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Publicado el 9 Abril, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

ASAMBLEA DE GUÁIMARO 1869

El nacimiento de la república cubana

Con este cónclave el movimiento revolucionario cubano dio un decisivo paso de avance en el proceso de formación de nuestra nación y nacionalidad

Como el propósito de todos los insurrectos era lograr la indepen-dencia de Cuba, todos estuvieron de acuerdo en reunirse en Guáimaro. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Era necesaria la unidad para resistir los embates de la ofensiva colonialista. Se imponía, por motivos obvios, una reunión de los principales dirigentes insurrectos para constituir el gobierno de la república en armas, capaz de dirigir el movimiento independentista y darle representatividad en el extranjero.

Se escogió un lugar equidistante de las regiones sublevadas, accesible para ellas. La asamblea se inició el 10 de abril de 1869. En una pieza antológica del periodismo cubano, escribió José Martí: “Guáimaro libre nunca estuvo más hermoso que en los días en que iba a entrar en la gloria y en el sacrificio. Era que Oriente y Las Villas y el Centro (…) componían espontáneas el alma nacional y entraba la Revolución en la república”.

Así, el Apóstol describía el histórico cónclave celebrado en esa localidad el 10 de abril de 1869, en el que el campo mambí “quiso poner a la guerra las formas de la república”, para redactar “la carta de libertades que ha de poner sobre su cabeza y ha de colgar del pecho de su caballo”.

Más adelante añadía: “Estaba Guáimaro más que nunca hermosa. Era el pueblo señorial como familia en fiesta. Venían el Oriente, el Centro y Las Villas al abrazo de los fundadores”.

Cuba 1869

Con la incorporación de Las Villas a principios de febrero de 1869, la guerra iniciada en Oriente y secundada por el Camagüey se había extendido hasta el centro del país. Pero no había coordinación entre las fuerzas mambisas y era necesaria la unidad para resistir la ofensiva colonialista.

Se imponía, por motivos obvios, una reunión de los principales dirigentes insurrectos pues ningún movimiento revolucionario podía triunfar en similares circunstancias. El lugar escogido fue Guáimaro, equidistante y accesible para las tres regiones.

Céspedes al promulgar la circular del 25 de diciembre de 1870, hizo efectiva la emancipación plena de los esclavos. (Crédito: ESTEBAN VALDERRAMA)

En el campo insurrecto había dos gobiernos, el denominado Provisional de Oriente, presidido por Carlos Manuel de Céspedes, y la asamblea de representantes del Centro. Para colmo, ondeaban dos banderas entre los mambises: el pabellón nuevo de Yara, que encabezó a los orientales en el alzamiento del 10 de octubre, y la enseña con la que se había levantado Joaquín de Agüero en 1851 y bajo la cual camagüeyanos y villareños se habían lanzado a la manigua.

Nadie ignoraba que en este encuentro debían salvarse otros serios escollos pues había discrepancias sobre problemas cardinales, como la esclavitud y la organización que debía dársele a la guerra en lo político y lo militar.

La unidad no solo era imprescindible para luchar contra el colonialismo español sino también para obtener el reconocimiento de las naciones del continente, desde donde podrían partir expediciones con hombres y armas para reforzar a las tropas insurrectas.

Como el propósito de todos los insurrectos era lograr la independencia de Cuba, todos estuvieron de acuerdo en reunirse en Guáimaro. En representación de Oriente figuraban, además de Céspedes, los holguineros Jesús Rodríguez y Antonio Alcalá, y José María Izaguirre, de Jiguaní.

Por Camagüey, acudieron Ignacio Agramonte, Salvador Cisneros Betancourt, Miguel Betancourt, Antonio Zambrana y Francisco Guerra. Por Las Villas, Miguel Jerónimo Gutiérrez, Eduardo Machado, Antonio Lorda, Tranquilino Valdés, Arcadio García y Honorato del Castillo.

En aras de la unidad

La gran mayoría de los participantes en la Asamblea de Guáimaro pertenecía a la clase señorial, es decir, a los grandes terratenientes y hacendados medios. Solo dos delegados pudieran clasificarse en la pequeña burguesía o capas medias de la sociedad. Ninguno era campesino. Ni negro. Ni mulato.

Agramonte y los jóvenes hicieron aprobar en la Constitución una edad mínima para la presidencia que los alejaba de ese cargo por años y prácticamente se lo entregaban a Céspedes. (Crédito: ESTEBAN VALDERRAMA)

Al debatirse los artículos que debían engrosar la Constitución mambisa, afloraron dos tendencias: los “institucionalistas”, con Ignacio Agramonte y los camagüeyanos al frente, abogaban por la subordinación del Ejecutivo y el Ejército a la Cámara, esta última como poder civil supremo.

Los partidarios del “centralismo”, encabezados por Carlos Manuel de Céspedes y los orientales, propugnaban que el Ejecutivo y el Ejército estuvieran investidos de la autoridad necesaria para enfrentar la realidad cambiante de la contienda, sobre todo en cuanto al movimiento de tropas y la planificación militar.

