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Publicado el 6 Octubre, 2018 por Redaccion Cultura e Historia en Historia
 
 

EN NUESTROS 150 AÑOS DE LUCHA

O Cuba o Washington

Fundamentos del pensamiento liberador e independista cubano
Ni Céspedes, ni Aguilera, ni ninguno de los que lideraron aquel movimiento, se lanzó a la guerra como solución a sus problemas económicos. (Créditos de ambas fotos: ESTEBAN VALDERRAMA)

Ni Céspedes, ni Aguilera, ni ninguno de los que lideraron aquel movimiento, se lanzó a la guerra como solución a sus problemas económicos. (ESTEBAN VALDERRAMA)

Por SERGIO GARCÉS QUINTANA *

José Martí, entonces un adolescente de apenas 16 años, poco más de tres meses después de comenzar la guerra que se había iniciado “del ancho Cauto a la escambraica sierra”, plasmó el dilema que en su tiempo tenía ante sí la nación cubana en formación: “O Yara o Madrid”.

Al respecto, el intelectual cubano Fernando Martínez Heredia, manifestó en ocasión del 135 aniversario: “el Oriente de Cuba hervía en desobediencias, y cientos de personas estaban al margen de la ley. Pero faltaba la conversión de la subversión o el motín en una rebeldía detonada con un fin preciso, que convirtiera la actuación en falange combativa y la pasión en ideales expresos. Faltaba la revolución”.

En las raíces estaba la voz de Carlos Manuel de Céspedes, quien en el Manifiesto del 10 de octubre subrayaba: “Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio. El ejemplo de las más grandes naciones autoriza ese último recurso. La isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede consentir que se diga que no sabe más que sufrir. A los demás pueblos civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso”.

El fuego redentor del Bayamo, quemado por sus hijos, anunció al mundo la decisión de todo un pueblo por ser libres o perecer en el empeño. (Crédito: Autor no identificado)

El fuego redentor del Bayamo, quemado por sus hijos, anunció al mundo la decisión de todo un pueblo por ser libres o perecer en el empeño. (Autor no identificado)

Se debate aún las causas que llevaron a aquella generación a romper lanzas y lanzarse a la guerra. La crisis económica que batía las colonias españolas y la supuesta ruina de los que iniciaron la contienda constituye, para algunos, causas decisivas, entre otras. Estudios recientes han demostrado que ninguno de los iniciadores estaba arruinado ni sometido a las demandas de acreedores y ni los amenazaba una inminente quiebra. Ni Aguilera ni Céspedes ni ninguno de los que lideraron aquel momento terrible y decisivo, se lanzó a la guerra como solución a sus problemas económicos.

Ha quedado siempre en pie la pregunta de cuáles fueron los elementos causales que apremiaron no a hombres en su individualidad sino a toda una generación, a todo un pueblo, a sumarse a la convocatoria librada por los líderes del movimiento independentista.

El camino que marcó los momentos cimeros

Muchos fueron los factores causales que se fueron acunando a lo largo de un proceso de búsquedas, encuentros y desencuentros, para ir forjando un ideal que fuera a su vez una respuesta a las demandas y necesidades de aquel tiempo histórico.

José Martí en un magnífico apotegma afirmó: “Ser culto es el único modo de ser libre”. Nadie sintetizó en tan pocas palabras la esencia más profunda del proceso de conformación de la identidad cultural y nacional y los objetivos más trascendentes para alcanzar la justicia social. El Apóstol establece una relación entre la cultura y la libertad. No admite otra posibilidad al afirmar: “Es el único modo”, es decir no hay otro posible. Hay que subrayar, como en la misma época Federico Engels enfatizaba que la historia de la humanidad demuestra que cada paso en el camino de la cultura, es un paso hacia la libertad.

Por tanto, explicar y revelar la relación entre la libertad y la cultura en la historia de Cuba, es recorrer el camino que marcó los momentos cimeros en que se fue forjando no solo la identidad nacional, sino nuestras más caras aspiraciones de justicia social. La cultura está en el centro de lo que fuimos, de lo que somos y de los que seremos.

Nuestra reflexión, entonces, debe comenzar  por valorar el pensamiento de aquellos hombres que fueron fundadores de nuestros más importantes sentimientos de cubanía y patriotismo.

En la cultura siempre están las demandas de cada época histórica: cuáles son sus contradicciones, aspiraciones, realizaciones y expectativas. Ningún pensamiento nace ajeno a sus circunstancias históricas. Entender que sólo desde la cultura y en la cultura se puede producir la síntesis del pensamiento social y político cubano es entender el lugar y el papel de la cultura en el proceso de conformación de la identidad nacional y cultural cubano.

