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Publicado el 24 Julio, 2020 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1953

Hora de Revolución

Batista perpetra un golpe de Estado e implanta la más sangrienta y corrupta tiranía en la historia nacional. Suprimidas las libertades democráticas, cerradas todas las vías de oposición, Fidel demostró al pueblo que la única opción era la lucha armada
Una de las primeras medidas que tomó Batista tras usurpar el poder e interrumpir el ritmo constitucional del país fue aumentarse el salario como jefe de Estado a 144 000 pesos. (Foto: Autor no identificado)

Una de las primeras medidas que tomó Batista tras usurpar el poder e interrumpir el ritmo constitucional del país fue aumentarse el salario como jefe de Estado a 144 000 pesos. (Foto: Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Según el historiador Mario Riera, la posibilidad de que la Ortodoxia conquistara la presidencia en las elecciones de junio de 1952, la presunción de que el Gobierno de Prío (1948-1952) diera un golpe de Estado –ante la incapacidad de su candidato para la primera magistratura, Carlos Hevia, de ganar los comicios– y “la sistemática persecución y bloqueo electoral que reciben los batistianos por parte de Palacio”, llevó al entonces senador por Las Villas, Fulgencio Batista, a perpetrar una asonada e interrumpir el ritmo constitucional del país. Hipótesis discutible, como demostrara Guillermo Alonso Pujol en un artículo publicado en BOHEMIA el 5 de octubre de 1952.

Era Batista –un sargento devenido general tras la caída del machadato, que se erigió en el Hombre fuerte de Cuba entre 1934 y 1944 e incluso fue electo presidente en 1940–, y no Prío, quien desde marzo de 1951 se involucraba en conspiraciones castrenses para asaltar el poder. Solo la actitud decidida de Alonso Pujol –a la sazón vicepresidente de la República–, enterado del complot porque acudieron a él para convocarlo a la complicidad, impidió la ejecución de ese plan. Dijo este político al senador por Las Villas: “General, ¿por qué se precipita? Usted puede ser presidente de Cuba por votación popular. Falta año y medio para los comicios, ¡cuántos acontecimientos favorables pueden presentarse para usted!”. Y aparentemente convenció a su interlocutor, porque la conjura no siguió su curso.

Justo 12 meses después, en la encuesta sobre la elección presidencial realizada por Raúl Gutiérrez, un avezado especialista en sondeos sobre intención de voto, de la cual la prensa nacional publicó fragmentos a inicios de marzo, pocos días antes del golpe de Estado, el candidato ortodoxo a la primera magistratura, Roberto Agramonte (29 por ciento en la preferencia popular) solo aventajaba en dos por ciento a su rival de la coalición auténtica, Carlos Hevia. Cifra nada definitoria a tres meses de los comicios.

Por su parte, el expresidente de 1940 aparecía muy distanciado de esos dos competidores, con un escaso 10 por ciento, y sus correligionarios acudían en masa a la alianza gubernamental para que los encasillaran en alguno de los seis partidos que la componían. ¿Quién iba a acosar a los batistianos en fuga y a un candidato presidencial que nadie ya tomaba en cuenta? El madrugón para entronizarse en el poder era su única opción.

Si hemos de ser sinceros, nada de lo expresado por Riera refleja el verdadero motivo que llevó al exsargento devenido general a encabezar la sedición. Su divorcio con Elisa Godínez, su primera esposa, diezmó sus cuentas bancarias. Al reinstalarse como el “Hombre fuerte” de Cuba en 1952, comenzó una vertiginosa carrera en pos de convertirse en el mayor multimillonario de la nación.

Seis años después se había agenciado el control mayoritario del Banco Hispano-cubano antes de que este fuera inaugurado y traspasó a su nombre la quinta parte de las acciones de Cubana de Aviación. Era propietario absoluto de tres centrales azucareros –dos de estos adquiridos antes del golpe de Estado–, además de ser un socio importante en otras seis fábricas de azúcar. Le pertenecían dos destilerías, una papelera, una empresa de transporte por carretera, dos moteles, un canal televisivo, una empresa de gas licuado y otra de materiales de construcción, un centro turístico, una naviera, varios inmuebles urbanos y rurales, emisoras de radio, periódicos, colonias cañeras, fincas ganaderas, aparte de estar coligado con distintas firmas estadounidenses.

