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Publicado el 28 Julio, 2020 por Igor Guilarte Fong en Historia
 
 

HUELLA SUECA EN CUBA

Ruta para una historia pintada

La presencia de colonos suecos en la zona oriental, capítulo poco conocido, ha devenido inspiración esencial para un proyecto sociocultural de Santiago de Cuba
La colonia Bayate creció en torno a la producción azucarera. (Crédito: Fondo del museo Memorias de Bayate)

La colonia Bayate creció en torno a la producción azucarera. (Foto: Fondo del museo Memorias de Bayate)

Por IRINA LASSALLE TAMAYO e IGOR GUILARTE FONG

Cuentan que, llegado al lugar preciso, el hombre alto que impresionaba, fornido, blanco, de ojos azules, y enfundado en un traje gris demasiado elegante, se quitó el sombrero en señal de respeto ante el paisaje que le rodeaba. Ese paraíso natural, tan recóndito como exuberante, era justamente el espacio que buscaba para sembrar sus sueños de prosperidad.

Gentes con rasgos anatómicos diluidos en sus descendientes y un aporte cultural irrevocable, también conforman la nacionalidad cubana. (Crédito: Fondo del museo Memorias de Bayate)

Gentes con rasgos anatómicos diluidos en sus descendientes y un aporte cultural irrevocable, también conforman la nacionalidad cubana. (Foto: Fondo del museo Memorias de Bayate)

Aquel pionero se llamó Alfred Lind. Había nacido en la pequeña parroquia sueca de Travad, en 1862. A punto de cumplir los 20 años salió de Suecia rumbo a Estados Unidos. Asentado en Minneapolis, por un par de décadas ejerció la medicina y, aunque ganó prestigio y le fue bien el negocio, el doctor Lind parecía dar fe a su espíritu aventurero. En Cuba vio el futuro. Decidió viajar a la Isla para 1903 y fundar la compañía accionista The Swedish Land and Colonization Co., que promovía en Estados Unidos y Suecia la compra de lotes de tierras en la mayor de las Antillas.

Entonces, a la cabeza de un grupo de compatriotas compró 202 parcelas, a 63 kilómetros al norte de la ciudad de Santiago de Cuba. Un río que surcaba el feudo, llamado por los lugareños Bayate, dio nombre a la colonia agrícola fundada alrededor de 1905.

Croquis general de la década de 1950. (Foto: Fondo del museo Memorias de Bayate)

Croquis general de la década de 1950. (Foto: Fondo del museo Memorias de Bayate)

Seducidos por la dulce promesa de vincularse a la pujante industria azucarera y convertir el sudor en oro, aquellos hombres y mujeres nativos de fríos y distantes lares decidieron no solo establecerse entre el agreste lomerío, sino también armonizar con una cultura, un escenario sociopolítico y un clima diametralmente opuestos a lo acostumbrado.

Los hijos de Suecia trajeron consigo sus cajas de instrumentos y pertenencias personales, incluso sus colmenas de abejas; también sus costumbres como su cocina, sus bailes, creencias religiosas o su afición a la bebida. Pero más que todo traían ansias enormes de trabajar y progresar. No podía ser para menos: la mayoría había vendido sus posesiones para poder unirse como socios.

Buenas personas

Entre la fuerza laboral figuraban hombres talentosos de diversas profesiones: médicos, ingenieros, maestros, albañiles, carpinteros, zapateros… Resueltos emprendieron la ardua tarea de despejar el monte denso a golpes de hachas y machetes, transformar el entorno y erigir una comunidad próspera.

Prototipos de viviendas suecas en Cuba. (Footo: jaimesarusky.wordpress)

Prototipos de viviendas suecas en Cuba. (Foto: jaimesarusky.wordpress)

Levantaron sus casas siguiendo los patrones de la arquitectura sueca, aunque con algunas adaptaciones. También construyeron calles, estaciones de ferrocarril, puentes de madera, telégrafo, cine, iglesia, hospital, hoteles, y escuelas donde enseñaban los tres idiomas más necesarios: sueco, castellano e inglés. Varias granjas se extendieron alrededor del poblado. La vida cotidiana recreaba la de una villa rural típica del país europeo.

