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Publicado el 4 Septiembre, 2019 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

ÁNGEL DEL CASTILLO AGRAMONTE

La Tempestad a caballo

A 185 años de su nacimiento y 150 de su caída en combate, aquel caudillo de las cargas estupendas sigue siendo un paradigma para los cubanos

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Cubanos y españoles admiraron en Ángel del Castillo su coraje y valor. (Crédito: Autor no identificado).
Cubanos y españoles admiraron en Ángel del Castillo su coraje y valor. (Crédito: Autor no identificado).

Su fama de corajudo, de exhibir un arrojo sin límites en el campo de batalla, trascendió de los llanos de su Camagüey y se extendió por toda la geografía nacional. Máximo Gómez, tan parco en elogios, le calificaba de “loco sublime” y en carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, cercano colaborador de José Martí, el 20 de agosto de 1892, confesaría: “cuanto pude saber de aquel cubano imponente y dotado de un valor temerario, fue de referencias; pero sí, recuerdo que comentamos sus hechos asombrosos.

Decía yo, ¡qué lástima que ciertos hombres no puedan sobrevivir para ejemplo perpetuo de los demás que no se atrevan!”.

Ángel del Castillo Agramonte, según la historiografía tradicional, nació el 14 de agosto de 1834 en la ciudad de Puerto Príncipe (Camagüey). Durante mucho tiempo se creyó que su casa natal estaba ubicada en la calle Cisneros esquina a General Gómez, en la que hoy existe una tienda de aseo, pero el investigador Dayán Rodríguez, descendiente del héroe y estudioso de su vida, asegura que esa vivienda era de un familiar cercano, donde, ya adulto, del Castillo residió algunos años.

Sabemos que la familia del futuro general del Ejército Libertador era dueña de haciendas y propietaria de esclavos. Otro descendiente del héroe, el periodista Ángel González, afirma que sus antepasados poseían el ingenio Santa Isabel, 14 kilometros al nordeste de la ciudad de Camagüey, el cual estaba en proceso de modernización con maquinarias compradas en Norteamérica en el momento de estallar la Guerra del 68.

Con solo 19 años Ángel embarcó para los Estados Unidos para estudiar Cirugía Dental. Se graduó en 1858. Al regresar a Cuba, tras varios tropiezos con las autoridades coloniales para revalidar su título, este le fue reconocido.

La guerra

Como muchos cubanos de su época, lo dejó todo: familia, bienes materiales, en pos de la independencia patria. Estuvo entre los 76 camagüeyanos que en Las Clavellinas iniciaron la insurrección en esa provincia el 4 de noviembre de 1868. Veinticuatro días después tuvo una participación destacada en el combate de Bonilla donde compartió riesgos con su pariente Ignacio Agramonte, quien tuvo allí su bautismo de fuego. Luego con 20 hombres, cuenta la tradición, del Castillo asaltó exitosamente el tren de Nuevitas a Puerto Príncipe.

Al reorganizarse el Ejército Libertador en abril de 1869, después de finalizada la Asamblea de Guáimaro, lo designaron con el grado de general, jefe de la Segunda Brigada de la división del Camagüey, que estaba bajo el mando del Mayor. Al siguiente mes apoyó el desembarco de la expedición del coronel Rafael de Quesada en la bahía de La Guanaja (costa norte de la provincia), quien en el vapor El Salvador trajo unas 1 000 armas largas y más de 150 000 cartuchos, entre otros pertrechos.

Comenzó entonces a tejer su leyenda. El 12 de junio de 1869 enfrentó en un lugar conocido como Las Mercedes a una tropa española que le duplicaba en armas y hombres. Ese mismo día, en el potrero de la Caridad, también en las cercanías de la ciudad de Camagüey, partes militares mambises y españoles insisten en consignar otro combate entre efectivos peninsulares y los aguerridos mambises, con Ángel del Castillo al frente, quien había devenido verdadera pesadilla para las autoridades coloniales. Fue entonces que empezaron a llamarle “La Tempestad a caballo”.

