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Publicado el 7 Enero, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

1959 TRIUNFO DE LA REVOLUCIÓN

Ocho días que conmovieron a Cuba (*)

Con el recorrido de la Caravana de la Libertad, encabezada por Fidel, queda consolidado el triunfo revolucionario
Fidel entra a La Habana y el pueblo le aclama y aplaude. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Fidel entra a La Habana y el pueblo le aclama y aplaude. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Cercana la medianoche del 31 de diciembre de 1958, la capitalina calle 23 se hallaba insólitamente desierta para una fecha como aquella, hasta que unos carros patrulleros interrumpieron la quietud y tomaron militarmente la esquina de esa avenida con la calle 26.

Pocos minutos después, por ambas vías llegaron otros autos que, al detenerse, conformaron una circunferencia imperfecta debajo del semáforo colgante. Varios hombres descendieron de los vehículos. Gracias a la luz de los faroles, los vecinos, ocultos en la oscuridad tras sus persianas pudieron distinguir a tres célebres sicarios de la tiranía batistiana: Orlando Piedra, Esteban Ventura y Conrado Carratalá. Conferenciaron poco tiempo. Una caravana de casi 30 coches pasó junto a ellos y enrumbó hacia el puente del río Almendares.

Su destino era el aeropuerto de Columbia (calle 84 y avenida 19, Playa). Allí solo dejaron entrar a unos pocos escogidos. El resto regresó a sus unidades. A los esbirros antes mencionados, Fulgencio Batista los había mandado a llamar. Es falso que se ganaran un puesto en el avión a punta de pistola, como falazmente afirmara luego Ventura, ya el sátrapa los había incluido en la lista de los que huirían con él.

Raúl, quien había entrado con una pequeña escolta al Moncada, dialoga con el jefe de esa plaza, coronel Rego Rubido. (Foto: Autor no identificado)

Raúl, quien había entrado con una pequeña escolta al Moncada, dialoga con el jefe de esa plaza, coronel Rego Rubido. (Foto: Autor no identificado)

La aeronave, con su carga de asesinos y corruptos, enrumbó primero hacia Miami; en el aire, el déspota decidió desviarlo hacia República Dominicana.

Primero de enero

Las líneas telefónicas se sobresaturaron en la madrugada con llamadas que pedían información o que anunciaban la huida de Batista. Luis Martínez Bello, Raimundo en la clandestinidad, verificó con una fuente confiable la noticia y rápidamente la informó a la dirección del Movimiento 26 de Julio en las provincias occidentales. El sistema de aviso se desencadenó y los capitanes de milicias del Movimiento en la capital recibieron una convocatoria urgente para reunirse en General Lee y Juan Bruno Zayas, con el objetivo de precisar las tareas inmediatas.

En el Presidio Modelo de Isla de Pinos el recluso político Casto Amador conectó en su celda el aparato de radio artesanal que había construido. Al oír la nueva, se la trasmitió a Armando Hart y Jesús Montané, sus jefes del M-26-7 en la prisión. Más o menos a esa hora, otro combatiente del 26, el locutor Wilfredo Rodríguez, preso en el Castillo del Príncipe, fue avisado por un interno común de lo que estaba pasando.

Fidel, Raúl y otros dirigentes, en el Ayuntamiento de Santiago de Cuba. (Foto: Autor no identificado)

Fidel, Raúl y otros dirigentes, en el Ayuntamiento de Santiago de Cuba. (Foto: Autor no identificado)

Otro revolucionario encarcelado allí, Enzo Infante, corroboró la novedad. La dirección de los revolucionarios en el penal convocó a una reunión urgente.

En el batey del central América, en Palma Soriano, localidad que ya estaba en poder de los rebeldes, escucharon en la radio nacional que se estaban produciendo trascendentales acontecimientos en La Habana y corrieron en busca de Fidel, quien desayunaba en una casa cercana. “Hay que tomar Santiago ahora mismo. Que me busquen a René de los Santos. Que se presenten enseguida los Capitanes de Santiago”, ordenó.

