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Publicado el 21 Octubre, 2018 por Redacción Digital en Historia
 
 

Pedro Figueredo Cisneros: Simplemente, la muerte

Pedro figueredo/ Cubadebate

(Foto: cubadebate)

Por: Eduardo Torres Cuevas  en Cubadebate

La muerte de Pedro Felipe Figueredo Cisneros, Perucho, constituye uno de los acontecimientos más dramáticos en los inciertos inicios de nuestras guerras de independencia. Las convicciones que lo llevaron a preparar e iniciar la gesta emancipadora sostuvieron su cuerpo enfermo, su mirada firme, ante el pelotón de fusilamiento. Suelen escribirse palabras altisonantes y frases escrutadas ante las tragedias que tienen una resonancia nacional o internacional. Pero, en estos casos, la valoración serena y objetiva ofrece un acercamiento más humano, reconstruye una época y sus valores y muestra situaciones históricas donde la determinación de un hombre, en circunstancias extremas, puede hacerlo trascender por lo excepcional de sus decisiones.

La prensa, de inmediato, se hizo poseedora de la noticia: había muerto Pedro Figueredo. ¿En qué circunstancias?; ¿Qué importancia tenía ese acontecimiento? El periódico independentista El Demócrata, editado en Nueva York, en su número de 1 de septiembre de 1870, publica un artículo que llevaba el nombre del insigne patriota. En el mismo se transcribe como reflejó la prensa colonialista el acontecimiento. El autor del trabajo insertado en el artículo era testigo presencial del hecho. Por lo revelador de su contenido, reproducimos íntegro el artículo de El Demócrata.

El Demócrata

Pedro Figueredo

Con harto dolor tenemos que consignar otra pérdida lamentable para Cuba.
Pedro Figueredo ha muerto en el cadalso.

Sus encarnizados enemigos, los que inhumana é innecesariamente lo arrastraron al patíbulo, no han podido menos que hacer justicia á las nobles prendas que lo caracterizaban, como se vé por lo que a continuación copiamos de periódicos españoles publicados en la isla de Cuba.

Bien sabiamos cuanto valia Pedro Figueredo, y lo sabiamos desde hace largos años. Compañeros de su infancia, amigos de su juventud, no nos causó sorpresa encontrarlo á principios de 1868 al frente del movimiento revolucionario que poco despues culminó en el alzamiento de Yara. Y para que sus verdugos se ruborizen, si de ello son capaces, haremos constar que las primeras semillas de los principios liberales que con tanto vigor germinaron mas tarde en el pecho de Figueredo fueron plantadas por manos españolas.

Cuando la Santa Alianza y Angulema restituyeron á Fernando VII el poder arbitrario, y entronizaron de nuevo en España la Santa Inquisicion, que santo llamaban allá entónces lo perverso, huyeron desbandados de esa nacion infeliz todos los que amaban la libertad, y gran número de ellos fué á esconderse en Cuba, donde el Gobierno afectaba ignorar su existencia, á pesar de las sentencias de muerte que pesaban sobre la mayor parte.

D. Manuel Francisco Jauregui, antiguo maestro de matemáticas de Fernando, y algunos de los emigrados mas instruidos, constituyeron el núcleo de los profesores del colegio de Carraguao, donde recibieron sus primeras lecciones Pedro Figueredo, Francisco Aguilera y muchos que despues han figurado en primera línea entre los enemigos de la tiranía española; que de labios de sus maestros, víctimas casi todos del despotismo, oyeron repetidas veces máximas que en tan tierna edad no pudieron ménos que gravarse en su memoria y producir á su tiempo el fruto consiguiente.

“Como á las siete de esta mañana ha entrado en nuestro puerto el cañonero Astuto, trayendo prisionero al titulado Teniente General, Jefe de Estado Mayor General del Ejército Libertador, Pedro Figueredo, álias Perucho, y á los Generales Rodrigo Tamayo, padre é hijo, del mismo nombre.”

El Demócrata. Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. Colección Cubana: El Demócrata, Nueva York, jueves 1 de septiembre de 1870, año I, no. 92. “Pedro Figueredo”, p. 2-3.
Documentos de la Sección de Ultramar del Archivo Histórico Nacional

…………..

“La pequeña fuerza que rodeó el bohío en que se guarecían Figueredo y sus compañeros, estaba al mando del Teniente de las reservas de Santo Domingo D. Juan Tejada”.

