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Publicado el 22 Agosto, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

GUERRA CHIQUITA, AGOSTO 1879

La tregua rota

Hace 140 años, los cubanos volvieron a lanzarse a la manigua en la segunda gesta independentista nacional

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

La Guerra Chiquita demostró que Baraguá había convertido a la capitulación del Zanjón en simple tregua. (Foto: Autor no identificado)
La Guerra Chiquita demostró que Baraguá había convertido a la capitulación del Zanjón en simple tregua. (Foto: Autor no identificado)

Mal calcularon algunos si creyeron que con el convenio suscrito en el Zanjón (10 de febrero de 1878) lograban la total y perpetua pacificación de la Isla. Con su gesto viril en la Protesta de Baraguá, Antonio Maceo había trastocado de un golpe la historia patria, al proclamar que en Cuba no podía haber paz sin independencia ni justicia social para todos, que por aquellos años tenía que partir necesariamente de la abolición de la esclavitud. De esta forma, el Titán transformaba la capitulación del abominable pacto en simple tregua y salvaba el prestigio de la Revolución del 68 ante las más jóvenes generaciones, que no dudarían en lanzarse a nuevas contiendas siempre que las guiaran los veteranos de la Guerra grande dispuestos a luchar hasta las últimas consecuencias.

Por otra parte, España no pensaba cumplir nada de lo convenido. Como subrayaría Martí: “prometió el gobierno (de Madrid) que cesando la guerra, cesarían las cargas por ella originadas –y acabada la guerra continuaron las cargas”. Los altos impuestos continuaron siendo un dogal opresivo contra el nivel de vida de los cubanos; para colmo, el partidario de hacer reformas en Cuba, Arsenio Martínez Campos, artífice del Zanjón, había sido destituido como capitán general de la Isla con el pretexto de “ascenderlo” a presidente del Consejo de Ministros, cargo al cual tuvo que dimitir al año ante el boicot que le hicieron los elementos más reaccionarios de las cortes españolas.

Calixto García, jefe máximo de la insurrección. (Foto: Autor no identificado)
Calixto García, jefe máximo de la insurrección. (Foto: Autor no identificado)

No es de extrañar que ante todo lo anterior, sumado al inextinguible sentimiento independentista, desde inicios de 1879 proliferaran en toda la Isla los núcleos de conspiradores. Lamentablemente surgieron discrepancias en cuanto a métodos de dirección entre el Comité Revolucionario Cubano, liderado por Calixto García con sede en Nueva York, y los patriotas radicados en la Isla, sobre todo los del Occidente, agrupados en el Club Central de La Habana.

Entretanto, los combatientes orientales mantenían una comunicación más estable con el general Antonio que con Calixto García y no entendían por qué los colaboradores cercanos a este trataban por todos los medios de excluir de las actividades organizativas al Héroe de Baraguá. La Contrainteligencia española, por otro lado, se mantenía muy activa y había penetrado en varios grupos conspirativos en La Habana y Oriente. Proliferaron las detenciones y deportaciones, como las de Flor Crombet y Mayía Rodríguez en Oriente.

El apresamiento del coronel mambí Silverio del Prado, veterano de la Protesta de Baraguá, por las autoridades coloniales y el desenmascaramiento de un espía español entre las filas independentistas en el este cubano precipitaron los acontecimientos. El 24 de agosto de 1879 se levantó en armas el brigadier Belisario Grave de Peralta al frente de 200 hombres en San Lorenzo, cerca del río La Rioja, en Holguín. Estaba rota la tregua. Se iniciaba así lo que luego se ha denominado la Guerra Chiquita.

Razones para una
actitud

El alzamiento de Grave de Peralta no solo sorprendió a los españoles, sino también a los propios conspiradores independentistas. José Maceo y Guillermón Moncada se enteraron con posterioridad al hecho. Si bien ya los españoles estaban sobre la pista de la conspiración, por otra parte se carecía de armamentos, avituallamiento y de la organización imprescindible en las ciudades para que los futuros focos guerrilleros contaran con una retaguardia logística.

Quintín Bandera (izquierda), Guillermón Moncada (centro) y José Maceo tomaron rumbo a la manigua el 26 de agosto de 1879. (Fotos: Autor no identificado)
Quintín Bandera (izquierda), Guillermón Moncada (centro) y José Maceo tomaron rumbo a la manigua el 26 de agosto de 1879. (Fotos: Autor no identificado)

El 26 de agosto Quintín Bandera se alzó en las inmediaciones de Santiago de Cuba. José y Guillermón poco después enrumbaron a la manigua y lideraron esas tropas como les correspondía por su grado. El 27 se levantó Holguín con Ángel Guerra al frente. Esteban Varona lo hizo en Las Tunas. Luis de Feria también se unió a la sublevación. En cambio, en muchas partes de Oriente hubo patriotas que plantearon no incorporarse hasta la llegada de Antonio Maceo, pues, para ellos, esa era la única garantía de que esta vez, como había convocado Céspedes en el 68, se iba a luchar por la independencia hasta vencer o morir en la demanda.

