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Publicado el 14 Septiembre, 2020 por Lázaro Barredo Medina en Historia
 
 

CAUSA 37/1953

La primera victoria del Moncada (1)

Un testimonio de primera mano

Por LÁZARO BARREDO MEDINA

Fotos de Archivo

Baudilio, ya fallecido, ocupó diversas responsabilidades en la Revolución, entre ellas presidente del Instituto Nacional de la Industria Turística y embajador de Cuba.

Baudilio, ya fallecido, ocupó diversas responsabilidades en la Revolución, entre ellas presidente del Instituto Nacional de la Industria Turística y embajador de Cuba.

En 1972, como reportero de Juventud Rebelde, entrevisté al doctor Baudilio Castellanos (Bilito), joven abogado oriental que, recién graduado, ejercía en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953. Amigo de Fidel desde la infancia, compañero de lucha en la universidad, tuvo el mérito de asumir la defensa de la inmensa mayoría de los moncadistas. En vísperas del XX Aniversario de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes el interés de la entrevista era conocer pormenores del proceso judicial al que se vio enfrentado Fidel, el ambiente del juicio, los comentarios sobre el tribunal y, sobre todo, cómo se trazó la estrategia del juicio, el papel relevante y desconocido que en ello desempeñó Raúl, y muchas otras cosas más que inmortalizan la Causa 37, iniciada el 21 de septiembre de 1953.

Por su valor testimonial, Bohemia reproduce la entrevista.

El día del asalto yo estaba en mi casa. Vivía por entonces en el Segundo Crucero de Cuabitas, al norte de la ciudad de Santiago de Cuba. Como a las nueve de la mañana de aquel domingo la radio comenzó a dar la noticia de que habían atacado al Moncada. En la calle el comentario era que Pedraza (1) había desembarcado por Siboney y había ido a tomar el cuartel, pues se había disgustado con Fulgencio Batista, y que tropas del Ejército iban con él.

Escuchaba la radio para saber qué pasaba, pues ya estaban interrumpidas las comunicaciones (habían cortado la ciudad por la Loma de Quinteros y el reparto nuestro quedaba en las afueras de esta zona, así que no se podía entrar en Santiago), y oímos una noticia en la voz del coronel Río Chaviano (2) de que tropas mercenarias internacionales al mando de Fidel Castro habían invadido a Santiago y atacado al cuartel.

Titular sobre el asalto al Moncada

: “Por la prensa me enteré de los hechos y me personé en el Vivac”: Baudilio Castellanos.

Aquello nos alarmó terriblemente, por la vinculación que teníamos con Fidel, pero no disponíamos de noticias exactas de lo ocurrido ni podíamos entrar en Santiago en esos momentos. Hasta que, como a los dos días, salió el periódico Prensa Universal con una fotografía en primera plana, en la cual aparecían varios detenidos.

Eso fue el martes o el miércoles; y cuando empezamos a buscar caras conocidas, reconocimos a Raúl; a Medilla, estudiante de Ingeniería; a Jesús Blanco, estudiante de Medicina que luego traicionó a la Revolución; y no sé si ya estaban Jesús Montané u otros compañeros, pero lo que sí estaba claro era que reconocí a Raúl.

Cuando leí la noticia de que estaban presos en el Vivac, entonces sí cogí la máquina y me dije que entraba de todos modos en la ciudad, lo cual ya era factible, pues se permitía un poco más de movimiento en la entrada y la salida. Así, con el periódico en la mano, me dirigí al Vivac para ver a los detenidos.

En el vivac: declaración de principios de Raúl
Fidel en el Vivac rodeado de militaresw; detráss suyo, Sarría

El teniente Pedro Sarría (detrás de Fidel), quien le salvó la vida al Comandante en Jefe tras hacerlo prisionero, narró que allí en el Vivac el jefe de la acción del Moncada declaró ante el coronel Chaviano (sentado a la izquierda) los objetivos del asalto a la segunda fortaleza militar de Cuba.

