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Publicado el 28 Noviembre, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1956

De Tuxpan a Cinco Palmas

Fidel y el Movimiento 26 de Julio cumplieron su promesa de que antes de finalizar el año iniciarían la lucha guerrillera contra la tiranía. Levantamiento de Santiago de Cuba en apoyo al desembarco del Granma

Fidel y Raúl de Granma a Cinco PalmasPor PEDRO ANTONIO GARCÍA

El 25 de noviembre de 1956, cerca de las dos de la madrugada, el yate Granma soltó sus amarras y echó a andar sus motores. Salió con las luces apagadas, del puerto de Tuxpan. Había muy mal tiempo y la navegación estaba prohibida. El estuario del río se mantenía tranquilo. Ya en las puertas del golfo, se encendieron las luminarias de la nave. Imperaba la emoción y, formando un gran coro, quienes viajaban en ella entonaron las notas del Himno Nacional.

La travesía estuvo signada por las marejadas. Solo los más avezados en los viajes por mar fueron inmunes al embate de las olas y el balanceo del navío. La gran mayoría, inexperta, padeció mareos y vómitos. Hizo más penoso el viaje la lentitud del barco, agravada por la sobrecarga y el hecho de que uno de los motores permaneció descompuesto durante dos días.

El 2 de diciembre, al amanecer, arribaron a Cuba por el lugar conocido como Los Cayuelos, a unos dos kilómetros de Las Coloradas, al noroeste de cabo Cruz.

Santiago de Cuba, diciembre 30

Por orientación de Fidel, el levantamiento debía iniciarse una vez que se confirmara el desembarco del Granma. Según cálculos hechos por los combatientes clandestinos, de acuerdo con los nudos que el yate usualmente hacía, el trayecto demoraría cinco días.  Por lo tanto, el 30 de noviembre los expedicionarios podrían avistar las costas cubanas.

Se planeó comenzar la sublevación ese día, con el lanzamiento de un proyectil de mortero al cuartel Moncada. Al frente de esta operación estaban Léster Rodríguez y Josué País. Pero ambos fueron detenidos antes de la hora señalada, al ser reconocidos por un sargento en la esquina del Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago de Cuba.

Al no sonar el mortero, hubo desconcierto. Pepito Tey no esperó mucho. Llamó a María Antonia Figueroa, quien atendía el teléfono en el cuartel general de los revolucionarios: “Doctora, dígale a Salvador (Frank País) que llegó el momento”. Poco tiempo después se sintió un griterío en la calle. Varios autos pasaron mientras sus ocupantes gritaban: “¡Abajo Batista!”. Pepito, en la máquina delantera, levantó su brazo engalanado con el brazalete rojo y negro del 26 de Julio, fusil en ristre, y su grito de “¡Viva Cuba libre!” fue coreado por vecinos y combatientes. Frank no se pudo contener y contestó con las mismas palabras.

Minutos más tarde, el estampido de los tiros ensordecía la ciudad y en la mañana del 30 de noviembre de 1956, el uniforme verde olivo inundaba las calles. En el local la Policía Marítima, los revolucionarios se liaron a disparos con la posta. A tiro limpio entraron en el edificio, hicieron prisioneros a un teniente y seis guardias y acopiaron armas. Ante la llegada de los refuerzos del Ejército batistiano, abandonaron el lugar.

Separa habitación hotel.

Estación de Policía incendiada por los revolucionarios santiagueros en apoyo al desembarco del Granma, acción dirigida por Frank País. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

En la acción contra la Estación de Policía en la Loma del Intendente, participaban la célula de Otto Parellada, cuya misión era atacarla desde la Escuela de Artes Plásticas, y el grupo comandado por Pepito Tey, que acometió por el frente, partiendo de la escalinata de Padre Pico, y que debió tener el apoyo de una ametralladora 30, llevada erróneamente al sector donde combatía Otto.

Junto con algunos de sus hombres, Pepito se parapetó detrás del paredón situado en el tope de la escalera de Padre Pico. Avanzó seguido por un compañero, subió la escalera de la jefatura. Ninguna de las granadas que lanzó, estalló. Los dos tuvieron que retroceder, aunque sin dejar de disparar. Se refugiaron en un murito en la calle Santa Rita y siguieron tiroteando la estación. A Pepito solo pudo silenciarlo un balazo mortal.

Ya había caído Tony Alomá en un momento del combate, al subir el último escalón de Padre Pico. Entretanto, el otro grupo, con puntería beisbolera, lanzaba cócteles Molotov contra la estación. Pero estaban mal hechos, se extinguían rápidamente. Otto Parellada, incluso herido, no cesaba de disparar. Hasta que una ráfaga acabó con su vida.