En aras de la unidad revolucionaria, ambos bandos hicieron concesiones. Los centralistas cedieron en cuanto a que se limitaran las prerrogativas del Ejecutivo y el Ejército y que ambos se subordinaran a la Cámara. Agramonte y los jóvenes insurrectos hicieron aprobar en la Constitución una edad mínima para la presidencia que los alejaba a ellos de ese cargo por años y prácticamente se lo entregaban a Céspedes.

Los orientales aceptaron como enseña nacional la bandera diseñada por Teurbe Tolón que Joaquín de Agüero enarboló en el Camagüey en 1851; los camagüeyanos impusieron al estandarte del 10 de Octubre como tesoro de la República. Desde entonces y para siempre, en todos los parlamentos cubanos se conserva en el salón de sesiones, presidiendo junto con la enseña nacional las labores del Legislativo.

La cuestión de la esclavitud

En el artículo 24 de la Constitución, al plantear: “Todos los habitantes de la República son enteramente libres”, se declaraba explícitamente la abolición de la esclavitud, una de las dos consignas enarboladas por Céspedes en el ingenio Demajagua para iniciar la gesta.

En la práctica, tal artículo tuvo un carácter formal, faltaba la ley complementaria que permitiera hacer realidad ese precepto. En cambio, el Reglamento de libertos, aprobado por la Cámara meses después de Guáimaro, respaldaba legalmente el trabajo forzado de los exesclavos.

De esta forma la abolición de la esclavitud pasó a ser un eufemismo dentro del campo mambí. Fue necesario que el jacobino Céspedes enmendara ese dislate al promulgar la circular del 25 de diciembre de 1870, la cual hizo efectiva la emancipación plena en los territorios liberados por los mambises.

Fue en la fiesta nocturna, ya aprobada la constitución, que Ana Be-tancourt defendió la igualdad de la mujer. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El voto a la mujer

Otro tema candente en la Asamblea de Guáimaro fue la igualdad de la mujer. A pesar de que Ignacio Agramonte, a nombre de Ana Betancourt, presentara una petición a la Cámara de que se concediese a las mujeres los derechos a que por justicia son acreedoras, hubo consenso en rechazar la propuesta.

Salvo Céspedes y Cisneros Betancourt, entre otras excepciones, la gran mayoría de los constituyentes estimaron que la mujer cubana “aún no estaba preparada” para ejercer deberes y derechos reservados hasta entonces únicamente para los varones.

Incluso en la Constituyente de 1901, poco más de tres décadas después, un camagüeyano se atrevió a reiterar ese falso argumento al debatirse en el cónclave ese punto. No sería hasta la Revolución de 1933 que las féminas lograran el derecho a elegir y ser elegidas.

En muchos textos históricos, escolares y periodísticos se afirma erróneamente que Ana Betancourt demandó, en medio de los debates de la asamblea, que la igualdad de género estuviera reflejada en la Constitución. En su condición de fémina, ella no tenía voz ni voto en el cónclave y tampoco se permitía su entrada a las sesiones.

La famosa intervención de Ana sucedió por la noche, ya aprobada la Constitución, en la plaza del poblado, donde los constituyentes departían con la población. Céspedes, con toda su autoridad, le concedió la palabra y ella reiteró los argumentos expuestos anteriormente en el cónclave por Agramonte. Cuando terminó, el presidente Céspedes la felicitó: “El historiador cubano tendrá que decir que una mujer, adelantándose a su siglo, pidió en Cuba la emancipación de la mujer”.

Facsímil del Acta de constitución de Guáimaro. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Vigencia

La Asamblea de Guáimaro significa un importante momento de unidad en la historia de Cuba. Los delegados insurrectos relegaron sus discrepancias y criterios divergentes en aras de la unión del movimiento independentista.

Al promulgarse la Constitución mambisa, la nación cubana en formación salió elevada a la estatura de Estado independiente y se sustituyó el despotismo colonial por un sistema basado en principios republicanos y democráticos.

La composición clasista de los convencionales los llevó, una vez finalizado el cónclave, a veleidades como el Reglamento de libertos, ya mencionado, o la moción de algunos diputados sobre la solicitud de la anexión de Cuba a los Estados Unidos. El sector más radical, liderado por Eduardo Machado, se opuso a esto último y reivindicó el derecho de Cuba a alcanzar la independencia absoluta.

A pesar de esas limitaciones, en Guáimaro el movimiento revolucionario cubano constituyó un decisivo paso de avance en el proceso de formación de nuestra nación y nacionalidad, así como en el desarrollo de la conciencia patriótica. No por gusto Martí escogió el día de su conmemoración, 23 años después, para la proclamación del Partido Revolucionario Cubano.

 

Fuentes consultadas

Los libros Las guerras de independencia, del Instituto de Historia de Cuba, y Documentos para la historia de Cuba, de Hortensia Pichardo

 

 


Pedro Antonio García

 
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