El fuego redentor del Bayamo, quemado por sus hijos, anunció al mundo la decisión de todo un pueblo por ser libres o perecer en el empeño. (Crédito: Autor no identificado)

El fuego redentor del Bayamo, quemado por sus hijos, anunció al mundo la decisión de todo un pueblo por ser libres o perecer en el empeño. (Autor no identificado)

Eduardo Torres Cuevas señala que el pensamiento cubano es aquel que plantea e intenta darles respuestas a las problemáticas  de la sociedad cubana históricamente establecida. Se trata entonces de comprender que el pensamiento político y de la cultura cubana, es buscar en nosotros las respuestas. En otro momento afirma que el pensamiento cubano no es solo el expresado por las grandes  figuras, también, el que circula por las venas y arterias del conjunto social en el cual están inmersss esas personalidades.

Vale la pregunta: ¿quiénes desarrollan ese pensamiento? Solo hay una respuesta válida: la intelectualidad criolla. Ellos son los únicos en capacidad para realizar la síntesis necesaria.

El investigador y ensayista Louis A. Pérez Jr. ha planteado: “El proceso de la formación nacional fue una experiencia profundamente trasformativa, el origen de muchas de las claves  culturales y códigos morales desde los cuales se desarrollaron los cimientos normativos de la nacionalidad. Las transformaciones culturales realizadas en el curso de la experiencia independista del siglo XIX fueron tan decisivas para la formación del ideal de nacionalidad como los objetivos políticos los fueron para los objetivos de la soberanía nacional (…) estos objetivos políticos no podrían sustentarse sin el apoyo de estas transformaciones culturales. El también historiador Juan Remos llamó apropiadamente la atención a los procesos culturales del siglo XIX de los cuales se originó una “conciencia nacional formada al calor  de los ideales de independencia y libertad y de los que emergió “nuevas ideas…en lo social, en lo estético… en el espíritu de la educación y en las costumbres”.

Patria y cultura

Todos los hombres que enarbolaron lo mejor del pensamiento progresista cubano del siglo XIX fueron hombres de una extraordinaria cultura ecuménica, de altos vuelos, y fueron capaces de salvar confinamientos tan estrechos como los propios dogmas de la fe y la religión.

Su pensamiento fue esencialmente contestatario y la polémica la vía para la formación y concreción del ideal social más avanzado y el germen inmediato del pensamiento independentista y liberador.

Al intervenir en el acto por el bicentenario del nacimiento de Perucho Figueredo, Eduardo Torres Cuevas expresó: “Tenemos muchos hombres que han sido símbolos de rebeldía, de esa búsqueda de la independencia y nuestra libertad, pero que fraguaron también con ello nuestra cultura. El movimiento de independencia es hijo de la cultura que se fue cultivando por estos hombres”.

En otro momento, el presidente de la Academia de Historia de Cuba puso de relieve el patriotismo y la cultura, baluartes del pensamiento y la acción revolucionaria: “Hacer cultura para hacer Patria; no se podía hacer Patria sin cultura, ni se podía hacer cultura sin Patria.”

Comprender, entonces, que en el pensamiento cubano está depositado la unión de lo más actual del pensamiento universal de cada época con las urgencias autóctonas surgidas de la propia realidad, lo condicionan y caracterizan; porque la autoctonía del pensamiento sólo nos puede revelar la justificación de ese pensamiento, es decir su existencia, autenticidad y veracidad.

El pensamiento ilustrado cubano va acompañado del proceso de concientización de la cubanía. La ilustración significó un vuelco al racionalismo, una revolución en la forma de pensar, una manera nueva de pensar. Hacía falta un pensamiento unitario y la ilustración propuso pensar la realidad de forma crítica.

Por eso el pensamiento fundacional de José Agustín y Caballero, O′Gaban, Varela, Luz y Caballero, Saco, entre otros, fue un pensamiento progresista de combate. De una manera u otra propusieron una disección de la realidad, revelaron sus contradicciones, algunos para superarlas y otros plantearon nuevos rumbos. Ellos forjaron el camino, crearon las bases del pensamiento social cubano y entregaron a la generación de Céspedes, Aguilera, Figueredo, Maceo Osorio, Vicente García, Agramonte, Calixto García, Maceo Grajales y Masó, entre otros, el ideal que comprometía la solución a la realidad cubana que no admitía ya otra continuidad que no fuera la propia ruptura.

