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Publicado el 18 Mayo, 2020 por Luis Toledo Sande en Historia
 
 

JOSÉ MARTÍ

Trayectoria que conduce a un testamento político

La ratificación de un antimperialismo fundador

Por LUIS TOLEDO SANDE

Entre 1875 y 1876, en México, Martí se familiariza más con la historia de los saqueos de ese país por parte del vecino del Norte. (Foto: Iconografía Martiana)

Entre 1875 y 1876, en México, Martí se familiariza más con la historia de los saqueos de ese país por parte del vecino del Norte. (Foto: Iconografía Martiana)

Sin haber tocado territorio de los Estados Unidos, ya José Martí rechazaba la sociedad allí instaurada. Contaba 18 años cuando, en 1871, en el que se conserva como su primer Cuaderno de apuntes, le dedicó a ese país, entre otras impugnaciones de peso, esta: “ellos vendían mientras nosotros llorábamos” (XXI, 15).*

Tras el 10 de octubre de 1868 los Estados Unidos no solo continuaron vendiendo pertrechos a España: también buscaron entorpecerle a Cuba su lucha, y no reconocieron su derecho a la independencia. Lo harían hipócritamente en 1898, para frustrarla.

El monstruo, de cerca y por dentro

Entre 1875 y 1876, en México, Martí se familiariza más con la historia de los saqueos de ese país por parte del vecino del Norte, que seguía amenazándolo con actos de agresión. En un artículo publicado el 27 de abril de 1876 en el diario Revista Universal y que se lee en la edición crítica (en marcha) de sus Obras completas, sostuvo: “La cuestión de México como la cuestión de Cuba, dependen en gran parte en los Estados Unidos de la imponente y tenaz voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material” (ed. cit., II, 276).

El conocimiento directo de la naciente potencia le propiciará seguir calando en sus ambiciones y males. Estuvo de paso unos pocos días de 1875 en Nueva York, y allí residiría de enero de 1880 a enero de 1895, salvo el lapso de su viaje a Venezuela, donde permaneció entre enero y julio de 1881, y recorridos posteriores por tierras de nuestra América y de los propios Estados Unidos en funciones conspirativas y de organización revolucionaria.

Aunque en ese país no pudo evadir la persecución española, que lo seguía por todas partes con ayuda estadounidense, halló en Nueva York un excelente mirador para escrutar la nación y su voracidad. Lo hizo con su cumplida voluntad de ser revolucionario dondequiera que estuviese, sin mengua de su condición –núcleo de su vida y sus ideas– de luchador por la independencia de su patria.

En diciembre de 1876, frente a quienes en México le recriminaban que se pronunciase sobre los peligros y las urgencias de ese país –que tanto quiso– declaró: “allá como aquí, donde yo vaya como donde estoy, en tanto dure mi peregrinación por la ancha tierra, –para la lisonja, siempre extranjero; para el peligro, siempre ciudadano” (VI, 373). Y en Guatemala, en carta del 27 de noviembre de 1877, escribió: “Yo nací en Cuba, y estaré en tierra de Cuba aun cuando pise los no domados llanos del Arauco” (VII, 111).

El 24 de enero de 1880, en el Steck Hall, de Nueva York, días después de su llegada a esa urbe ofreció públicamente la Lectura en que resumió su balance sobre el movimiento independista cubano hasta entonces, y esbozó luces que sabía necesarias para darle continuidad. Basta citar la máxima que 12 años después iluminará la orientación del Partido Revolucionario Cubano y su programa de guerra: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones” (IV, 193).

“Razones” de un equívoco

Podría reconocer logros de los Estados Unidos, y alabar a figuras relevantes de esa nación, sobre todo si encarnaban una orientación disidente de los rumbos de su sociedad. Pero estaba preparado para no encandilarse con lo que allí vería, aunque incluso con buenas intenciones se le ha atribuido deslumbramiento.

El equívoco parece “basarse” en lecturas desorientadas de la serie de tres crónicas de “Impresiones sobre los Estados Unidos” –como debería traducirse el título de sus “Impressions of America”, serie de tres crónicas que publicó en la revista neoyorquina The Hour los días 10 de julio, 21 de agosto y 23 de octubre de 1880 (XIX, 101-126, con las respectivas traducciones al español).

Esos textos los trata el autor de este artículo en “A Very Fresh Spaniard: personaje literario de José Martí”, recogido en su libro José Martí, con el remo de proa (1990). Ahora solo apunta que sobran razones para no confundir a Martí con un español que, recién llegado a esa ciudad –no era su caso– se asombra con lo que allí ve, lo cual remite al atraso de la metrópoli que Cuba sufría.

Pero no todo es entusiasmo en el peninsular. Desde el inicio de la primera crónica muestra una prudencia propia de Martí: “Estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño”. Y el saldo general de la serie está lejos de alabar la vida, signada por inequidades, de la ciudad emblema de los Estados Unidos.