El pueblo de Bayamo saludó a la Caravana. (Foto: Autor no identificado)

El pueblo de Bayamo saludó a la Caravana. (Foto: Autor no identificado)

En La Habana, entre los batistianos cundió el pavor. Eusebio Mujal, el sindicalista traidor, se refugió en la embajada de Argentina; el vicepresidente Felo Guas Inclán, Anselmo Alliegro, presidente del Senado, y varios ministros se asilaron en la de Costa Rica. Mariano Faget, jefe del Buró de Represiones de Actividades Comunistas (BRAC), trasladó sus archivos hacia unas extrañas embarcaciones que aguardaban más allá del veril y escapó por aire, aunque procuró la fuga de algunos de sus agentes y amigos, como Miguelito el Niño, traidor del M-26-7 devenido esbirro. Al teniente Sánchez, segundo de Ventura, la embajada yanqui lo escondió en un apartamento de Miramar y luego lo llevó en lancha a Norteamérica.

El general Eulogio Cantillo se había comprometido con Fidel, unos días antes, a sublevar sus tropas contra la tiranía. En vez de eso, había pactado con Batista y dejado escapar a toda la camarilla del régimen. Incluso, pretendió frustrar el triunfo revolucionario creando una junta militar con el magistrado Piedra como jefe civil. Con ese fin, llamó a un grupo de personalidades para conformar un consejo de ministros, entre ellas al veterano mambí Enrique Loynaz del Castillo, quien se negó rotundamente a secundar la maniobra.

Al fracasar su primer plan, en un intento desesperado y por consejo de la embajada yanqui, Cantillo llamó en su ayuda al coronel Barquín, preso en Isla de Pinos.

En Holguín se alistaron tanques para incorporarlos a la Caravana. (Foto: Cortesía periódico Ahora)

En Holguín se alistaron tanques para incorporarlos a la Caravana. (Foto: Cortesía periódico Ahora)

Este militar, cuatro años después del golpe de Estado batistiano en 1952, organizó una sublevación militar que fue detectada por los aparatos represivos de la tiranía. Ya en Columbia, al llamado de Cantillo, Barquín se autodesignó jefe del Ejército y convocó a sus antiguos compañeros de la conspiración de 1956 para ocupar en él puestos clave; además, trató de buscar apoyo en los jóvenes militantes del M-26-7 que compartieron con él la cárcel, pero estos, liderados por Armando Hart, solo reconocían la jefatura de Fidel. Incapaz de ejercer el mando, tuvo que resignarse a esperar a Camilo para entregárselo.

En Palma Soriano, acompañado por un grupo de rebeldes, Fidel llegó a la casa de la calle Quintín Bandera donde se había instalado un trasmisor de Radio Rebelde. Tras contactar con los estudios de la CMKC Radio de Santiago de Cuba, hizo una alocución al pueblo cubano:

Con miembros del Gobierno Revolucionario en el aeropuerto agramontino. (Foto: Autor no identificado)

Con miembros del Gobierno Revolucionario en el aeropuerto agramontino. (Foto: Autor no identificado)

“¡Revolución SÍ; golpe militar NO! ¡Golpe militar de espaldas al pueblo y a la Revolución NO, porque solo serviría para prolongar la guerra! ¡Golpe de Estado para que Batista y los grandes culpables escapen, NO; porque solo serviría para prolongar la guerra! ¡Golpe de Estado de acuerdo con Batista, NO: porque solo serviría para prolongar la guerra! Escamotearle al pueblo la Victoria, NO: porque solo serviría para prolongar la guerra hasta que el pueblo obtenga la victoria total!”.

