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Publicado el 22 Enero, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

El tratado del despojo

Mediante el convenio suscrito en la capital francesa, Estados Unidos arrebataba a España sus colonias en América y Asia, a la vez que frustraba la independencia de Cuba
El 10 de diciembre de 1898, en París, España capitula deshonrosamente ante el imperialismo yanqui al suscribir el tratado de paz. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El 10 de diciembre de 1898, en París, España capitula deshonrosamente ante el imperialismo yanqui al suscribir el tratado de paz. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Comenzaba octubre y en Puerto Rico ya prácticamente había culminado el proceso de evacuación del personal y las tropas españolas, como consecuencia de la derrota ante Estados Unidos en la Guerra del 98. En Cuba, permanecían aún en espera de su salida para Europa unos 130 000 civiles y militares de la península, entre ellos 20 000 enfermos. Como Madrid carecía de medios suficientes para el traslado de sus nacionales, la partida definitiva de ellos fue prorrogada por Washington hasta el 1º de enero de 1899, lo que no le impidió continuar de forma acelerada la ocupación de la Isla.

Ese primer día de octubre comenzó en la mansión del Quai d’Orsay, sede de la cancillería de la República Francesa, en París, la primera ronda de negociaciones entre los comisionados españoles y estadounidenses con el fin de acordar y suscribir un tratado de paz entre ambas naciones.

Integraban la delegación yanqui William Day, exsecretario de Estado; los senadores Cushman Davis y William Frye, presidente y miembro, respectivamente, del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara Alta, ambos fervientes imperialistas; Whitelaw Reid, editor del New York Tribune y vocero del expansionismo; y George Gray, senador demócrata por Delaware y el único, entre los ya mencionados, que se oponía a la anexión de Cuba.

A Madrid la representaban Eugenio Montero Ríos, presidente del Senado español; el exministro Buenaventura Abarzuza, el embajador Wenceslao Ramírez de Villa Urrutia; José Garnica, diputado y magistrado; y el general Rafael Cerero.

Algo quedaba claro para los analistas políticos de la época: España asistía a la conferencia en un total estado de indefensión, agravado por su bancarrota económica. Por su parte, el imperialismo norteamericano se sabía impune. En la víspera de la sesión inicial de negociaciones, Day le informaba al presidente McKinley desde París: “Nuestras mejores noticias son que no debemos esperar una intervención europea; que se nos permitirá establecer este convenio sin ningún tipo de trabas”.

Washington no cree en lágrimas

Gonzalo de Quesada (izquierda), encargado de negocios del gobierno mambí en Washington, y Felipe Agoncillo, patriota filipino que reclamó los derechos de su pueblo. (Fotos: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Gonzalo de Quesada (izquierda), encargado de negocios del gobierno mambí en Washington, y Felipe Agoncillo, patriota filipino que reclamó los derechos de su pueblo. (Fotos: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Nada importaron los 30 años de lucha por la independencia ni los recientes 41 meses de guerra del pueblo cubano contra el colonialismo español, en París no hubo representación alguna de la Isla en las negociaciones. Gonzalo de Quesada, quien en suelo norteamericano se desempeñaba como encargado de negocios de la República de Cuba en Armas, suplicó en carta a Elizabeth Cameron, la influyente esposa de un importante senador, la inclusión de un delegado cubano en la comisión estadounidense aunque no tuviera carácter oficial. Nada sucedió.

Otra actitud adoptaron los patriotas filipinos. Felipe Agonillo, nombrado por sus compatriotas ministro plenipotenciario en Estados Unidos, se entrevistó con McKinley y le solicitó integrar la comisión de paz. Como su petición fue rechazada, le envió un documento en el que pidió intervenir en el debate sobre su país en la capital francesa. El mandatario yanqui ni siquiera se preocupó en acusar recibo. Agoncillo persistió y enrumbó a París, pero no se le permitió la entrada al Quai D’Orsay.

La Madre Patria traiciona a su hija

Ya en la segunda sesión de la conferencia de paz, los españoles dejaron ver sus aviesas intenciones con Cuba. En una propuesta de doble fondo, los peninsulares querían hacer dejación, en nombre de la corona, de su soberanía sobre la Isla a favor de Estados Unidos, que si lo deseaba podía cederla al pueblo cubano. La parte oculta del iceberg era que, entonces, Washington tenía que asumir el pago de la llamada “deuda cubana”, es decir, los compromisos financieros contraídos por Madrid y las autoridades coloniales en la guerra y la represión contra los mambises, los salarios de los funcionarios públicos y los emolumentos del clero. El monto a pagar ascendía a más de $145 000 000.

McKinley puso el grito en el cielo cuando se enteró de las pretensiones ibéricas. Sus instrucciones al canciller Hay y al comisionado Day fueron precisas: “Debemos aplicar el espíritu y el contenido de la Resolución del Congreso”. Dicho en buen cubano: rechazo total a asumir la soberanía de la Isla y a reconocer tal deuda.

