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Publicado el 7 Diciembre, 2018 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

DE NUESTRAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA

La madre heroica y el Titán

Mariana con otros miembros de la estirpe heroica: Antonio y José (a su derecha) y Tomás y María Cabrales. (Foto: Autor no identificado)

Mariana con otros miembros de la estirpe heroica: Antonio y José (a su derecha) y Tomás y María Cabrales. (Foto: Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Cuentan que en Jamaica casi siempre vestía de negro –mientras la patria fuera esclava, ella no estaba para lujos–, con un pañuelo a la cabeza. Septuagenaria, si alguien le hablaba de Cuba, los ojos, apagados por la ancianidad, de pronto resplandecían con el brillo adolescente de sus tiempos de correrías por el Guaninicún, cuando acudía al río para recoger flores y oír cantar a los sinsontes.

Así representó la labor de Mariana en la manigua la documentalista Teresita Gómez. (Documental Mariana Raíz del Alma)

Así representó la labor de Mariana en la manigua la documentalista Teresita Gómez. (Documental Mariana Raíz del Alma)

Mariana Grajales nació en un hogar humilde de campesinos. Su padre, José Grajales Matos, había escapado junto a sus progenitores de la miseria en Santo Domingo para venir a empantanarse en una pobreza similar en Cuba. Su madre, Teresa Cuello Zayas, era oriunda de Santiago de Cuba, al igual que sus mayores, aunque algunos historiadores se empeñan en adjudicarles una nacionalidad dominicana.

Los futuros abuelos maternos de los Maceo Grajales legalizaron su matrimonio en 1812, aunque de su unión ya existían tres frutos: Marcos, Marcelino y Josefa. En ese año nació Juan Donato, ya hijo legítimo, y según partida bautismal hallada por el colega Joel Mourlot en el Libro 9, folio 99 de la parroquia de Santo Tomás Apóstol (Santiago de Cuba), el párroco José Antonio Díaz Llovet, “en el Año del Señor mil ochocientos quince en diez y nueve de agosto”, bautizó y puso “óleo crisma y nombre Mariana a una niña que nació el doce de julio, hija legítima […]”.

Ninguna mambisa era más ágil para subir lomas ni más solícita para curar un enfermo. (Documental Mariana Raíz del Alma)

Ninguna mambisa era más ágil para subir lomas ni más solícita para curar un enfermo. (Documental Mariana Raíz del Alma)

Este descubrimiento echó por tierra la fecha de nacimiento de la heroína que tradicionalmente conmemoraba la historiografía nacional (26 de junio de 1808).

Ella pasó su infancia en el poblado de El Cristo, en estrecho contacto con la campiña cubana. Es improbable que aprendiera a leer y a escribir entonces, como aseguran varios de sus biógrafos. Según Bachiller y Morales, en aquellos tiempos no había matriculado ningún infante negro o mulato en las escuelas públicas. Solo en 1849 aparecían los entonces llamados eufemísticamente “niños de color” en 17 de los 27 centros de ese tipo abiertos en la región y solo sumaban poco más del 10 por ciento del alumnado. Dado el nivel económico de los Grajales-Cuello, no parece creíble que ella y sus hermanos tuvieran un maestro privado.

La estirpe heroica

A fuerza de coraje, en menos de nueve años de guerra, Antonio Maceo transitó de simple soldado a mayor general. (Ilustración: HERNÁNDEZ GIRO)

A fuerza de coraje, en menos de nueve años de guerra, Antonio Maceo transitó de simple soldado a mayor general. (Ilustración: HERNÁNDEZ GIRO)

Mariana se casó a los 16 años, como era usual en su tiempo, con Fructuoso Regüeiferos, también campesino. De este matrimonio son sus tres primeros hijos: Felipe (1832), Manuel (tal vez nacido en 1836; algunas fuentes señalan que murió de tuberculosis en 1854) y Fermín (1838). Regüeiferos falleció el 5 de julio de 1839.