Luego emitió instrucciones para los comandantes jefes de columna. A Camilo y Che, ocupar en La Habana las fortalezas de Columbia y La Cabaña, respectivamente. Las tropas de Raúl debían rendir Guantánamo; Belarmino Castilla, Mayarí; Lalo Sardiñas, Holguín; Delio Gómez Ochoa, Tunas.

A Víctor Mora le ordenó tomar todas las ciudades de Camagüey y cerrar los accesos con la capital provincial, y a Dermidio Escalona, los pueblos pinareños. Efectivos del Primer y Tercer frentes, bajo el mando de Fidel y Almeida, avanzarían sobre Santiago.

Los capitanes de milicias del Movimiento 26 de Julio en La Habana, reunidos en la mencionada vivienda de General Lee y Juan Bruno Zayas, precisaron las tareas por acometer: la ocupación de lugares clave en la capital, garantizar el control revolucionario de la ciudad y los servicios básicos a la población (agua, electricidad y comunicaciones), así como contribuir al orden social y tratar de evitar los desmanes que pudieran ocurrir. Poco después fueron liberados los combatientes Rogelio Montenegro, El Polaco Manif, Julio Dámaso y otros detenidos en el Buró de Investigaciones.

Che les había dado a los efectivos acantonados en el cuartel Leoncio Vidal un plazo hasta el mediodía para que se rindieran. Era este el único reducto de la tiranía en Santa Clara. Todavía reflexionaba la jefatura batistiana cuando sus soldados y clases comenzaron a capitular en masa. Los rebeldes ya dominaban la plaza y contabilizaban las armas ocupadas, cuando Enrique Oltuski, del M-26-7 local, llegó al lugar con un mensaje de Fidel. El Guerrillero Heroico sonrió: “Sí, ya lo sabía, partimos dentro de unas horas. Logramos establecer contacto con Fidel por radio”.

En Santiago, el jefe del Moncada, coronel Rego Rubido, daba largas a la rendición. Una comisión rebelde, encabezada por Raúl, entró al atardecer en el cuartel. Al Jefe del Segundo Frente lo llevaron al despacho donde poco más de cinco años antes había sido interrogado por un general batistiano. Tras comunicarles a los oficiales que debían partir con él para una entrevista con Fidel, cogió un retrato de Batista que colgaba en la pared y lo estrelló contra el piso. “¡Viva la Revolución!”, exclamó. Sus interlocutores, al unísono, respondieron: “¡Viva la Revolución!”.

El Comandante en Jefe se dirige al pueblo santaclareño. (Foto: Autor no identificado)

El Comandante en Jefe se dirige al pueblo santaclareño. (Foto: Autor no identificado)

Después de la entrevista, Santiago quedó totalmente en poder de los rebeldes. Pasadas las 11:00 de la noche, Fidel se dirigió a una multitud congregada en el parque Céspedes, frente al Ayuntamiento. Ya a través de la recién creada cadena de información radial, integrada por decenas de emisoras que cubrían todo el país, había convocado al pueblo a la huelga general revolucionaria. Una vez concluido el acto, Fidel descansó un poco, aunque no pudo conciliar el sueño.

Dos de enero

Ya entrada la mañana, con Fidel al frente, partió la Caravana de la Libertad por el camino viejo de El Cobre, para después enrumbar por la Carretera Central.

En esos momentos, Camilo y la Columna Dos se hallaban en tierra matancera, probablemente entre Perico y Jovellanos. Habían partido de Santa Clara antes del amanecer. En Matanzas una guarnición con más de mil hombres se entregó incondicionalmente. Durante la marcha hacia La Habana, cruzaron por Madruga, Catalina, San José y Cotorro. A las cinco de la tarde, ya en San Francisco de Paula, se divisaba la bahía; y a lo lejos la cúpula, resplandeciente al sol, del Capitolio.

