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Publicado el 10 Mayo, 2020 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CELIA SÁNCHEZ MANDULEY

Consagración total a la Revolución

Pasión, sensibilidad, entrega, características de esta mujer excepcional cuyo nacimiento, acaecido un 9 de mayo, conmemoramos en su centenario

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: OFICINA DE ASUNTOS HISTÓRICOS (OAH) DEL CONSEJO DE ESTADO

Celia joiven

La joven Celia no parecía tener miedo.

Sus hermanas la recuerdan como una muchacha muy alegre y de espíritu inquieto, que alcanzaba casi siempre todo lo que se proponía. Parecía no conocer el miedo, a excepción de la fobia que sentía por los guayabitos. Una de esas noches en que el padre, el doctor Sánchez Silveira, no estaba porque como médico había tenido que acudir a una urgencia, una hermana de la Heroína vio a un hombre deambulando por las afueras de la casa. Celia tomó una pistola y salió al patio. Durante mucho tiempo se comentó en la familia la huida estrepitosa del merodeador al ver ante sí a aquella muchacha delgada y menuda, decidida a accionar el arma que portaba si fuera necesario.

Desde niña le gustaba cocinar. Cuando jugaba a las muñecas, les hacía arroz blanco y boniato hervido. Luego aprendió a confeccionar platos difíciles. Se hizo una especialista en la preparación de ensaladas. Según su amiga Berta Llópiz, “las ponía tan bonitas, que a uno le daba pena servirse y estropear aquella belleza”. Era también una repostera brillante. La venta de sus dulces sirvió en un principio para financiar obras benéficas, después, para necesidades de la Revolución. Su receta favorita era la del cake volteado o boca abajo, como ella le llamaba.

Casa natal de Celia Sánchez en Media Luna, provincia de Granma.

Casa donde nació en Media Luna, el 9 de mayo de 1920.

Su otra gran pasión eran las flores. Rodeó la casa de Pilón con una cerca de pascuas e hizo traer de la Sierra orquídeas silvestres. Logró buganvillas azules, mandarinas y blancas, aunque su flor preferida era la mariposa. Todas las mañanas seleccionaba algunas para engalanar sus búcaros.

Poco conocida es su afición por el béisbol. Cada vez que visitaba La Habana se iba para el estadio del Cerro para ver a su equipo, el Almendares. Ya con la Revolución en el poder, no tenía mucho tiempo para seguir las series nacionales, aunque simpatizaba con los equipos de las provincias orientales.

Militante de la ortodoxia

Celia con su padre.

Con su padre, el doctor Sánchez Silveira.

Supo de las desigualdades existentes en su país cuando al acompañar a su padre en sus continuos viajes a la serranía para atender a enfermos, constató la miseria y la pobreza de los montunos, cuyos hijos, escuálidos y llenos de parásitos, apenas sobrevivían más allá de la infancia. Creyó poder remediar la situación con obras de caridad, recogiendo donaciones en tómbolas y rifas, pero pronto se percató de que se requerían cambios profundos, una transformación radical de la sociedad.

Eran tiempos en que Cuba vivía en el espejismo de la democracia representativa, del cual no fue inmune ni el movimiento comunista. La posibilidad de que llegara al poder un Gobierno honrado, liderado por Eduardo Chibás y el Partido Ortodoxo, que predicaban la honestidad administrativa, la independencia económica y la justicia social, llevó a Celia a ingresar junto con su progenitor en esa organización política. Una asonada militar evidenció en una madrugada cuán vulnerable era aquella república, que apenas pudo defenderse. Ni el gobernante del Autenticismo ni la opositora Ortodoxia demostraron estar a la altura del momento histórico y solo atinaron a inútiles panfletos donde protestaban por la interrupción del ritmo constitucional. Y Fulgencio Batista instauró una dictadura en la que imperaron la tortura y la ley de fuga.

Casa de los Sánchez en Pilón, donde vivieron desde 1940.

Casa de los Sánchez en Pilón, donde vivieron desde 1940.

Millo Ochoa, quien había asumido la jefatura de la Ortodoxia tras la muerte de Chibás, fue a verla a su casa en Pilón para proponerle participar en un levantamiento armado contra el régimen. Según Griselda Sánchez Manduley, hermana de la Heroína, “ella empezó a palabrear con algunos conocidos y gente amiga nuestra en Pilón, Campechuela, Media Luna y Niquero, como Monguito Pérez, Moncho Galiano y Ferrón”. La supuesta sublevación nunca se produjo. Añadía Griselda: “Celia fue a buscarlo a Camagüey, pero al llegar al lugar de la cita, se percató de que la casa estaba tomada por la Policía”. De regreso a Manzanillo, intentó una nueva entrevista con el político, que nunca se realizó.