Carlos Manuel de Céspedes, el hombre culto y batallador, aseveró que el nacimiento de una misma cuna de la literatura y la ciencia no es un fenómeno ajeno del proceso de formación de la educación y la cultura cubanas en su afán de ser nación para sí.

La historia recoge el gesto de Antonio, el Titán, quien, al asumir la voluntad y la dignidad de todo un pueblo, legó un ejemplo inigualable con la Protesta de Baraguá. (Crédito: Autor no identificado)

La historia recoge el gesto de Antonio, el Titán, quien, al asumir la voluntad y la dignidad de todo un pueblo, legó un ejemplo inigualable con la Protesta de Baraguá. (Autor no identificado)

Allí, en tierra bayamesa devenida cuna de la nacionalidad, supo el Padre de la Patria acudir al grito del país, y en el manifiesto hermoso y tremendo de hace ya 150 años, sellar la determinación independentista de la nación.

Poseedor de una cultura universal y de un pensamiento nacionalista y librepensador, el Héroe del 10 de octubre enfrentaba todos los dogmas y sólo admitía verdades a la luz de la razón.  Lejos de las vacilaciones e inconsistencias de Arango y Parreño, ni el temor de Saco a los esclavos. Estaba consciente de que la nacionalidad cubana y la cultura —ya criolla— de que era portadora entraría en contradicción violenta con la irracional estructura colonial, de cuya superación nacería un nuevo orden social de corte  republicano y democrático.

“Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a una tigre su último cachorro”, subrayaba José Martí  en 1888 en uno de sus ensayos biográficos más estremecedores: Céspedes y Agramonte.

Céspedes, y aquellos hombres ilustrados de su generación, asumían que el efecto de la ilustración respondía a un momento superior del desarrollo de la sociedad. El saber tendría que corresponderse con el desarrollo de la nación y los fundamentos educativos y culturales que la sostienen. Su palabra ríspida acusaba al régimen colonial de semejantes limitaciones intelectuales y culturales. La represión ideológica y política abarcaba la esfera de la enseñanza. Cualquiera que alzara la voz para pedir mejoras, inmediatamente era acusado de estar realizando campañas políticas contra la corona.

Identidad y cultura

Para Céspedes la desatención, entre tantas deudas que la metrópolis tenía con Cuba, en la cultura y la educación, fue siempre  un tema de permanente preocupación. En tal sentido vaticinó desde octubre de 1860: “El día en que nuestra sociedad haya progresado como lo prometen su índole y brillantes prospectos, el día en que las vigilias del sabio le den gloria, poder y riqueza, sobrarán los talentos que eclipsen los más ilustres de pasadas eras, y las bibliotecas del Universo llenarán de obras grandes y originales escritas por los descendientes de esos mismos cubanos que hoy se suponen, por espíritu limitado, propios solamente para escribir sonetos”.

Céspedes nunca dejó de poner en primer plano las distancias humillantes entre el desarrollo cultural de los cubanos, como pueblo, y lo que presentaba el mundo moderno que él conoció. Él lanzaba un reto a las posibilidades del gobierno español para satisfacer las aspiraciones culturales de los cubanos.  Casi a los 50 años de edad, daría un viraje a la historia de la Isla, y en el ingenio Demajagua, el 10 de octubre de 1868, compartiría con sus compatriotas y esclavos bajo su propiedad: “Ciudadanos, ese sol que veis alzarse por la cumbre del Turquino viene a alumbrar el primer día de libertad e independencia de Cuba”.

En la intervención inaugural de la Fiesta de la Cubanía, el 17 de octubre del 2017, Fernando Martínez Heredia expresó: “Céspedes liberó a sus esclavos la primera mañana, pero la justicia tuvo que abrirse paso frente a los obstáculos provenientes de su propio campo. La independencia y la abolición tuvieron que fundirse en un solo propósito, y la libertad personal y la ciudadana, reunidas, asumir la forma de gobierno republicana. Los revolucionarios tuvieron que volverse superiores a ellos mismos, y no solo a sus circunstancias. La guerra fue la fragua tremenda en la que se lograron los prodigios necesarios, y ella se alimentó con los sacrificios, el heroísmo y la constancia de muchos miles de hombres y mujeres.”