Entretanto, al llegar la Caravana de la Libertad al central América, cerca de Contramaestre, le entregaron al líder de la Revolución un mensaje de los jefes militares batistianos de Bayamo, quienes querían concertar una reunión. Esta se celebró en Cautillo. El Ejército Rebelde ganó, sin combatir, una victoria más. A las once la noche entraba la Caravana, con su Comandante en Jefe al frente, a la Ciudad Monumento.

En La Habana, la noche no impidió que al paso de los héroes de la Columna Dos, el pueblo los aclamara. Ya en Columbia (hoy Ciudad Libertad), frente a la posta 6, al pie del obelisco (100 y 31), los centinelas del antiguo Ejército se le cuadraron militarmente a Camilo. El guerrillero entró con solo dos escoltas a la entonces primera fortaleza militar de Cuba y asumió el mando de ella.

Tres de enero

Desde un balcón del Gobierno Provincial de la ciudad de Matanzas, habla a una multitud congregada en el Parque de la Libertad. (Foto: Autor no identificado)

Desde un balcón del Gobierno Provincial de la ciudad de Matanzas, habla a una multitud congregada en el Parque de la Libertad. (Foto: Autor no identificado)

Che y la Columna Ocho llegaban en la madrugada a la posta principal de la Cabaña y tomaban posesión de la entonces sede del regimiento 7 mixto de artillería.

Fidel y la Caravana de la Libertad continuaron su marcha y arribaron a Holguín en horas de la tarde. Ya la urbe había sido tomada por los efectivos del IV Frente Simón Bolívar, al mando del comandante Delio Gómez Ochoa.

Allí se les sumó un grupo de combatientes del Segundo Frente, comandado por Antonio Enrique Lussón, que se incorporó al frente de las fuerzas que garantizaban la seguridad del Comandante en Jefe y los caravanistas. Estructurada en tres compañías, dichas fuerzas iban encabezadas por Orlando Pupo y Pedro García Peláez, del Primer Frente, y Ramón Valle Lazo, de la Columna 17 del Segundo. Para conducir el yipi de Fidel, Raúl había designado a dos expertos choferes: los también combatientes Alberto Vázquez, extrabajador de ómnibus en Santiago, y el habanero José Alberto León, Leoncito, exempleado de una agencia de autos en la capital.

Fidel indicó agregar al convoy algunos tanques acantonados en la ciudad, los cuales fueron debidamente alistados. Se reunió con los militares del derrocado régimen que no tenían causas pendientes con la justicia revolucionaria y les propuso incorporarse al Ejército Rebelde; los que no lo desearan quedaban libres de irse para sus casas y retornar a la vida civil. “Todo fue con un gran respeto a aquellos hombres derrotados”, declararía años después Delio Gómez Ochoa al periódico Ahora, de Holguín. No es de extrañar que muchos de ellos tripularan los tanques con que se entró a La Habana.

Cuatro de enero

En Cárdenas rindieron homenaje a José Antonio Echeverría. (Foto: Autor no identificado)

En Cárdenas rindieron homenaje a José Antonio Echeverría. (Foto: Autor no identificado)

Luego de una parada, al amanecer, en Las Tunas –población ya ocupada por la columna 12, comandada por Piti Fajardo–, la caravana entró por la mañana, bajo una lluvia de flores y los vivas de la multitud, a la capital de Camagüey. Cuando le informaron a Fidel que todos sus establecimientos habían cerrado debido a la huelga, preguntó si el pueblo estaba bien abastecido y orientó que, en caso contrario, las bodegas abrieran. Indagó con los dirigentes del M-26-7 en esa urbe: “¿Habrá comida suficiente para la tropa? Ocúpense de esto, que toda esta gente tiene hambre”. Alguien se interesó: “¿Dónde va a dormir usted, Comandante?”. Y respondió: “De mí no se preocupe, procure sitio para los muchachos”.