Pitajones

El 20 de julio siguiente, al brigadier mambí Honorato del Castillo, jefe de la División de Sancti Spíritus, mientras transitaba por un camino próximo a su campamento, a orillas del Arroyo Naranjo, cerca de Morón, lo sorprendió una avanzada española que lo asesinó alevosamente. Ángel, a quien no le unía parentesco alguno con el fallecido hasta donde sepamos, le sustituyó en ese mando y ante sus subalternos juró que vengaría el crimen.

Cumplió su promesa. El 13 de agosto, el teniente coronel ibérico Ramón del Portal, asesino del brigadier Honorato, marchaba desapercibido con sus 300 hombres procedente del puerto de Júcaro cuando en un sitio, a unos 15 km al sur-suroeste de Ciego de Ávila, cercano al batey de Pitajones, una sorpresiva acometida mambisa, encabezada por el tempestuoso camagüeyano, diezmó y dispersó a la columna peninsular, que dejó más de 30 muertos en el lugar. El jefe hispano fue aprehendido y, tras un juicio sumario, fusilado.

Lázaro López

Monumento que marca el lugar de su caída, en Lázaro López. (Crédito: the seattle times)

Ubicado a unos 16 kilometros al noroeste de Ciego de Ávila, el potrero de Lázaro López devino punto estratégico para la España colonialista, que construyó allí una fortificación. El 9 de septiembre de 1869, Del Castillo decidió atacarlo. Se cuenta que, con su proverbial ausencia de miedo ante el fuego enemigo, avanzó hasta subirse en lo alto de una trinchera española y retó a sus adversarios gritándoles: “¡Vengan a ver cómo muere un general cubano!”. Una andanada de balas lo hirió mortalmente. Sus hombres rescataron su cuerpo y decidieron retirarse. El último en abandonar el campo de batalla, tras reagrupar a los efectivos independentistas, fue el entonces capitán Serafín Sánchez, luego general mambí.

Pasó el tiempo. La tradición oral no dejó morir a Ángel del Castillo y sus hazañas fueron una y otra vez relatadas en las tertulias de los patriotas. Vino la Guerra del 95 y, desde Mangos de Baraguá, Maceo inició su marcha hacia occidente. Gómez se le había adelantado; tras insurreccionar el Camagüey, se internó en suelo villareño. Luego regresó a territorio avileño para encontrarse con su mejor discípulo. El 29 de noviembre de 1895, el dominicano ordenó acampar a los más de 1 500 valientes que venían desde Oriente con el Titán con los más de 2 000 que encabezaba Serafín Sánchez ante las ruinas del antaño fuerte ubicado en la finca de Santo Tomás, del barrio de Lázaro López.

No era de extrañar el sitio escogido para la parada militar y partida del recién constituido Ejército Invasor, como reflejaría años después en sus memorias el general mambí Enrique Loynaz del Castillo; a aquel lugar lo había consagrado la caída en combate del “caudillo de las cargas estupendas, al que llamaron la tempestad a caballo”.

Gómez recalcaría la significación de ese sitio sagrado en su alocución a la tropa mambisa: “Del polvo de estas ruinas, que recibieron el último aliento del denodado Ángel del Castillo, recojamos la inspiración heroica que multiplica nuestro valor frente a todos los valladares y nos impulsará, a rienda suelta, sobre los opresores de Cuba hasta abrevar nuestros corceles en las aguas del Almendares”.

Fuentes consultadas
El Diccionario Enciclopédico de Historia militar de Cuba. Los libros Hombres del 68, de Vidal Morales; Memorias de la guerra, de Enrique Loynaz del Castillo; y La Guerra de los Diez Años en Ciego de Ávila, de Héctor Izquierdo. Los textos periodísticos El nacimiento de una era, de Félix Jorge Guerrero y Sixto Espinosa, y The tragic story of Ángel del Castillo y Agramonte and Cuba’s struggle for freedom, de Ángel González


Pedro Antonio García

 
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