Viuda a los 23 años y con tres retoños, la vida no debió resultarle fácil. Según su primera biógrafa, Aida Rodríguez Sarabia, Mariana y Marcos Evangelista Maceo (Santiago de Cuba, 1808-1869) unieron sus vidas en 1842, pero Eusebio Hernández afirmaba en sus célebres Dos conferencias históricas, que dicha unión se consumó un año después.

Tal incongruencia todavía debe ser dilucidada, ya que el 28 de mayo de 1843, nació Justo Germán, a quien se le considera “hijo natural de Mariana Grajales” en la partida bautismal localizada en el Libro 5, folio 96 de la Iglesia San Nicolás de Morón. Igualmente sucede con Antonio, el futuro Titán (1845), María Baldomera (1847), José Marcelino (1849) y Rafael (1850), a quien llamaban Cholón, pues en los respectivos registros eclesiásticos no se consigna el nombre del padre.

Como Marcos y Mariana legalizaron su unión en 1851, al nacer Miguel (1853-1874) ya se le reconoce el apellido Maceo y así sucedió con Julio (1854-1870), Dominga (1857-1940), Tomás (1858-1917), Marquitos (1860-1901) y María Dolores (22 de julio-3 de diciembre, 1861).

A fuerza de coraje, en menos de nueve años de guerra, Antonio Maceo transitó de simple soldado a mayor general. (Ilustración: HERNÁNDEZ GIRO)

En Baraguá, el general Antonio dio un vuelco a la historia de Cuba, al transformar la capitulación en simple tregua. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Cuentan que Mariana se mostraba tierna y bondadosa con sus hijos, pero a la vez, inflexible en la disciplina. Reglamentaba las horas exactas de las comidas y el sueño. Su vivienda siempre estaba ordenada y limpia. En el aspecto personal, vestía –y también a sus retoños–, con la mayor pulcritud. A fuerza de trabajo de toda la familia lograron adquirir tres fincas de aproximadamente siete caballerías y, según la tradición, un par de arrias de mulos en los cuales trasportaban los productos agrícolas de la zona hacia Santiago, aunque esto último no se ha podido comprobar documentalmente.

A los ojos de sus descendientes, ella siempre fue la compañera del padre. Juntos analizaban todos los problemas y ambos tomaban de mutuo acuerdo las decisiones. Siempre los recordarían “consultándose las dificultades, felices en la expansión hogareña, juntos sobre el dolor y la felicidad”.

Fernando Figueredo cuenta que al atardecer, después de las comidas, una hija leía en voz alta los libros que Marcos encargaba en Santiago: novelas de Alejandro Dumas, biografías de héroes como Bolívar y Louvertoure, la Historia de los girondinos, de Lamartine. En su condición de iletrada –Marcos también lo era, como reflejan los documentos oficiales que suscribió–, trató de que todos sus hijos no solo se alfabetizaran, sino que tuvieran la mejor instrucción posible para un negro o mulato de la época.

A través de sus conocidos y socios comerciales, muchos de ellos masones, Marcos se involucró en conspiraciones independentistas. Mariana lo respaldó totalmente y no es de extrañar que los hijos mayores hayan sido impuestos al respecto. Según testimoniara María Cabrales, en una de las fincas de los Maceo se reunían clandestinamente, para planear la insurrección, Marcos, sus ocho descendientes mayores e hijastros, sus dos yernos, varios sobrinos de Mariana, cuñados y concuños de Antonio, otros parientes y amigos cercanos.

La mambisa ejemplar

Días después del grito de Demajagua, los Maceo Grajales se incorporaron a la insurrección, incluso Marquitos con apenas ocho años. Mariana se alzó a los 53 y, sexagenaria, se mantuvo en plena manigua. Ninguna mambisa era más ágil que la madre heroica para subir lomas ni más solícita para curar un enfermo. Prodigaba cuidados y cariños a cuanto combatiente herido recibía en los improvisados hospitales de campaña –fuera cubano o español–, y según testimonio de Fernando Figueredo, “cómo suplía aquella santa mujer el puesto de una madre ausente”, mientras animaba a sus hijas y a María a ocupar “el lugar que la distancia impedía fuera ocupado por una hermana”.