Los moncadistas

Como muchos en aquella época, los sucesos del 26 de julio de 1953 fueron una conmoción para Celia al evidenciar la existencia de un grupo de jóvenes dispuestos a encarar la insurrección popular armada hasta las últimas consecuencias. No es de extrañar que se trasladara inmediatamente a la gran urbe oriental para contactar con los protagonistas de la acción. De acuerdo con el testimonio del moncadista Lester Rodríguez, “ella fue a visitar a dos compañeros heridos durante el asalto que se encontraban en [la clínica de] la Colonia Española, a quienes había salvado el doctor Posada de ser asesinados”.

Junto con su hermana Griselda (derecha) y Marta Lazco, una amiga.

Junto con su hermana Griselda (derecha) y Marta Lazco, una amiga.

Tras una farsa de juicio, los revolucionarios fueron sentenciados a distintas penas de cárcel. Años después relataría Celia: “Estando Fidel y los demás compañeros en prisión, nosotros hicimos una organización, Movimiento Revolucionario Masó, y recogimos fondos para los presos en Isla de Pinos”. También ideó hacer dulces para engrosar la recaudación. Su amiga Berta Llópiz, le confesaría al redactor de estas líneas: “Contrató a un muchacho para la venta. El salía a las diez de la mañana y al mediodía ya no le quedaban. Volvía de nuevo a las tres de la tarde y lo mismo, todo el mundo le compraba, desde los obreros del central hasta la gente de dinero”.

Cuando supo que a unos moncadistas artemiseños los habían trasladado para el Castillo del Príncipe, pues la tiranía quería involucrarlos en otras causas judiciales, viajó a La Habana. Según su hermana Griselda, “la noche anterior a la visita de los presos, le sacamos picadura a varios cigarros por las puntas, enrollamos pequeñas papeletas en las que iban escrito un mensaje, las metíamos en medio del cigarro, reponíamos la picadura y quedaban perfectos. En el Príncipe dimos los nombres cambiados y nos presentamos como familiares de encarcelados. Ignoro qué decían los mensajes, era Celia quien los escribía”.

Para el moncadista y futuro expedicionario del Granma José Ponce, constituyó una sorpresa aquel día de visita: “Celia me trae cigarros y me dice: ‘en esa caja hay un mensaje’. Adentro despalillamos los cigarros y el problema era que quería entregar una pistola a alguien de confianza nuestro aquí en La Habana. Nos siguió visitando y le escribimos a Pilón”.

Celia en Manzanillo, a finales de 1956.

Celia en Manzanillo, a finales de 1956.

No más supo de la excarcelación de Fidel y sus compañeros, Celia se trasladó a La Habana. Pero no pudo contactar con ellos. A mediados de 1955, según testimonio escrito de la propia Heroína, Manuel Echevarría fue a Pilón “para la cuestión del Movimiento 26 de Julio, ya como organización, y me pidió ir a Santiago a ver a Frank”. Echevarría, fundador del Movimiento en Manzanillo, aseveró al autor de este trabajo que no recibió orientación alguna, con respecto a incorporarla, ni de Santiago ni de La Habana. “Ferrón, dirigente de la Ortodoxia en Niquero, nos habló de ella. Fue una iniciativa nuestra ir a Pilón”.

Echevarría llevó a Celia a casa de Micaela Riera, primera financiera del M-26-7. “Desde entonces y hasta el 30 de noviembre de 1956 trabajamos juntas en cosas de Revolución”, expone esta última. Y prosigue: “Ella no tuvo cargos en el Movimiento (en Manzanillo) y resultó que era ella quien nos organizaba a todos. Sin imposiciones, daba sugerencias a través de preguntas –¿no creen ustedes que sería mejor…?–, y nos convencía. Pero ante todo era muy optimista, nunca he visto una persona más optimista que ella. Una vez pasábamos frente al cuartel, a mí me da por mirar para dentro, y veo los cañones, las armas. Y le digo: ‘¿Tú crees que nosotros, cuatro gatos y sin un quilo, podamos con toda esta gente?’. Y ella me dijo: ‘Los tumbamos, Mica, tú verás que los tumbamos. La gente contribuye poco porque tiene miedo, pero que tumbamos a Batista, tú verás que sí’. Y así fue”.

