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Publicado el 25 Febrero, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1874

San Lorenzo, la catástrofe

Al desaparecer físicamente Carlos Manuel de Céspedes se perdió al último líder con capacidad de salvar la revolución del 68

Por  PEDRO ANTONIO GARCÍA

Ruinas del ingenio Demajagua, tras el término de la guerra del 68. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Ruinas del ingenio Demajagua, tras el término de la guerra del 68. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Durante cerca de centuria y media, historiadores de todas las ideologías han tratado de explicar las causas del fracaso de nuestra primera guerra de independencia, la iniciada en 1868 en el ingenio Demajagua. Se ha intentado inculpar al general tunero Vicente García por sus sediciones en Lagunas de Varona y Santa Rita, a los villareños por sus indisciplinas y regionalismo, a la pérdida de fe de algunos cubanos en la victoria, lo que los llevó a coquetear con la capitulación desde inicios de la década de 1870. En cambio se obvian tres hechos que debían analizarse con mayor profundidad: el combate de Jimaguayú, la deposición de Céspedes y la catástrofe de San Lorenzo.

La muerte de Ignacio Agramonte, en el primero de los acontecimientos mencionados, desbrozó el caminó a los enemigos de Céspedes para lograr su destitución como presidente mambí. Hasta la infausta escaramuza en el potrero del Camagüey, el Mayor había desalentado intrigas y conspiraciones contra el abogado bayamés. En Bijagual, el 27 de octubre de 1873, como ha demostrado el historiador Rafael Acosta, no solo se faltó a la ética, se violó la legalidad porque no había quórum para adoptar tal determinación. Pero al dar ese paso, sin percatarse, o tal vez con toda intención, los civilistas de la Cámara de Representantes enrumbaron a la revolución del 68 hacia su fracaso.

En los tres meses siguientes a su deposición, el Héroe de Demajagua permaneció atado al Gobierno mambí, cuyos funcionarios no solo le despojaron de su escolta y comitiva sino que no perdieron oportunidad de vejarlo y humillarlo. A finales de diciembre la Cámara le autorizó a permanecer en Cambute. Ante el avance de los españoles, el 23 de enero de 1874  tuvo que trasladarse a la prefectura de Guaninao. A ella pertenecía el caserío de San Lorenzo.

Céspedes en San Lorenzo (Crédito: JUAN EMILIO HERNÁNDEZ GIRO)

Céspedes en San Lorenzo (Crédito: JUAN EMILIO HERNÁNDEZ GIRO)

Era una mañana gris, de esas de lluvia fina, la del 27 de febrero de 1874. Al clarear el día, Carlos Manuel de Céspedes hizo la última anotación en su diario. Como si presintiera una desgracia cercana, consignó “para lo que pueda importar de aquí en adelante”, algunos datos de sus más crueles enemigos: Tomás Estrada Palma, Salvador Cisneros Betancourt, Fernando Fornaris…

Guardó la pluma para disfrutar del frugal almuerzo, que siempre tomaba a las diez de la mañana. Ese día lo acompañó José Lacret Morlot, entonces capitán y jefe de la prefectura, quien evidentemente andaba con calenturas. El bayamés le aconsejó que se fuera a acostar. A Carlitos Céspedes, su hijo y luego coronel mambí, lo envió a buscarle unos zapatos. Vino Pedro Maceo Chamorro y como siempre se enfrascaron en una partida de ajedrez. Al terminar de disputarla, echó a andar por el caserío.

Nunca lo hacía solo, siempre lo acompañaban Lacret, Carlitos y el ayudante Pavón, todos armados, pero ese día los dos primeros no estaban con él y a Pavón, él mismo lo había enviado adonde una familia para que la ayudara a construir un rancho. A su paso, los vecinos lo saludaban con respeto: los ancianos se quitaban el sombrero, se le acercaban los niños, a quienes enseñaba a leer y escribir, y les ponía cariñosamente la mano en sus cabezas. Los serranos le llamaban el Presidente Viejo. Martí imaginaría la escena años después: “Ya está en un hondón y no sabe quién lo acecha (…) Continúa en su paseo señorial, revisando lo conversado, el amor y la Dama del ajedrez”.