“La captura de que con la mayor satisfaccion damos cuenta á nuestros favorecedores es una de las mas importantes de la campaña. Perucho Figueredo era uno de los hombres de mas influjo entre los insurrectos, y su caida no puede dejar de causar muy grande desmoralizacion y abatimiento en las filas rebeldes, que hoy se hallan en sus últimas agonías.”

………

“A la hora señalada en la órden de ayer, ha tenido lugar esta mañana, en el salon correspondiente de la cárcel y en presencia de un pueblo numeroso, en Consejo de guerra verbal presidido por el Sr. Coronel Don Francisco Fernandez Torrero, para juzgar á los titulados teniente general insurrecto D. Pedro Figueredo y á los cabecillas D. Rodrigo y D. Ignacio Tamayo, padre é hijo”.

“A pesar de alguna resistencia á presentarse ante el Consejo en virtud del mal estado de salud de Figueredo, los otros cedieron despues a las instancias de sus defensores, teniendo que caminar Figueredo y subir las escaleras sostenido por dos sirvientes de la Cárcel, á causa del estado de extremada debilidad y extenuacion en que se hallaba. Pálido y lánguido, y con una espesa barba canosa, el célebre prohombre de la revolucion de Bayamo conserva todavia en su rostro, a pesar de sus profundas dolencias, ocasionadas sin duda por las privaciones y penalidades que ha debido experimentar en la vida accidentada de los campamentos, facciones distinguidas. Frente elevada y ancha, nariz aguileña, mirada penetrante é inteligente, elevada estatura; todo demuestra en el jefe insurrecto que era persona importante ántes y despues de la revolucion de Yara, y que por sus cualidades personales y por el elevado puesto que ocupaba entre los latrofacciosos ha debido ejercer grande influjo, no ya sobre sus subordinados solamente, sino sobre sus iguales en rango, y aun sobre el mismo Cárlos Manuel Céspedes, quien segun dicen, tenia en Perucho su ninfa Egeria.”

El Demócrata
Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. Colección Cubana: El Demócrata, Nueva York, jueves 1 de septiembre de 1870, año I, no. 92. “Pedro Figueredo”, p. 2-3. Documentos de la Sección de Ultramar del Archivo Histórico Nacional

………..

“Figueredo vestia un pantalon de dril crudo, una camisa por fuera del pantalon, calcetines y unos zapatos viejos, todo en el mas deplorable estado de desaseo. Rodrigo Tamayo un pantalon de dril azul rayado (militar) y una camisa de listado, sin medias y con rústico calzado: su hijo Ignacio, un pantalon de rusia blanca, y una camisa ó camiseta de lana con rayas blancas y coloradas que parece de confeccion americana de las que han venido en las expediciones filibusteras para abasto del ejército manigüero.”

“D. Pedro Figueredo, D. Rodrigo Tamayo y D. Ignacio Tamayo, pertenecientes á familias de las mas distinguidas de Bayamo se hallan en la eternidad, habiendo pagado con su vida en el suplicio, en la mañana de hoy, su grave delito de rebelion contra el gobierno y las instituciones del pais. No hace dos años todavia, Perucho Figueredo era, por decirlo así, la primera figura de Bayamo, por su nacimiento, por su posicion social, por los conocimientos especiales que poseia en su profesion de abogado y por su talento: hoy, conducido como reo, ha ido á terminar sus dias en el mismo sitio y con el siniestro aparato con que los criminales mas abyectos rinden el tributo de su vida á la vindicta pública! Los dos Tamayos, padre e hijo, eran tambien miembros de familias respetables de Bayamo, segun hemos sabido”.

“Como á las seis y media de la mañana se hallaba formado el imponente cuadro; con fuerzas del primero y segundo batallon de voluntarios, con sus respectivas bandas de música á la cabeza, una compañía de bomberos, el escuadron de voluntarios de caballería y una seccion de la misma arma del ejército. Todas estas fuerzas estaban á las órdenes del Sr. coronel del regimiento de la Corona D. Francisco Abreu y Delmonte.”

………

“—A las cuatro de esta tarde han sido puestos en capilla D. Pedro Figueredo, y D. Rodrigo y D. Ignacio Tamayo, los cuales serán ejecutados mañana á las siete de la mañana en el lugar de costumbre.”

