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Publicado el 23 Septiembre, 2020 por Pastor Batista en Historia
 
 

CHARLES PHILIBERT PEISSOT

De la Comuna de Paris a la inteligencia militar mambisa

Hace hoy 144 años, el 23 de septiembre de 1876, tuvo lugar una de las acciones más exitosas de la guerra: el asalto y toma de Las Tunas, por fuerzas al mando del Mayor General Vicente García González. Vital fue la secreta contribución de un comunero francés que condicionó su vida a los destinos de Cuba.
Peissot-descendientes

Parte de la descendencia de Filiberto Peisso, tomada de los archivos de Juventud Rebelde por el periodista Juan Morales.

Por: PASTOR BATISTA VALDÉS 

Había rodado mucho el francés Charles Philibert Peissot, con la cabeza, las manos y los pies repletos de ideas y de acciones avanzadas, para aceptar mansamente la ignominia que les proponía el mando español en la Isla a él y a otro grupo de comuneros recién llegados en calidad de deportados, tras el fracaso de la Comuna, el arresto, el envío a la Isla de Nueva Caledonia, la fuga, el cruce de la frontera y la captura en tierra española, donde le dan a escoger entre  la guillotina, de vuelta a Francia o el destierro a una de las colonias del llamado Nuevo Mundo.

Inescrupulosa ya en esos tiempos, la mentira no se haría esperar luego del desembarco por Nuevitas y del aciago traslado, a pie, hasta El Guamo, zona rural entre Las Tunas y Bayamo. El compromiso verbal de que trabajarían en sus respectivos oficios era desplazado sin el menor recato por una opción bien distinta: meterse dentro de un uniforme de la metrópoli, adoptar nombre español y combatir contra las insurrectas tropas cubanas.

Relata el historiador tunero Víctor Marrero Zaldívar, que tres de los prisioneros recién traídos (Peissot, Jean Bonnon y Clodomir Pampillón) logran escapar y presentarse ante las tropas del Mayor General Vicente García González, en su campamento de El Lavado.

El almanaque registraba el vigésimo tercer día  del mes de febrero del año 1873. El caudillo mambí consignaría en su diario de campaña:

«El prefecto Ángel Vega trajo tres conciudadanos franceses que, para presentarse a su cónsul, buscaron la protección de nuestras fuerzas. Manifestaron que el Gobierno español los contrató en Barcelona para trabajar por sus respectivas profesiones en La Habana, lo mismo que a más de 40 de sus compatriotas, y que en vez de eso, se les desembarcó en Nuevitas y se les diseminó para tomar las armas en distintos batallones del ejército; que fueron traídos al Guamo, donde les mudaron sus nombres por otros españoles y se les indicó que si desertaban serían fusilados, y que los cubanos lo harían también con todo el que se les presentaba; que negándoseles facilidad para ver a cónsul alguno de su nación y que no queriendo pelear contra los principios republicanos que con las armas sostuvieron en su patria, decidieron venir al campo insurrecto a los efectos antes indicados».

Bienvenidos, pues, a la manigua redentora.

EN SILENCIO TUVO QUE SER 

A Vicente García no lo engañó su fino olfato. Aquel francés, que con tanta pasión le pedía integrar la tropa, podía ser de incalculable utilidad. Y muy pronto pudo comprobarlo, no solo mediante el trabajo de arenga y de persuasión política que desarrolló Peiso (así colegas y sucesores le “cubanizaron” el apellido), sino también por el alcance de la misión más arriesgada y trascendente que asumiría en su vida: infiltrarse en la casta militar enemiga.

Pesquisas del propio Víctor Marrero, Historiador de Las Tunas, hacen suponer que en ese proceso intermediara la ayuda de Pedro Agüero González, primo del Mayor General cubano, quien también había logrado pasar gato por liebre entre las botas y charreteras peninsulares del territorio.

Lo cierto es que  a Félix Toledo Vidal, Comandante Militar de la Plaza de Armas en la entonces Victoria de Las Tunas, deben haberle simpatizado de tal modo el “odio hacia los cubanos”, la experiencia acumulada,  la alta preparación, buenos modales  y  perspectivas de aquel francesito, que terminó aprobándolo nada más y nada menos que como su Secretario.

¿Un guión cinematográfico?

¿Parece obra de un guión cinematográfico, verdad? Pues  acomódese que ahora viene lo mejor:

“Sembrado” en tan estratégica posición, era extraño que se produjera en la vasta zona de operaciones movimiento de tropas, refuerzo en armas, alimentos, provisiones… sin que hasta El León de Santa Rita (como llamaban a Vicente García) llegara oportunamente el mensaje, en clave, enviado por el agente secreto Aristipo (Peisso).

No por casualidad al valiente jefe mambí se le conoció también como El Rey de los Convoyes. Gracias a la secreta fuente, infinidad de esas caravanas fueron fácil blanco del factor sorpresa por parte de las armas cubanas, mientras el infortunado Comandante de la Plaza de Armas terminaba descargando un manotazo sobre el buró, gesto que muy probablemente también imitara con histriónica satisfacción su “incondicional” secretario francés.

Pero quizás el más elocuente ejemplo de aporte, la obra maestra que en silencio moldeó Peisso, esté en la cuidadosa y profesional manera en que le facilitó a Vicente García toda la información militar acerca de la ciudad: fortificaciones, piezas de artillería, trincheras, número de soldados, puntos estratégicos para un ataque, momento más apropiado…

Todo ello resultaría decisivo para que el 23 de septiembre de 1876, El León de Santa Rita realizara una de las más brillantes y sorpresivas acciones de la guerra, como resultado de la cual fue tomada la localidad y los españoles expulsados de ella.