En medio del diálogo, contaron después los propios yanquis, los delegados españoles se mostraron más proclives a la anexión de Cuba al vecino norteño que a establecer una nación independiente en su antigua colonia. Criterio que compartían muchos políticos en la península, como reportó para el Times londinense su corresponsal en Madrid (y luego reproducido por la publicación norteamericana The State): “Si debemos perder a Cuba, es mejor que los americanos se la anexen, porque así serán castigados los traidores y los enormes intereses españoles en la Isla estarán protegidos”.

En un último intento los españoles quisieron que la deuda fuera transferida al pueblo cubano, una vez alcanzara la independencia, y que Washington sirviera de garante. La declaración pública del canciller Hay, al rechazar cualquier proposición para la arrogación de la deuda, les desmoralizó: “Estados Unidos jamás induciría a ningún gobierno cubano posterior a asumirla”. El 27 de octubre los ibéricos capitularon al aceptar la propuesta yanqui: “El gobierno de España renuncia a todo derecho de soberanía o propiedad a favor de Cuba”.

El Tratado

El Palacio del Quai d'Orsay, de París, en la actualidad. En 1898 uno de sus salones fue la sede de la conferencia de paz. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El Palacio del Quai d’Orsay, de París, en la actualidad. En 1898 uno de sus salones fue la sede de la conferencia de paz. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El 10 de diciembre de 1898, cercana las nueve de la noche, en la misma mansión del Quai d’Orsay en la cual se habían efectuado las negociaciones, se firmó el Tratado de paz entre España y los Estados Unidos. Arsenio Martínez Campos, pacificador devenido presidente del Supremo de Guerra y Marina, debió sentirse angustiado al conocer las cláusulas del convenio, con más visos de capitulación vergonzosa que la impuesta por él a los cubanos en el Zanjón. De un plumazo, Madrid perdía todo su imperio colonial en Asia y América.

El documento presentaba 17 artículos. En tres de ellos se dice: 1º. España renunciaba a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. En el 2º, cedía a los Estados Unidos la isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la Isla Guam, en el océano Pacífico, mientras que en el 3º, el archipiélago conocido por las Islas Filipinas pasaba a manos de los Estados Unidos, que a cambio pagarían 20 000 000 de dólares.

No se aclaraba en el tratado que la Isla de Pinos formaba parte del territorio cubano, lo que aprovecharon varios ciudadanos del imperio para considerarlas entre las islas, como Puerto Rico, cedidas por España en las Antillas. Bajo ese subterfugio, intentaron durante años establecer allí comunidades de norteamericanos con pretensiones anexionistas. La no existencia de un puerto de aguas profundas hizo decrecer el interés de los empresarios yanquis, hasta que en 1925 el Congreso de ese país reconoció la soberanía cubana sobre esa ínsula.

¿Por qué no hubo anexión?

El presidente McKinley asumió una posición de fuerza, conocedor del total estado de indefensión de España, agravado por su bancarrota económica. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El presidente McKinley asumió una posición de fuerza, conocedor del total estado de indefensión de España, agravado por su bancarrota económica. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Podría pensarse que una comisión integrada mayoritariamente por expansionistas, como la enviada por Washington a París, debiera haber abogado por la anexión de Cuba. Una serie de factores obligaron a los Estados Unidos a reconsiderar ese objetivo. Por un lado, el sentimiento independentista de los cubanos les hizo comprender el alto costo político que podría traerles esa decisión. Por otro, ya los patriotas filipinos, una vez conocidas las cláusulas del tratado, decidieron retornar a la manigua para retomar la lucha armada. No hay que descartar que los yanquis no estarían dispuestos a combatir en dos frentes a la vez.

Sin embargo, el factor relevante y decisivo se halló en la oposición en el Senado a la anexión de Cuba, sobre todo de quienes procedían de las antiguas trece colonias. La incorporación de la isla antillana, ya fuera como estado de la Unión o como colonia, haría renacer entre los españoles la esperanza de lograr el replanteo de la “deuda cubana”. Por otra parte, Inglaterra y Francia, que aceptaron la apropiación de Filipinas, a la que preferían yanqui antes que alemana, iban a poner reparos con el apoderamiento de la mayor de las Antillas.

Fue entonces que Estados Unidos, para vencer la suspicacia de las potencias europeas, apeló a métodos más sutiles. Pronto Cuba sería el balón de ensayo para una nueva forma de dominación: el neocolonialismo.

Fuentes consultadas

Los libros La forja de una nación, de Rolando Rodríguez; y La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui, de Philip Foner. La compilación Documentos para la historia de Cuba, de Hortensia Pichardo. Los documentos de William McKinley localizados en la Biblioteca del Congreso, Washington.

 


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García