¿Cómo financió todo esto? Con préstamos, que nunca se molestó en pagar, del Banco de Desarrollo Económico y Social (Bandes), una institución gubernamental a la que controlaba como jefe del Estado cubano. Aparte de que recaudaba para su bolsillo la tercera parte de las comisiones que cobraba la Policía a prostíbulos y casas de juegos prohibidos. Y obtenía regalitos, como los tres millones de dólares obsequiados por la compañía francesa que construyó el túnel de la bahía habanera.

Una pregunta que el redactor de estas líneas, en su condición de profesor de Historia de Cuba, debe responder a cada nueva generación de alumnos es el porqué del éxito del general golpista en su asonada del 10 de marzo.

En aquel momento el movimiento obrero tenía una limitada capacidad de movilización, al estar dividido por las disputas entre la cúpula de la CTC (impuesta por los gobiernos auténticos mediante el asalto a los sindicatos nacionales) y la base, que respondía a comunistas y ortodoxos, sobre todo, en los sectores azucarero, portuario, del transporte, bancario y textil. Para colmo, la aristocracia obrera que regentaba la central sindical se plegó a Batista días después de la revuelta castrense.

La dirigencia ortodoxa (al centro, vestido de negro, Roberto Agramonte), luego de ser detenida arbitra-riamente por la tiranía, solo atinó a un lastimero ma-nifiesto de protesta, ignorado por Washington y la OEA. (Foto: Autor no identificado).

La dirigencia ortodoxa (al centro, vestido de negro, Roberto Agramonte), luego de ser detenida arbitra-riamente por la tiranía, solo atinó a un lastimero ma-nifiesto de protesta, ignorado por Washington y la OEA. (Foto: Autor no identificado).

Asimismo, la dirigencia de los dos partidos mayoritarios del país: el Auténtico y el Ortodoxo, no estuvo a la altura del momento histórico y se desgastaron en inútiles y lastimeros manifiestos de protesta que, como sucede casi siempre en circunstancias similares, Washington y la OEA tiraron al cesto de basura.

Tras el madrugón de 1952, la democracia representativa en Cuba, si no falleció, quedó mortalmente herida. Luego de 50 años de tragedia neocolonial, lo que vino en su último septenio fue una farsa vernácula, aunque con tintes sangrientos. Es interesante el vaticinio que hiciera el vicepresidente derrocado, Alonso Pujol, en el octavo mes de la tiranía: “No olviden que los honores y el mando supremo no valen nada frente a las lágrimas y la sangre que puede derramar el pueblo buscando las libertades perdidas”.

El Estado de Derecho, según Batista

Lo primero que hizo el senador autoproclamado primer ministro de la República fue derogar la Constitución de 1940 y el Código Electoral de 1943. Disolvió el Congreso y los partidos políticos. Suprimió el derecho de huelga, así como toda manifestación contra el régimen de facto, y las reuniones con más de dos personas. Liquidó la autonomía universitaria. Cercenó la libertad de prensa enviando un censor con poderes omnímodos a cada medio de comunicación.

En su torpe política económica inicial, restringió la producción azucarera, con lo que el país perdió millones de dólares. Permitió la disminución del salario medio y el despido masivo de obreros por parte de la patronal, lo que, sumado a las cesantías masivas de los funcionarios públicos en los distintos ministerios, elevó la tasa de desempleo a 25 por ciento de la población laboral activa, cifra récord cinco veces mayor que la existente durante los gobiernos auténticos (1944-1952). En cambio, aumentó el sueldo de los miembros del Ejército, la Policía y la Marina. Y para no ser menos, también acrecentó el del jefe de Estado, es decir, el suyo, a 144 000 pesos, 44 000 más de lo que percibía el presidente de los Estados Unidos por aquellos días.