Veteranos del 68 relatarían a Martí años después cómo “animaba a sus compañeros a pelear […] iY si alguno temblaba, cuando iba a venirle al frente el enemigo de su país, veía a la madre de Maceo con su pañuelo a la cabeza, y se le acababa el temblor!”.

No todo fue felicidad para Mariana. Duros golpes le asestó la guerra, como la muerte de Justo –el primer Maceo Grajales en caer–, en noviembre de 1868; la de su esposo Marcos; la de otros dos hijos: el subteniente Julio y el teniente coronel Miguel. Sobre Fermín se ignora la fecha exacta de su deceso, para unos fue en 1875, mientras fuentes españolas lo ubican como combatiente en la Guerra Chiquita.

El joven Antonio

En Baraguá, el general Antonio dio un vuelco a la historia de Cuba, al transformar la capitulación en simple tregua. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Tras la Guerra del 68, Maceo esperó inútilmente en Jamaica (1879) la expedición prometida que debía llevarlo a Cuba. (Foto: Autor no identificado)

A fuerza de coraje, tras incorporarse a la insurrección, el futuro Titán se fue ganando los ascensos. El 16 de enero de 1869 ya era comandante, 10 días más tarde, teniente coronel. Acompañó a Máximo Gómez en la Invasión a Guantánamo (1871) y al año siguiente lo ascendieron a coronel. En el Camagüey batió el cobre en Naranjo-Mojacasabe, Las Guásimas, Nuevitas y Cascorro.

El 6 de mayo de 1877 le impusieron las estrellas de mayor general, tres meses antes de que lo hirieran gravemente en Mangos de Mejía (8 de agosto). En ese combate, sus compañeros lo sacaron a duras penas del frente de batalla. El doctor Félix Figueredo le hizo las primeras curas con el escaso material de su botiquín. Según su pronóstico, no debía sobrevivir ante tantos impactos de bala. Pero pasaron los días y el moribundo se aferraba a la vida, sin que el galeno se lo pudiera explicar.

A su cargo quedó el paciente, con una pequeña escolta que le asignó Gómez, comandada por José Maceo, a la cual se integró María Cabrales, la esposa del Titán. Un traidor delató el lugar donde reposaba y la composición de sus custodios. Martínez Campos destacó una columna de 3 000 efectivos para capturar al santiaguero, vivo o muerto. Cuando los peninsulares lograron llegar a pocos pasos del general Antonio, él saltó de la improvisada camilla, a pesar de su gravedad, montó un caballo y desapareció en el monte. Atónitos, los rifleros ibéricos solo atinaron a dispararle cuando el mambí estaba fuera de su alcance.

Ya a inicios de 1878 se le ve de nuevo en acción y mientras los desalentados preparaban la claudicación del Zanjón, él libraba victoriosos combates en Llanada de Juan Mulato y San Ulpiano. Su intransigencia durante la entrevista con Martínez Campos en Baraguá salvó el prestigio de la Revolución, al puntualizar que en Cuba nunca podría haber paz sin independencia ni justicia social, la cual en 1878 tenía que partir necesariamente de la abolición de la esclavitud. Y dio un vuelco a la historia de Cuba, al transformar la capitulación en simple tregua.

Exilio

Dibujo basado en la última foto que se hiciera la heroína en Jamaica. (Ilustración: AURELIO)

Dibujo basado en la última foto que se hiciera la heroína en Jamaica. (Ilustración: AURELIO)

Todos los integrantes de la estirpe heroica apoyaron al general Antonio por su actitud en Baraguá. Al Titán, el Gobierno mambí constituido después de la Protesta lo envió en una misión a Jamaica. En ella supo del fin de la contienda. Como no aceptaba las condiciones del Zanjón, Mariana partió meses después para esa entonces colonia inglesa.