Lejos de amilanarse, sus hombres respondieron con una balacera violenta. Se recrudeció el combate. Alguien buscó un saco de yute y pedazos de tela, metieron dentro de él varios cocteles, le dieron candela y lo tiraron sobre el techo, que empezó a arder. Dentro del calabozo de la estación estaban varios revolucionarios, detenidos días antes. Los policías abandonaron el lugar y los dejaron a merced del fuego. Con un ladrillo desprendido rompieron el candado de la reja, treparon a unos tanques de agua y brincaron a una casa vecina, donde ya habían llegado los bomberos.

“Cállense la boca –dijo el jefe de los bomberos a su gente–, no digan nada, por aquí no ha brincado nadie”. Los esbirros del SIM (Servicio de Inteligencia Militar) irrumpieron en la vivienda, pero la dueña supo esconder muy bien a los fugados y entre el humo y la labor de los apagafuegos había mucha confusión. Los sicarios se marcharon sin capturar a ninguno. Los bomberos vistieron a los revolucionarios con los uniformes característicos del cuerpo y se los fueron llevando uno a uno.

Un grupo de jóvenes estuvo disparando desde el Instituto de Segunda Enseñanza hasta que recibió la orden de retirada. Eran más de veinte, aunque solo doce pertenecían al M-26-7, los demás se habían sumado aquel día. Cuando algunos plantearon seguir luchando, “ser libres o mártires”, Nano Díaz, quien meses después cayera heroicamente en el combate de Uvero, expresó categórico: “Fidel nos necesita vivos y no muertos, tenemos que seguir la lucha y ahora tenemos la oportunidad de retirarnos”. Solo así la aceptaron.

Cárcel de Boniato

Allí, el combatiente Carlos Iglesias, Nicaragua, había captado para el Movimiento a Raúl Menéndez Tomassevich, entonces recluido, y a Braulio Curuneaux, exmiembro del Ejército de la tiranía, quien por negarse a torturar y asesinar moncadistas había caído en desgracia con el régimen batistiano y fue condenado a varios años de cárcel con pruebas falsas por un supuesto delito común. Al principio, el plan general del 30 de noviembre contemplaba apoyar la fuga de los revolucionarios confinados en esta penitenciaría. Mas, los compañeros escogidos para ayudarlos desde el exterior del penal, tuvieron que asumir otras acciones

La evasión, no obstante, fue un éxito. Curuneaux se incorporó luego al Ejército Rebelde y por su comportamiento heroico en la batalla de Guisa, donde perdió la vida, fue ascendido póstumamente a Comandante. Nicaragua y Tomassevich también alcanzaron durante la etapa insurreccional ese grado.

Frank ordena la retirada

De las diez de la mañana en adelante, las acciones de aquel 30 de noviembre fueron decreciendo en Santiago. Con algunos hombres que habían combatido en la Marítima y la Estación de Policía iban llegando al cuartel general de los revolucionarios las malas noticias: se teñía de sangre valiosa el verde olivo. De acuerdo con el testimonio de Vilma, “fue celebrada una reunión en la que se discutieron los inconvenientes de ir a la montaña y se vieron los distintos puntos de posible acceso. Finalmente se decidió que no iríamos, pues si Fidel hasta ese momento no había desembarcado, luego iba a ser mucho más difícil establecer contacto con él. Además, era necesario mantener viva la lucha en la ciudad”.

“Frank ordenó la retirada disciplinadamente, ordenadamente y nos retiramos con mucha serenidad”, precisó años después, ante este redactor, Gloria Cuadras. Las dos cosas que más le impresionaron ese día fue ver la felicidad que reflejaba Frank al ponerse el uniforme verde olivo; y la serenidad y el valor de Haydée Santamaría, Taras Domitro y Vilma, quienes, con los camiones del ejército en las calles, iban llevando las armas a lugares seguros. “Salvándolas, pensando en que las teníamos que utilizar próximamente, con la fe y seguridad en que pronto volveríamos a actuar”.

Las Coloradas-Alegría de Pío, diciembre 2-5

En el sitio por donde arribó el Granma, el mar es bajo y habitualmente tranquilo. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

En el sitio por donde arribó el Granma, el mar es bajo y habitualmente tranquilo. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Más que un desembarco, parecía un naufragio. En el sitio por donde arribaron, el mar es bajo y habitualmente tranquilo. Tres expedicionarios saltaron desde la nave. Pudieron llegar al mangle y amarraron en él una soga. Descendieron uno a uno. Al tirarse, los hombres gruesos se enterraban en el fango, los más livianos tuvieron que ayudarlos a salir.