La ayuda mutua entre los inmigrantes caracterizó esos tiempos fundacionales. Como todos se beneficiaron de la cooperación no surgió competencia. Bayate fue desde el inicio una especie de sociedad democrática donde se celebraban reuniones periódicas para votar las decisiones relacionadas con problemas colectivos. Para cuando la colonia agrícola alcanzó su apogeo, al final de la Primera Guerra Mundial, estaban radicados allí casi trescientos habitantes. Y entre ellos hubo auténticos personajes.

El doctor Lind, además de ser respetado como fundador principal y empresario, ganó la admiración popular por la sensibilidad como médico que atendía a cualquier enfermo de la comarca en su propia casa o en el pequeño hospital de diez camas que levantó al fondo de su farmacia. Él apostó todo su capital en establecer un central azucarero en Palmarito de Cauto (a siete kilómetros de Bayate) el cual dio empleo a cubanos y creció vertiginosamente.

Otro de los nombres que más resaltó en la lista de nórdicos fue el de Erik Leonard Eckman, botánico y explorador que pese a dejar relevantes aportes a las ciencias naturales es poco mencionado. Eckman arribó a Cuba en 1914 con la idea de permanecer unas semanas para coordinar investigaciones botánicas, pero quedó fascinado con la naturaleza insular y decidió prolongar su estadía.

Con la intención de contactar a sus paisanos “aplatanados” en Bayate se subió al tren de Oriente. Allí se construyó una cabaña que devino cuartel general para sus expediciones. Por diez años clasificó y registró miles de especímenes de la flora y la fauna cubanas. En 1915 exploró la Sierra Maestra. El nombre de Pico Suecia –tercer punto de mayor altura de esa cordillera, con 1 734 metros– evidencia la incursión del naturalista por la zona del Turquino.

Otro que aportó mucho al desarrollo de la comunidad fue Jhon Peter Johnson, constructor, ebanista y carpintero. Dirigió la construcción del hotel de madera, de tres pisos, que fue administrado de manera exitosa por las hermanas Hanna y Elisabeth Eriksson. Johnson creó además un aserradero y un taller donde se hacían ruedas de madera para las carretas que tiraban caña al ingenio, y diseñó un puente sobre el río Bayate, calificado como una de las primeras y más importantes obras de ingeniería en esa región.

Prototipos de viviendas suecas en Cuba. (Footo: jaimesarusky.wordpress)

Prototipos de viviendas suecas en Cuba. (Footo: jaimesarusky.wordpress)

Para 1920 la bucólica comunidad vio trastornada su paz, ya fuera por designio soberbio del destino o por el “empujón” de un empresario gringo que no quiso “hacerse el sueco”, sino que llegó a instalar un coloso azucarero en las inmediaciones. Ante esa competencia el ingenio de Lind quebró, y la mayoría de los emprendedores, ya convertidos en “millonarios del azúcar”, prefirió hacer las maletas de vuelta a su lejana y fría tierra natal.

Bayate nació con los días contados. En la actualidad, desde hace más de 30 años, el fértil valle y todo lo edificado por manos vikingas yacen sumergidos bajo las aguas del embalse Protesta de Baraguá, en el santiaguero municipio de Julio Antonio Mella. En fin, y valga la paradoja, que ni el todopoderoso Thor, dios nórdico del trueno y protector de los agrícolas -según la mitología- les pudo tirar una mano –o un martillo, en este caso- a sus coterráneos en el Trópico.

Del poblado difunto solo perdura el cementerio, con unos nombres sobre las piedras que se repiten en gente ya cubanísima. Asimismo, la herencia de aquellos pioneros queda en la sangre mezclada de las nuevas generaciones –la quinta– de descendientes.

Toda esa historia, por fortuna, está recogida en el libro La aventura de los suecos en Cuba, del periodista y escritor Jaime Sarusky; quien dedicó 30 años a la investigación del tema.

Viaje a las raíces a través del arte

Si bien el legado de los suecos forma parte del imaginario de los actuales habitantes de Mella (ubicado a un kilómetro al oeste del zambullido Bayate y en torno al otrora central Miranda), se mantiene especialmente vivo en los más de 30 integrantes del Proyecto Bayate. Ruta para una Historia, que dirige Luis Joaquín Rodríguez Ricardo (popularmente llamado El Estudiante).

