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Publicado el 21 Septiembre, 2020 por Lázaro Barredo Medina en Historia
 
 

CAUSA 37/1953

La primera victoria del Moncada (II y final)

Un testimonio de primera mano. Entrevista al doctor Baudilio Castellanos (Bilito), joven abogado oriental que, recién graduado, ejercía en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953. Tuvo el mérito de asumir la defensa de la inmensa mayoría de los moncadistas
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Cuando lo detuvieron en San Luis, Raúl pudo ofrecer unas declaraciones a la prensa explicando los motivos de la acción y se autoproclamó jefe del ataque al cuartel ante la creencia de que Fidel había muerto.

Por LÁZARO BARREDO MEDINA / Fotos de Archivo

En 1972, como reportero de Juventud Rebelde, entrevisté al doctor Baudilio Castellanos (Bilito), joven abogado oriental que, recién graduado, ejercía en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953. Amigo de Fidel desde la infancia, compañero de lucha en la universidad, tuvo el mérito de asumir la defensa de la inmensa mayoría de los moncadistas. En vísperas del XX Aniversario de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes el interés de la entrevista era conocer pormenores del proceso judicial al que se vio enfrentado Fidel, el ambiente del juicio, los comentarios sobre el tribunal y, sobre todo, cómo se trazó la estrategia del juicio, el papel relevante y desconocido que en ello desempeñó Raúl, y muchas otras cosas más que inmortalizan la Causa 37, iniciada el 21 de septiembre de 1953.

Por su valor testimonial, Bohemia reproduce la entrevista.

Batista se había hecho una imagen de hombre fuerte, el que tenía la bala en el directo y había usado ya el golpe de Estado, y resulta que una serie de desconocidos le atacan la segunda fortaleza militar y le matan 22 guardias.

Ya esa soberbia los embrutece y lo que hicieron fue acusar a todo el mundo, a toda la oposición. Entonces, la ortodoxia cayó, bueno, Millo Ochoa (6), Millo Ochoa acusado. Del Partido Socialista los acusaron a todos, a todos los dirigentes desde Juan Marinello, Lazaro Peña, a todos, todos. Partido que sumergió en la clandestinidad a algunos de ellos, y los hicieron aparecer cuando la situación estuvo más calmada. De los auténticos, bueno pues, acusaron a Carlos Prío (7), que no estaba, desde luego, y algunas otras personalidades allí. Estaban todos, absolutamente todos los partidos, todos los partidos.

¿Qué es lo que pasó con esto? Batista, sin pretenderlo, movilizó a la opinión pública, porque como acusó a todo el mundo, Cuba entera estaba allí; porque detrás de cada adepto, de cada acusado, casi todos los dirigentes políticos, estaban los periodistas; aquello era una actividad muy fuerte de los periodistas.

Cuando Fidel y este grupo de sus compañeros salvan la vida y se sienten acusados, ya le habían salvado la vida, aunque la vanguardia había pagado caro porque le había costado sesenta y tantos compañeros, muy caro… Habían muerto muchachos muy talentosos, como Abel, como Boris, como Renato y muchos otros, pero quedaba el resto.

En ese momento ya Fidel era intocable y la vanguardia de la Revolución se había salvado. Entonces hay unos momentos en la historia donde uno no sabe cuándo el reloj hace un giro de 180 grados o no, y Fidel declarando allí sin poderlo matar, la vanguardia allí sin poderla matar; había empezado otro momento de la historia política de Cuba.

Es decir, cuando Fidel me dice que lo peor ha pasado, en ese momento ya él tiene la comprensión, con esa gran intuición política suya, que evidentemente ha demostrado tantas pero tantas veces, de que la corriente política, la vida política había dado un cambio, y que no solo eso, si no que en términos marxistas, como decimos nosotros, la iniciativa del proceso político en Cuba la tenían sus compañeros, esa vanguardia que había salvado la vida. No todo el mundo se percató, porque para mucha gente…; bueno, esa acción de ir a atacar al Moncada era sencillamente una locura, y era una locura meterse en la Sierra.

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Raúl preso en el Vivac junto a Montané y otros asaltantes.

