0
Publicado el 23 Julio, 2020 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

 MARÍA CABRALES

Su vida, ejemplo de patriotismo

 Esposa del Titán, fue también una relevante combatiente en el 68 y en la emigración se destacó fundando clubes revolucionarios femeninos para apoyar el proyecto martiano de guerra necesaria
María Cabrales, como esposa y compañera del mayor general Antonio, fue testigo y participante de la incorporación de la familia Maceo-Grajales a la insurrección del 68. (Crédito: Autor no identificado)

Honroso modelo de la mujer cubana, de esa forma calificaban sus coetáneos a María Cabrales. (Foto: Autor no identificado). (Autor no identificado)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

De negro va siempre vestida, la describió el Apóstol, “pero es como si la bandera la vistiese […] Con las manos abiertas se adelanta a quien le lleve esperanzas de su tierra […] y es música la sangre cuando cuenta ella: ‘del ejército todo que se juntó por el Camagüey para caer sobre Las Villas, e iban de marcha en la mañana con la caballería, y la infantería, y las banderas, y las esposas y madres en viaje, y aquellos clarines’. ¡Fáciles son los héroes con tales mujeres!”.

Los coetáneos de María Cabrales solían calificarla de honroso modelo de la mujer cubana. En testimonios recogidos por el general mambí Enrique Loynaz del Castillo, veteranos del 68 hablaron de su heroísmo y abnegación durante la guerra. Ella marchaba por la serranía agreste al paso de la tropa, sin demorar a sus compañeros de armas; ninguna hubo más ágil que subiera lomas ni más solícita en cuidar heridos. No es de extrañar que su esposo, Antonio Maceo, una vez le escribiera: “La Patria, ante todo, tu vida entera es el mejor ejemplo; continuar es deber; retroceder, vergüenza oprobiosa”.

Durante décadas la historiografía nacional estuvo arrastrando inexactitudes acerca de su vida. Se fijaba erróneamente su nacimiento el 20 de marzo de 1842, pues se le confundía con su hermana María Josefa Eufremia. La historiadora santiaguera Damaris Torres Elers ha demostrado que su verdadero nombre era María Magdalena Cabrales Fernández, nacida el 22 de julio de 1847, según partida bautismal localizada en el Libro 5, folio 182, número 183, de la Iglesia San Nicolás de Morón.

En este documento se consigna como su progenitora a Antonia de la Paz Fernández, parda libre y, según su acta matrimonial, “hija natural de María Isac”. Al casarse con Antonio Maceo, a María Magdalena le impusieron como segundo apellido Isaac (con una a más). En cambio, todos los documentos posteriores, incluyendo la declaratoria de herederos en 1905, les adjudican a ella y sus hermanos los de Cabrales Fernández.

La futura mambisa contrajo nupcias con el Titán el 16 de febrero de 1866. Varias biografías sobre el general santiaguero refieren dos descendientes de la pareja: una niña supuestamente nacida en ese año y un pequeño fallecido durante la guerra del 68. Como expresara el historiador Manuel Fernández Carcassés, no existe evidencia documental alguna sobre ambos. Llama la atención, subraya este investigador, que al morir Mariana (1893), el general Antonio solo mencionara como los otros dos momentos dolorosos de su vida la caída en combate del padre (1869) y el Pacto del Zanjón. Y un argumento definitorio es el testamento de María, localizado por Torres Elers, en el cual atestiguaba haber estado “casada con el lugarteniente general en cuyo matrimonio no tuvo hijos”.

Aún no se ha precisado en qué fecha exacta ella se incorporó a la insurrección del 68. Sabemos, gracias a los testimonios recogidos por Loynaz y Martí, que marchaba con la tropa de su esposo atendiendo improvisados hospitales de campaña. Estuvo presente en el encuentro del general santiaguero con el entonces presidente Céspedes, en Arroyo de Macurijes (1872), y Salvador Cisneros Betancourt mencionó en más de una ocasión haber departido con ella en campamentos mambises.

