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Publicado el 11 Enero, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

BAYAMO 1869: Antes que capitular, incendiarla

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Dicen que, al contemplar su ciudad pasto de las llamas, fue la única vez que vieron a Céspedes llorar. (Crédito: Autor no identificado)

Dicen que, al contemplar su ciudad pasto de las llamas, fue la única vez que vieron a Céspedes llorar. (Crédito: Autor no identificado)

La noticia de que las tropas españolas, al mando del conde de Valmaseda, habían cruzado el Cauto y avanzaban arrasando con toda resistencia de los insurrectos, se recibió en Bayamo durante la tarde del 11 de enero de 1869. Un profundo desasosiego se apoderó de los patriotas, quienes desde el 20 de octubre anterior mantenían la urbe en su poder. Ausentes en esos momentos Carlos Manuel de Céspedes y Francisco Vicente Aguilera, tocó a Perucho Figueredo convocar a los revolucionarios de la ciudad para deliberar sobre la situación. De todos era conocida la crueldad que caracterizaba al jefe militar colonialista. La reunión se efectuó en los salones del Ayuntamiento, sobre las 11 de la noche.

Figueredo, quien presidió la asamblea, expuso la imposibilidad de organizar una defensa con esperanzas de éxito. El debate abierto a partir de su intervención no reportaba fruto alguno, cuando Joaquín de Acosta, gobernador de la villa, tomó la palabra: “Bayameses, ante la desgracia que palpamos y los horrores que se avecinan, solo hay una resolución, ¡prendámosle fuego al pueblo! Que las cenizas de nuestros hogares le digan al mundo la firmeza de nuestra resolución al liberarnos de la tiranía de España, que arda la ciudad ante que someterla de nuevo al yugo del tirano”.

La propuesta gozó de un consenso favorable. Hacia la finca donde se hallaba Céspedes se dirigieron los representantes populares para informar del acuerdo al Jefe de la Revolución. El Héroe del 10 de Octubre expresó: “Consulten al pueblo todo que reunirán allá, y si este, con abnegación sublime, lo aprueba, ejecútese esa obra gloriosa, que ha de dar impulso a la revolución y convencimiento a España de que estamos dispuestos a toda prueba por el triunfo de nuestro ideal”.

Donato del Mármol se vio imposibilitado de contener con sus inexperimentadas fuerzas el avance de las tropas de Valmaseda. (Crédito: Autor no identificado)

Donato del Mármol se vio imposibilitado de contener con sus inexperimentadas fuerzas el avance de las tropas de Valmaseda. (Crédito: Autor no identificado)

Cuenta la tradición que, pasada la medianoche, un grupo de esposas de los comerciantes más acaudalados acudieron al Ayuntamiento para solicitarle una audiencia a Joaquín de Acosta. “Caballero, sabemos que a propuesta de usted se tomó el acuerdo de prenderle fuego a la población y venimos a rogarle para que no se adopte esa medida”, dijo una de las damas. “Señoras, nada puedo hacer en este asunto para complaceros, ese, como muy bien decís, fue un acuerdo tomado por los patriotas”, respondió el aludido. Las damas insistieron: “Os ofrecemos 30 onzas de oro cada una de nosotras para que no permitáis que se cumpla ese acuerdo”. El mambí se levantó de su asiento y apelando a su serenidad, replicó: “Señoras, la entrevista que os he concedido ha terminado”.

Valmaseda

Desde que se había constituido en capital de la Revolución, Bayamo había devenido obsesión para los colonialistas. Para tomarla al precio que fuera, se otorgó a Blas de Villate, conde de Valmaseda, tres batallones de infantería, más una cuarta unidad de 80 hombres, le agregó otro batallón de Voluntarios de Matanzas. 40 jinetes y seis piezas de artillería. En total, 1 800 efectivos.

Valmaseda desembarcó con sus tropas en Nuevitas y las trasladó sin muchos contratiempos hasta Puerto Príncipe gracias a la traición de algunos terratenientes de la zona, liderados por Napoleón Arango, quienes con artimañas lograron la inacción de las fuerzas mambisas. En cambio, durante su movimiento hacia Las Tunas sí recibieron fuerte hostigamiento por parte de los insurrectos camagüeyanos, y tuneros. No obstante, arribaron a los accesos lejanos de Bayamo, el 6 de enero de 1869. Según los historiadores bayameses Ludín Fonseca y Miguel Antonio Muñoz, ya para esa fecha el peninsular comandaba entre 2 000 y 2 700 efectivos.

Para uno de sus biógrafos, Perucho fue el alma romántica de la Revolución iniciada en el ingenio Demajagua. (Foto: Autor no identificado)

Ausentes Céspedes y Aguilera, tocó a Perucho Figueredo presidir la reunión en el Ayuntamiento durante la noche del 11 de enero. (Crédito: Autor no identificado)

Para frenar la acometida ibérica, Donato del Mármol preparó una defensa escalonada colocando obstáculos en el camino de Las Tunas y construyendo trincheras, de acuerdo con el plan de defensa consultado con Céspedes, como general en jefe. A su vez, el mambí dominicano Modesto Díaz estaba listo para atacar por la retaguardia. Pero Valmaseda logró desinformarlos al abandonar el camino real y vadear, en un lugar no previsto por los independentistas, el río Saladillo; así consiguió desalojar a los insurrectos de su primera línea de defensa (8 de enero).