Ya en el Vivac, en la calle Aguilera, cerca del parque Céspedes, pedí entrevistarme con el jefe, un tal Sánchez, que era sargento político de Anselmo Alliegro (3). Este hombre tenía muchas relaciones con los abogados, porque cuando había un caso que defender, lo entregaba y pedía un porcentaje de los honorarios; en fin, esa cadena mercantilista y corruptiva que existió durante muchos años en el capitalismo.

Él me recibió muy sereno; yo no creo que fuera un hombre sanguinario, pero sí era un hombre corrupto, un hombre de dinero. Al recibirme, preguntó: ¿Usted qué quiere, doctor?, y le contesté que quería ver a los prisioneros. Me objetó que por qué no había ido a verlos al SIM (Servicio de Inteligencia Militar) e iba a crearle ese problema a él; pero cuando le respondí que no sabía que estaban en el SIM, accedió y ordenó que me llevaran a ver a los detenidos. Esto lo hizo sin consultar con nadie; se veía que era un hombre templado, muy callado, de pocas palabras, pero muy razonable.

Me mandó con un guardia a la cárcel que estaba en el segundo piso. Allí había un grupo de 21 presos, entre ellos Raúl, Loynaz Hechevarría, comunista de mi pueblo que fuera asesinado durante las “pascuas sangrientas”; estaban Montané y otros compañeros.

Raúl, cuando lo detuvieron, hizo declaraciones a los periódicos, en las que formulaba una serie de principios revolucionarios: que iban a repartir las utilidades a los obreros, las tierras a los campesinos, etcétera. Y le pregunté, en cuanto lo vi, que a qué se debían esas declaraciones. Me dijo que creía que Fidel había muerto y que cuando lo detuvieron consideró que había que hacer una declaración de principios, para que se supiera quiénes habían realizado la acción y por qué.

Entonces les tomé recados a todos los que querían mandar mensajes a la familia, y me dijeron que allí estaban las compañeras que también habían participado en las acciones. Efectivamente, al otro lado, entre las locas y las prostitutas, estaban allí en condiciones desagradables; y no se podía hacer nada, porque aquello no era la cárcel, era una prisión provisional.

Este grupo se había salvado porque el tribunal actuante había pasado una inspección al cuartel Moncada, donde los recibió Chaviano y, en algún momento de la conversación, el tribunal le preguntó si había detenidos. Este bajó la guardia, dijo que sí, y ante la solicitud de que querían verlos, no le quedó más remedio que aceptar.

Así el tribunal recorrió los calabozos del SIM en el Moncada, y cuando los magistrados vieron a los detenidos, comenzaron a preguntarles con mucha inocencia cómo estaban, si los trataban bien. El presidente del tribunal ordenó entonces al secretario de actas que hiciera una relación de los detenidos, y todo el que se metió en la lista salvó la vida.

Este fue el primer grupo que salió. Hasta entonces el SIM no daba datos de nadie, pero al elaborar el tribunal la lista, se hizo público un documento de quiénes estaban allí. Por eso salvaron sus vidas, salieron a la publicidad y yo me pude presentar. Después no. Después fueron cayendo más y más compañeros, pero ya había un movimiento grande de familiares con abogados y se fue sistematizando el procedimiento.

Teníamos buenas relaciones con el tribunal, pues éramos abogados de oficio; y al personarme ante los magistrados se me permitió procesalmente la representación.

De acuerdo con la ley vigente entonces, aquello era un procedimiento de urgencia donde no hay personalidad, no se presenta nadie como en los procedimientos ordinarios. Era un procedimiento de excepción, en el cual se realizaría una investigación rápida y se celebraría un juicio, que es como un correccional. Sin embargo, presenté mi papel personándome en representación de todo el que me dio su nombre, y el tribunal me lo aceptó.

La estrategia del juicio

A partir de ahí, lo más importante era preparar previamente lo que íbamos a hacer durante el juicio. Ya los muchachos estaban en la cárcel de Boniato, y fui allá. Por esta época la cárcel estaba intervenida. Ya habían quitado de jefe a Taboada, otro político de Anselmo Alliegro que tenía la prisión como una gran fuente de negocios, ya que, por ejemplo, si los reclusos debían consumir 20 reses al año, ellos nada más que entregaban 10 y hacían negocio con el resto.