Entró en uno de los bohíos, adonde por costumbre iba al mediodía. Una mujer negra, sonriente, llenó de café una tacita, hecha de un fruto ya irreconocible. En esos momentos, guiados por un traidor, una patrulla de seis soldados españoles y un oficial avanzaban por la manigua, desbrozando monte. Entretanto, al bohío entró una muchacha, de tez trigueña y pelo negro, quien silenciosamente se sentó en un taburete. Ella ya llevaba en su vientre un vástago suyo pero nadie aún lo sospechaba.

Dicen que una niña avistó la llegada del enemigo. Céspedes trató de escapar por el camino del barranco, con los españoles detrás. Corría con dificultad y tenía problemas en la visión. Dos veces se detuvo para disparar contra sus perseguidores, quienes le dieron alcance. El Héroe del 10 de Octubre volvió a disparar pero uno de aquellos hizo fuego primero. El chaleco se le fue humedeciendo debajo de la tetilla izquierda y el Presidente Viejo rodó cuatro metros barranco abajo. Ya lo había advertido tiempo atrás: “Nunca vivo me tomarán prisionero”.

Lugar donde fue herido mortalmente Céspedes en las cercanías de San Lorenzo, tal como se conservaba a inicios del siglo XX. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Lugar donde fue herido mortalmente Céspedes en las cercanías de San Lorenzo, tal como se conservaba a inicios del siglo XX. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Como sucedió después en el 95, tras las catástrofes de Dos Ríos y San Pedro, ya la guerra no fue igual que antes. Al desaparecer físicamente Céspedes se perdió al último líder con capacidad de salvar la revolución, a aquel que la había iniciado al grito de Independencia o Muerte, al adalid de la abolición de la esclavitud y la igualdad entre todos sus compatriotas, al intransigente de Yara, para quien doce hombres bastaban para la lucha y todos los cubanos eran sus hijos.

Olvidaron quienes le depusieron que estaban destituyendo a un símbolo. Bien sabían los antiguos esclavos que no le debían su libertad al artículo 24 de la Constitución de Guáimaro, formal como toda Carta Magna que prescinda de leyes complementarias para hacer realidad sus postulados generales, sino a la Circular en que se dispone la emancipación total, decretada por el bayamés el 25 de diciembre de 1870.  Constituía un paradigma de patriotismo, pues por la independencia había sacrificado hacienda y vida saludables.

No estaba arruinado como erróneamente suponen algunos escritores y artistas de hoy día. La hipoteca del ingenio Demajagua, uno de los más rentables del Oriente cubano según Álvaro Reinoso, era para garantizar un préstamo con vistas a nuevas inversiones y no por deudas apremiantes. Ignoran ciertos ignorantes que la propiedad que más ganancia le rendía era la hacienda ganadera La Junta así como los tres corrales que tenía entre Manzanillo y Campechuela.

En sus fincas, mucho antes de 1868, prefería la mano de obra libre a la esclava, como sucedía en Demajagua. A los esclavos que cuidaban sus corrales los dotó de rifle, caballo y perros, lo que causó consternación en las autoridades españolas. “¿Cómo usted va a armar a los negros?”. “¿Y cómo quiere usted que defiendan mi ganado de los perros jíbaros?”, se justificaba el bayamés. Después, en la guerra, la puntería adquirida por aquellos custodios en cazar jíbaros hizo estragos en las filas del ejército español.

A partir de su muerte, achacada por muchos a la torpe y malsana actitud de la Cámara, cundieron la desconfianza y la animadversión entre las filas mambisas, proliferaron indisciplinas y sediciones. Algunos se cansaron de luchar y pactaron con el enemigo. Y vino el Zanjón.

En Baraguá, Antonio Maceo retomó la intransigencia de Yara y demostrando que en Cuba nunca podía haber paz sin independencia, transformó la capitulación en simple tregua. Diecisiete años después unas 35 localidades, al llamado de Martí, hicieron ondear nuevamente las banderas del ingenio Demajagua, y otra vez en la manigua se volvió a “batir el cobre” por la emancipación nacional.

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Fuentes consultadas

La compilación Carlos Manuel de Céspedes. Escritos, de Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo. El Diario Perdido de Carlos Manuel de Céspedes.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García