Tres días antes, el 20, una mujer llamada Iria Mayo Martinell, hija de padre cubano y madre gala, había burlado la vigilancia enemiga para poner en manos de Vicente planos diseñados al detalle por un tal Aristipo.

No por su condición femenina ni por estar embarazada escaparía viva si la descubrían. Pero por encima del peligro estaba la causa cubana. Por ello ocultó, cosidos al  blusón de futura madre, aquellos documentos.

Sentado frente a su mesa de trabajo o tal vez contando pasos entre las cuatro paredes del recinto, Peisso debe haberle implorado a la vida que nada malo le ocurriese a la valiente mensajera encinta: esposa suya, amor de sus días y madre del niño que nacería después para prolongar estirpe de redención francocubana en esta geografía. .

Como recoge la historia, tres días después de ser tomada la ciudad  y ante el peligro de perderla,  los cubanos deciden prenderle fuego (acción que el Mayor General exige se inicie precisamente por su vivienda). Una mezcla de satisfacción y de cierta nostalgia debe haber embargado al intrépido comunero. Al vaivén de las llamas “ardía” también su condición de agente secreto. La manigua —a la que nunca temió— esperaba por él con sus ramas abiertas, convertidas en solidario abrazo.

A LA CAZA, COMO FIERAS

La ira colonial no podía perdonar, bajo ningún concepto, el rol facilitador de Aristipo en la toma de Las Tunas, a la que siguió la patriótica determinación, liderada por Vicente García, de preferir entregarla quemada antes que esclava.

Capturar a Peisso, liquidarlo, acabar con él, se había convertido en una obsesión política para el alto mando militar español. Voces informantes alertaban desde espacio adversario que el francés era buscado “con mucho empeño”. No era para menos: más de cien bajas y la rendición de unos 150 efectivos resultaban demasiado humillante para paladines de importada arrogancia.

Sereno, aunque sin descanso, para entonces ya Peisso le había dejado “una raya” a Toledo Vidal, aunque por su preparación integral continuaba activo al más alto nivel: ahora como integrante del Estado Mayor encabezado por el general tunero.

Casi un año después, el 7 de julio de 1877, fuerzas al mando del teniente coronel mambí José Sacramento León Rivero, entran en sorpresivo combate en el paraje rural conocido como Las Mercedes. La muerte cobró cinco vidas. El nombre de Peisso quedó inscrito entre ellas. Quizás con una sonrisa a flor de labios, como los grandes, tomó sin desespero, de la brisa, las últimas bocanadas de puro oxígeno cubano. Dejaba de respirar el agente Aristipo, uno de los precursores de la inteligencia mambisa; el francés que combatió en 1870 contra los prusianos cuando estos sitiaron la capital de su país, el sargento mayor decidido a morir o a vencer por ideas de libertad, igualdad  y fraternidad en los épicos días de la Comuna de París, el hombre que se plantó definitivamente en Cuba para todos los tiempos…

Tal fue la saña española contra él que, identificado por uno de los soldados al servicio de la metrópoli, su cadáver fue despedazado y esparcido en pedazos por la plaza de armas de Victoria de Las Tunas.

Nada lograron con ello. Demasiadas convicciones corrían ya por el torrente social tunero y sobre todo por las venas de una incipiente familia llamada a formar cubanísima prole.

Con su habitual virtuosismo periodístico, el colega Juan Morales Agüero retoma un relato que ha trascendido con el tiempo, asociado a Iria Mayo Martinell, la esposa de Peisso.

Asesinada por la soldadesca española

Delatada y encerrada poco después de la toma e incendio de Las Tunas,  por su condición de cónyuge y cómplice de un mambí, fue llevada a prisión donde dio luz a León Filiberto, su único hijo. Desde que así lo nombró, en honor al León de Santa Rita y a su amado esposo, nada bueno podría esperar España de aquel bebé. Sin recobrarse aún del parto, fue obligada a caminar inclementemente, durante su traslado a Bayamo.

Cuentan que, en el trayecto, presintiendo desgracias, le encomendó el niño a una antigua esclava llamada Inés Nápoles, para que, al final de la guerra, encontrara a Charles Philibert y se lo entregara. Desfallecida, sin fuerzas para proseguir, fue asesinada a machetazos por la soldadesca.

La digna liberta no pudo cumplir el deseo de Iria. Para entonces también Peisso había muerto. Por ello le entregó el niño al tío materno Juanillo Mayo, quien lo educó de tal modo que al estallar la Guerra del 95 el muchacho cogió el monte, donde a fuerza de inteligencia y arrojo mereció los grados de teniente.

Puede imaginar el lector lo que ese joven sentiría dos años después, en agosto de 1897, cuando bajo las órdenes del Mayor General Calixto García Íñiguez participó en la toma de la misma ciudad conquistada a filo de machete por  Vicente, con el concurso de su padre, en 1876.

Desde la eternidad, Peisso le agradecerá a su hijo, minuto a minuto, haber legado una fértil descendencia, por intermedio de 15 hijos cuyos retoños siguieron germinando en suelo del oriente cubano (Las Tunas) y de la central provincia espirituana.

En honor a Charles Philibert, tronco e inspiración patriótica de la familia,  siempre hay en ella un nuevo miembro con el nombre de Filiberto.


Pastor Batista

 
Pastor Batista