Los manglares forman, incluso hoy día, una enmarañada red y cubren el litoral, hasta extenderse dos kilómetros tierra adentro. Los revolucionarios tropezaban con las raíces, caían. Se cuarteaban las botas. Los árboles espinosos y la cortadera de dos filos rasgaban los uniformes. Las armas y mochilas se mojaron, valiosos pertrechos se hundieron.

Tardaron varias horas en salir de la ciénaga. En tierra firme quedaron a la deriva. Después de una marcha a paso lento, interrumpida por las fatigas y los descansos de la tropa, en El Mijial (3 de diciembre) la familia de Varón Vega les cocinó unas gallinas, yuca, caldo para los más débiles, y les ofreció miel.

Continuó la marcha. En Agua Fina (diciembre 4) volvieron a palpar la hospitalidad campesina. De madrugada, ya día 5, alcanzaron un punto llamado Alegría de Pío. Según el Che, “era un pequeño cayo de monte, ladeando un cañaveral por un costado y por otros abierto a unas abras, iniciándose más lejos el bosque cerrado”.

Muchos se quitaron las botas y pusieron sus medias al sol. Como médicos, Faustino Pérez y el propio Che comenzaron a atender las ampollas sangrantes en los pies de los expedicionarios. Más tarde, Ramiro Valdés repartió galletas con un pedazo de chorizo, Almeida miró su reloj: las agujas marcaban las 4:20 p.m. Unos veinte minutos después, sonó un disparo y se generalizó el tiroteo.

El jefe de la tropa batistiana les intimó a la rendición. “Aquí no se rinde nadie, c…”, respondió Almeida y mientras disparaba, al ver que hacia ellos se concentraba el fuego, le dijo al Che: “Ponte algo en el cuello, que estás sangrando mucho, y vámonos”.

Escenario del combate de Alegría de Pío, donde se produjo la dispersión de los expedicionarios.

Escenario del combate de Alegría de Pio. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Solo tres expedicionarios no lograron romper el cerco de los guardias: Humberto Lamothe, Oscar Rodríguez e Israel Cabrera, los primeros mártires de la expedición. El resto del contingente se fraccionó.

Sin dejar de disparar, Fidel impartió órdenes a sus compañeros. Junto con Juan Manuel Márquez y Universo Sánchez se dirigió hacia el este, por entre los surcos. Avanzaban a saltos, de tramo en tramo; en una de esas etapas, Juan Manuel se les perdió. Regresaron a buscarlo, pero a quien hallaron fue a Faustino Pérez. En la oscuridad de la noche, se internaron en el monte.

En torno a Raúl se agruparon Ciro Redondo, Efigenio Ameijeiras, René Rodríguez, Armando Rodríguez y César Gómez. Almeida logró reunir al Che, Ramiro, Reynaldo Benítez y Rafael Chao. Sobre las peripecias de este último grupo, consignaría años después el Guerrillero Heroico: “Caminamos hasta que la noche nos impidió avanzar y resolvemos dormir todos juntos, amontonados, atacados por los mosquitos, atenazados por la sed y el hambre […] Así fue nuestro bautismo de fuego […] Así se inició la forja de lo que sería el Ejército Rebelde”.

Acciones fuera de Santiago (noviembre-diciembre)

Según ha precisado Vilma Espín, también se luchó en Nicaro, donde luego, en la víspera de navidad, mataron a Rafael Orejón; Palma, Guantánamo. En Puerto Padre, Raúl Castro Mercader, Paco Cabrera y otros tomaron un cuartel de la Guardia Rural, ocuparon las armas y se alzaron. Hubo operaciones aisladas en Tunas, Baire, Manzanillo, Pinar del Río; incendios a servicentros en Cienfuegos y Camagüey; ocupación de armas en Santa Clara; sabotajes a vías férreas y telefónicas en varios municipios matanceros. En La Habana, a pesar de problemas organizativos y de dirección que imposibilitaron una coordinada respuesta combativa, un comando incendió la fábrica de espejos emplazada en Almendares y Lugareño.

En Guantánamo, los trabajadores ferroviarios, del comercio y el sector farmacéutico fueron a la huelga. Los primeros mantuvieron el paro hasta el 6 de diciembre. Luis Toto Lara y otros compañeros estremecieron a Caimanera. En el central Ermita hubo un levantamiento encabezado por Julio Camacho Aguilera, se tomó el cuartel y se capturaron armas. Los revolucionarios incendiaron un puente cerca de Belona, descarrilaron un tren en la vía hacia Manantiales e inutilizaron el pequeño aeropuerto que estaba cerca del ingenio. Durante varios días mantuvieron en agitación la zona y si no crearon un foco guerrillero por allí, fue por la precisa orientación de Frank País de “no mantener ningún tipo de guerrilla hasta que no se haya fortalecido a [la columna de] Fidel”.