En aquel instante más bien hablamos brevemente de las tendencias, de los “paquetes” que quería montar la dictadura, de cómo querían imputar influencias internacionales, porque en las actas, como dije, hasta hablaban de indios putumayos. Yo no sé por qué le dio a Chaviano por decir estas cosas que además no las creía nadie, ni él mismo.

Allí Fidel me orientó en el sentido de que siguiera el contacto con Raúl, porque él sabía que lo iban a aislar. Su declaración fue muy dramática, de mucho respeto por parte del fiscal Paquito Mendieta. Es que en esta primera sesión ya la autoridad moral de Fidel es preponderante entre los magistrados y, bueno, el fiscal tenía que preguntarle algo.

Lo que más pudo incriminarle el fiscal Mendieta era algo así como: “¿Usted no sabía que esta acción iba a costar la vida de mucha gente?”. Esa fue la incriminación más fuerte del fiscal, es decir, el fiscal no se atrevió en ningún momento a faltarle el respeto; porque, además, Fidel tenía una sólida palabra de acusación, muy moral, muy fuerte, tremendamente fuerte.

Ahí fue donde respondió a aquella pregunta sobre quién era el autor intelectual de la acción y dijo sencillamente: “Fue José Martí”. Y se responsabilizó con todo lo del Moncada.

Posición de triunfo

Después de esta sesión, Fidel no asistió más, por los hechos que ya se conocen. Cuando Melba leyó en el juicio la denuncia de él, había una presión tremenda sobre el presidente del tribunal, y se suscitó el choque con Chaviano, pues al demandar la presencia de Fidel, el gobierno se negó por temor a que aquello se convirtiera en un mitin político.

Los otros momentos dramáticos del juicio fueron cuando los compañeros comenzaron a acusar a los esbirros por los asesinatos perpetrados. Eso hacía las sesiones interminables, porque cada vez que iba un compañero a hablar, denunciaba un crimen.

Ciro Redondo, por ejemplo, contó cómo, ya prisioneros, mataron a un compañero de él por la espalda. Nosotros veíamos momentos de vida de los muertos en los ojos de los muchachos cada vez que tomaban la palabra para decir estas cosas.

Pedrito Miret se enfrentó al capitán Porro para denunciar cómo se torturaba a los combatientes heridos y se les inyectaba alcanfor en las venas. Pedrito, muy bien vestido, parecía un “lord”, sereno, muy elegante, diciéndole las verdades a aquel hombre de siete pies de estatura, grueso y tosco, que era muy amigo de Chaviano y muy odiado. Todas estas cosas frente a frente, con una fuerza moral tan grande en Pedrito, que se notaba visiblemente que Porro estaba a la defensiva. Y esta posición de triunfo de los muchachos, que acusaban cada vez más a los esbirros por sus asesinatos, ayudaba mucho.

Recuerdo que ya en ese ambiente mandaron a un cabo del Ejército. Lo mandó Agustín Lavastida (8), jefe del SIM, para que dijera que había granadas en el asalto. Ya anteriormente hubo que luchar, entre otras cosas, contra una acusación de Chaviano de que los compañeros que penetraron en el Hospital Civil habían apuñalado a los militares enfermos, con lo cual se trataba de crear odio entre el Ejército y los muchachos.

El caso del anón

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El teniente Sarría desobedeció la orden de llevar al prisionero Fidel Castro al Moncada y lo condujo al Vivac. La foto es a la entrada del recinto y junto a él se aprecia a Juan Almeida, Armando Mestre, Oscar Alcalde, entre otros

Entonces toda la labor nuestra estuvo dirigida a desmontar esa acusación y demostrar que esto era completamente falso: “¿Usted vio heridos de arma blanca, vio cuchillos?”, preguntábamos a los soldados. Y con sus negativas logramos eliminar esta acusación.

Ahora se aparecían con lo de las granadas. Pero, sinceramente, la atmósfera estaba a nuestro favor, y le preguntamos al cabo: “¿Usted vio a algunos de los asaltantes con algo así en la mano?”, y le enseñé el puño. Dijo que sí, que era una cosa así como yo le señalaba. Le inquirí: “¿Esto era más o menos redondo?”, y respondió que sí, que era algo más o menos redondo.