Palabras del español ponen fin a la última crónica, y rematan las objeciones que recorren las tres: “Pasé por Madison Square, y vi a cien hombres robustos padeciendo evidentemente las angustias de la miseria. Se movían penosamente, como si desearan borrar de su mente sus pensamientos dolorosos–y todos se encontraban tirados sobre la yerba o sentados en los bancos, descalzos, hambrientos, ocultando su angustia bajo sus sombreros raídos”.

Si ya había hecho Martí serias impugnaciones a la sociedad estadounidense, seguiría reforzándolas. Entre septiembre de 1881 y mayo de 1882 sus envíos desde Nueva York para La Opinión Nacional, de Caracas –en especial sus juicios sobre los Estados Unidos–, le valieron discrepancias del director, Fausto Teodoro de Aldrey, y dejó de colaborar en ese periódico.

También en 1882, su primera crónica para La Nación, de Buenos Aires, fue cercenada por el director, Bartolomé Mitre Vedia. Este, en carta del 26 de septiembre –incluida en Papeles de Martí (Archivo de Gonzalo de Quesada) (III, 83-85)–, le informó que, de publicarse cómo la había escrito, podía pensarse que con ella “se abría una campaña de denunciation contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social”. Nada menos.

Tropiezos y verdades

Al empresario venezolano y al argentino los alarmaban los juicios de Martí, como este de la crónica publicada el 26 de noviembre de 1881 en La Opinión Nacional: “Una aristocracia política ha nacido de esta aristocracia pecuniaria” (IX, 108), sobre lo cual se extendió en impugnaciones. Y, aunque mutilada, la crónica de su estreno en La Nación (IX, 315-327) permite inferir el alcance del original, con solo ver lo que de ella pasó al rotativo.

Luego de renunciar a la tribuna caraqueña, y consciente de la importancia de la bonaerense, Martí se las arregló para seguir colaborando en esta última sin traicionarse, sin dejar de hacer severas impugnaciones a la realidad estadounidense. Cuando ya el gran poeta era un corresponsal conocido en el ámbito de la lengua española –con alto reconocimiento de autores como Domingo Faustino Sarmiento y Rubén Darío, distante de él el primero, cercano el segundo–, se permitiría arremeter aún más a fondo.

El tropiezo con Mitre parece recordarlo en la crónica publicada el 17 de mayo de 1888 en su diario, cuya voz asume para expresarse: “Se ve ahora de cerca lo que La Nación ha visto, desde hace años, que la república popular se va trocando en una república de clases”. Y así resume el rumbo de “una nación […] arrebatada por un concepto premioso y egoísta de la vida” (XI, 325).

En 1889 tendría aún más razones y ocasión para denunciar planes de la emergente potencia imperialista. Lo ayudaron –y los aprovechó sin dejarse atrapar por ellos– los intereses de Argentina, que mantenía con Inglaterra sus mayores vínculos económicos y comerciales. Tácticamente estaba convencido de que a nuestra América le convenía priorizar nexos con naciones que, más lejanas que los Estados Unidos, podrían necesitarla menos en sus planes, aunque –también escribió– “en lo futuro […] corremos el riesgo de que se combinen en nuestra contra las naciones rivales, pero afines,–(Inglaterra, Estados Unidos)” (XXII,116).

No sería por casualidad que, sin haberlos visitado siquiera –nunca lo hizo–, llegó a ser cónsul a la vez, y en Nueva York, de Argentina, Uruguay y Paraguay. La Nación dispuso sus páginas para que se despachara en críticas, a fondo, sobre el Congreso Internacional (1889-1890) y la Comisión Monetaria (1891) que los Estados Unidos patrocinaron en Washington. Sobre ambos desplegó una activa campaña periodística, y en la segunda, además, representó oficialmente a Uruguay.

El anfitrión concentró en el Congreso maniobras para atar por medio del comercio a los países de nuestra América ya independientes, y con la Conferencia intentó imponerles el dólar como moneda única, un paso hacia lo que llegaría a ser y en gran medida sigue siendo el dólar, la moneda del mundo. No da espacio el artículo para abundar en el quehacer de Martí entonces, pero no cabe menguar su importancia, ni un hecho de especial significado para quien llegaría a encabezar el movimiento patriótico cubano.

Advertencias clarísimas

Desde antes daba en ello pasos que interrumpió, entre 1884 y 1887, para no interferir en el plan que a la sazón intentaba promover Máximo Gómez acompañado por Antonio Maceo. Y si en 1887 retomó sus pasos, el foro iniciado en 1889 le mostró que urgía preparar la guerra salvándola de las maniobras de los Estados Unidos, cuyo afán de sustituir a España en la posesión de Cuba sería apoyado por anexionistas y autonomistas, y, llegado el momento, por la propia España.

Martí lo sabía, y de ahí sus advertencias –implícitas o abiertas– en varias cartas y en textos publicados como los que escribió para plasmar los fines del Partido Revolucionario Cubano, que el 10 de abril de 1892 se proclamó constituido. El primer artículo de sus Bases (I, 277-280) precisa: “se constituye para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.

Táctico, el séptimo traza: “cuidará de no atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales”.

