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Publicado el 26 Noviembre, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Ignacio Agramonte, su primer servicio extraordinario

En Paradero de Minas, el futuro Mayor desbarató los intentos contrarrevolucionarios de acabar con la insurrección en el Camagüey

 

El combate de Bonilla fue la reafirmación de que los camagüeyanos, como ya habían proclamado en Paradero de Minas, estaban dispuestos a la lucha. (Foto: Autor no identificado)

El combate de Bonilla fue la reafirmación de que los camagüeyanos, como ya habían proclamado en Paradero de Minas, estaban dispuestos a la lucha. (Foto: Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

El complot ya estaba en marcha. El rico hacendado azucarero Napoleón Arango había convocado a los patriotas camagüeyanos a una asamblea, para el 26 de noviembre de 1868, en un lugar entonces conocido como Paradero de Minas. Su propósito: sofocar la insurrección por medios pacíficos en el Camagüey. Para ello contó con la complicidad del Gobernador español del territorio que no solo facilitó la salida de la capital provincial de Francisco Zayas Bazán y Ramón Zaldívar, comisionados para convencer a los sublevados de la inutilidad de la lucha, sino también a otros elementos reformistas con los que se pensaba copar la mayoría en la reunión.

Conocedores de los aviesos planes de Arango y decididos a poner fin a su campaña capitulacionista, los miembros más radicales de la Junta Revolucionaria de Camagüey también se pusieron en marcha hacia Minas, entre ellos, Ignacio Agramonte. Sabemos que el futuro Mayor ya estaba en el lugar de la cita el 22 de noviembre por la noche porque así se lo hizo saber a su esposa Amalia Simoni en una carta, donde también le manifestaba: “Hemos llegado aquí sin novedad y acabo de recibir noticias de que se procuran arreglos que presumo no me gustarán. Tú debes tener noticias de eso”. Le preocupaba no tener contacto con su cuñado Eduardo Agramonte por lo que en su misiva a la amada le alertaba de que incluía un propio “para E(duardo) que se halla por Las Lleguas (sic), a fin de que procures llegue a sus manos. Nos interesa a ambos que la reciba”.

Según varios autores la reunión comenzó a altas horas de la noche. Los ánimos, dicen, estaban exaltados y las opiniones divididas. De acuerdo con el historiador Vidal Morales, el número de asistentes andaba cercano a 300.

Camagüey en guerra

La noticia del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes en su ingenio Demajagua sorprendió a Ignacio Agramonte en su ciudad natal, el 11 de octubre. Un inusitado movimiento de tropas integristas precedió al bando del gobernador de Puerto Príncipe que anunciaba la insurrección de Oriente. Casi todos los camagüeyanos concordaban en secundar a Céspedes, pero se impuso el consejo de los moderados, de aguardar la llegada de Salvador Cisneros Betancourt, el marqués de Santa Lucía, entonces de visita en La Habana.

Algunos como Bernabé Varona (Bembeta) no pudieron esperarle. Antes de que lo apresaran las autoridades españolas, se fue a la manigua, el mismo 11 de octubre. Dos días más tarde se alzaron los hermanos Augusto y Napoleón Arango. Semanas después, el 4 de noviembre, Gerónimo Boza y otros 75 patriotas, entre los que se encontraba Eduardo Agramonte, se alzaron en Las Clavellinas. El Camagüey se declaraba en guerra contra España.

Cisneros e Ignacio permanecieron en Puerto Príncipe en la organización de la tan necesaria retaguardia. Poco tiempo tuvieron para esas gestiones: primero, un telegrafista amigo avisó al marqués de su inminente detención y este debió tomar el camino de las lomas; el futuro Mayor le seguiría muy pronto por idénticas razones.

En la desorganización de los días iniciales, Napoleón Arango, se las arregló para proclamarse el jefe de los sublevados en el Camagüey. Incluso se ha afirmado que desde finales de octubre de ese año ya estaba en conversaciones con los españoles para pactar la capitulación. Aseguraban sus coetáneos que él nunca tuvo el propósito de combatir. Como muchos de su clase, contraponía las fincas y el ingenio de su propiedad a los intereses de la patria. Asumió la jefatura para estar en una posición privilegiada donde podía mediar entre las autoridades coloniales y los cubanos.

Según la tradición oral, con el fin de salvar su hacienda de las posibles represalias del integrismo, se fue adonde el conde de Valmaseda, el más cruel de los militares ibéricos, y le ofreció su concurso e influencia cerca de los sublevados para acabar con la revolución en el Camagüey. Jugó así un doble papel: ante los peninsulares, era el jefe de los insurrectos; ante los cubanos, el embajador de los españoles.

Con el lenguaje propio de su clase, razonaba entre los suyos que si se sabía aprovechar el momento, su clase social podía conseguir más con una paz pactada  que sacrificando a sus hijos en esos campos “sin esperanza de victoria”. Para consumar su traición, convocaba a los sublevados en Paradero de Minas, el 26 de noviembre de 1868.

La reunión de Minas

En 1868 Minas era un poblado erigido al norte de la provincia de Camagüey en el camino de Puerto Príncipe a Nuevitas y en donde se hallaba un paradero del tren que enlazaba a ambas localidades, lo que facilitaba el acceso al caserío, cualidad que lo hizo acreedor de sede de esta histórica asamblea.