Midsonmar y San Juan, obra de Luis padre, quien afirma que todos sus cuadros rinden homenaje a Bayate y sus personajes. (Foto: RENÉ SILVEIRA)

Midsonmar y San Juan, obra de Luis padre, quien afirma que todos sus cuadros rinden homenaje a Bayate y sus personajes. (Foto: RENÉ SILVEIRA)

Esta asociación cultural vio la luz como Grupo Bayate el 17 de diciembre de 1994, por lo que en estos momentos transcurren las celebraciones por sus 25 años de existencia. En este cuarto de siglo el proyecto comunitario se ha consagrado a estudiar, rescatar y promover la herencia sueca, el paisaje y la idiosincrasia de los mellenses mediante el arte naif. También han abierto un pequeño museo que narra la era sueca.

Luis Joaquín Rodríguez Arias llegó a Bayate en 1947, cuando apenas tenía cinco años de edad. Aún guarda en la memoria cada relato de los ancianos que vivieron junto a los fundadores.

“Gracias a personajes como Federico Bringuezu, un hombre multifacético y que gozaba de reputación en el poblado, conocí de historias increíbles que guardo con celo. Puede que me tilden de romántico, pero creo que Bayate era un lugar excepcional, sobre todo por sus habitantes que eran solidarios, nobles, amaban la cultura, bailaban y compartían. Los suecos y cubanos dejaron aquí un legado digno de conocer”, expresa con la nostalgia en los ojos.

El tiempo y las vivencias allí llenarían el alma de Luis el Panadero –así le dicen cariñosamente– lo suficiente como para dedicarse a contar esas historias a sus hijos, con la ilusión de salvar la huella de aquellas personas que tanto aportaron al desarrollo económico, social y cultural de esa región. Para orgullo suyo, consiguió la complicidad de su hijo El Estudiante en la creación del grupo.

La vitalidad de las pinturas, el cuidado de los detalles y las armónicas composiciones llenas de colorido y luminosidad constituyen rasgos distintivos de los artistas naif de Mella. En este arte, que algunos denominan primitivo o ingenuo, hallaron una manera singular para hacer trascendentes las tradiciones populares y representar en sugestivas imágenes, diferentes acontecimientos desde el pasado hasta el presente.

Opuestos a vivir dentro de una burbuja, como método de trabajo mantienen intercambios profesionales y académicos con diversos espacios vinculados al arte naif. Gracias a su talento creador han expuesto en decenas de galerías del país así como en otras partes del mundo: España, Canadá, Francia, Suecia, Polonia, Venezuela y Argentina, entre otros, explica El Estudiante, alma del proyecto.

Ser autodidactas, soñadores y creativos convierte a estos artistas en forjadores de una historia nueva. (Foto: LUIS VILLALÓN RADES)

Ser autodidactas, soñadores y creativos convierte a estos artistas en forjadores de una historia nueva. (Foto: LUIS VILLALÓN RADES)

Asimismo, especifica que en julio de 2019 el Proyecto Bayate obtuvo un premio en la Feria Internacional de Arte Popular, en Estados Unidos; y otro en el Segundo Salón Internacional de Artes Visuales, en Perú. En el patio, desde 2013, el grupo convoca, con carácter bianual, al Salón de Pintura Naif Roberto Jay Matamoros, en memoria del Premio Nacional de Artes Plásticas (2000).

En buena medida, el repertorio visual de los pintores mellenses propone una suerte de reencuentro con el batey azucarero, el lomerío; las peripecias y costumbres de aquellos hombres y mujeres llegados de tierras lejanas. En los cuadros se refleja el interés de los autores por preservar valores genuinos e investigar los sucesos, sean excepcionales o corrientes.

Perfilan sobre sus lienzos las propias voces, el aliento, las alegrías y añoranzas de los protagonistas antepasados; por lo que sus obras devienen interesante testimonio del acontecer de ese conglomerado de gente tan poco conocido en Cuba y en Suecia.

Mucho se ha estudiado el tema de las emigraciones a Cuba, sin embargo, la presencia sueca en la zona oriental sigue siendo un capítulo poco conocido. El Proyecto Bayate. Ruta para una Historia busca dibujar un cuadro diferente: con pinceladas del vínculo espiritual, material y cultural entre suecos y cubanos.


Igor Guilarte Fong

 
Igor Guilarte Fong