Leyendo a saltos, vale ir por derecho hasta “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”, texto dado en el Patria del 17 de abril de 1894: “En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,–mero fortín de la Roma americana;–y si libres–y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles–hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”.

Manifiesto de Montecristi. Facsímil de la hoja suelta en que circuló, y del primer folio del manuscrito martiano. (Foto tomada de la edición facsimilar del Manifiesto)

Manifiesto de Montecristi. Facsímil de la hoja suelta en que circuló, y del primer folio del manuscrito martiano. (Foto tomada de la edición facsimilar del Manifiesto)

El 25 de marzo de 1895, ya Cuba en guerra desde el 24 de febrero anterior, fecha Martí el documento –escrito por él– que se conocerá como Manifiesto de Montecristi y que, primer programa público de la gesta, aborda las relaciones internacionales: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”.

Añade líneas que ratifican el significado que tendría Cuba como “la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”. Lo menciona asimismo en otros textos, como la carta del propio 25 de marzo de 1895 a Federico Henríquez y Carvajal. Pero tiene un valor particular que esté explícito en un documento público y fundamental del Partido y de la guerra, y con el lenguaje cuidadoso habitual en él, pero no precisamente de modo indirecto.

Cuanto había hecho, y haría

En el Diario de campaña de Martí se hacen menciones (2, 3 y 4 de mayo) a la entrevista con el corresponsal de The New York Herald, Eugene Bryson. (Foto tomada de la edición facsimilar del Diario)

En el Diario de campaña de Martí se hacen menciones (2, 3 y 4 de mayo) a la entrevista con el corresponsal de The New York Herald, Eugene Bryson. (Foto tomada de la edición facsimilar del Diario)

A inicios de mayo concede en campaña una entrevista al corresponsal del poderoso diario The New York Herald. Recelaba de este, que era vocero de las aspiraciones imperialistas, pero hallaba en él una vía para dirigirse al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos, y tuvo el cuidado de que el corresponsal se comprometiera a facilitarle a Patria la publicación del texto original.

Gracias a que este último lo difundió se conoce su verdadero contenido, además de conservarse gran parte de las cuartillas del manuscrito, revisado por Martí, quien aplicó su sagacidad para enviar a los Estados Unidos un mensaje contrario a las pretensiones de ese país hacia Cuba. Pero el Herald publicó una versión mutilada y falseada, y por el modo como las tergiversó se aprecia que conocía las ideas martianas.

Como el diario publicó su versión el 19 de mayo de 1895, Martí no pudo hacer algo que previsiblemente habría hecho: leer la traducción y descubrir la adulteración de sus declaraciones. (Ver, del autor del presente artículo, “José Martí contra The New York Herald. The New York Herald contra José Martí”, en José Martí con el remo de proa, citado.)

Le escribe al amigo mexicano Manuel Mercado, el 18 de mayo de 1895, la carta que la muerte le impidió terminar. (Foto. monografías.com)

Le escribe al amigo mexicano Manuel Mercado, el 18 de mayo de 1895, la carta que la muerte le impidió terminar. (Foto. monografías.com)

Martí piensa en la entrevista cuando le escribe a Mercado, el 18 de mayo, la carta que la muerte le impidió terminar, y que paró en manos del Ejército español. Un oficial de este, Enrique Ubieta, la dio a conocer, andando ya el siglo XX, en la revista habanera El Fígaro, y la incluyó en su Efemérides de la revolución cubana (vol. 4, 1920), ya con el facsímil del original, prueba de autenticidad por las ideas plasmadas y por la caligrafía y el estilo. La publicación tardía podría tener, entre otras explicaciones posibles, esta: la carta anunció un peligro consumado en 1898, la sumisión de España a los Estados Unidos para impedir la independencia de Cuba.

Citada aquí por Epistolario de José Martí (1993), para el que se cotejó con el facsímil aludido, la carta, donde se lee “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas;–y mi honda es la de David” – contiene esta otra declaración célebre: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Facsímil del folio inicial de la carta póstuma de Martí a Manuel Mercado. (Foto tomada del Folleto Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso)

Facsímil del folio inicial de la carta póstuma de Martí a Manuel Mercado. (Foto tomada del Folleto Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso)

Por los textos antes vistos –especialmente los publicados en vida de Martí– no cabe suponer que alude a sus conocidas y notorias preocupaciones con respecto a los Estados Unidos y su naturaleza voraz. Lo de “en silencio y como indirectamente” lo explicará un hecho: su guerra no era ya solo ni principalmente contra España, sino contra los Estados Unidos y sus ambiciones.

Se lo dice a Mercado al confesarle cuál entiende que es su deber: “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”, a lo cual añade: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.

Otras ideas básicas suyas adquieren igual carácter testamentario en una carta que sintetiza, en plena guerra, el pensamiento antimperialista de José Martí y su afán por impedir que se consumaran los planes expansionistas de los Estados Unidos.

* Números romanos y arábigos indican, respectivamente, tomo y paginación de las citas. Las de José Martí provienen, si no se advierte lo contrario, de la edición más disponible de sus Obras completas (La Habana, 1963-1966, con reimpresiones).


Luis Toledo Sande

 
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