Al llegar a Boniato hablé con el interventor y le dije que quería conversar con los detenidos. Él le ordenó a un sargento del Ejército que me llevara al edificio donde estaban encarcelados los asaltantes. Pedí que me llamaran a Raúl, porque a Fidel lo tenían aislado, y era importante conversar con Raúl, quien asumía la dirección de todo el que estaba detenido allí.

Nos sentamos en una mesita ante el sargento, y Raúl empezó a hacer declaraciones de que habían hecho aquello y que si había que hacerlo otra vez, lo volverían a hacer. Era un diálogo un poco embarazoso al lado del sargento; y este parece que comprendió la situación y se alejó un poquito para dejarnos conversar, cosa que hizo violando las instrucciones que tendría de estar siempre presente y oír todo lo que hablábamos.

Conversando ya con Raúl discutimos el procedimiento que se iba a seguir en el juicio con los defendidos, quiénes iban a confesar, quiénes no lo iban a hacer, quiénes iban a dirigir la confesión principal, a hacer las declaraciones de principios; quiénes siendo culpables, por cuestión de conveniencia al movimiento, iban a decir que eran inocentes para que por falta de pruebas pudieran liberarse. Y así se hizo un plan basado en la organización que existía desde antes. Los miembros sobrevivientes del Estado Mayor y luego la masa de combatientes, tal y como efectivamente fue en el juicio: Fidel, el jefe; los miembros del Estado Mayor y los combatientes.

Un globo: la acusación

Es bueno señalar que la detención de fuerzas “oposicionistas” a las cuales se trató de involucrar con los asaltantes fue un asunto de conveniencia, porque demostraba los métodos absurdos y estúpidos de las fuerzas represivas al detener a personas que nada tenían que ver con la acción. Y aquello nos facilitaba una vía de escape para buscar la absolución de varios combatientes.

Había ya una presión sobre los magistrados, porque también el SIM en La Habana había detenido a mucha gente, y la mandó para Santiago sin pruebas ni nadie que la acusara, convirtiendo aquello en un relajo. Toda esta gente comenzó a negar, y como era un juicio tan grande, nadie recordaba si era Pérez o Lucas, y todos salieron absueltos, sin hacerles caso a las actas del SIM.

Ellos empezaron a inflar tanto aquel globo acusatorio, a querer relacionar a los comunistas con los auténticos e involucrar a gentes internacionales, que nadie les hacía caso. Chaviano llegó a decir que había hasta indios putumayos. Esos eran unos indiecitos que habían venido aquí a La Habana unos años antes, y tocaban en Tropicana y a la gente les parecía muy simpáticos; eran casi del tamaño de la guitarra. Indios putumayos: era la primera vez que eso se veía. Por otra parte, es digno de recordar que en aquel período antes del juicio, un gran número de personas se movilizó en Santiago. De ahí nacieron las huestes populares del 26, para ayudar a los muchachos. Muchos santiagueros, espontáneamente, comenzaron a organizar ayudas, empezaron a organizarse para apoyar a este Movimiento, y se movilizaron para asistir al juicio, haciendo de él todo un espectáculo emocionante.

Los muchachos estaban, además, muy bien vestidos, bien parecidos con los trajes negros, azules, de saco y corbata, con gran dignidad, no en estado deprimido, buena ropa, todo el mundo muy limpio, y además, muchos jóvenes; yo no sé quién no era joven allí.

Esto causó popularidad también entre las muchachas de Santiago, que iban a darles aliento a los muchachos. También se iban nucleando grupos con compañeros que luego formaron la base del Movimiento 26 de Julio.

El día del juicio llevaron a Fidel. Era una gran sala de actos del recinto del Palacio de Justicia; estaban muchos abogados. Había de todo tipo de detenidos; los acusados llenaban varios bancos y alrededor estaban el público y los soldados con armas largas, era un ambiente de tensión.