Boca del Toro, diciembre 8

Los asesinados en Boca del Toro. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Los asesinados en Boca del Toro. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Catorce combatientes, con José Smith Comas al frente, el grupo más numeroso que logró reunirse tras la dispersión de los expedicionarios el 5 de diciembre, avanzaron durante la noche hacia el sur, y al amanecer llegaron hasta los farallones de la costa. Aquí se dividieron. Smith, Ñico López, Miguel Cabañas, Cándido González, Tomás David Royo, Mario Hidalgo y Jesús Chuchú Reyes continuaron por el litoral, mientras que Armando Mestre, José Ramón Martínez, Luis Arcos, Armando Huau, Rolando Moya, Gino Donne y Enrique Cuélez lo hicieron a través del monte, por la parte más alta del acantilado.

Los que acompañaban a Mestre llegaron en la mañana del sábado 8 a casa del campesino Eutimio López, quien les preparó un almuerzo y les suministró víveres para el viaje. Al reemprender la marcha, los detectó la aviación. Corrieron en varias direcciones: Mestre, Arcos y Martínez continuaron hacia el río Toro, pero cayeron en manos de una patrulla. Los restantes siguieron hacia El Ocuje, en dirección este.

Los tres primeros fueron conducidos hacia el batey de Alegría de Pío, cuartel provisional de la tropa batistiana, donde se encontraron con Jimmy Hirzel, Andrés Luján y Félix Elmuza, aprehendidos en un cañaveral cercano. Ultimados todos esa misma noche, sus cadáveres fueron arrojados ante las puertas del cementerio de Niquero.

Entretanto, los que siguieron a José Smith continuaron caminando por la costa en dirección este. Alcanzaron la desembocadura del río Toro y enrumbaron hacia la casa de un campesino conocido como Manolo Capitán, quien adoptó una actitud extraña, advertida solo por Chuchú.

Cuando el guajiro se marchó, supuestamente en busca de ayuda, Reyes planteó abandonar el lugar. Solo Smith estuvo de acuerdo con él, pero al negarse los demás, decidió quedarse. Como infirió Chuchú, quien continuó camino, en vez de Capitán regresó Julio Laurent, un connotado criminal del Servicio de Inteligencia Naval, al frente de su gavilla de esbirros. Los seis revolucionarios fueron asesinados.

Esa misma noche, a otros tres expedicionarios (Raúl Suárez, René O’Reiné y Noelio Capote), los detuvieron en la desembocadura del río Toro. Después de interrogarlos, los ametrallaron por la espalda. El propio Laurent les dio el tiro de gracia.

Todavía era 8 de diciembre cuando René Bedia, Eduardo Reyes y Ernesto Fernández llegaron a Pozo Empalado. Al detenerse para tomar agua, 20 soldados emboscados en un platanal dispararon contra ellos. Bedia y Reyes cayeron heridos. Fernández rodó cañada abajo y arrastrándose se perdió en la oscuridad. Los campesinos de la zona lo ocultaron en una cueva.

Miguel Saavedra y Pedro Sotto Alba se retiraron juntos de Alegría de Pío. Ambos se dirigieron hacia Manzanillo, ciudad natal de Pedro, cuyos parientes en el poblado de Gorito (6 de diciembre) los escondieron en una caverna. Saavedra estuvo muy poco tiempo allí y a pesar de los consejos de Sotto Alba, marchó rumbo a Manzanillo. Sabemos que el 7 de diciembre fue detenido. Reportado como “muerto en combate”, su cadáver apareció en Alegría de Pío al día siguiente.

Rumbo a la Sierra (diciembre 12-14)

Dos de los integrantes de la red campesina, organizada por Celia Sánchez: Crescencio Pérez (al lado de Fidel) y Guillermo García (extremo izquierdo de la foto), junto con el Che, Universo Sánchez, Raúl, Ciro Redondo y Almeida. (Foto: AUTOR SIN IDENTIFICAR)

Por gestiones de Celia Sánchez, con la estrecha cooperación de Crescencio Pérez y Guillermo García, se organizó tras la dispersión de Alegría de Pio una red campesina en apoyo a los expedicionarios. Sin embargo, con quien primero contactó Fidel (12 de diciembre) fue con la familia Hidalgo-Coello, sin participación alguna en actividades políticas y ajenas al grupo de recepción y al M-26-7. Tras saciar el hambre de los revolucionarios, les procuraron un práctico que los condujo hasta la loma de la Yerba y les indicó el camino a seguir. Así llegaron a la casa de los hermanos Tejeda, que sí pertenecían a la red.