Al afirmar que ser culto es el único modo de ser libre, Martí sintetizó como nadie la esencia del proceso de conformación de la identidad cultural y nacional y los objetivos para alcanzar la justicia social. (Crédito: HERMAN NORMAN)

Al afirmar que ser culto es el único modo de ser libre, Martí sintetizó como nadie la esencia del proceso de conformación de la identidad cultural y nacional y los objetivos para alcanzar la justicia social. (HERMAN NORMAN)

Y en otro momento puntualizó: “El abuso, la represión y la soberbia condujeron al rechazo y el rencor, pero eso tampoco era suficiente. Tuvo que aparecer la necesidad de rebeldía, y con ella la de darle organización y sentido. Esos dos rasgos convirtieron al prófugo, al campesino pobre, al bandolero y al apalencado, unidos al señor criollo local ofendido, díscolo y conspirador, es decir, a sectores y gentes nunca antes reunidos, en los sujetos que se unieron para una empresa común, nunca antes vista”.

Con tal clarinada, Céspedes legitimaría su papel de precursor, en una gesta revolucionaria cuya fuerza y esencia trasciende hasta nuestros días. A partir del Grito de Demajagua el pueblo tomó conciencia de su fuerza, de la necesaria unidad y el patriotismo fue más tangible.

El 10 de octubre de 1887, en uno de sus discursos de homenaje a la fecha, Martí afirmaría: “Los ricos, desembarazándose de la fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella”.

Fue tal la visión del Padre Fundador que cuando en carta al senador Charles Sumner, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense, fechada el 10 de agosto de 1871, denunció que Washington seguía prestando apoyo indirecto moral y material al opresor y enfatizaba: “Llegue o no llegue ese día, la Revolución Cubana, ya vigorosa, es inmortal… Nuestro lema es y será siempre: Independencia o Muerte. Cuba no solo tiene que ser libre, sino que no puede ya volver a ser esclava”.

Espíritu de sacrificio

Es interesante notar que la capacidad cultural de resistencia la ha elaborado el pueblo cubano desde el proceso de origen de la nación y la nacionalidad. Está estrechamente entrelazada a la noción de sacrificio, de cumplimiento del deber cívico, de posposición de las necesidades individuales y colectivas particulares en pro de los intereses de toda la comunidad, de otros individuos y de la humanidad en general.

Millonarios como Aguilera murieron en la extrema pobreza, y él que lo tuvo todo expresó en un dramático momento: “Nada tengo mientras no tenga Patria”. Perucho, el del himno redentor, ante las balas asesinas, murió cantando la estrofa tremenda “morir por la patria es vivir”. El fuego redentor del Bayamo, quemado por sus hijos, anunció al mundo la decisión de todo un pueblo por ser libres o perecer en el empeño.

Agramonte, hermoso y viril, aquel diamante con alma de beso, se alzó para todos los tiempos en los campos de Jimaguayú. De la discusión, las renuncias y los sueños se llegaron a la Constitución primera y la revolución y los cubanos alcanzaron su bautismo como república.

Hubo pactos, porque la voluntad de luchar no fue suficiente, pero la historia recoge el gesto de Antonio, el Titán, quien, al asumir la voluntad y la dignidad de todo un pueblo, legó un ejemplo inigualable, calificado por el Apóstol de lo más glorioso de nuestra historia. En Gómez se elevó la solidaridad y los valores de desprendimiento a alturas insospechadas. No hubo cubano más cubano que él.

Durante treinta años, los patriotas sembraron el camino de glorias y de quebrantos, Cuba ya había llamado la atención y la lujuria del vecino poderoso. Parecía que inermes íbamos a entregar la Patria aún no redimida, pero los ojos vigilantes de Martí denunciaron y señalaron al enemigo que se supo para todos los tiempos.

Identidad, cultura y ética

De tal manera que en el proceso de construcción de nuestra independencia nacional, hay que tener en cuenta el papel de la cultura y de la espiritualidad, no hay independencia “sin conciencia de independencia”, y esa conciencia es un componente cultural de alto rango, diríamos que es el más importante factor de nuestra espiritualidad.

La historia del pensamiento cubano muestra la existencia de la continuidad de un proceso en el cual todos los valores esenciales del hombre en función del progreso, se han conservado hasta afirmarse como tradición; lo que presupone una idea sostenida de largo aliento, asumida y comprometedora. Esta tradición garantiza la existencia y permanencia de la memoria histórica, así como su enriquecimiento, vitalidad y defensa de la identidad nacional.