“Poco despues de las siete llegaron los reos montados sobre burros en atención á su estado de debilidad, y acompañados por la hermandad de la misericordia y los capellanes que les auxiliaban. Todos tres conservaron toda su serenidad y entereza hasta el último instante, y a pesar del estado de postracion en que se hallaba Figueredo, le vimos con mucha presencia de espíritu, perfecta serenidad y sin afectacion, arrodillarse en el sitio que le estaba destinado. La despedida de los dos Tamayos fué conmovedora: arrodillados á distancia de ocho en ocho pasos el uno del otro, el padre le echó la bendicion al hijo, miéntras este volvia la cara á otro lado para no ver caer al padre. Clavados en nuestro sitio, en cumplimiento de nuestra obligacion, nosotros no pudimos contemplar aquella dolorosa escena, en que con muda elocuencia se representaban los mas profundos sentimientos del corazon humano…”

“¡Alli se hallaba sufriendo el inexorable veredicto del destino uno de los grandes criminales que han ocasionado los males que lamentamos! ¡Allí se hallaba uno de esos hombres que fueron los primeros en lanzar el grito siniestro que tantas lágrimas y tanta sangre habia de hacer derramar, orígen de tantas desgracias, y de tantas ruinas! ¡Allí se hallaba el famoso Perucho Figueredo, figura prominente de la insurreccion, que en la plaza de Bayamo entregó á la hoguera los archivos de la administracion del gobierno español, inaugurando el divorcio entre el incendiarismo de la faccion separatista y nuestras doctrinas conservadoras! ¡Allí se hallaba el famoso general improvisado, cuyas primeras palabras al empuñar el machete fueron el grito fratricida de ¡mueran los españoles! que tantos raudales de sangre debia hacer derramar entre los hijos de un mismo pueblo! ¡Allí se hallaba tambien arrodillado en el suplicio de los criminales, de los incendiarios y de los asesinos, el hombre á cuya voz se armaron los brazos de los hijos contra los padres, y de los hermanos contra los hermanos! ¡Allí se hallaba uno de los hombres que fulminaron la terrible sentencia de muerte y ruina de su patria por medio del pico y de la tea incendiaria! ¡Allí se hallaba por fin el hombre mismo cuyas tenebrosas doctrinas de guerra, de asolacion y de exterminio han traido á un padre y á un hijo á verse morir mutuamente en el cadalso!…”

“Fuimos anoche á la capilla á ofrecer á los reos nuestros servicios, y recibimos de Figueredo el encargo, que cumplimos en este lugar, de despedirle en su nombre de su familia y de sus numerosos amigos, á quienes suplicó le tributen un recuerdo á su alma en sus oraciones”.

“En los breves momentos que conversamos con Figueredo pudimos apreciar la finura, educacion y talento de ese hombre distinguido, que era indudablemente una de las personas mas notables de la insurreccion”. (1)

Documentos de la El Demócrata
Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. Colección Cubana: El Demócrata, Nueva York, jueves 1 de septiembre de 1870, año I, no. 92. “Pedro Figueredo”, p. 2-3. Sección de Ultramar del Archivo Histórico Nacional

 

Pedro Figueredo y Rodrigo e Ignacio Tamayo, padre e hijo, habían llegado a Santiago de Cuba en el cañonero Astuto al amanecer del 14 de agosto. De inmediato fueron trasladados a la cárcel. Dos días después, se inició el Consejo de Guerra presidido por el Coronel Francisco Fernández Torrero. Figueredo, cuyo estado de salud agravaba, tuvo que ser conducido por dos ayudantes. A la primera pregunta del Coronel, Figueredo contestó sin inmutarse: Abreviemos esto, Coronel. Soy abogado y como tal, conozco las leyes y sé la pena que me corresponde; pero no por eso crean ustedes que triunfan, pues la Isla está perdida para España. El derramamiento de sangre que hacen ustedes es inútil, y ya es la hora de que conozcan su error. Con mi muerte nada se pierde, pues estoy seguro de que a esta fecha mi puesto estará ocupado por otra persona de más capacidad; y si siento mi muerte es tan sólo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra de la redención que había imaginado y que se encuentra ya en sus comienzos.(2)

No respondió al resto de las preguntas. Impidió así el espectáculo que el oficial español deseaba entronizar. Pedro Figueredo, Rodrigo e Ignacio Tamayo, juzgados por delito de infidencia, fueron condenados a muerte. Ese día, a las seis de la tarde, entraron en capilla. Durmieron en el suelo.
Según Maceo Verdecía, hasta allí llegó un emisario del Conde de Valmaseda quien le proponía un arreglo de paz a cambio de su vida. Figueredo le respondió: Diga usted al Conde, que hay proposiciones que no se hacen sino personalmente, para personalmente escuchar la contestación: que yo estoy en capilla y espero que no se me moleste en los últimos momentos que me quedan de vida.(3)

En horas de la tarde, el patriota entero solicitó papel y pluma para escribir una carta de despedida a su esposa y un escribano público para dictar su testamento. La carta a su amada esposa es la siguiente:

Santiago de Cuba, agosto 16 de 1870

Sra. Isabel Vázquez, Manzanillo o donde se halle.