Decidí preguntarle: “Cabo, ¿y tenía punticas de colores, como negro, así de piececitas?”, y me dijo que sí también. Dentro de aquel silencio del diálogo no me quedó otra alternativa que preguntarle: “Cabo, ¿y en vez de una granada, no sería un anón?”. Aquello se cayó abajo de la risa, el cabo se turbó y en vez de replicarme se quedó en silencio muy ridiculizado, de tal forma que me llamaron la atención.

Había un viejo abogado, muy simpático, llamado Pepón Badel, muerto ya, que tenía una agilidad literaria tremenda e improvisó una coplita y la circuló por toda la mesa de los abogados y hasta por el público.

Sobre el anón se formó la confusión,/ cuestión de fruta cambiada,/ donde Baudilio vio anón, el cabo vio una granada.

Y se la pasaron a los magistrados también y aquello ayudó a desprestigiar las acusaciones hechas por el Ejército, que quedó ridiculizado por completo.

El tribunal

Antes de seguir la narración del juicio, creo que debiéramos hablar del tribunal para comprender algunas de sus posiciones.

El tribunal lo presidía Nieto. Este señor era un hombre que quería hacer carrera judicial. Era un viejo santiaguero que se apresuró mucho y aceptó el cargo de magistrado del tribunal supremo de la dictadura; él sabía que habría un cambio político en este país, pero se apresuró mucho. Estaba también Díaz Oliveras, que era un hombre conservador, civilista burgués más bien, al cual metieron en aquella sala y solo hizo una pregunta para favorecer a Jesús Blanco, estudiante de Medicina, pues la madre lo había vuelto loco en la casa pidiéndole que le cuidara a su hijo, y el hombre, por compadecerse de la infeliz mujer, hizo una pregunta para favorecer a Blanco. Y estaba el tercero, cuyo nombre no recuerdo, que era un hombre muy decente.

Este tribunal no tenía ningún interés político, salvo Nieto, que era un gran líder social en Santiago, Vista Alegre y todo eso. Todos eran burgueses que tenían encima una presión social tremenda de condena moral por los crímenes de la tiranía. En verdad la población estaba repugnada con los crímenes, de los procesamientos hechos contra los políticos “opositores”, y dondequiera que ellos asistían, recibían esta presión, aun en las sociedades donde se reunía la burguesía local, tanto en Vista Alegre como en el Tenis Club.

Por eso es necesario ver estas cosas para comprender la adecuación de la sentencia, porque ellos la fueron modificando un poco: a Fidel, desde luego, el dirigente, lo castigaron más; empiezan a mostrarse un poco menos severos con los miembros del Estado Mayor y más flexibles todavía con la masa de combatientes, y así les imponen condenas de quince, trece y diez años.

Quedaban el caso de Haydée y el de Melba. Empecé a plantear una tesis de que ellas estaban en el grupo por solidaridad humana, porque estaban el hermano, el novio; y comenzamos a plantear que por estos motivos fueron de enfermeras, pero que en modo alguno habían participado ni en la ideación conspirativa, ni tomado parte en actos materiales, y que su conducta, por tanto, no configuraba un delito, y que por lo demás era histórico en las guerras, en las revoluciones, que hubiera enfermeras, etcétera, etcétera.

Un día le dije al presidente del tribunal que iba a plantear esa tesis y me respondió que él creía que daría una sorpresa. Yo lo que creía era que las iban a absolver, y fui a decírselo a Haydée. Aquí radica una de las virtudes de nuestras compañeras. Nunca esperé esta fuerza humana de solidaridad, porque Haydée –secundada por Melba– se ofendió cuando dije que las iban a absolver, y me dijo que no, que ellas tenían que estar en la cárcel con sus compañeros, y que de ningún modo aceptarían esa libertad.

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Dibujo con la firma de H. Maza fueron publicados en el suplemento gráfico, en colores, del periódico Revolución donde se describe la autodefensa de Fidel en el juicio en la salita del hospital.