El grupo de Almeida, al cual se le habían sumado tres compañeros más, entre ellos, Camilo Cienfuegos, al fin topó con gente amiga. Los combatientes agrupados por Raúl, en su marcha hacia el este, encontraron a la familia de Neno Hidalgo.

La red campesina llevó a Fidel, Faustino y Universo al poblado del Plátano y de allí a la finca de Marcial Areviches, donde establecieron campamento. Al mediodía (13 de diciembre), recibieron la visita de Adrián García, el padre de Guillermo. Aunque el líder de la Revolución se presentó como Alejandro, el astuto campesino lo reconoció, pues había visto su imagen publicada tiempo atrás en la revista BOHEMIA.

A las pocas horas, se corrió la voz de que Fidel estaba vivo y unos diez jóvenes de la zona le solicitaron ingresar en su tropa. El Jefe de la expedición del Granma les explicó que carecía de armas para ellos, pero una vez consolidada la guerrilla les llamaría. Guillermo García logró entrevistarse con él (14 de diciembre) e informarle sobre lo sucedido hasta el momento: la captura de 17 expedicionarios y la muerte de 20.

Al día siguiente Juan Manuel Márquez engrosaría esa última lista. Tras sufrir salvajes torturas, fue arrojado, agonizante, a una guardarraya de la finca La Norma, cerca de Campechuela. Cuando los esbirros regresaron a enterrar al lugarteniente del Granma, al ver que aún vivía, lo remataron con tres disparos.

Cinco Palmas, diciembre 18

Lugar donde se efectuó el encuentro de Cinco Palmas, celebrado por sus protagonistas y el pueblo de la zona varios años después. (Foto: Periódico LA DEMAJAGUA)

Lugar donde se efectuó el encuentro de Cinco Palmas, celebrado por sus protagonistas y el pueblo de la zona varios años después. (Foto: Periódico LA DEMAJAGUA)

El mismo sábado en que asesinaron a Juan Manuel, a las 8 de la noche Fidel, Faustino y Universo iniciaron la marcha, acompañados por Guillermo García y otros dos campesinos (del grupo de recepción organizado por Celia Sánchez), rumbo a la carretera de Pilón, la que cruzaron sin contratiempos. Durante 11 horas recorrieron casi 40 kilómetros de lomeríos, riachuelos y potreros. A las siete de la mañana del domingo 16 de diciembre de 1956, llegaron a la finca de Mongo Pérez, en Purial de Vicana. Fidel estableció campamento entre unas palmas jóvenes, en el centro de un pequeño cañaveral.

Entretanto, Almeida había enviado un mensaje (15 de diciembre) a Camilo, Ramiro Valdés y Reinaldo Benítez, a quienes los campesinos ofrecieron refugio, para que emprendieran la subida del firme y se unieran a él y al Che en Palmarito; cosa que hicieron. La intención de Almeida era reunir a todo su grupo otra vez. Al día siguiente, Guillermo García les hizo llegar una nota de Faustino Pérez en la cual se les orientaba quedarse en el lugar hasta nuevo aviso. Y el Guerrillero Heroico consignaba en su diario: “Hay indicios que se va a dar con Fidel”.

Raúl, Efigenio Ameijeiras, Ciro Redondo, René y Armando Rodríguez no llegaron a Purial hasta la madrugada del martes 18. Al mediodía, Fidel tuvo la confirmación de que se hallaban a poca distancia. Durante la noche, en el lugar conocido como Cinco Palmas, tuvo lugar el reencuentro. Eran solo ocho hombres, de 82 que habían partido de Tuxpan. Después que los dos hermanos se abrazaron, preguntó el Jefe del naciente Ejército Rebelde: “¿Cuántos fusiles traes?”. “Cinco”. “¡Y dos que tengo yo, siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!”.

Fuentes consultadas

Los diarios de campaña de Che Guevara y Raúl Castro; ¡Atención! ¡Recuento!, de Juan Almeida; 30 de noviembre. El heroico levantamiento de la ciudad de Santiago de Cuba y La clandestinidad tuvo un nombre: David, ambos de Yolanda Portuondo; Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Che Guevara; y De Tuxpan a La Plata, de la Sección de Historia de las FAR


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García