Para sustituir la constitución derogada, creó los llamados Estatutos, los cuales establecían que el Gobierno estaría constituido por el Consejo de Ministros y el llamado Consejo Consultivo, ridículo remedo del Parlamento. ¿Y quién designaba a los miembros de estos dos órganos?: Batista. El alcalde municipal que no jurara los Estatutos, era sustituido en el acto, aunque a algunos, como el de La Habana, ni siquiera les dieron esa oportunidad, porque fueron desalojados de su cargo violentamente. En cuanto al Consejo Consultivo, se hizo popular una frase del intelectual Jorge Mañach reproducida en BOHEMIA: “a quien nadie pide consejos ni nadie acude en consulta”.

Según los Estatutos, los magistrados del Tribunal Supremo, de quienes dependía a su vez todo el aparato para la administración de la justicia, eran designados personalmente por el presidente de la República, cargo asumido de facto por Batista el 4 de julio de 1952. De esta forma el general golpista ostentaba el poder ejecutivo, el legislativo y determinaba sobre el judicial. Nada, como el faraón de Egipto en la antigüedad.

Un sector muy golpeado por la tiranía desde sus primeros días fue el periodístico. No solo le impuso la censura, si alguno la burlaba, debía atenerse a las consecuencias. A Mario Kuchilán lo obligaron a comerse su página de Prensa Libre con buches de palmacristi. Martín Lliraldi sufrió una agresión de los aparatos represivos por haberse opuesto al despiadado maltrato de un policía contra la ciudadanía. Un esbirro del régimen, Lutgardo Martín Pérez (el posterior suegro de Ninoska Pérez Castelló, actual vocero de la extrema derecha del exilio miamense), se personó en el diario La palabra, detuvo sin mandamiento judicial al personal de su taller y los internó en los calabozos de La Cabaña.

Aunque algunos abogados, como Félix Lancís y Fidel Castro, demandaron en los tribunales al sátrapa Fulgencio Batista por sus tropelías y delitos anticonstitucionales, el Poder judicial, controlado por el tirano, no quiso procesarlo.

Un año después

El ministro de Educación, Andrés Rivero Agüero, designado por el presidente de facto tras el golpe de Estado, auguró en 1952 que el régimen abastecería gratuitamente de desayuno, ropa y merienda a los alumnos de las escuelas públicas. Sin embargo, como subrayó BOHEMIA en su edición del 15 de marzo de 1953, tales promesas concluyeron con la supresión de lo único que existía durante los dos gobiernos anteriores: el desayuno escolar.

La revista de la familia cubana, en un balance de lo realizado hasta entonces por el batistato, añadía: “la inmovilidad magisterial, respetada antes de la Constitución de 1940, ahora se amenaza con la formación de expedientes a maestros que profesen ‘doctrinas exóticas o subversivas’. Se dicta una efectiva rebaja de sueldos a los maestros con el aumento de un 12 por ciento del descuento para el retiro y se grava el ya precario presupuesto magisterial con la imposición del Sello del Palacio para [legalizar] todo documento oficial.

Mientras se dedicaban presupuestos millonarios al Ejército, la Policía y la Marina, la atención hospitalaria y las escuelas públicas atravesaban una profunda cri-sis. (Foto: Autor no identificado).

Mientras se dedicaban presupuestos millonarios al Ejército, la Policía y la Marina, la atención hospitalaria y las escuelas públicas atravesaban una profunda cri-sis. (Foto: Autor no identificado).

“Todo lo que falta en atenciones hospitalarias, construcción de escuelas y carreteras o trabajo remunerativo para cubanos sin empleo, se va por los créditos cuantiosos de un Estado-policía que gasta 29 millones de pesos extra por sobre el presupuesto normal de las Fuerzas Armadas para comprar tanques, aviones, ametralladoras y fusiles y aumentar en cientos de miles de pesos la dotación de nuevos cuerpos represivos”.