Queridísima Isabel mía:

Ayer llegué a ésta, sin novedad, y ruego a Dios que tú y nuestros hijos gocen de igual salud. Hoy se ha celebrado el Consejo de Guerra para juzgarme y como el resultado no puede ser dudoso, me apresuro a escribirte para aconsejarte la mayor y más cristiana resignación: vive para todos nuestros hijos, sobre todo para nuestra Ester a quien le repetirás diariamente el nombre de su padre: mi última súplica, pues, que te hago es que trates de vivir y no dejes huérfana a nuestra hijita. A mi Eulalia, a Pedro, a Blanca, Elisa, Isabel, Gustavo, Candelaria, Lucita, Piedad y Ángel que reciban mis abrazos y mi bendición. Por última vez te recomiendo el valor y la resignación, no entrando en otros pormenores porque conozco tu ilustración y recto juicio. Dios es grande en sus designios y no nos toca ni corresponde inmiscuirnos en ellos: en el cielo nos veremos y mientras tanto no olvides en tus oraciones a tu esposo que te ama.
Pedro Figueredo(4)

De igual forma, Ignacio Tamayo le escribió a su esposa:

Santiago de Cuba, agosto 16 de 1870.

Sra. Agustina Milanés y Bazán.

Querida Agustina:

“Llegó mi último momento, hija mía, y solo siento el no verte en mi tormento, que lo sufro únicamente por tí. Ten paciencia. Muero como un hombre de honor y honrado y eso debe consolarte un tanto. Adiós. Un beso a mi hijo a quien tratarás de educar.

Tu Ignacio(5)

Ese mismo día, solicitó Figueredo un escribano público para redactar su testamento. El mismo reza, según fórmula jurídica de la época en Cuba:

Testamento

En nombre de Dios Todo -Poderoso- Amen. Yo el Lic. Don Pedro Figueredo, abogado, natural y vecino de Bayamo, hijo legítimo de D. Ángel Figueredo Pavon y doña Eulalia Cisneros, difuntos = hallandome en pié en mi entero acuerdo y cabal memoria creyendo firmemente en el ministerio altísimo de la Santi. Trinidad y en cuanto más predica y enseña la Santa Madre Yglesia Católica, Apostólica Romana, bajo cuya fé y creencia he nacido y protesto morir tomando por mi intercesora á la siempre Virgen María, madre de Dios y abogada de pecadores para que guie mi alma por la senda de su salvación; estando próximo á sufrir la última pena por delito de infidencia y queriendo dejar mis asuntos en órden otorgo mi testamento de la manera siguiente:-

Primeramente Encomiendo mi alma a Dios que la crió y redimió y el cuerpo mando á la tierra para que cuando sea cadaver se sepulte en la forma que dispongas mis jueces… y encargado en mi abacea mande decir por mi alma las tres misas rezadas de costumbre.

Ytem Declaro que soy casado legítimamente con la Da. Isabel Vázquez y Moreno, de cuyo matrimonio tenemos y procreamos por nuestros legítimos hijos á los once nombrados Da. Eulalia, Dn. Pedro Felipe, Da. Blanca Rosa, Da. Elisa, Da. Ysabel, Da. Candelaria y – María Ester-

Ytt- Declaro que mi esposa introdujo al matrimonio la cantidad de catorce mil pesos en fincas, esclavos, prendas que según escritura dotal que le otorgué en la Habana ante el Escribano público D. Vicente Rodríguez Pérez.- Ytem Declaro que durante el matrimonio adquirí en sociedad con mi hermano D. Miguel el Ingenio Las Mangas, situado en la jurisdicción de Bayamo y rematamos en la testamentaria de nuestro padre D. Ángel Figueredo, debiendo declarar que la parte que yo representaba en dicho remate entonces eran de veinte y ocho mil pesos correspondientes a mis hijos en esta forma = catorce mil que heredaron de su tía mi hermana D. Maria de Jesús Figueredo y los otros catorce mil pesos que en nombre de los mismos mis hijos apronté para la adquisición de la finca, y que mi hermano el dicho Dn. Miguel representaba igual cantidad a veinte y ocho mil pesos según todo consta en el expediente instruido sobre el remate de la expresada finca.