Realmente allí los que se sentían mal eran los soldados, porque el resto de la gente se sentía bien. De ahí en adelante la atmósfera en el juicio cambió totalmente; las muchachitas trayéndoles tabacos y cigarros a los muchachos, y los soldados diciendo: “no se puede, no conversen con los detenidos”, y no sabían cómo aislar a los moncadistas.

La serenidad de Fidel

Aquello era toda una atmósfera de triunfo, una moral muy alta. Entonces trajeron a Fidel a la primera sesión, la única a la que pudo asistir, y se sentó a mi lado en el estrado de los abogados.

“Cuando les dije que las iban a absolver, me dijeron que no, que ellas tenían que estar en la cárcel con sus compañeros”: Baudilio Castellanos.

“Cuando les dije que las iban a absolver, me dijeron que no, que ellas tenían que estar en la cárcel con sus compañeros”: Baudilio Castellanos.

Una de las cosas que siempre se han quedado grabadas en mi mente ha sido la serenidad de Fidel en aquel juicio. Y lo digo porque hay que imaginarse aquella sesión con todos sus momentos de tensión, con sus cargas dramáticas, donde uno está intranquilo por la tremenda atmósfera de rencillas y odios por parte de muchos militares; y que llegue él, muy sereno, fuerte moralmente, con ese optimismo de victoria que lo caracteriza, se siente a tu lado y te diga: “Lo peor ha pasado, Bilito”.

Y ¿qué quería decir Fidel con esa frase enigmática? Con el tiempo yo he tratado de interpretar esa frase, que en ese momento era enigmática. Era el primer día de la sesión, había ciento y tantos acusados, había cerca de 20 abogados, guardias con toda la tensión. Y hubo presión de Batista a través del magistrado y abogado santiaguero Andrés Domingo Morales del Castillo (4), un hombre que manejaba los títeres, un hombre de mucha influencia, una eminencia gris. Era quien decidía muchos puestos, entre ellos los cargos al Tribunal Supremo, determinaba quién era magistrado, quién no. Él les dijo a los jueces que Fidel no podía ir más a juicio; porque en realidad tenía miedo de que con los argumentos de Fidel, la defensa de la Revolución, hubiera influencia de Fidel en la masa de soldados y oficiales. Batista dijo: Ni una más. Pero lo más importante de todo, al margen de cualquier anécdota, es que la dictadura no sabía lo que había pasado ni podía entenderlo.

El Moncada es la ejecución de una conspiración para derrocar al Gobierno, chocar con la autoridad en la historia prerrepublicana y republicana; de las mejores organizadas de Cuba. No hubo una incidencia, no hubo un error, no hubo una delación en un hecho donde se movilizaron cientos de hombres que sostenían encuentros en la universidad y participaron en el desfile de las antorchas. Estaba bien compartimentado el movimiento. Fidel fue muy celoso escogiendo uno a uno, salvo los pequeños grupos que se encargaban en los puntos de reunión para entrenarse. Cuando iban a Palos, a la finca Santa Elena o si iban a lo que es hoy el Parque Lenin, la gente en general no se conocía porque eran de cédulas muy diferentes.

Todo fue muy bien organizado y no hubo error. Después se movilizaron hacia Santiago de Cuba alrededor de 160 gentes. Y fueron en tren, en ómnibus y en carros, como pudieran; y llevaron las armas con ellos.

Ya había una avanzada, ya estaban Ernesto Tisol con la granja de pollos, y Renato Guitar, el único residente en Santiago, porque ahí no había más santiagueros, salvo Pedrito Miret y Lester Rodríguez, y si tú quieres, Alventosa; pero nadie estaba todavía en el secreto, y muchos pues no sabían que se iba a atacar el Moncada.

