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Publicado el 12 Agosto, 2019 por ACN en Historia
 
 

El tirano Machado en fuga

La huída de Machado probablemente le hubiera sido casi imposible de no haberla emprendido desde su finca de recreo La Nenita, en los alrededores de Santiago de las Vegas, al sur de la capital, y a menos de 4 kilómetros del aeropuerto

Por  Jorge Wejebe Cobo | Foto: Archivo | ACN

Gerardo Machado

En las primeras horas de la tarde del 12 de agosto de 1933, el presidente Gerardo Machado llegó en su auto blindado, seguido por varios vehículos atestados de policías y personajes de la dictadura, a la pista del aeropuerto de Rancho Boyeros y abordó un avión anfibio Sikorsky N. M, color negro de la Pan American Airways, pero sólo con sus tres colaboradores más cercanos y dos escoltas.

El dictador trató de mantener la compostura y mostrarse sereno al entrar en la incómoda nave que en pocos minutos despegó rumbo a Las Bahamas, mientras sus acompañantes que quedaron en tierra se
enfrentaron a la difícil disyuntiva de poder escapar a la ira popular que a esas horas ya comenzaba a tomarse la justicia por su mano.

La huída de Machado probablemente le hubiera sido casi imposible de no haberla emprendido desde su finca de recreo La Nenita, en los alrededores de Santiago de las Vegas, al sur de la capital, y a menos de 4 kilómetros del aeropuerto, todavía bajo su control, después de que los propios oficiales de la fuerza aérea del campamento de Columbia y el ejército no le ratificaron su apoyo.

Ese día la Revolución del 33 entraba en su etapa culminante después de ocho años de represión, asesinatos, violaciones de la Constitución, entreguismo a Estados Unidos y corrupción, que conllevaron a que emergiera como enemigo del régimen machadista un frente único, que incluía a la izquierda, movimientos obreros, los
estudiantes, los partidos tradicionales y sectores de la burguesía.

En medio de la crisis EE.UU. nombró como enviado especial en 1933 a Benjamin Sumner Welles, diplomático muy cercano al entonces presidente Franklin Delano Roosevelt, para aplicar la fórmula de la mediación entre el Gobierno y la oposición de los partidos burgueses.

Esa estrategia excluía en el diálogo a los comunistas y sectores más radicales, con el fin de dividir e impedir el auge del movimiento revolucionario antiimperialista y salvar el sistema de dominación instaurado con la república neocolonial fundada el 20 de mayo de 1902.

Pero el estado insurreccional del pueblo no se podía controlar fácilmente en las componendas que se realizaban desde la embajada estadounidense, y a inicios de julio se inició un paro dirigido por el Partido Comunista en el sector del transporte, el cual sería el detonante para la huelga general que determinaría la crisis final de la dictadura.

Ante esa situación estaba claro para los intereses del vecino del Norte que la única salida era el abandono del poder por parte del dictador Machado, a pesar de las muestras de su total sumisión al poder imperial y su anticomunismo visceral, por lo cual Sumner Welles le garantizó su seguridad y la fuga en el mencionado avión de la Pan American.

Era la hora de jugar la carta del ejército y de los partidos tradicionales, que tras la huída del dictador asumieron el poder para garantizar la estabilidad del sistema burgués ante los peligros revolucionarios.

Posteriormente, se anunció el 13 de agosto de 1933 la designación como presidente del inocuo Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, hijo del iniciador de la independencia cubana en 1868, figura aceptable para los EE.UU y apoyado por el general Alberto Herrera, jefe del ejército.

Céspedes pudo acceder a la presidencia solo pocos días, al ser depuesto el cuatro de septiembre de 1933 por el alzamiento de sargentos y soldados dirigidos por el entonces sargento Fulgencio Batista, quien acabaría con el gobierno diseñado por la mediación.

El desconocido sargento se ganó la confianza de Washington con la traición al movimiento revolucionario y se erigió como el hombre fuerte de Cuba para los próximos 25 años, periodo en el cual desde el mando del ejército o en la presidencia garantizó los intereses imperialistas hasta que su historia acabó el primero de enero de 1959, cuando huyó de forma similar a Machado, pero esta vez ante una Revolución definitiva.


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