Una vez iniciada las sesiones, tanto Zayas Bazán como Zaldívar trataron de engatusar a los insurrectos con las ventajas que reportaría la paz dentro del marco de las supuestas concesiones que haría a Cuba la República española, de acuerdo con lo expresado a Arango por el conde de Valmaseda.

Agramonte protagonizó en Minas la primera batalla ideológica en el Camagüey. (Foto: Autor no identificado) (Ilustración: ESTEBAN VALDERRAMA)

En respuesta, conmocionó a la asamblea Ignacio Agramonte al refutar los argumentos de los reformistas y sostener el criterio de proseguir la lucha armada. Concluyó sus discurso con estas históricas palabras: “Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por medio de las armas”.

Los capitulacionistas comprendieron su derrota y se retiraron del lugar. La mayoría de los presentes coincidió con el futuro Mayor y permanecieron alzados. Incluso José R. Simoni, suegro de los dos Agramonte, quien honestamente admitió: “Señores, confieso que había venido a buscar y llevarme a mis hijos Ignacio y Eduardo, pero después de lo que he oído decir, me quedo aquí con ellos”.

Como consecuencia de la reunión de Minas, se disolvió la Junta Revolucionaria de Camagüey y en su lugar se constituyó el Comité Revolucionario, para el cual resultaron electos Cisneros Betancourt, Eduardo Agramonte e Ignacio. A este último, cuyo prestigio había crecido enormemente después de su intervención en la asamblea, se le encomendó la organización de la guerra.

A Augusto Arango el Comité lo nombró Jefe Militar del Departamento camagüeyano y se designó una comisión integrada por Julio Guzmán, Alfredo Arteaga y Demetrio Castillo para que viajara a las Bahamas para entrevistarse con Manuel de Quesada, quien allí organizaba una expedición, y le manifestaran que se apresurara en desembarcar en la Isla para que asumiera como jefe efectivo de las fuerzas mambisas en el territorio.

Bonilla

Enterado del fracaso de las gestiones de Napoleón Arango, el conde de Valmaseda se trasladó en tren hacia Nuevitas con una columna de unos 800 hombres, provista de artillería. Según el parte suscrito por Ignacio Mora y el propio Augusto Arango como jefe de la fuerza, unos 150 mambises se apostaron en el monte Bonilla y alrededor de las 10 de la mañana del 28 de noviembre abrieron fuego contra el enemigo. Los peninsulares bajaron del tren y se desplegaron.

La vanguardia ibérica avanzó por tierra, alejándose del tren, y se puso al alcance de los rifleros cubanos, quienes hicieron estragos en la vanguardia. Valmaseda se batió en retirada dejando en el campo 12 muertos y llevándose más de 50 heridos. Esta acción constituye el bautismo de fuego de Ignacio Agramonte, quien tuvo una participación destacada, además de rescatar en medio del combate a su cuñado Eduardo, impactado por una bala española. Además, fue la reafirmación de que los camagüeyanos, como habían proclamado horas antes en Paradero de Minas, estaban dispuestos a luchar.

Tarja conmemorativa que señala el lugar donde se efectuó la histórica reunión. (Foto: Autor no identificado:)

Tarja conmemorativa que señala el lugar donde se efectuó la histórica reunión. (Foto: Autor no identificado:)

Lamentablemente, Napoleón Arango no cejó en sus planes contrarrevolucionarios y aprovechando la maligna influencia que ejercía sobre su hermano, lo llevó a acceder a una entrevista con las autoridades coloniales. Amparado por un salvoconducto del gobernador, Augusto marchó a Puerto Príncipe pero tras ser detenido por un oficial apellidado Ibergaray, fue asesinado por este y un cubano traidor llamado Ramón Recio. En cuanto a Napoleón, continuó prestando servicios a los colonialistas. Desconocemos cuál fue su fin.

Retrospectiva desde 2018

¿Qué hubiera pasado si no se hubieran derrotado los aviesos planes capitulacionistas? Al respecto meditó Fidel en su discurso en el centenario de la caída del Mayor. Afirmaría entonces: “Pero fue precisamente en ese instante cuando se yergue la figura de Ignacio Agramonte, el 26 de noviembre de 1868 en la reunión de Minas, y tiene una participación, una actitud, un gesto decisivo […] Logra hacer prevalecer sus criterios y arrastrar a sus compañeros a la lucha, y se consolida el levantamiento armado en Camagüey. Ese fue el primer servicio extraordinario prestado por Ignacio Agramonte a la lucha por la independencia.

“Habría sido terrible para el resto de los revolucionarios, posiblemente no se habría producido el alzamiento en Las Villas, y con toda seguridad España concentrando sus fuerzas habría podido aplastar en un tiempo relativamente corto a los patriotas orientales, si no se hubiese consolidado el levantamiento armado en Camagüey. Y esa fue incuestionablemente obra y mérito de Ignacio Agramonte”.

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Fuentes consultadas

Los libros Hombres del 68, de Vidal Morales, y Eduardo Agramonte, de Emilio Godínez. La compilación Para no separarnos jamás, de Elda Cento, Roberto Pérez Rivero y José María Camero. El Diccionario Enciclopédico de historia Militar de Cuba.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García