En La Habana

El plan que tenían José Martí, Juan Gualberto Gómez y los conspiradores capitalinos era levantarse en armas al sur de Güines, una vez que llegara del exterior un cargamento de armas y pertrechos. Pero este núcleo conspirativo también había sido penetrado por la Inteligencia española. El 17 de septiembre de 1879, tras un delicioso almuerzo, Juan Gualberto Gómez y José Martí saboreaban el café que les había preparado Carmita Zayas Bazán cuando tocaron con fuerza a la puerta de la calle. Era la soldadesca española que venía a detener al Apóstol.

Después de calmar a Carmita, quien solo atinaba a decir: “Se lo llevan Juan, se llevan preso a Pepe”, el amigo salió a la calle y, con mucho cuidado, siguió al detenido y sus celadores hasta la Jefatura de Policía. Una vez conocido el destino de Martí, fue a ver a Nicolás Azcárate para comunicarle la noticia. Este partió a hacer gestiones ante las autoridades coloniales. Miguel Viondi se dirigió a su bufete para destruir los papeles comprometedores que el joven Pepe ocultaba allí.

Las gestiones de Azcárate fructificaron y le suspendieron al Héroe Nacional cubano la incomunicación. El capitán general dispuso su deportación sin que se le instruyeran causa ni le celebraran juicio. Cuentan que un funcionario español trató de comprar la traición del autor de Abdala. La respuesta fue contundente: “Dígale al general que Martí no es de raza vendible”. El 25 de septiembre, en el vapor Alfonso XII, partía hacia su segunda deportación.

Pronto Juan Gualberto Gómez, igualmente detenido y luego deportado, seguiría su rumbo.

La insurrección agoniza

Los pronunciamientos independentistas en Remedios, Sancti Spíritus, Sagua la Grande y otras localidades de la región central de la Isla insuflaron vida de momento a la guerra. Pero la captura de Martí y Juan Gualberto prácticamente frustró los levantamientos armados en Occidente donde el eficaz espionaje español y la represión policial condujeron a arrestos, detenciones e incautaciones de armas, lo que sumado a la pésima coordinación entre los grupos conspirativos, incidió en que, a inicios de 1880, ya estaba totalmente desarticulado el movimiento insurreccional en el oeste cubano.

Carente de armas y pertrechos, José Maceo y Guillermón Moncada se acogieron al indulto el 1º de junio de 1880. Días más tarde también lo hicieron Quintín Bandera y otro hijo de Marcos y Mariana, Cholón. Incumpliendo lo pactado con estos mambises, en vez de ser embarcados para Jamaica, los colonialistas los enviaron hacia cárceles españolas.

Calixto García, reconocido jefe máximo de la insurrección, no pudo incorporarse a la guerra en los primeros meses. Cuando lo hizo, en mayo de 1880, la contienda agonizaba y muchos patriotas habían abandonado la manigua, como los Maceo y Guillermón, ante la carencia de armamentos con que combatir.

Gravemente enfermo, el general Calixto cayó en poder de los españoles el 3 de agosto de 1880. Peor suerte corrió el también general Goyo Benítez, asesinado a machetazos por fuerzas españolas y enterrado a flor de tierra en la Loma del Haitial, jurisdicción de Manzanillo.

El último jefe mambí en la manigua, Emilio Núñez, depuso las armas el 3
de diciembre de ese año tras obtener la libertad de todos los esclavos.

Causas del fracaso

Sin recursos para fletar una expedición, desesperado, Maceo se quedó esperando en Jamaica por una nave prometida que nunca fue a recogerlo. (Foto: Autor no identificado)
Sin recursos para fletar una expedición, desesperado, Maceo se quedó esperando en Jamaica por una nave prometida que nunca fue a recogerlo. (Foto: Autor no identificado)

Una artera propaganda de los colonialistas y los malos cubanos hizo aparecer a la contienda como una guerra de razas al sobredimensionarse a través de la prensa la existencia de cubanos negros y mulatos en la jefatura de la insurrección. Los cubanos de la emigración cayeron en dicha trampa y no priorizaron la llegada de Antonio Maceo a tierra cubana, lo que hubiera significado una afluencia considerable de patriotas a las filas insurrectas.

Sin recursos para fletar una expedición, desesperado, Maceo se quedó esperando en Jamaica por una nave prometida que nunca fue a recogerlo. En esa isla vio cómo la contienda terminaba. 

Muchos quisieron ver a la Guerra Chiquita como una derrota monumental del independentismo cubano. José Martí sí valoró correctamente esta contienda como una experiencia necesaria que evidenció a los cubanos sus principales errores y la forma de subsanarlos. A partir de esta experiencia, demostró que solo era posible la victoria si se contaba con un partido que unificara a los patriotas cubanos y los organizara para la lucha. La unidad entre los cubanos se convirtió en la tarea principal del Apóstol y en su legado a las futuras generaciones de revolucionarios.

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Fuentes consultadas

Los libros La Guerra Chiquita, una experiencia necesaria, de Francisco Pérez Guzmán y Rodolfo Sarracino; Cuba, La forja de una nación, de Rolando Rodríguez, y Las guerras de independencia y las transformaciones estructurales 1868-1898, del Instituto de Historia.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García