La madrina de la guerrilla

Era el 5 de diciembre de 1956 y no había noticias aún de los expedicionarios del Granma. Celia decidió ver a Frank País con el fin de coordinar planes futuros. Para burlar la persecución policíaca, se cortó el pelo, se hizo melena y cerquillo y se vistió con una bata de maternidad, ya que se había colocado alrededor de la cintura una barriga postiza confeccionada en tiempo récord. Acompañada por Geña Verdecia, quien trabajaba como doméstica en casa de Micaela Riera, partió para Santiago de Cuba en guagua.

El ómnibus se detuvo en el cuartel de El Cobre para que los guardias lo registraran y, de paso, chequear a los pasajeros. Un soldado le ofreció café al chofer. “¿Y al pasaje, no?”, protestó la “embarazada”. “Bueno, también”, le sonrió el uniformado. Geña, aunque se quería morir, comenzó a descender de la guagua junto con Celia. En la cocina del cuartel, buscaron un taburete. La trataron como si fuera de cristal. “No se recueste, que eso es peligroso, se puede caer”. Mientras colaban café, a los soldados se les soltó la lengua y hablaron de la persecución de que eran objeto los expedicionarios. Celia tomaba nota mentalmente de las indiscreciones. Al reanudar la guagua el viaje, le susurró a Geña en el oído: “No han mostrado su cadáver. Fidel está vivo y no ha sido capturado”.

A mediados de octubre de 1957 se incorpora definitivamente a la guerrilla

El 19 de noviembre llegó Mongo Pérez a Manzanillo con la noticia de que el máximo líder del M-26-7, Raúl y otros combatientes estaban a salvo entre gente amiga de la Sierra. Celia le entregó 267 pesos para ellos. Pocos días después despachó a Geña Verdecia y a otros dos militantes del Movimiento hacia el lomerío con 300 balas y nueve cartuchos de dinamita. No se detuvo. Sus envíos para la naciente guerrilla se hicieron constantes e incluso expidió al primer refuerzo: 11 combatientes seleccionados y pertrechados por ella.

A tal punto Manzanillo se convirtió en la retaguardia del núcleo inicial del Ejército Rebelde, que Raúl le confesó en un mensaje: “Tú te has convertido en nuestro paño de lágrimas más inmediato y por eso todo el peso recae sobre ti, te vamos a tener que nombrar Madrina Oficial del destacamento”.

La guerrillera

A finales de abril de 1957 se incorporó a la guerrilla durante varias semanas. El 28 de mayo, como integrante del pelotón de la comandancia, combatió en El Uvero, M-1 en ristre. Como solía decir el historiador Pedro Álvarez Tabío, Celia tiene el mérito histórico de haber sido la primera mujer combatiente del Ejército Rebelde y de haberlo hecho bien.

Pocos días después de esa acción, Fidel la envió de nuevo al llano con la misión de realizar importantes tareas. Esta resultó la etapa de mayor peligro, pues a la ya implacable persecución contra ella se sumó la traición de un expedicionario del Granma, quien delató a muchos de los colaboradores del Movimiento. La Heroína cumplió cabalmente con todas las encomiendas y a mediados de octubre de 1957 Fidel y la Dirección Revolucionaria determinaron su incorporación definitiva al Ejército Rebelde.

Celia Junto a Fidel, en los primeros días después del triunfo.

Junto a Fidel, en los primeros días después del triunfo.

Sobre esta nueva etapa suya como guerrillera, afirmaría Manuel Echevarría: “Prácticamente asumió la responsabilidad de jefa del Estado Mayor del Comandante en Jefe. A través de ella circulaban todas las órdenes, las trasmitía y las ejecutaba”.

Sensibilidad y entrega

Como subrayara más de una vez Armando Hart, a Celia no debemos verla solo como la gran heroína en la guerra, también lo fue en la paz, tras el triunfo revolucionario de 1959: “lograba unir con eficacia sus responsabilidades administrativas y políticas, su trabajo junto a Fidel, con un estrecho, cotidiano y sistemático contacto popular. Nunca relegó a un plano de segundo orden el interés de su nexo inmediato con la población […] Es más, los días en que grandes problemas nacionales e internacionales tenían que absorber inevitablemente la atención de Fidel, Celia desarrollaba con mayor pasión su comunicación popular. Y esto servía de manera importante a que el Comandante en Jefe pudiera conocer en todo instante lo que el pueblo sentía y quería”.

