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Publicado el 11 Marzo, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

LÁZARO PEÑA: Paladín obrero

Siempre en primera fila, contra los pandilleros del Gobierno en la neocolonia y luego, en la defensa de la Revolución

El líder sindical en la década de 1970. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por  PEDRO ANTONIO GARCÍA

Como ya he dicho en otras ocasiones –y dispénsennos  los lectores que peinan canas por tener que leerlo nuevamente-,  evocar a Lázaro Peña implica para el autor de estas líneas rememorar dos momentos de su adolescencia. La primera de esas vivencias sucedió en casa de Juan Marinello, quien según la tía abuela Flora pertenecía a una rama distante en el árbol genealógico de la familia en Catalunya. Con la irreverencia festinada de sus pocos años, el entonces estudiante secundario que no soñaba con ser periodista se atrevió a decir que Lázaro Peña no era un buen orador. El primo lejano enrojeció y armándose de paciencia, le explicó al joven irreflexivo que el líder sindical era un artífice de la palabra y le aconsejó analizar con mayor profundidad sus arengas “breves, jugosas y elocuentes”.

Tiempo después, al acompañar a su padre a una cobertura periodística, el hoy articulista vio a Lázaro en plena acción. Se desarrollaba una asamblea de trabajadores en pleno caos cuando de la presidencia requirieron la ayuda de un señor de tez negra y el pelo algo canoso que ocupaba una butaca al fondo del salón, del lado del público. Era de complexión fuerte sin llegar a la robustez, manos gruesas, pulcro al vestir, sin ostentación: llevaba una camisa gris de mangas largas y un pantalón de mezclilla, en cuyo bolsillo posterior sobresalía una libreta doblada. Con pasos seguros avanzó hacia la mesa.

“Hemos hablado con la administración, hemos dialogado con los obreros antes de la reunión y se ha podido sacar algunas conclusiones”, dijo, más o menos, con su voz ronca y entrecortada. Comenzó a pormenorizar los problemas del centro y propuso algunas soluciones, advirtiendo que solo serían eficaces si las emprendieran colectivamente. Convocó a que esos compañeros que, según la administración, se pasaban el día hablando mal de todo, los llevaran a la asamblea general, no como a un circo romano, sino en un ambiente fraternal, para que expusieran allí todo lo que creían solución a los problemas, “y hay que oírlos porque a veces esa gente tiene buenas iniciativas”, añadió.

Muchas veces se le oyó decir a Lázaro que en las reuniones del sindicato “es mejor que se hable, que siempre se discuta, que siempre haya opiniones, que se manifieste cada uno. Que se mantenga todo lo que históricamente ha dado fuerza al movimiento sindical de todas las épocas: el acatamiento de la voluntad de la mayoría por la minoría sobre la base de la explicación”.

Representante a la Cámara en el parlamento burgués. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Nacido en el seno de una familia pobre en 1911, tuvo que renunciar a la infancia para ganarse el pan en una tabaquería. Por su inteligencia brillante, su talento innato para presidir asambleas y dirigir debates, le fueron eligiendo para diversos cargos sindicales, hasta que en 1934 devino líder nacional de los tabaqueros. Entonces se propuso una meta: dotar al proletariado cubano de una confederación unitaria. Lo logró en 1939, cuando fundó la Confederación de los Trabajadores (CTC), por cuya legalización, desde el cargo de secretario general de la organización, luchó durante años hasta que se hizo realidad en 1942, con la entrada de Cuba a la Segunda Guerra Mundial.

Conducir la lucha del proletariado por el camino de la unidad fue entonces, y toda su vida, su objetivo fundamental. La violencia gangsteril y las intromisiones gubernamentales de los regímenes auténticos, en medio de la histeria anticomunista de los años de la Guerra Fría, lo despojaron de la dirigencia de la CTC. No obstante, el pueblo lo eligió representante a la Cámara en 1950 con la segunda más alta votación en toda la república.

Al usurpar Batista el poder en 1952 sufrió persecuciones y el Partido Socialista Popular (comunista), en el cual militaba, le orientó marchar al exilio. Tras el triunfo de la Revolución retornó a la patria. En el XI Congreso de la CTC volvió a ocupar la secretaría general de la organización. Se le vio entonces siempre en primera fila, ya fuera en la campaña por la superación de los trabajadores como predicando con el ejemplo con su incorporación a las Milicias. Rara vez le vieron en la oficina, detrás de un buró: se la pasaba recorriendo colectivos de trabajadores, en permanente contacto con la masa obrera, escuchando sus interrogantes y reclamos.

Su anecdotario de aquellos tiempos bien merecería una compilación. En la sede de la CTC, este periodista escuchó decir a una recepcionista: “Siempre daba los buenos días, se detenía a saludar a los trabajadores, cualquier asunto que uno le planteara se esforzaba en darle respuesta”. Una ascensorista afirmó: “Me echaba el brazo sobre los hombros, me preguntaba por mis problemas personales, por la familia, cómo me trataba mi jefe”.

Quienes le conocieron hablaban siempre de la sonrisa que nunca abandonaba, la mano presta al saludo, los dicharachos que usualmente decía, la pasión por el boxeo, el béisbol y la música, su sentido del humor. De regreso a

En los años de mayor histeria anticomunista en la neocolonia no pudieron apagar su voz. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

La Habana de un recorrido por Cienfuegos, ya la Revolución en el poder, conocedor de que Vicente Pérez Fernández, un líder sindical, no era muy avezado en temas deportivos, le dijo cuando en el auto estaban llegando a Cruces: “Vamos para casa de Martín”. “¿Qué Martín?”, dijo su interlocutor. Lázaro hizo como si se pusiera serio. “¿Tú no sabes que aquí vive Martín Dihigo?, ¿tú no sabes quién es? Me da pena decírtelo con todo lo dirigente provincial de la CTC que eres”. Fueron a casa del pelotero. Años después Pérez Fernández relataría a un periodista: “Era un hombre altísimo, con unas manazas enormes. Lázaro me presentó: ‘No sé si has oído hablar de él’, le dijo a la gloria deportiva cubana, ‘pero por lo menos él dice que no te conoce, échale en cara toda la grandeza tuya para que él sepa’”.

Ya aquejado de la dolencia que le causaría la muerte, hizo un aporte fundamental a la organización del XIII Congreso Obrero, sobre todo en la elaboración de las tesis que prepararon al movimiento sindical para una etapa superior de participación de los trabajadores en los empeños principales del país. Reelecto secretario general de la CTC, asumió esa importante responsabilidad hasta el último aliento.

A casi medio siglo de su deceso, acaecido el 11 de marzo de 1974, hay frases suyas que mantienen una impactante actualidad, como cuando expresó: “El espíritu es de batalla, el espíritu es de esfuerzo, es de no prometer lo que no podemos hacer, es de encararnos con todo lo que debemos hacer”.

Fuentes consultadas

Textos publicados por el autor de este trabajo en el periódico Granma (1996, 1999 y 2001). Testimonios y documentos ofrecidos por Jaime Gravalosa, Vicente Pérez Fernández, Octavio Louit Venzant, Evelio Tellería Toca y la familia de Lázaro Peña.

 


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García