Según denunciaba la publicación, al presupuesto del Ministerio de Defensa se le asignaron 20 millones de pesos más que los concedidos por el Gobierno anterior. No bastándole con esto, Batista suscribió créditos extraordinarios para el sector castrense por valor de 101 millones de pesos. Concluía el semanario: “Nunca en Cuba hubo tantos generales, tantos comodoros, tantos soldados, tantos policías, tantas perseguidoras y tantos fusiles. Así como otros países presentan con orgullo sus hospitales, sus edificios públicos y monumentos históricos, Cuba ofrece a la vista de propios y extraños el aspecto de una ciudadela armada donde la tercera parte del presupuesto nacional va a parar a los cuarteles y campamentos”.

El Moncada

Junto con Abel Santamaría, el entonces joven abogado nucleó un grupo de patriotas convencidos de que solo mediante la vía armada era posible combatir a la tiranía batistiana.

Junto con Abel Santamaría, el entonces joven abogado nucleó un grupo de patriotas convencidos de que solo mediante la vía armada era posible combatir a la tiranía batistiana.

Como había expresado Fidel en Recuento crítico del Partido Ortodoxo, publicado en El Acusador en agosto de 1952, “el momento es revolucionario y no político […] La Revolución abre paso al mérito verdadero, a los que tienen valor e ideal sincero, a los que exponen el pecho descubierto y toman en la mano el estandarte. A un partido revolucionario debe corresponder una dirigencia revolucionaria, joven y de origen popular que salve a Cuba”.

Fidel dotó a la Generación del Centenario del progra-ma revolucionario por el cual guiarse en aquel mo-mento histórico. (Foto: Autor no identificado)

Fidel dotó a la Generación del Centenario del programa revolucionario por el cual guiarse en aquel momento histórico. (Fotomontaje RD)

Junto con Abel Santamaría, el entonces joven abogado nucleó un grupo de patriotas convencidos de que solo mediante la vía armada era posible combatir a la tiranía batistiana. Y comenzó a forjarse en su mente la idea de tomar una fortaleza, específicamente el cuartel Moncada, en donde ocupar las armas necesarias para convocar al pueblo al combate.

A pesar del heroísmo de aquellos jóvenes, las acciones del 26 de julio de 1953 culminaron en un revés militar. Cincuenta y cinco combatientes fueron asesinados a sangre fría por la soldadesca, la cual también ultimó a más de una docena de civiles, sin relación alguna con los asaltantes.

Trasladado el juicio a Fidel a la salita de las enfermeras del Hospital Civil, todos escuchan atentos su alegato de autodefensa. (Ilustración: H. MESA)

Así imaginó un dibujante cubano al jefe de los moncadistas en la sala de enfermeras del Hospital Civil durante el juicio por los sucesos del 26 de julio de 1953. (Ilustración: PERIÓDICO GRANMA)

De esta forma quedó desenmascarada la tiranía batistiana, capaz de recurrir a los crímenes más despiadados y al terror más bárbaro. Al mismo tiempo, ante los ojos del pueblo, Fidel y sus compañeros empezaron a destacarse como la vanguardia indiscutible de la nueva etapa revolucionaria que se iniciaba.

En el juicio a que fue sometido por el régimen en la sala de enfermeras del Hospital Civil santiaguero, con su alegato de autodefensa conocido como La historia me absolverá, Fidel transformó el revés militar en victoria política. Al exponer los problemas que aquejaban entonces a Cuba y proponer soluciones para erradicarlos, dotó a la Generación del Centenario del programa revolucionario por el cual guiarse en aquel momento histórico.

Y tal como había previsto el joven abogado en los días iniciales de la tiranía batistiana, aquella generación se dispuso a la lucha armada, porque, si bien había un sátrapa en el poder, “habrá otra vez Mellas, Trejos y Guiteras. Hay opresión en la patria, pero habrá algún día otra vez libertad”.

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  • Fuentes consultadas: Los libros El Moncada, la respuesta necesaria de Mario Mencía; Cuba política, de Mario Riera; y Los propietarios en Cuba 1958, de Guillermo Jiménez. La compilación Moncada, antecedentes y preparativos, de la Dirección Política de las FAR.

Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García