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Publicado el 4 Octubre, 2019 por ACN en Historia
 
 

Batalla de Ceja del Negro,

Victoria trascendental del Titán de Bronce

Las bajas españolas fueron de alrededor de 500, prácticamente un batallón completo entre muertos y heridos, en una sola batalla, lo que permite calcular la fulminante derrota que esperaba a las tropas de la metrópoli de haberse podido cumplir con los planes de Maceo y Gómez de librar batallas decisivas en la región occidental

Mambises carga al machete con bandera cubana

 

Por Jorge Wejebe Cobo

A principios de 1896, el Lugarteniente General Antonio Maceo se encontraba en Pinar del Río con alrededor de dos mil hombres y la prensa integrista vaticinaba el fin de la insurrección armada por la llegada del nuevo Capitán General, Valeriano Weyler, y un contingente de 20 mil soldados.

Sin embargo, el refuerzo no pudo evitar una de las derrotas más importantes que sufrió el mando colonial en Ceja del Negro, en Vueltabajo,  el cuatro de octubre.

Los antecedentes de esta histórica batalla se remontan a las decisiones del Titán de Bronce, quien al conocer sobre el arribo de Weyler concibió una ofensiva contra las columnas que se le enfrentarían directamente en su paso hacia La Habana y presentaría, junto al Generalísimo Máximo Gómez, combate al nuevo enviado de la metrópoli y sus tropas.

Esa estrategia, en los meses siguientes, obligó al enemigo a refugiarse en los pueblos y comarcas fortificadas de Vueltabajo, mientras los cubanos eran dueños de los campos y la serranía, situación que no pudo cambiar Weyler quien se dedicó principalmente a organizar la criminal reconcentración y establecer su sistema de trocha del Mariel a Majana.

Una circunstancia sería infausta para los españoles en Ceja del Negro: la llegada  de una providencial expedición como apoyo a los mambises poco antes de la batalla,  al mando del patriota puertorriqueño Juan Rius Rivera, que trajo además de un contingente de patriotas, armas, municiones y una pieza de artillería neumática de 100 milímetros.

En la región de Viñales varias columnas hispanas de las tres armas, que sobrepasaban ampliamente al Ejército Libertador,  se aprestaban a cerrar el camino a las tropas de Maceo y desalojarlas  de sus posiciones en las elevaciones.

Una de las primeras acciones  de la batalla  ocurrió cuando  una fortificación española, cerca del camino entre Viñales y Pinar del Río, voló por los aires junto con un pelotón de soldados  al recibir un impacto directo del cañón mambí, para convertir la posición en un amasijo de restos ensangrentados, escombros y heridos clamando por ayuda.

Sobre la pieza artillera cubana cayó un fuego sistemático y el cañón solo se pudo salvar por la valentía de sus servidores, que lo retiraban de las posiciones más amenazadas para luego volver a castigar al enemigo.

Sitio histórico Ceja del Negro

Sitio histórico Ceja del Negro

Las fuerzas independentistas  ocuparon un macizo elevado llamado Ceja del Negro, contra el cual avanzaban columnas españolas de las tres armas que superaban ampliamente a las huestes insurrectas.

En los momentos más comprometidos de la batalla, Maceo reinstauró el orden cuando parecía que las vanguardias hispanas remontarían las posiciones criollas, lo que hizo a los colonialistas retirarse y atacar a la impedimenta mambisa refugiada en una cañada cercana, con alto saldo de muertos y heridos, la mayoría mujeres y niños.

Pero la infantería de los insurrectos les hizo pagar caro esas bajas y fulminó a los atacantes desde posiciones camufladas en la espesa vegetación de Ceja del Negro.

Las bajas españolas fueron de alrededor de 500, prácticamente un batallón completo entre muertos y heridos, en una sola batalla, lo que permite calcular la fulminante derrota que esperaba a las tropas de la metrópoli de haberse podido cumplir con los planes de Maceo y Gómez de librar batallas decisivas en la región occidental.

Fue esta una de las últimas hazañas militares del Titán de Bronce antes de caer en combate el 7 de diciembre del propio año en San Pedro, a unos siete kilómetros al sudoeste de Punta Brava, en La Habana, dejando tras de sí además de la gloria de sus innumerables batallas ganadas, el legado imperecedero de su ideal de intransigencia revolucionaria y antiimperialista que acompañan hasta nuestros días a los cubanos.


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