0
Publicado el 13 Junio, 2020 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

DE NUESTRAS GESTAS INDEPENDENTISTAS

El Generalísimo y el Titán

A lo largo de poco más de un cuarto de siglo estos dos próceres compartieron riesgos y cargas al machete en la manigua cubana
Maceo y Gómez

Ilustración: Francisco Blanco

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Se conocieron en julio de 1870. Tras la muerte del mayor general Donato Mármol quedó vacante la jefatura de la División Cuba del ejército insurrecto en Oriente, la cual abarcaba las jurisdicciones de Baracoa, Guantánamo, Santiago de Cuba y El Cobre, y el gobierno mambí designó para ocuparla a Máximo Gómez, quien puso al mando del cuarto batallón de esa fuerza al entonces teniente coronel Antonio Maceo.

Al dominicano le acompañaba una bien merecida fama desde la hombrada de Pinos de Baire, en octubre de 1868, cuando a machetazos guio a los cubanos a una rotunda victoria contra una poderosa columna española. Pero nadie había advertido a sus nuevos subalternos sobre su temeridad. Al ordenar el ataque, con escasos pertrechos, a un bastión ibérico, un jefe de batallón se le encaró: “Con tres tiros por hombre no se lleva a nadie al matadero”. El futuro Generalísimo no replicó. Mandó a formar a la tropa, le dejó solo dos cartuchos a cada efectivo y poniéndose al frente, se lanzó contra el enemigo. Y tomó el fortín.

Años después, en la guerra del 95, durante la invasión a occidente, Gómez le comunicó a Maceo, antes de un combate, que solo se disponía de dos balas por soldado. “A mis hombres solo les basta el machete para vencer”, respondió el hijo de Mariana. Y la orden que recibió entonces fue precisa: “Pues, adelante, general, si se avista el enemigo, un tiro y al machete”.

En los Maceo 16 –en la actualidad, antes Providencia número 90- se crió el pequeño Marcos, padre, y en 1845 nació Antonio

Casa natal de Antonio Maceo en Santiago de Cuba, donde nació el 14 de junio de 1845. (Foto: autor no identificado)

Para Antonio, el dominicano siempre fue “el más capaz”, “el que ahoga la ambición mezquina con su gloria y su espada, más grande y más brillante que todos”. Por su parte, este último consideraba al Titán como su mejor discípulo y, usualmente parco en elogios, lo calificó como “el más bravo entre los bravos”, de “un valor loco e intrépido”. Miguel Varona Guerrero, su ayudante en el 95, más de una vez le escuchó decir con orgullo: “Dejen que Maceo se luzca”. A la vez, era común oírle al general Antonio ante decisiones de gran responsabilidad: “Vamos a consultar al Viejo”.

No es de extrañar que cuando Gómez preparaba la invasión a Las Villas, lo llamara a su lado. En la llanura camagüeyana compartieron peligros y cargas al machete en Naranjo-Mojacasabe, Las Guásimas, Nuevitas. Sufrieron en carne propia las intrigas de las camarillas y los prejuicios regionalistas que hicieron fracasar entonces el proyecto de llevar la guerra a occidente.

Maceo regresó a Oriente. Tras una larga separación, volvieron a verse en las vísperas del combate de Potrero de Mejía (1877), en el cual Antonio recibió cuatro impactos en el pecho y uno que le inutilizó para siempre la mano derecha. Días después, el Héroe de Pinos de Baire le escribió a un médico mambí: “Dile al amigo Maceo que me diga todo lo que quiera que haga por él, que ojalá un poco de mi sangre pudiera servirle de bálsamo prodigioso”.

No siempre coincidieron sus criterios. En los días del Pacto del Zanjón, el dominicano creía que la contienda estaba perdida ante tanta desunión e indisciplina. El santiaguero, entretanto, consideraba posible la continuación de la lucha porque España no podía aguantar una guerra de desgaste. Una mayor desavenencia la tuvieron en los años 80, cuando se unieron en un plan para iniciar una nueva insurrección y disintieron sobre estrategias por seguir. Se produjo una ruptura en sus relaciones. Pero Martí, quien también tuvo discrepancias con los dos, sabía de la plena identificación de ambos con la sagrada causa de la independencia. Y los incorporó, juntos, a su proyecto de guerra necesaria.

Máximo Gómez falleció en La Habana el 17 de junio de 1905. La foto le fue tomada días antes de su deceso. (Foto: autor no identificado)

De vuelta a la manigua, tras el levantamiento simultáneo del 24 de febrero de 1895, la Asamblea de Jimaguayú (septiembre de ese año) les otorgó grados de General en Jefe, para el Viejo, y Lugarteniente General, para su discípulo. El 22 de octubre siguiente, este último partía de mangos de Baraguá al frente de un contingente invasor para irrumpir en el oeste cubano. Entretanto, su maestro –quien campeaba por Camagüey desde junio–, cruzaba la Trocha de Júcaro-Morón y se adentraba en suelo espirituano. El 29 de noviembre se abrazaron en el potrero de Lázaro López y confraternizaron con orientales, camagüeyanos y villareños entre décimas y canciones.

Ya constituido el ejército invasor, batieron el cobre juntos en Mal Tiempo, Coliseo y Calimete. Cumplieron el viejo sueño de Céspedes de que los caballos mambises abrevaran en el Almendares. El santiaguero enrumbó hacia Pinar del Río. “Vaya usted, que yo me quedo aquí entreteniendo al enemigo. Es necesario que me quede cuidando la puerta”, lo despidió Gómez.

Maceo culminó la Invasión en Mantua, el 22 de enero de 1896. De regreso a la Habana, se reunió con el Generalísimo en la finca Borroto para diseñar la contracampaña con la cual enfrentarían al nuevo capitán general español, Valeriano Weyler. Y el 10 de marzo, en El Galeón, se darían el último abrazo.

El Lugarteniente General retornó a Pinar del Río. El Generalísimo partiría hacia el centro de la Isla. Hubo emoción en la tropa, según el general y cronista mambí José Miró Argenter, cuando se despidieron “los dos hombres extraordinarios que simbolizan la vida de la Revolución y el alma de la guerra”. Y en el último minuto, el Titán le hizo una recomendación al general Bernabé Boza: “Cuide bien al Viejo. Nadie como él defiende nuestra bandera”.

Fuentes consultadas: Los libros Crónicas de la guerra, de José Miró Argenter, y Mi diario en la guerra, de Bernabé Boza. La compilación Máximo Gómez en la independencia patria, de Bernardo Callejas. El Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García