Celia cortando caña

Cortando caña.

Manuel Echevarría coincidía con ese criterio: “Era capaz de acordarse de cada uno de los combatientes, de cada uno de los guajiros que cooperó en la guerrilla. Atendía, y esa es una virtud que siempre le agradece el pueblo, a cada una de la gente que le escribía y por lo menos, se preocupaba de que recibieran una respuesta. Una serie de obras sociales, artísticas y bonitas, fueron generadas y pensadas por Celia: el Parque Lenin, el Zoológico Nacional, la heladería Coppelia, la remodelación del Palacio de la Revolución… Ella hacía suyos los problemas del pueblo”.

“Apasionadamente humana y tierna”, gustaba describirla Armando Hart: “En su carácter se integraban la dulzura, el cariño, el afecto, la alegría de vivir […] No había problema humano por resolver, no había cuestión de interés revolucionario por abordar y en los que Celia pudiera intervenir, que ella, no lo hiciera con firmeza, con modestia, con decisión y también, con ferviente pasión revolucionaria”.

Celia Sánchez escribe

En 1976 matriculó la licenciatura en Ciencias Sociales.

Su sensibilidad se evidenció notablemente en la atención a los niños de la Sierra víctimas de la guerra, que quedaron huérfanos o mutilados. Más de 100 fueron ubicados en la granja infantil Sierra de Cojímar, que supervisó personalmente. Uno de ellos, Luis Menéndez, recordaría ante un cuestionario periodístico: “La relación con ella era maravillosa, se informaba diariamente del rendimiento académico, se ocupaba de nuestra ropa y calzado. Hoy me pregunto de dónde sacaba tanta ternura, tanta bondad, cómo tenía tiempo para tantos detalles, era tan humana, tan receptiva”. Y una de las entonces niñas, Teresita Lamorú, añadía: “No se olvidaba de nada, recordaba las características de cada uno de nosotros, se detenía a explicarnos lo que nos convenía en el vestir… Siempre se fijaba en cómo nos maquillábamos, nos aconsejaba, era así para todos y el menor de los detalles”.

La Heroína predicaba con el ejemplo y en 1976 matriculó la licenciatura en Ciencias Sociales. A pesar de su intenso trabajo y problemas de salud, venció todas las asignaturas de los tres primeros años de la carrera –y el semestre inicial del cuarto curso académico–, con excelentes resultados. Lamentablemente, la vida no le alcanzó. Su fallecimiento, el 11 de enero de 1980, le impidió graduarse en el verano de ese año. No obstante, post mortem se le expidió su título de graduada.

A cuatro décadas de su desaparición física, Celia nos deja, a la vez, una enseñanza y un ejemplo a seguir. Como solía decir Hart, ella tenía “del poder y la autoridad, el sentido de la creación. No concebía utilizarlos para medrar o acomodarse. Gustaba sí, de emplearlos, pero para construir y crear. El poder y la autoridad pueden usarse a forma de acomodo y de medro, o pueden utilizarse como instrumento de creación en favor del pueblo. Ella los empleaba para crear, para construir, para hacer una obra de beneficio colectivo, para dejar una huella duradera en la historia; para dar un paso de progreso y de felicidad para el pueblo”.

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Fuentes consultadas: Testimonios ofrecidos al autor de este trabajo por las hermanas de la Heroína (Silvia, Flavia y Griselda Sánchez Manduley, en 1990), Berta Llópiz (1990), Manuel Echevarría (1990 y 2005), María Antonia Figueroa (1990 y 2000), Lester Rodríguez (1990), Micaela Riera (1990) y Luis Menéndez, Eugenia Palomares y Teresita Lamorú (2000), para una serie de trabajos publicados en el periódico Granma: La joven Celia (11 de enero de 1990); Celia, sus inicios como combatiente (18 de febrero de 1990); Celia, (9 de mayo de 1990); Celia y los moncadistas (9 de mayo de 991); Apasionadamente humana y tierna (11 de enero de 2000); y Celia, mi compañera de aula (9 de mayo de 2000).  Documentos localizados en el Fondo Celia Sánchez y en el Depósito de Testimonios de la Oficina de Asuntos Históricos (OAH) del Consejo de Estado.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García