Los antecedentes, de modo general, de esos jóvenes no les decían nada, Muñoz era médico y residente en el municipio de Colón. Después eran algunos muchachos de la juventud ortodoxa que Fidel captó en Prado 109, y luego los de Pinar del Río; pero que no tenían antecedentes penales, no habían participado en acciones políticas de renombre; y por lo tanto cuando los batistianos empezaron a examinar los expedientes de los muchachos se dan cuenta de que nadie sabía quién era Juan Almeida ni Jesús Montané ni Ramiro Valdés, eran gente muy modesta, modestísima; hasta el médico era de Colón, para desorientar más.

Entonces se actúa de forma perfecta; y a las seis de la mañana del 26 de Julio empiezan a tirarle tiros allí en la posta tres, y matan 22 guardias, murieron como seis muchachos; el resto los fueron cogiendo; de los que estaban con Abel enfrente, en el hospital y otros por aquí, etcétera, y los fueron asesinando y después regando. Hubo una ola de asesinatos durante dos o tres días hasta que la protesta santiaguera de todo el mundo los paralizó, llamaron a Batista, a un magistrado: Óiganme, aquí van a reeditar los tiempos de Machado (5). Batista le dio la Orden de Maceo al regimiento por haber defendido al cuartel; pero en realidad estaba muy disgustado con el Servicio de Inteligencia Militar, y estaba muy disgustado también con Chaviano, porque fueron tomados totalmente desprevenidos. Nunca supieron nada de lo que iba a ocurrir.

La acción fue muy bien escogida. Era la fiesta en la ciudad; desarticulados los guardias… Pero bueno, era una fortaleza muy grande, había muchos guardias.

(Sirva la publicación de este trabajo de homenaje a Lázaro Barredo Medina, recientemente fallecido).

(Continuará)

Pie de página

1.José Eleuterio Pedraza Cabrera. El 4 de diciembre de 1939 fue nombrado Jefe del Ejército. El 10 de marzo lo encontró sin uniforme, disfrutando de los millones robados al tesoro público. En las postrimerías del régimen se cobró a 10 por uno la muerte de un hijo suyo y asesinó a todo el que encontró a su paso. Abandonó el país el 31 de diciembre de 1958. De inmediato se vincula al dictador Trujillo en sus actividades contra Cuba. Fue jefe de la Conspiración Trujillista. Posteriormente planeó volar un barco petrolero en la bahía de La Habana, enviar avionetas para quemar campos de caña, y planificó bombardear la refinería Ñico López en Guanabacoa, entre otras muchas fechorías.

2 Alberto del Río Chaviano. Fue un militar golpista en la época de la tiranía de Fulgencio Batista, conocido también como el Chacal de Oriente, tristemente recordado por ser el principal asesino de los asaltantes al Cuartel Moncada.

3 Anselmo Alliegro Milá. Apoyó la dictadura de Gerardo Machado y luego de la caída de este salió del país. Regresó y se alió con Fulgencio Batista, a quien sirvió como ministro de Hacienda y luego de Educación durante su Gobierno. En este último cargo amasó una inmensa fortuna a costa del tesoro de la nación. Durante el último Gobierno de Batista fue presidente del Senado de la República.

4 Andrés Domingo Morales del Castillo. Al producirse el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, Batista lo nombró secretario de la Presidencia y del Consejo de Ministros. Ante las amañadas elecciones de 1954, el dictador le cedió entonces la presidencia, en una maniobra puramente de forma. Entre los años 1955 y 1958, fue designado de nuevo secretario de la Presidencia y del Consejo de Ministros. Desempeñó este cargo hasta la madrugada del 1° de enero de 1959.

5 Gerardo Machado Morales. Quinto presidente de la República de Cuba, que fue proclamado “doctor honoris causa” de la Escuela de Derecho siendo casi analfabeto. Fue bautizado como el “asno con garras”. Apenas a un año de haber tomado posesión del poder, ya se estaba proyectando el levantamiento de su estatua. Su ascenso a la presidencia en 1925 representó la alternativa de la oligarquía frente a la crisis latente. Intentó conciliar en su programa económico los intereses de los distintos sectores de la burguesía y el capital norteamericano. Huyó precipitadamente del país tras la huelga general en agosto de 1933.

 

 

 

 

 


Lázaro Barredo Medina

 
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