Así imaginó un dibujante cubano a la mambisa, tras el combate de Mangos de Mejía, al pie de la camilla ensangrentada. (Foto: Autor no identificado

Así imaginó un dibujante cubano a la mambisa, tras el combate de Mangos de Mejía, al pie de la camilla ensangrentada. (Foto: Autor no identificado

Incluso, narraron veteranos insurrectos a Martí, cuando algún misógino quiso suprimir la presencia de féminas en la manigua, María le salió al paso: “Y si ahora no va a haber mujeres, ¿quién cuidará de los heridos?”. Loynaz, en un conocido artículo sobre la heroína, relató lo sucedido tras el combate de Mangos de Mejía (1877), ocasión en que ella bajó al sitio donde había más peligro a vendar las heridas de su esposo.

Al pie de la camilla ensangrentada, entre aquel puñado de hombres comandados por José Maceo, resistió la persecución feroz de la columna española sin ocultarse ante las descargas enemigas. Y a un oficial conminó “a salvar al general o a morir con él”. El Titán eludió el encarnizado acoso y de las manos de su cónyuge llevaba la última cura cuando, otra vez en el combate (1878), guio a su tropa a las victorias de Juan Mulato y San Ulpiano.

Tras el Pacto del Zanjón y la Protesta de Baraguá, ella marchó al exilio. Pero llevaba por dentro el dolor de que su patria no fuera libre. Y al conocer en Kingston al Apóstol, el 12 de octubre de 1892, le dijo: “Martí, yo quiero ayudarlo”. Doce días después, constituyó el Club de señoras y señoritas José Martí en Jamaica, con el fin de “prestar su débil, pero patriótico concurso a la obra de la independencia patria, adhiriéndose en todo a las Bases y Estatutos del Partido Revolucionario Cubano”.

De regreso a Costa Rica, para reunirse con su esposo, continuó la labor proselitista en la emigración y en junio de 1894 fundó en San José el club Hermanas de María Maceo, del cual fue también presidenta. La caída en combate de Antonio no la amilanó, en vez de ello multiplicó sus acciones patrióticas en la recaudación de fondos para la guerra y en la divulgación de la causa cubana para promover la solidaridad con la lucha independentista. Y al trasladarse por problemas personales a Nicoya (Costa Rica) en 1897 se incorporó inmediatamente al club revolucionario femenino de la localidad, que regía Elena Castillo, viuda de Flor Crombet.

A su entierro acudió a rendirle homenaje todo el pueblo santiaguero. (Foto: Autor no identificado)

A su entierro acudió a rendirle homenaje todo el pueblo santiaguero. (Foto: Autor no identificado)

Retornó a Cuba en 1899 tras el cese de la dominación española. Fungió en Santiago como directora (superintendente según otras fuentes) “del Asilo Huérfanos de la Patria, cargo que ha tenido a bien confiarme el Consejo de Veteranos y que he aceptado desinteresadamente con el fin de tener el gusto de seguir prestando todo el servicio que pueda a la pobre patria”, según comunicó en carta al patriota Valentín Villar.

Quebrantada su salud, en 1905 partió hacia la finca San Agustín, propiedad de la familia. Falleció allí el 28 de julio de ese año. Escoltados por 100 jinetes, sus restos mortales se expusieron primeramente en el ayuntamiento de San Luis y luego en la sede del Gobierno Provincial de Santiago de Cuba. Según la prensa de la época, en toda la ciudad se izó la enseña nacional a media asta y se colocaron crespones de luto en las fachadas de las casas. Los santiagueros abandonaron sus hogares para situarse a ambos lados de las vías por donde desfiló el cortejo fúnebre. “Aquella afluencia de personas de todas las clases y sexos (sic) era extraordinaria, colosal, imposible de describir”.

———————-

Fuentes consultadas

Los libros María Cabrales, vida y acción revolucionarias, de Damaris Torres, y Epistolario de héroes, de Gonzalo Cabrales. El texto periodístico María Cabrales. Ejemplo de perseverancia patriótica (BOHEMIA, 2015), de Damaris Torres.

 


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García