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Publicado el 30 Junio, 2020 por Igor Guilarte Fong en Historia
 
 

Historia curiosa

Elogio a un cura ¿mambí?

Era un hombre de pueblo, un misionero devoto, un joven de 32 años, y un patriota cubano; apenas mencionado en la actualidad
El joven Francisco Esquembre resultó el único clérigo ultimado por los españoles en la gesta independentista. (Crédito: Autor no identificado)

El joven Francisco Esquembre resultó el único clérigo ultimado por los españoles en la gesta independentista. (Foto: Autor no identificado)

Por IGOR GUILARTE FONG

Momentos antes de ser fusilado, en medio de aquel ambiente de desolación frente a los verdugos, reiteró su imperturbable y magnánimo sentir: “Pido al cielo la bendición para Cuba y su bandera”. Su vía crucis había llegado al final. Y él lo sabía. Asaltado por la compresión de lo irremediable, en vísperas de su inminente adiós, ofrecía esa última e inequívoca lección como consuelo y mensaje para sus fieles.

Estremece imaginar cómo un condenado a muerte mantenga la entereza y el aplomo para dedicar sus últimas palabras a la patria, en lugar de reventar en llanto o implorar clemencia para salvar la vida. Si, con 32 años, tenía mucho por vivir. Era un hombre de pueblo, un misionero devoto, un joven valiente, un cubano patriota.

Los disparos profanaron el aire de Cienfuegos, el 30 de abril de 1870, señal de que se había cumplido una de las ejecuciones habituales en esos días convulsos de la guerra. Pero a la vez se trataba de un escarmiento inusitado. ¿Cuál habría sido el crimen para merecer la pena capital? ¿Quién era el sentenciado?

El padre Esquembre

José Francisco Esquembre y Guzmán nació el 28 de julio de 1838, en Santiago de Cuba. Allí cursó estudios en el Colegio Seminario de San Basilio El Magno –aún vigente– hasta que se fue a La Habana, donde recibió las sacrosantas órdenes en 1861. A la ciudad natal volvió para ejercer de capellán de coro de la Catedral y secretario del Cabildo; pero en 1864 fue cesado de sus funciones por el arzobispo provisional José Orberá y Carrión, distinguido por la ojeriza al clero criollo.

Dos años después, al retirársele la suspensión, Esquembre pudo ceñirse de nuevo la sotana y pasó a la diócesis de La Habana. En ese obispado se le nombró cura ecónomo de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Yaguaramas, en la jurisdicción de Cienfuegos.

Al ocurrir el alzamiento independentista de Las Villas, en febrero de 1869, muchos de sus feligreses marcharon a la manigua. Cuentan que cuando la partida comandada por Marcelino Hurtado –perteneciente a las fuerzas del general Federico Fernández Cavada– ocupó el poblado de Yaguaramas, el sacerdote simpatizante de la independencia mandó a repicar, jubilosamente, las campanas de la modesta iglesia.

Los libertadores acudieron ante su joven párroco. Vale recordar que la mayoría de las personas entonces profesaba la fe católica, como herencia de siglos de colonización. Era natural que los campesinos devenidos soldados pidieran la bendición de su gallardete, para alcanzar triunfos en las batallas por venir.

Mambises a caballo

El joven Francisco Esquembre resultó el único clérigo ultimado por los españoles en la gesta independentista. (Crédito: Autor no identificado)

Relata Emilio Bacardí en Crónicas de Santiago de Cuba que, ante sus parroquianos y estimulado por su sentimiento nacionalista, el padre Esquembre bendijo solemnemente la bandera y luego subió al púlpito para dirigir un patriótico discurso a los presentes. Los llamó a no claudicar en la lucha y elevó oraciones por el éxito de la naciente república.

El asalto a Yaguaramas tuvo mayor repercusión por la audacia del presbítero, que por el resultado de las armas cubanas en sí. Más allá de lo breve, la aventura mambisa del padre Esquembre no pasó inadvertida y provocó la ira de las autoridades militares y religiosas.

Afirma Bacardí en su obra que el párroco se acogió a la amnistía decretada por el capitán general Domingo Dulce, marqués de Castell-Florite. Cierto o no, en poco tiempo el cura nacido en Santiago pudo notar que era mal visto por los parroquianos pro-españoles.

Solicitó su traslado a la jerarquía eclesiástica y esta lo remitió al curato de Quiebra Hacha, en Pinar del Río. Ni en el recóndito paraje logró evadir la cólera de los voluntarios que, a los tres días de haberse instalado en el nuevo cargo, en abril de 1869, lo detuvieron y condujeron a La Habana.

Vía crucis

Casi por un año estuvo preso el padre Esquembre en la capital sin que se le formara causa, hasta que se le llevó de vuelta a Cienfuegos, donde lo reclamaba la justicia. Un consejo de guerra verbal lo condenó el 19 de abril de 1870, por delito de infidencia, a ser despojado de su condición sacerdotal y pasado por las armas.