La columna ibérica continuó su avance hacia Cauto el Paso, donde se habían atrincherado los mambises. Este segundo combate de la batalla de Saladillo (enero 9-10) fue intenso. Los insurrectos mantuvieron sus posiciones. Valmaseda apeló nuevamente a su astucia y tras una fuerte preparación artillera, condujo a su tropa con un desplazamiento silencioso y no detectado por los cubanos. Estos ofrecieron una tenaz resistencia pero ante la manifiesta superioridad en armamentos del enemigo, tuvieron que retirarse rumbo a Bayamo (11 de enero).

El incendio

Una abrumadora mayoría de bayameses aceptó la propuesta del gobernador Joaquín de Acosta. Ya una parte de la población, una vez conocida la derrota en Saladillo, en la tarde del 11 de enero había comenzado la evacuación hacia los campos. Otra muchedumbre, desde las tres de la mañana, ya día 12, inundó las calles de la ciudad, envuelta en las tinieblas de la madrugada, entre el llanto de los niños y los gritos de los mayores, para ganar las salidas de la urbe, muchos sin rumbo fijo.

Según la tradición, en la reunión del Ayuntamiento se había acordado que el patriota Pío Rosado supervisara el incendio y convirtiera en cenizas las casas de quienes el día antes habían abandonado la localidad. El boticario Pedro Manuel Maceo Infante, padre de Francisco Maceo Osorio y Pedro Maceo Chamorro, prendió fuego a su hogar y su farmacia, entonces ubicada frente a la Plaza de la Revolución bayamesa, donde hoy se erige un círculo infantil, iniciando así el fuego y adelantándose a los demás.

En este lugar, donde ahora se erige la sede del Gobierno municipal, estaba ubicado el Ayuntamiento en 1869. (Crédito: Autor no identificado)

En este lugar, donde ahora se erige la sede del Gobierno municipal, estaba ubicado el Ayuntamiento en 1869. (Crédito: Autor no identificado)

Y cuentan las viejas crónicas que, al contemplar su ciudad en llamas, fue la única vez que vieron a Céspedes llorar.

Retrospectiva desde 2019

¿Fue verdaderamente necesario el incendio de Bayamo? Llama la atención que hayan sido tratadistas militares e historiadores nacidos en la península quienes se hayan formulado en forma tan reiterada esa pregunta. Antonio Pirala, por ejemplo, criticó la opción adoptada por los pobladores de la ciudad y puso como ejemplo a Gerona, villa española asediada por las fuerzas napoleónicas en 1809 y rendida al final por hambre, aunque los franceses, ante tanto heroísmo, terminaron por perdonarles la vida a los sitiados sobrevivientes.

Como señalara el historiador cubano Antonio Alcover en su tiempo, hay varias cosas que olvida Pirala. Bayamo carecía de una sólida muralla como la poseída por Gerona, ninguna fortificación ni defensa natural protegía la entrada de la ciudad de Céspedes. Y algo más importante, ¿podrían esperar los bayameses un gesto de hidalguía por parte de Valmaseda tras una férrea resistencia? Los hechos posteriores parecen darle la razón a Joaquín de Acosta. El abominable conde, al poner en práctica su célebre “Creciente”, no reparó en el genocidio ni contuvo a su tropa cuando cometió asesinatos y violaciones.

Ejemplo del estado en que quedó la urbe tras el incendio. (Crédito: Autor no identificado)

Ejemplo del estado en que quedó la urbe tras el incendio. (Crédito: Autor no identificado)

Ya por aquella época circulaba una divisa: “Cuba será española o la abandonaremos convertida en cenizas”, que meses después asumiría como propia el Casino Español de La Habana. Y si a alguien no le convencen tales argumentos, recuerden los lectores que apenas 11 días después del incendio de Bayamo, ocurrieron los sucesos del teatro Villanueva en la capital cubana, durante los cuales, al decir de Martí, “pocos salieron ilesos del sable del español; la calle, al salir el sol, era un reguero de sesos”. Lamentablemente tal fecha no fue una excepción.

Una turba feroz, en 1871, obligó a unos jueces cobardes a concederles la patente de corso de asesinar a ocho estudiantes de Medicina, cuatro de ellos elegidos por sorteo.

Ruinas de lo que fue la capilla del cementerio a cielo abierto de la ciudad, conocido hoy como Retablo de los Héroes por el monumento erigido allí. (Crédito: Autor no identificado)

Ruinas de lo que fue la capilla del cementerio a cielo abierto de la ciudad, conocido hoy como Retablo de los Héroes por el monumento erigido allí. (Crédito: Autor no identificado)

No todos los españoles se mostraron insensibles ante el gesto sublime de los bayameses. Un enemigo acérrimo del independentismo cubano, el coronel Francisco de Camps y Feliú, callaba indignado a quienes denigraban a la Ciudad Monumento: “Nosotros [los peninsulares], si hubiéramos sido los más débiles, hubiéramos hecho lo mismo”.

Bayamo y su holocausto en llamas han pasado a ser entre los cubanos paradigma de la lucha por la libertad. Como luego dijera un testigo de los hechos: “Las densas columnas de humo que se levantaban oscureciendo el espacio infinito, llevaban escritas en caracteres de fuego la irrevocable protesta del pueblo cubano contra la dominación española”.

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Fuentes consultadas

Datos y documentos suministrados al autor de este trabajo por los historiadores granmenses Ludín Fonseca, Miguel Antonio Muñoz y Aldo Daniel Naranjo. Los libros Bayamo, de José Maceo Verdecia; Bayamo, su toma, posesión e incendio, de Antonio M. Alcover; y La forja de una nación, de Rolando Rodríguez.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García