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Publicado el 2 Febrero, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

JOSÉ MACEO GRAJALES: Una centella de coraje

Según sus compañeros de lucha, peleó siempre al frente de su tropa y le enseñó con su heroísmo cuál era el camino de la gloria

El general José nació en el hoy municipio de San Luis el 2 de febrero de 1849. (Archivo Bohemia)

Por  PEDRO ANTONIO GARCÍA

Cuentan que el 8 de noviembre de 1877, iba José con sus hermanos Tomás y Rafael (a este último  le llamaban Cholón) al frente de un destacamento de solo doce hombres más, cerca de Pinar Redondo, a unos 24 kilómetros al norte nordeste de San Luis, en la hoy provincia de Santiago de Cuba, cuando oyó disparos. Comprendió enseguida qué pasaba. Una tropa española atacaba un caserío mambí, donde funcionaba un hospital con heridos de guerra. Por la balacera, se percató de que los sitiados se defendían valientemente.

No lo pensó dos veces, ni se detuvo a meditar de cuántos efectivos disponía el enemigo (luego supo que eran 350). Con sus 14 compañeros, atravesó la manigua, rompiendo con el machete el enmarañado monte, y llegó al campamento por un costado. Alineó sus subalternos detrás de los atacantes y pie en tierra, ordenó una descarga de fusilería. Luego los lanzó a una temeraria carga al machete. Los sorprendidos atacantes se vieron de pronto embestidos por la retaguardia en el momento en que la resistencia del caserío mambí declinaba. Aquellos 15 cubanos, dijo después un español sobreviviente, parecían cientos de fieras. La tropa colonialista emprendió retirada.

Un parte peninsular reconoció más tarde 25 muertos y 54 heridos, aunque la tradición oral habla de 180 bajas. Los cubanos tuvieron dos heridos graves; uno de ellos, Cholón, sobrevivió al impacto de siete balazos. ¿Es de extrañar que a José, por hazañas como esa, le llamaran “El León de Oriente”?

Retrato

De su padre. Marcos Evangelista Maceo, al igual que su hermano Antonio, aprendió a ser un excelente jinete, magnífico esgrimista, experto tirador. Manejaba el machete a la zurda; el revólver, a la diestra. Mariana, su madre, lo educó en el patriotismo: ella les hizo jurar, al esposo y a todos los hijos, que lucharían por la libertad de la patria hasta las últimas consecuencias.

Quienes le conocieron, describían a José Marcelino como un hombre alto. “Fornido y a la par esbelto, de mirada dura, ceño adusto, angulosas las líneas del rostro”, solía recordarlo el general y cronista mambí José Miró Argenter. Dicen que al incomodarse, tartamudeaba; que era jovial, presumido, de temperamento ardiente, enamorado y “muy rumboso”. Desinteresado y sincero hasta la intransigencia.

Con su estado Mayor en la guerra del 95. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Con su estado Mayor en la guerra del 95. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Fermín Valdés Domínguez, su amigo y compañero en la manigua, lo admiraba por “el valor, la inteligencia y más que esto, la astucia y todas esas muestras del mérito intelectual, enaltecidas por una mirada bondadosa y a la vez enérgica, en la que se descubre su alma buena”. Para uno de sus ayudantes, el oficial mambí Lino Dou, “su corazón no tuvo odios, ni siquiera contra los que le aherrojaron en las mortíferas prisiones africanas (…) Jamás germinó en su cerebro la ambición bastarda (…) No tuvo más amargura que la angustia de la patria esclava ni mayores alegrías que las esperanzas de redimirla”.

“Peleó siempre al frente de todos y nos enseñó con sus heroísmos cuál era el camino de la gloria”, apuntaba Valdés Domínguez, quien añadía que para el general José “no ha habido nunca diferencias de razas, y siempre ocuparon los mejores puestos los que más lo merecieron… Su mano generosa sabía estrechar con igual amor la de los hombres puros sin fijarse en el color de su piel”.

Hombre sin dobleces, de rústica franqueza, lo calificó el Generalísimo Gómez, quien también señaló: “Descubrí en él la grandeza del León que la historia cuenta y entendí la grandeza de su valor admirable e intrépido cual ninguno, por su generosidad y su amor a las mujeres y a los niños. El español más cruel rendido al General (José) en mitad de la refriega más sangrienta, podía contar con la vida”.

Mambí

José se incorporó a la Guerra del 68 el 25 de octubre de ese año con sus hermanos Justo Germán y Antonio –según testimonio de María Cabrales, esposa del Titán-, y con ellos tuvo su bautismo de fuego ese mismo día en Ti Arriba, aunque algunas fuentes aseguran que este combate se efectuó el 12 de octubre.

Con su estado Mayor en la guerra del 95. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Con su estado Mayor en la guerra del 95. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Lo ascendieron a sargento en 1869 y a teniente en 1870. Luego por extraordinarios méritos de guerra le impusieron los grados de capitán (1871); comandante (1872); teniente coronel (1873); coronel (1878, reconociéndole antigüedad desde 1876). Durante la Guerra Chiquita (marzo de 1880) le otorgaron las estrellas de general de brigada y en abril de 1895, ya incorporado a  la guerra necesaria, las de mayor general. Cayó en combate el 5 de julio de 1896, en Loma del Gato. En sus doce años en la manigua participó en unas 500 acciones y recibió 19 heridas en el campo de batalla.

Otra anécdota

Existieron diversos periodos de calma durante el combate de El Jobito, acaecido el 13 de mayo de 1895 en una finca ubicada a unos diez kilómetros al noroeste de la ciudad de Guantánamo. En uno de esos momentos, José se percató de que los sitiados españoles intentaban abastecerse de agua y enviaban por el costado de una elevación a sus aguadores uno a uno, para evitar ser detectados. Junto con un subalterno, llamado Bruno –a quien apostó cerca de la elevación, del otro lado del río-, ideó un plan para evitar el aprovisionamiento del enemigo y a la vez apoderarse de sus fusiles.

Su plan dio resultado hasta que un aguador y sus dos escoltas sorprendieron a Bruno y de un culatazo, lo dejaron sin sentido. Pero ya José atravesaba el riachuelo a caballo y con una carga temeraria, liquidó a los tres enemigos. Tomó a su ayudante, aún desmayado, y lo cargó en su caballo con todos los rifles capturados. Bajo una lluvia de balas, regresó a la orilla dominada por los mambises, que lo recibieron con gritos de júbilo.

Un poema

Dicen en Manzanillo que el poeta Manuel Navarro Luna, en 1949, cuando se conmemoraba el centenario del nacimiento de José, quiso dedicarle una elegía. Para inspirarse, conversó con los veteranos mambises, oyó varias de sus más famosas anécdotas.

De regreso a su casa, ante el papel blanco, no le fue difícil eslabonar los versos: “Al general José lo vio siempre la guerra/ a todos los peligros profundos enfrentarse./ ¡Siempre lo vio el primer resplandor del machete!/ ¡Siempre estuvo en el puesto primero de la sangre!/ Era una roja punta de cuchillo…/Era una centella de coraje”.

 

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Fuentes consultadas

El libro El general José. Apuntes biográficos, de Abelardo Padrón


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García