Se envió copia del acta al vicario y juez eclesiástico de la comarca, Juan Bautista Sellas, quien despachó el documento al obispado de La Habana. Reunida el 27 de abril, la junta eclesiástica ratificó la sentencia del tribunal militar y dictó auto para la degradación canónica. Al fin y al cabo, el padre Esquembre había incurrido en el pecado de olvidar que “Dios era español”.

Sobre el tema expresó el cosmopolita Eusebio Leal: “Muchos de aquellos sacerdotes condenados por las jerarquías padecieron el ostracismo, fueron apresados, apartados de todo lugar donde pudieran ejercer influencias a partir de sus ideas separatistas y llegado al extremo represaliados y expatriados. El fin del padre Francisco Esquembre y Guzmán es el ejemplo más álgido al culminar en la aplicación de la pena capital”.

El 29 de abril de 1870, en la cárcel de Cienfuegos, inició a las ocho de la noche el último acto del drama judicial contra el padre Esquembre. Con calmosa y ácida lectura se le comunicó la resolución del altísimo en La Habana. Con resignación y obediencia el joven tragó el veredicto. Impávido, él mismo se fue quitando, uno por uno, los hábitos sacerdotales: sombrero de paja, manteo, sotana, alzacuello…

Como el más heroico

Ya desnudo, privado del amparo divino, fue conducido a la Playa de Marsillán, zona destinada a las ejecuciones. No trasciende si en el postrer instante tuvo los servicios espirituales de algún “colega”; como era costumbre. Vaya paradoja. Tal vez rechazó el auxilio. Tal vez entendieron que no lo merecía. Era un rebelde cualquiera en manos de la soldadesca feroz. O peor, un doble traidor: a la Iglesia y a España. Pero ni las humillaciones ni los aterradores fusiles callaron, aquel día de mala muerte, su grito de Viva Cuba Libre.

“En los campos de Marsillán se consumó el horrible atentado de fusilar a un hombre, amnistiado ya, por haber bendecido la sagrada enseña de su patria. Seamos justos y digamos que el gobernador general lo indultó de la pena de muerte… solo que envió el perdón después del bárbaro e inicuo sacrificio”, reseñó Bacardí en sus Crónicas

En el Prado cienfueguero un monumento recuerda a los 23 patriotas fusilados en Marsillán durante la gesta del 68, entre ellos el padre Esquembre. (Foto: JUAN CARLOS DORADO/5 de Septiembre)

En el Prado cienfueguero un monumento recuerda a los 23 patriotas fusilados en Marsillán durante la gesta del 68, entre ellos el padre Esquembre. (Foto: JUAN CARLOS DORADO/5 de Septiembre)

Más allá de esta valoración, es justo precisar que si aludía a la amnistía del marqués de Castell-Florite, este había cedido el mando desde junio de 1869. Por lo que no gobernaba para la fecha del fusilamiento. De todas formas, está claro que algo falló en el proceso penal del joven sacerdote. ¿O no? ¿Sería un ajuste de cuentas premeditado?

Era el prestigio del terror como soporte del régimen colonial, presentándose con la brutalidad de las balas, y desmintiendo que el trato hacia “la siempre fiel Isla de Cuba” –denominada así por puro eufemismo o “cariñito” monárquico, pues no lo fue– se hubiera “dulcificado” tras el mando de Dulce; valga la redundancia.

Gran repercusión tuvo el trágico e inaudito suceso en la prensa internacional. El 4 de mayo de 1870, The New York Times se hizo eco del fusilamiento del sacerdote cubano. Mientras el Diario Cubano, de esa misma ciudad, publicó en su edición del día 5 una sentida crónica al mártir:

“Era una de esas almas para quienes la vida tiene poesía y encanto en todas las edades; que saben sufrir un día un gran dolor, pero que jamás sienten secarse el manantial de ilusiones de que el destino las ha llenado; que se apasionan por todas las ideas grandes y elevadas; que creen en la virtud de los hombres y en la santidad de los principios, y que antes de sacrificar uno solo de estos, prefiere perderlo todo, empezando por su existencia”.

Hace 150 años el padre Francisco Esquembre –tenía 32 de edad, no olvidar– se jugó la vida como el más heroico mambí. No se menciona en los libros de historia –tradicionalmente centrados en figuras de renombre– ni se ha identificado su tumba en el patrimonial cementerio de Reina, donde, se ha asegurado, yacen sus restos. Al menos, una tarja en la fachada de la catedral cienfueguera le rinde tributo. Su nombre integra el martirologio cubano de la gesta independentista.

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Fuentes consultadas: Crónicas de Santiago de Cuba (Tomo 4), de Emilio Bacardí Moreau; La sagrada independencia, de René González Barrios, en Granma, 18 de septiembre de 2015; y La leva de los pobres, de Andrés García y Agustín Suárez en www.calleb.cult.cu.


Igor Guilarte Fong

 
Igor Guilarte Fong