Y además introduje en ella en efectivo para su mejor fomento la cantidad de trece mil pesos que es el único capital que me corresponde.

Ytem –Declaro por mas bienes la hacienda Santa Maria del Rosario y su potrero anexo, cuyas dos fincas colindan por la parte Norte con dicho Ingenio “Las Mangas” constando sus dotaciones y demás anexidades en los contratos celebrados con el administrador D. Ángel Rivero, y con respecto á la posesión se halla consignada en el expediente respectivo de apeo y deslinde de la hacienda Hato-abajo.

Ytem Declaro que mis deudas activas y pasivas, así como las particulares del Ingenio constan en documentos –quiero se cobren las unas y se paguen las otras con la religiosidad que he acostumbrado-

Ytem Quiero que el inventario, avalúo y divisoria de mis bienes se practiquen extrajudicialmente, facultando á mi albacea para nombrar contador partidor y peritos valoradores.

Y para que lo contenido en este mi testamento tenga efecto nombro por mis albaceas testamentarios y administradores de bienes sin fianza, en primer lugar a mi buena esposa Da. Isabel Vázquez y Moreno y en segundo al ldo. Dn. Francisco Esteban Tamayo y González, para que en su oportunidad entren en mis bienes y cumplan y paguen esta mi ultima voluntad, aunque sea pasado el término que el derecho designa por que lo prorrogo a todo el más que se necesite y hubiere de menester. Y en el remanente de todos mis bienes, deudas, derechos, acciones y futuras sucesiones en que haya medido y mediere y en cualquier manera me pertenezca, instruyo y nombro por mis únicos y universales herederos á mis once hijos Da. Eulalia, Dn. Pedro Felipe, Da. Blanca Rosa, Da. Elisa, Da. Isabel, Da. Candelaria, Dn. Gustavo, Da. Maria de la Luz, Da. Piedad, Dn. Ángel María y Da. María Ester Figueredo y Vázquez para que lo hayan, gocen y hereden con la bendición de Dios y la mía. Y mediante la menor edad en que se hallan constituidos la mayor parte de mis hijos les nombro de tutores, curadores y administradores de sus personas y bienes, en primer lugar á mi buena esposa D. Ysabel Vázquez y Moreno y en segundo por su falta al Lic. Dn. Francisco Esteban Tamayo González, con revelación de toda clase de fianza y garantía por la satisfacción que me asiste de su pureza y buen comportamiento. Revoco y anulo todos y cualquiera testamentos, codicilos, poderes y disposiciones de testar que antes hubiera hecho ú otorgado por escrito, de palabras ó en otra forma á fin de que solo el presente se tenga y estime por tal mi última deliberada voluntad en la vía y forma que mas por derecho haya lugar.

Fecho en Cuba á diez y seis de Agosto de mil ochocientos setenta años –Yo el Escribano público del numero doy fé de estar el otorgante, al parecer, en su entero acuerdo y cabal memoria, así lo digo otorgó y firmó siendo testigos Dn.

Francisco de la Lastra, el Secretario de este escribano civil D. Manuel Gómez y el caballero Regidor alguacil mayor Dn. Manuel de Jesús Portuondo vecinos presentes.

Pedro Figueredo. Francisco de la Lastra.

Manuel de J. Portuondo. Manuel Gómez.

Ante mi Rafael Ramírez.(6)

Mientras estos acontecimientos ocurrían en la prisión, en la Comandancia Militar se redactaban y firmaban las órdenes de ejecución:

Comandancia Militar

Servicio para el día 17.

Jefe de día.- El Coronel de reemplazo D. Vicente Villares. – Jefe de Visita de Hospital. – El Comandante de la Habana D. José González Monlet. –Hospital y provisiones. –El Capitán de San Quintín D. Juan Menéndez. –Médico para ídem D. Antonio Campiña. –Escolta – Cuba –Parada- Voluntario. –El sargento Mor. Int. Alvarez Cora.

Comandancia Militar

Servicio para el día 17.