Un año más tarde (1879), mientras preparaba lo que hoy la historiografía conoce como la Guerra Chiquita, Calixto García se comprometió con Antonio Maceo a enrolarlo en una expedición que lo llevaría a la manigua. Esperó inútilmente. Priorizaron a otros jefes militares menos capaces que no pudieron insuflarle vida a la insurrección y esta agonizó lentamente hasta terminar en diciembre de 1880.

Los generales José y Rafael y el teniente coronel Felipe Regüeiferos, quienes habían permanecido en Cuba, sí pudieron intervenir en esa contienda. Los tres fueron deportados a cárceles españolas más allá del Atlántico. Cholón murió en prisión (1882); José logró al fin fugarse, tras varios intentos, y se reunió con la familia. Felipe fue indultado en 1886 y regresó a Cuba, con la salud quebrantada, para habitar la casa familiar de la calle Providencia (hoy, Los Maceo 16), en Santiago.

Entretanto, en ese período también llamado del “reposo turbulento” (1880-1895), el Titán batalló por encender de nuevo la llama de la insurrección, primero con el frustrado Plan Gómez-Maceo, luego con su visita a Cuba en 1890, interrumpida debido a su expulsión de la Isla por las autoridades coloniales.

En su exilio jamaiquino, Mariana desesperaba por no ver libre a la patria. Tuvo alegrías, como la de saber que los cubanos andaban en preparativos para la Guerra Necesaria, y tristezas, como la muerte de su hija Baldomera en Santo Domingo (marzo de 1893). Ese año también ella falleció, el 27 de noviembre. Martí entonces escribiría sobre cómo le rindió homenaje “su pueblo entero, de ricos y de pobres, de arrogantes y de humildes, de hijos de amo y de hijos de siervo”.

De nuevo a la manigua

El Titán desembarcó por Duaba el 1° de abril de 1895. (Ilustración: AURELIO)

El Titán desembarcó por Duaba el 1° de abril de 1895. (Ilustración: AURELIO)

Antonio desembarcó en Duaba el 1º de abril de 1895, acompañado por su hermano José y por Flor Crombet, después que estallara la Guerra Necesaria. Contactó con los mambises del territorio 17 días más tarde y combatió al frente de ellos en Dos Brazos, Monteverde y Jarahueca. Esta vez no pasó como en la Guerra Chiquita, su presencia motivó a centenares de compatriotas a incorporarse a la manigua. El 5 de mayo se entrevistó con Martí y Gómez en el ingenio La Mejorana. Derrotó contundentemente a Martínez Campos en Peralejo (13 de julio). La Asamblea de Jimaguayú (16-17 de septiembre) lo designó lugarteniente general.

Partió, con destino a Occidente, de Mangos de Baraguá, el 22 de octubre de 1895, con unos 1 400 hombres. Tras 32 días de marcha atravesando un territorio dominado por el enemigo hasta la Trocha de Júcaro-Morón, el 29 de noviembre de 1895 se reunieron en Lázaro López con el Generalísimo Máximo Gómez. Con la fusión de ambos contingentes quedó constituido el Ejército Invasor, formado ahora por unos 4 000 efectivos, fundamentalmente orientales, camagüeyanos y villareños. Junto a su maestro batió el cobre en Mal Tiempo (15 de diciembre), Coliseo (el 23) y Calimete (el 29). El 7 de enero se separó del viejo guerrillero y marchó hacia suelo pinareño. Culminó su misión en Mantua, 15 días más tarde.

Su último abrazo con el Generalísimo fue en El Galeón (10 de marzo de 1896). Retornó a Pinar del Río para su segunda campaña en esa provincia. El entonces capitán general español Valeriano Weyler lanzó contra el cuartel general del santiaguero, en Lomas de Tapia, la más furiosa ofensiva peninsular en la historia de Cuba. Del 14 de abril al 23 de junio de 1896 se libraron 14 combates. Madrid empleó en toda la operación más de 8 000 efectivos y a los jefes militares más capaces destacados en la Isla. No obstante, los colonialistas no pudieron desalojar a los cubanos de las históricas elevaciones y estos mantuvieron su bastión.