El juicio de Fidel

El juicio de Fidel se celebró en el hospital por la excusa de que estaba enfermo, y asistí porque defendía a Abelardo Crespo en el mismo proceso. Defendí a Abelardo Crespo y traté de sacarlo absuelto por autorizarlo Raúl, pues él estaba muy grave, tenía muchas infecciones, pero lo condenaron.

La salita del Saturnino Lora estaba copada por los militares; era un cuartico, una salita del hospital, donde la impresión era que se iba a dictar una gran conferencia. Y así fue.

En su alegato, Fidel parecía un profesor de cátedra que estaba dictando una conferencia ante los discípulos, que lo atendían con mucho interés. Y todo el mundo, las enfermeras y los médicos con sus batas blancas, asomándose; los guardias, en silencio, con un respeto tremendo, y los magistrados también; era como si el que estuviese hablando dijera cosas nunca dichas que había que oír con mucha atención.

Al llevar a Fidel a aquella salita lograron resolver el problema que estaban encarando; la cosa era impedir que se celebrara el juicio público, porque hacerlo era atentar contra el Gobierno. La tiranía era una gran contradicción y el poder judicial era un poder corrupto, pero por ahí había personas decentes que se iban a dejar influenciar por la presión popular. Por eso el Gobierno reaccionó en cuanto vio que aquello se iba a convertir en un mitin público, y no dejaron que Fidel fuera más.

Esa fue la mayor inconsecuencia del tribunal: aceptar la presión de los militares para que Fidel no siguiera en el juicio, por temor también a que el proceso tomara vías más complejas, con lo cual, o no hubiera habido juicio o hubiera existido un enfrentamiento del tribunal con la dictadura, cosa que nunca iban a hacer bajo ningún modo y menos lo iba a aceptar Nieto.

Aquello fue, finalmente, una gran negociación del tribunal; ellos sabían lo que tenían que ceder; sabían las presiones que estaban recibiendo; buscaron una política de equilibrio, y dijeron: “Bueno, yo sí admito que Fidel no venga”. Y sabían que estaban incumpliendo la legalidad jurídica.

Pero también dijeron después: “Todo el que pueda ayudar, ayuda; y a todo el que confesó en el SIM, pero que no venga el SIM a acusarlo aquí, lo absuelvo; y a todo el que niegue y no lo acusen con plena prueba, lo absuelvo; y a Haydée y a Melba les pongo siete meses nada más”. Esa fue la posición visible del tribunal.

El Gobierno decía que el Moncada había sido una derrota militar, y desde el punto de vista táctico fue así; pero no supo valorar otros factores, no quiso o no tuvo la visión de comprender que estratégicamente aquella Causa 37 significaba como 10 victorias de más peso que el hecho en sí de atacar la fortaleza.

En el mismo juicio, en la conducta viril de los asaltantes, reconociendo su participación en el combate; en las denuncias de los asesinatos que desmoronaban a las fuerzas represivas; en las simpatías que creó en el pueblo esta actitud y en el programa político en que se convirtió el alegato de Fidel La historia me absolverá, se gestaba el nacimiento de una victoria, la Primera Victoria del Moncada.

Pie de página

(6) Emilio Ochoa Ochoa. Junto a Eduardo Chibás participó en la fundación del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y se convirtió en uno de sus principales líderes. Tras el triunfo de la Revolución abandonó Cuba y se radicó en Miami.

(7) Carlos Prío Socarrás. Presidente de la República entre 1948 y 1952. Su mandato se caracterizó por la agudización de todos los males del país, en especial la corrupción, el gansterismo, la represión anticomunista y el sometimiento al imperialismo norteamericano. Derrocado por el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, se asiló en la embajada de México y luego marchó al extranjero.

(8) Agustín Lavastida Álvarez. Fue uno de los más sanguinarios torturadores de la dictadura batistiana. Antes de ser militar y uno de los jefes del Servicio de Inteligencia Militar, fue un joven que se dedicaba al juego, las drogas y el proxenetismo. Tras el triunfo revolucionario de 1959 huyó del país hacia los Estados Unidos.


CAUSA 37/1953: La primera victoria del Moncada (1)


Lázaro Barredo Medina

 
Lázaro Barredo Medina