A las seis en punto del día de mañana serán pasados por las armas los paisanos D. Pedro Figueredo, D. Rodrigo Tamayo y D. Ignacio Tamayo por el delito de infidencia, titulados los dos primeros Generales Insurrectos. – Los medios batallones de los cuerpos de Voluntarios de esta plaza y el Escuadrón de Caballería de los mismos con igualmente toda la fuerza de los Escuadrones de caballería del Rey y Reina que se hallan en esta plaza, al mando del oficial más antiguo de los dos; así como la fuerza armada que halla de bomberos, cuyas fuerzas se hallarán a las seis menos cuarto en correcta formación en el paraje de costumbre donde se hallarán el Sr. Coronel de la Corona D. Francisco Abreu, que mandará el cuadro. –El Regimiento de la Corona nombrará un piquete compuesto por un oficial, 25 hombres y uno de banda para la custodia de la Capilla y conducción de los reos al indicado punto. – Lo que de orden de S.E se comunica de la plaza para su cumplimiento. –El sargento Mor. Int. – Álvarez Cora.

Comandancia Militar

Servicio para el día 17.

Debiendo tener efecto mañana a las seis y media de ella la ejecución de los cabecillas insurrectos D. Pedro Figueredo, D. Rodrigo y D. Ignacio Tamayo en el lugar de costumbre, se reunirán todas las fuerzas del cuerpo libre de servicio en la Plaza de Dolores a las cuatro y media de la mañana con la Banda de Música, Tambores y Cornetas y escuadrones de Gastadores.- Los Tambores y Cornetas tocarán llamada y tropas a las cuatro de la mañana. –El Comte. accl.- José Peralta y Zayas.(7)

Alrededor de las seis de la mañana del día 17 de agosto de 1870, el oficial encargado de la ejecución penetró en la capilla donde se encontraban los prisioneros acompañados de soldados del piquete del Regimiento de la Corona y varios sacerdotes. Leyó la sentencia a los condenados. Estos permanecieron en silencio mientras los sacerdotes entonaban sus rezos. Se les esposó pero, al intentar Figueredo dar sus primeros pasos, con los pies totalmente llagados y ensangrentados, no pudo avanzar.

-¡Camine usted! Figueredo con pasividad contestó:

-¿No ve usted que no puedo? Tráigame un coche.

– Eso sería demasiada honra para un Jefe insurrecto –le replicó, rudo, el Jefe de los escoltas; y terminó: se le traerá un asno”.(8)

Se llevaron a cabo las gestiones pertinentes con ese fin. A la media hora hacía entrada en el penal un asno. Al verlo, se dice que Figueredo expresó:

-No será el primer redentor que cabalga sobre un asno.(9)

Al caserón del antiguo Matadero, donde debían ser ejecutados, fueron llevados los prisioneros. Todos los observadores quedaron impresionados por la dignidad y entereza con que caminaban pese a la vestimenta y al destino que les esperaba al final del camino. Una vez en este lugar, se hizo un profundo silencio. Se escuchó la voz del Jefe del pelotón impartiendo las órdenes de rigor. Los 25 miembros del pelotón avanzaron hacia los sentenciados, quedando separados por dos metros de distancia. Cuatro soldados prepararon a los tres revolucionarios, los que quedaron listos, primero Figueredo y, posteriormente, vendaron a Rodrigo Tamayo, quien antes de que taparan sus ojos miró a su hijo y extendió las manos esposadas con el objetivo de bendecirlo. Este bajó la cabeza. Listos los detenidos, se escucharon las órdenes, una a continuación de la otra, hasta la de “fuego”. Se produjo una descarga uniforme y los tres patriotas cayeron muertos.

Notas

(1) “Pedro Figueredo”, El Demócrata, Nueva York, jueves 1ro de septiembre de 1870, num.92, p.2.
(2) José Maceo Verdecia: Bayamo, edición anotada: Ludín Bernardo Fonseca García, Ediciones Bayamo, Bayamo, 2009, p.140.
(3) Op. cit., p.140.
(4) Ibídem., pp.140-141.
(5) Ibídem., p.141.
(6) Ibídem., pp.235-237. El original fue cotejado en el Archivo Histórico de Santiago de Cuba, Protocolos Notariales, escribano Rafael Ramírez, f.272v-273v por Ludín Fonseca García.
(7) Ibídem., p.140.
(8) Ibídem., p.142.
(9) Ibídem., p.142.

EDUARDO TORRES CUEVAS

Eduardo Torres CuevasAcadémico, historiador y pedagogo. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua. Profesor Titular y Doctor en Ciencias Históricas. Premio Nacional de Historia, Premio Félix Varela.


Redacción Digital

 
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