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Publicado el 7 Febrero, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Che, ciudadano cubano

Pronto su nombre corrió de boca en boca entre los cubanos por su coraje lindante con la temeridad, su estricto sentido de justicia, su enorme capacidad de liderazgo, (Crédito. KORDA)

Pronto su nombre corrió de boca en boca entre los cubanos por su coraje lindante con la temeridad, su estricto sentido de justicia, su enorme capacidad de liderazgo, (Crédito. KORDA)

Por  PEDRO ANTONIO GARCÍA

En la misma noche que conoció a Fidel, se enroló en la expedición del  Granma. Desafió cortantes manglares y sed en el naufragio de Las Coloradas. Sobreviviente de la dispersión de Alegría de Pío, fue uno de los fundadores del Ejército Rebelde en Cinco Palmas. Se destacó en los combates de La Plata y El Uvero. Le otorgaron los grados de comandante y el líder de la Revolución le confió la jefatura de la segunda columna

insurrecta.

Pronto su nombre corrió de boca en boca entre los cubanos por su coraje lindante con la temeridad, su estricto sentido de justicia, su enorme capacidad de liderazgo. Dejó de llamarse Ernesto Guevara de la Serna para convertirse en el Che, apodo con el que lo bautizaron sus compañeros de lucha. El Comandante en Jefe lo tuvo como lugarteniente en el rechazo a la ofensiva batistiana del verano de 1958. Después le encomendaría la misión de invadir Las Villas, en donde logró la unidad de las fragmentadas fuerzas revolucionarias que operaban en el centro del país. Descolló como estratega genial en la batalla de Santa Clara.

Tras la fuga del tirano en la madrugada del 1º de enero, Fidel le comisionó la ocupación de La Cabaña, entonces una de las tres principales fortalezas del país, cuando todavía en ella se hallaban armados cientos de soldados del régimen. Allí estableció su campamento y recibió a los periodistas que solicitaron entrevistarlo. Uno de ellos le preguntó sobre su futuro. “Yo no tengo planes, solamente los que determine el pueblo de Cuba“.

Fidel y Che en la Sierra Maestra.

Por todo ello, para la abrumadora mayoría de la población no constituyó una sorpresa –y sí motivo de satisfacción-, la noticia que los repartidores de periódico voceaban a pleno pulmón en la mañana del 12 de febrero de 1959: “¡Che, ciudadano cubano!”. Se referían a la nota informativa que encabezaba la columna uno de la primera plana del periódico Revolución, la cual divulgaba los artículos de  la Ley Fundamental promulgada por el Gobierno Revolucionario en una sesión iniciada el 7 de febrero y finalizada en la madrugada del siguiente día.

Esta Carta Magna se basaba esencialmente en el texto progresista de la Constitución de 1940, aunque incorporaba artículos netamente revolucionarios acordes con el momento en que vivía entonces Cuba. Y en uno de sus acápites, numerado con el 12, especificaba: “son cubanos por nacimiento […] los extranjeros que por un año o más hubiesen prestado servicios en el Ejército Libertador, permaneciendo en éste hasta la terminación de la Guerra de Independencia, […] los extranjeros que hubiesen servido a la lucha contra la tiranía derrocada el día 31 de diciembre de 1958 en las filas del Ejército Rebelde durante dos años o más, y hubiesen ostentado el grado de comandante durante un año por lo menos”.

Según testimonio de Luis Buch, secretario del Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario desde enero de 1959 hasta marzo de 1962, uno de los artículos más discutidos de la Ley Fundamental fue precisamente el número 12, el de la ciudadanía, “pues cuando propuse que fuera reconocido el Che como ciudadano cubano por nacimiento, el Presidente Urrutia reclamó esa condición para todos los extranjeros que habían pertenecido al Ejército Rebelde”.

Urrutia a duras penas aceptó que al Che se le reconociera la ciudadanía cubana por nacimiento. (Crédito. AUTOR NO IDENTIFICADO)

Urrutia a duras penas aceptó que al Che se le reconociera la ciudadanía cubana por nacimiento. (Crédito. AUTOR NO IDENTIFICADO)

Urrutia era el clásico abogado de la clase media alta, con todos sus prejuicios clasistas, y el Guerrillero Heroico le resultaba demasiado radical. Proseguía Buch: “Los ministros no estuvieron de acuerdo con su posición. Sin apoyo alguno, a duras penas aceptó que el Che era una excepción y que a los otros extranjeros se les reconociera la ciudadanía cubana por naturalización. No cabe la menor duda de que su actitud en el caso de obstaculizar el reconocimiento al Che, respondía a su formación ideológica”.

Aprobado ese artículo y los demás que conformaban la Ley Fundamental, ya en horas de la madrugada del 8 de febrero, Buch dio instrucciones para que localizaran al Che y lo citaran con urgencia a su despacho. Al informársele de lo acordado por el Consejo de Ministros, el Che estimó inmerecido el reconocimiento. Relataría años después Buch: “Según él, solo había luchado en Cuba como hubiera hecho en cualquier otra parte del mundo, por la libertad de un pueblo”.

“Un honor de tal magnitud no puede rehusarse, pues sería un desaire al pueblo de Cuba y al Gobierno Revolucionario”, entonces le argumentó Buch. El Che, emocionado, lo abrazó. Juntos entraron al salón donde todavía estaba el Consejo de Ministros en pleno y recibió la congratulación de los presentes. Hubo quien le pidió que dijera unas palabras, pero el Guerrillero Heroico rehusó. “Así era de modesto y sencillo”, diría Buch a un periodista décadas más tarde.

Por aquellos días los padres del Guerrillero Heroico habían venido a Cuba para abrazarlo, después de más de un lustro sin verlo, y constataron emocionados cuánto afecto y admiración había despertado su hijo en el pueblo de Cuba

Por aquellos días los padres del Guerrillero Heroico habían venido a Cuba para abrazarlo, después de más de un lustro sin verlo, y constataron emocionados cuánto afecto y admiración había despertado su hijo en el pueblo de la Isla (que no ha decrecido al paso del tiempo). Y el Héroe de Santa Clara correspondió totalmente a ese afecto. En su carta de despedida, en octubre de 1965, confesaba a Fidel: “Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la revolución cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío. Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos […]  Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti”.

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Fuentes consultadas

Testimonios ofrecidos por Luis Buch (1992) al autor de este trabajo para textos periodísticos posteriormente publicados en el diario Granma (1992, 1997 y 2015) .


Pedro Antonio García

 
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