Desde la ciudad de Agramonte envió un mensaje al periódico Revolución, publicado en la primera página de ese matutino al siguiente día, en el que expresaba: “Asegurado el triunfo en todo el país, controlados todos los mandos militares de la nación por la jefatura revolucionaria […] restablecidos en toda la república la libertad y el poder en toda su plenitud, solicito de los líderes obreros y de todos los trabajadores, así como de las clases vivas, el cese de la huelga general revolucionaria que culminó en la más hermosa victoria de nuestro pueblo. Mi recuerdo devoto a los héroes caídos en esta hora de triunfo y mi reconocimiento emocionado y profundo al pueblo de Cuba, que es hoy orgullo y ejemplo de América”.

Cinco de enero

De nuevo en la carretera, siempre había una mar de personas saludándolos. Mucho antes de la entrada a Florida, amparados en una arboleda, se congregaron los vecinos. En Ciego de Ávila –recuerda Lussón–, todos querían abrazar a los rebeldes, a quienes incluso le solicitaban autógrafos, y particularmente a Fidel.

Almeida rememoraría años después: “A la entrada de Jatibonico, una multitud sobre el paso superior del ferrocarril, aplaude y aclama. El pueblo, desbordado de alegría, nos recibe a ambos lados de la carretera que atraviesa este poblado”. Tarde en la noche, llegaron a la ciudad de Sancti Spíritus.

Seis de enero

Desborde popular en las calles de la capital ante la llegada de Fidel y los caravanistas. (Foto: Autor no identificado)

Desborde popular en las calles de la capital ante la llegada de Fidel y los caravanistas. (Foto: Autor no identificado)

Tanto en aquella población, como en Guayos, Cabaiguán y Placetas, la Caravana fue recibida con gritos de júbilo. Al amanecer llegó a Santa Clara. El periodista Carlos Lechuga esperaba allí para entrevistar a Fidel, pero fue este quien prácticamente entrevistó al reportero: “¿Cómo está La Habana? ¿Qué dice la gente?”.

Al mediodía le habló al pueblo en el parque Leoncio Vidal. Una delegación de cienfuegueros le solicitó que fuera a su ciudad antes de seguir viaje a La Habana. Aunque ya los santaclareños le habían preparado un almuerzo, Fidel partió para la Perla del Sur, donde, como en otros lugares, la gente abarrotó las aceras para recibirlo. La localidad estaba en manos del llamado Segundo Frente Escambray, el cual había designado como jefe militar de la plaza a William Morgan, un sujeto que se caracterizaba por una actitud sectaria contra otras organizaciones revolucionarias.

Morgan invitó al comandante en Jefe a visitar Cayo Loco. El ambiente de tensión que hallaron no era para tranquilizarse. Los marinos batistianos aún conservaban sus armas. Los hombres del Segundo Frente Escambray confraternizaban con estos. El Comandante en Jefe se encaramó encima de un cajón y comenzó a hablarles. Se hizo un silencio absoluto. Poco a poco los rostros adustos fueron cambiando su expresión y atronadores aplausos hicieron estremecerse a la base naval: “¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Fidel!”.

Siete de enero

Ya de noche, en la Ciudad de los puentes, el pueblo los recibió con las notas del Himno Nacional. En el Parque la Libertad se citaron miles de personas para escucharlo: “Aún nos queda algo de energía y de voz para saludar al pueblo de Matanzas. Lo único que no me gusta es que este balcón está muy alto y yo estoy muy lejos de ustedes […] porque no he venido a los pueblos a hacer discursos, no he venido a los pueblos a hacer retórica, no he venido a los pueblos a impresionar a nadie, he venido a los pueblos a hablar con el pueblo”.

Ocho de enero

Un momento decisivo de nuestra historia: el pueblo ya es poder. (Foto: Autor no identificado).

Un momento decisivo de nuestra historia: el pueblo ya es poder. (Foto: Autor no identificado).