La victoria en el último combate de Tapia coincidió con el arribo de la expedición de Leyté Vidal, lo que alegró al Titán, porque podía disponer de 200 nuevos fusiles y unos 300 000 tiros. Esta grata noticia, relataría años después Miró Argenter, “fue amargada por otras recibidas simultáneamente que proporcionaron malestar y desencanto”. Se refería a una serie de cartas remitidas al general Antonio, “en las cuales se indicaba la conveniencia de concertar voluntades y esfuerzos para hacer necesaria la intervención de Estados Unidos”.

Maceo alertó a sus amigos del peligro de tales propuestas. A Federico Pérez Carbó, de misión en Nueva York, escribió el 14 de julio de 1896: “De España jamás esperé nada, siempre nos ha despreciado y sería indigno que se pensase en otra cosa. La libertad se conquista al filo del machete, no se pide; mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos. Tampoco espero nada de los [norte]americanos”.

En otra misiva, dirigida al patriota José Dolores Poyo, expresó: “Y si hasta hoy las armas cubanas han ido de triunfo en triunfo […] ¿A qué intervenciones e injerencias extrañas que no necesitamos ni convendrían? Cuba está conquistando su independencia con el brazo y el corazón de sus hijos; libre será en breve plazo sin que haya menester otra ayuda”. No se cansaba de reiterar a sus destinatarios: “Todo debemos fiarlo a nuestros propios esfuerzos, mejor es subir o caer sin ayuda, que contraer deudas con vecino tan poderoso”.

Otras malas noticias llegaron a su campamento. Primero, la caída en combate de su hermano José, en Loma del Gato, el 5 de julio; luego la de Juan Bruno Zayas, un joven al que consideraba un futuro puntal de la patria, 25 días después. Para colmo, se agudizaban las contradicciones entre el alto mando del Ejército Libertador y el Gobierno mambí. Maceo decidió trasladarse a la provincia de La Habana.

El 7 de diciembre de 1896 se hallaba en el campamento que sus subalternos habían establecido en la finca Purísima Concepción o Montiel, del barrio rural de San Pedro, a unos siete kilómetros al sudoeste de Punta Brava. Conversaba a media tarde con sus oficiales, cuando se escucharon disparos. “Fuego, fuego”, gritó Baldomero Acosta.

El general Antonio, al frente de una pequeña tropa, avanzó hasta la cerca de piedras que enmarcaba el aledaño potrero Bobadilla. Dentro de esta finca, una alambrada le impedía cargar contra las posiciones españolas. “Piquen la cerca”, ordenó. Varios jinetes se desmontaron y con sus machetes comenzaron a cortarla. “Esto va bien”, le oyeron decir. Una bala le penetró por el maxilar derecho, al cual fracturó en tres pedazos; el jefe mambí soltó las bridas, se le desprendió el machete y se desplomó.

Acampado en Santa Teresa, jurisdicción de Sancti Spíritus, 21 días después Gómez recibió la terrible doble noticia, pues también su hijo Panchito había perdido la vida, mientras trataba de rescatar el cadáver del Titán. De su propia mano redactó el Generalísimo la Proclama al Ejército, que entregó a Fermín Valdés Domínguez para su divulgación: “¡Confirmación de una desgraciada noticia! El Lugarteniente General Antonio Maceo ha muerto […] La patria llora la pérdida de uno de sus más esforzados defensores; Cuba, al más glorioso de sus hijos; y el Ejército, al primero de sus generales”.

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Fuentes consultadas

Datos y documentos facilitados por el historiador Joel Mourlot. Los libros Mariana Grajales. Historia de una familia mambisa, de Nydia Sarabia; Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida, de José Luciano Franco; y Crónicas de la guerra, de José Miró Argenter. La compilación Aproximaciones a los Maceo, de Olga Portuondo, Israel Escalona y Manuel Fernández Carcassés. Textos periodísticos publicados por el autor de este trabajo en Granma (1996) y BOHEMIA (2006, 2010, 2011 y 2015).


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García