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Publicado el 12 Julio, 2020 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

12 de julio de 1812

Mariana Grajales, la madre de una estirpe heroica

No solo fue progenitora de patriotas, estuvo 10 años en la manigua arrostrando peligros y curando heridos
Mariana, la madre de la estirpe heroica. (Foto: Autor sin identificar)

De acuerdo con sus coetáneos, Mariana se mostraba tierna y bondadosa con sus hijos, pero a la vez, inflexible en la disciplina. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Hay muchas maneras de evocarla. Prefiero imaginármela en su hogar, finalizada la cena. Sentada al lado de su esposo Marcos, rodeada de hijos, mientras que, a la luz de un quinqué, una de las hembras –tal vez Baldomera, quien no tartamudeaba– leía en voz alta los libros que su cónyuge encargaba en Santiago: novelas de Alejandro Dumas, biografías de héroes como Bolívar y Louverture, la Historia de los girondinos, de Lamartine.

Era la forma que halló aquella pareja, ambos analfabetos, para inculcar en su prole los valores patrióticos. ¿Debemos extrañarnos que, al correr de los años, Antonio Maceo tuviera tanta fuerza en la mente como en el brazo?

Mariana Grajales Cuello nació el 12 de julio de 1812. Muy joven, tenía apenas 15 años, contrajo nupcias con Fructuoso Regüeiferos, padre de sus tres primeros hijos: Felipe (¿1832?-1901), Manuel (1836-1854, según la historiadora Nydia Sarabia, aunque no hay consenso en la historiografía actual sobre la certeza de esas fechas) y Fermín (1838-?). Regüeiferos falleció el 5 de julio de 1839, como consta en el Libro de entierros de pardos y morenos de la Santa Iglesia Metropolitana de Santiago de Cuba.

Nydia Sarabia, principal biógrafa de la Heroína, señalaba 1842 como posible fecha de su unión con el santiaguero Marcos Evangelista Maceo (1808-1869). El 28 de mayo del año siguiente nació Justo Germán, quien aparece en su partida bautismal como “hijo natural de Mariana Grajales”. Igual tratamiento se le confirió a Antonio de la Caridad, el futuro Titán (1845-1896), María Baldomera (1847-1893), José Marcelino (1849-1896) y Rafael Cholón (1850-1882).

En 1851, Marcos y ella legalizaron su matrimonio ante la Iglesia, por lo cual a partir de Miguel (1853-1874), comenzaron a llevar el apellido del padre: Julio (1854-1870), Dominga (1857-1940), Tomás (1858-1917), Marquitos (1860-1901) y María Dolores (22 de julio-3 de diciembre, 1861).

De acuerdo con sus coetáneos, Mariana se mostraba tierna y bondadosa con sus hijos, pero a la vez, inflexible en la disciplina. Reglamentaba las horas exactas de las comidas y el sueño. Ningún miembro de la familia podía permanecer fuera de la casa pasadas las 10 de la noche. Su vivienda siempre estaba ordenada y limpia. En el aspecto personal, ella y sus pequeños vestían con la mayor pulcritud.

A los ojos de los hijos, siempre fue la compañera del padre. Juntos analizaban todos los problemas y ambos tomaban de mutuo acuerdo las decisiones. Siempre los recordarían “consultándose las dificultades, felices en la expansión hogareña, juntos sobre el dolor y la felicidad”.

En solo un cuarto de siglo, a fuerza de mucho trabajo, el matrimonio Maceo-Grajales logró adquirir una posición económica holgada. Se hicieron propietarios de tres rentables fincas y, según la tradición –aunque no hay constancia documental al respecto–, de “varias arrias de mulos con los que controlaban el comercio de la zona con Santiago de Cuba”. Pero algo angustiaba a esa hermosa pareja: su patria no era libre. Y en ella imperaba el abominable sistema de la esclavitud.

No es de extrañar que, estrechamente vinculado a logias masónicas, Marcos anduviera en trajines conspirativos. En septiembre de 1868 comunicó primero a Mariana, luego a los hijos, la proximidad de un levantamiento independentista. Días después del pronunciamiento de Céspedes en el ingenio Demajagua –el 25 de octubre, según María Cabrales, la esposa de Antonio–, un destacamento insurrecto al mando de Juan B. Rondón, visitó la hacienda de los Maceos.

Hizo jurar a su familia que todos lucharían hasta libertar la patria o morir en el empeño. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Hizo jurar a su familia que todos lucharían hasta libertar la patria o morir en el empeño. (Crédito: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Tras abastecerse de armas y víveres para la marcha, el capitán mambí indagó si los muchachos querían incorporarse a la lucha. Todos los hijos mayores, algunos todavía adolescentes, respondieron afirmativamente. Cuenta María Cabrales que la vieja Mariana, “rebosando en alegría, entra en su cuarto, coge un crucifijo que tenía, y dice: ‘De rodillas todos, padres e hijos, delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, juremos libertar la patria ó morir por ella’ […] y decididos marcharon con el Ejército Libertador, Antonio, José, Miguel, Justo, Rafael, Felipe, Julio y Fermín”.

Quedaron con sus progenitores las dos muchachas, Tomás, de 11 años, y Marquitos, de ocho. Todos ellos, poco tiempo después, también marcharon hacia la manigua, en la cual la Heroína y sus hijas atendieron hospitales de campaña. Fernando Figueredo se refirió a cómo “en aquella noble familia encontraba el desgraciado herido o enfermo, corazones cariñosos que mitigasen los dolores morales y manos cuidadosas que vendasen con solicitud, santa y sublime, las heridas recibidas en el combate”.

Golpes muy duros recibió Mariana en aquellos 10 años de guerra. Primero fue la muerte de Justo Germán, fusilado tras caer prisionero. Luego las muertes en combate de Marcos Evangelista, Miguel y Julio. Además, las graves heridas sufridas por José, Antonio, Felipe, Tomás y Cholón, quienes por fortuna sobrevivieron. Y la capitulación del Zanjón.

Plumilla realizada sobre la base de una foto que le tomaron en Kingston. (Ilustración: AURELIO)

Durante el exilio jamaicano supo de la desaparición de Fermín – se ignora la fecha exacta de su deceso– y el fallecimiento de Cholón por falta de atención médica en una cárcel española (1882). Martí, quien fue a verla allí, se refirió a sus “manos de niña para acariciar a quien le hable de la Patria […] De negro va siempre vestida, pero es como si la bandera la vistiese”; y en otro texto también la describiría: “con un pañuelo de anciana a la cabeza, con los ojos de madre amorosa para el cubano desconocido, con fuego inextinguible en la mirada y en el rostro, cuando se hablaba de las glorias de ayer y las esperanzas de hoy”.

La Heroína falleció el 27 de noviembre de 1893. Con motivo de su muerte, en carta al general Antonio, José María Mayía Rodríguez expresó: “La pobre Mariana murió sin ver a su Cuba libre, pero murió como mueren los buenos, después de haber consagrado a su Patria toda su afección, todos sus servicios y la sangre del esposo y de sus hijos. Pocas matronas producirá Cuba de tanto mérito y ninguna de más virtudes”.

Fuentes consultadas

La compilación Papeles sobre Maceo. El libro Mariana Grajales. Historia de una familia mambisa, de Nydia Sarabia. Textos periodísticos publicados por Joel Morlot en El cubano libre (1996-1997).

 


Pedro Antonio García

 
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