Fidel no descansó, en la madrugada marchó con la caravana a Cárdenas para rendirle homenaje a José Antonio Echeverría, con cuyos familiares conversó largo rato. De allí enrumbaron a La Habana, a la que arribaron por el Cotorro, a eso de las 2 p.m. El pueblo se desbordó lleno de júbilo. En la Virgen del Camino, Camilo se sumó a la comitiva. Frente al Estado Mayor de la Marina, junto a la avenida del Puerto, les tenían una sorpresa, el yate Granma atracado. Fidel saludó a Collado, el timonel, mientras las fragatas Máximo Gómez y Antonio Maceo empezaron a disparar 21 cañonazos de salva en honor al líder de la Revolución.

Cerca del Palacio Presidencial (hoy Museo de la Revolución), Fidel detuvo el yipi para saludar al presidente Manuel Urrutia (luego traidor), designado meses antes desde la Sierra Maestra. En la terraza norte, en breves palabras, agradeció el recibimiento al pueblo allí congregado. La caravana continuó por Malecón, calle 23, avenida 41, avenida 31. El cuartel de Columbia era el destino final del recorrido. Allí Fidel dialogó con la multitud: “Creo que este es un momento decisivo de nuestra historia. La tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Y sin embargo, queda mucho por hacer todavía. No nos engañemos creyendo que en lo adelante todo será fácil. Quizás en lo adelante todo sea más difícil”, afirmó.

El fotorreportero Jorge Oller, un ícono de la prensa cubana, fue testigo presencial de este discurso: “Tres palomas de una casa cercana despertaron por la algarabía y los aplausos del pueblo. Atraídas por la luz de los reflectores que iluminaban fuertemente a Fidel, comenzaron a revolotear alrededor de él. Una de ellas se posó en su hombro izquierdo mientras que las otras dos caminaban por el borde del podio. Los flashes de las cámaras se sucedían uno tras otro y los aparatos de cine funcionaban sin parar para captar aquella increíble escena”.

 

La caravana en Pinar del Río

Fidel Artemisa

Fidel en Artemisa

A Fidel y sus compañeros de la Caravana de la Libertad le quedaba algo pendiente: la visita a la provincia más occidental de Cuba. Como explicaría luego, la había pospuesto por cuestiones apremiantes que le obligaron a permanecer en La Habana durante varios días. Y el 17 de enero de 1959 comenzó el recorrido por los pueblos que enlazaban, vía Carretera Central, a la capital cubana con la de Vueltabajo. En Bauta, Caimito, Guanajay, el recibimiento fue apoteósico. Hizo un alto en Artemisa (foto izquierda), donde rindió tributo a sus compañeros de la gesta del Moncada oriundos de esa localidad y que ofrendaron sus vidas durante la insurrección.

Fidel en Pinar del Río

Fidel en Pinar del Río

En la ciudad de Pinar del Río explicó al pueblo que le había sido imposible detener la marcha de la Caravana, antes de su llegada a La Habana, para hacer un rodeo por la provincia vueltabajera. “Yo les respondía a los compañeros: no se preocupen, que a Pinar del río no lo hemos olvidado, que a Pinar del Río iremos”. Luego resaltó el fervor revolucionario demostrado por los hijos de esta provincia durante la lucha contra la tiranía, los grandes méritos que acumularon en esos días.

 

*Este trabajo está tomado de la segunda Edición Extraordinaria por el aniversario 150 de nuestras guerras de independencia, en preparación.

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Fuentes consultadas

Los libros La Sierra Maestra y más allá, de Juan Almeida; Clandestinos en prisión, de Manuel Graña; y Caravana de la libertad, de Luis Báez y Pedro de la Hoz. La compilación Fidel en el año de la liberación, de Eugenio Suárez y Acela Caner. La Edición de la Libertad publicada por la revista BOHEMIA (enero de 1959). Textos periodísticos de María Julia Guerra (Ahora, 2009), Antonio Enrique Lussón (Juventud Rebelde, 2005) y del autor de este trabajo (Granma, 8 de enero de 1999, 3 y 8 de enero de 2015).


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García