Estamos obligados a perpetuar la identidad y la cultura. Rescatar esta herencia significa encontrarnos a nosotros mismos. La ética es lo que realmente trasciende del pensamiento de esas personalidades, es el legado que nos acompaña; son las señales para el análisis del presente. No se puede comprender la historia de Cuba al margen de este pensamiento y de sus mensajes éticos. La ética entendida como la búsqueda de la justicia, es la expresión más elevada de la cultura

De Céspedes y Martí viene una ética y un ejemplo para todos los tiempos, que marcaron no sólo el camino del pensamiento independentista y de liberación nacional, sino que definió con entera claridad cuál era el enemigo al que debía enfrentar el pueblo cubano. Ellos la identificaron y la denunciaron, haciéndola la razón de combate de sus vidas. El Hombre de Demajagua pautaba que no se le ocultaban las verdaderas intenciones de los Estados Unidos respecto a Cuba, mientras el de Dos Ríos enfáticamente planteaba que todo lo que había hecho y haría era para “impedir con la independencia de Cuba que los Estados Unidos se extiendan sobre las Antillas y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”.

El pensamiento martiano definió el compromiso, y tomó partido, con las nuevas demandas de su tiempo histórico, siguiendo  el compromiso que Céspedes y los hombres y mujeres de su generación conocieron y enfrentaron.

De Céspedes a Fidel hemos crecido y aprendido tanto, que ya nunca más podrá engañarnos el capitalismo.

De Céspedes a Fidel hemos crecido y aprendido tanto, que ya nunca más podrá engañarnos el capitalismo.

Se trataba de la nueva etapa de un mismo proceso. Fidel Castro con su acostumbrada genialidad lo definió en el histórico acto el 10 de octubre de 1968, en el sagrado escenario del ingenio Demajagua: “En Cuba sólo ha habido una Revolución, la que inició Carlos Manuel de Céspedes, y que todo nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes.”

La alternativa, hoy

Los combates de hoy, tienen el escudo de la cultura y las armas de las ideas más puras y brillantes que han forjado muestra conciencia nacional.

Hoy enfrentamos los despiadados procesos globalizadores neoliberales, que son portadores de la fragmentación burguesa imperialista que tienen su expresión intelectual en el rechazo y subestimación de la integralidad de la cultura,

Destruir las identidades nacionales, homogenizar, absorber y diluir las culturas nacionales; desaparecer los reductos de las más autóctonas tradiciones y reducir la condición humana a la más terrible indignidad, es el presupuesto de la filosofía postmoderna del poder, del terrorismo de estado y del fascismo contemporáneo. Por ello la cultura es lo primero que tenemos que salvar.

Martínez Heredia puntualizaba: “La historia sigue siendo maestra, pero ahora trae consigo una gigantesca cultura de liberación acumulada. De Céspedes a Fidel hemos crecido y aprendido tanto, que ya nunca más podrá engañarnos el capitalismo, y frente a cualquier ropaje con que se presente sabemos desnudarlo y barrerlo. Y nuestra patria ha crecido tanto, que lo que fue Yara hoy es Cuba, y Cuba es mucho más que una isla liberada.”

Y agregaba: “El antagonista en el mundo actual también es mucho más grande y poderoso, cuenta con inmensos recursos materiales y una cultura ubicua, muy capaz e incluso atractiva, que es su arma principal en esta fase de su guerra contra Cuba.”

Asimismo, el académico revelaba: “Pero es el mismo enemigo de que este país pudiera ser independiente desde hace doscientos años, el mismo que truncó la gran revolución libertadora (…) impuso su dominio neocolonial, el que ha hecho todo lo que ha podido contra este pueblo desde 1959, el águila rapaz, grande en el crimen y en la inmoralidad. Aspira a debilitarnos y dividirnos, a reclutar cómplices y acabar con la sociedad que hemos creado entre todos y con la soberanía nacional.”

En su discurso ante los cientos de patriotas agrupados en La Demajagua, Céspedes levantó una consigna esencial: “Independencia o Muerte”. Martí en los comienzos de la guerra alzó la disyuntiva: “O Yara o Madrid.”  Fidel Castro ensenó el deber de “Patria o Muerte.”  El desafío de hoy vuelve a ser tajante, ahora es: ¡O Cuba o Washington!

*Máster en Ciencias Históricas. Miembro del Comité Ejecutivo Nacional de la Unión de Historiadores de cuba.

Fuentes consultadas

Los libros Anti-Dühring, de Federico Engels, y Estructura de la Historia de Cuba. Significados y propósitos del pasado, de Louis A. Pérez Jr. Los textos Céspedes y Agramonte, de José Martí, y Prólogo al libro Ecos de la Selva de Úrsula de Céspedes, de Carlos Manuel de Céspedes. La intervención de Eduardo Torres Cuevas en la conmemoración del Bicentenario de Perucho Figueredo.

 


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