, sino que daba varias vueltas, como si escudriñara el ambiente.  En una ocasión, al dar uno de sus habituales merodeos antes de dirigirse a su refugio, Morúa se puso a hablar con el limpiabotas de una esquina. “¿Qué tal, cómo andas?”, le dijo; y el hombre le replicó: “Yo, muy bien. Tú eres el que tienes gente en la casa, allí está hasta la policía”. Morúa sonrió:” Entonces, yo no estoy tan bien”, y muy sereno, se alejó del lugar.

A mediados de 1958, varios compañeros le plantearon a Morúa que debía irse para la Sierra porque estaba muy perseguido. El no aceptó, le parecía que eso era como abandonar a los muchachos de acción de Lawton, Párraga y La Habana Vieja.

Una delación puso a Ventura sobre la pista de Morúa. Fue identificado (pues había cambiado mucho su fisonomía para la lucha clandestina) y un grupo de sicarios lo acribilló en la calle Hatuey, en Arroyo Naranjo. En el necrocomio, detectaron más de 60 orificios de bala en su cuerpo.  La Revolución castigó merecidamente a los asesinos de Morúa y puso en práctica el ideal por el cual había entregado su valiosa vida.

Fuentes: La Habana insurrecta, de Pedro Antonio García

(P.A.G)


Pedro Antonio García

 
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