0
Publicado el 2 Septiembre, 2020 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Primera Declaración de La Habana: Cuba ratifica su dilema irrenunciable

El pueblo, reunido en asamblea general, proclamó el derecho a hacer la Revolución y suprimir la explotación del hombre por el hombre, a condenar la intervención del imperialismo norteamericano en las naciones de América Latina
Compartir
Fidel habla ante más de un millón de cubanos reunidos en la Asamblea General del Pueblo de Cuba, el 2 de septiembre de 1960, para aprobar la Primera Declaración de La Habana

Un millón de cubanos, encabezados por Fidel, abarrotó el 2 de septiembre de 1960 la Plaza de la Revolución. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

El gobierno de los Estados Unidos intensificaba las actividades contrarrevolucionarias en el país, al estimular y subvencionar los grupos terroristas en campos y ciudades, además de las agresiones económicas, que incluyeron la supresión de la cuota azucarera cubana al mercado norteamericano. El pueblo, entretanto, se preparaba para defender la Patria ante la posibilidad de una intervención armada del imperialismo y de un extremo a otro del archipiélago se intensificaba el entrenamiento de las Milicias Nacionales Revolucionarias.

A instancias del vecino del Norte, se convocó en San José (Costa Rica) la VII Reunión de Consulta de la OEA, donde se aprobó una declaración cuyos objetivos pueden resumirse en tres puntos: el aislamiento de la Revolución Cubana, la convalidación oficial de una futura acción militar contra Cuba por parte del mayor número de gobiernos latinoamericanos y el sometimiento y obediencia de los Estados del continente a la disciplina del llamado sistema interamericano que controlaba EE.UU.

Los cubanos respondieron a esa declaración de manera contundente. Un millón de personas, encabezadas por Fidel, abarrotó el 2 de septiembre de 1960 la Plaza de la Revolución “junto a la imagen y el recuerdo de José Martí”, como afirmara la prensa de la época, para constituirse en Asamblea General Nacional, “en uso de las potestades inalienables que dimanan del efectivo ejercicio de la soberanía”.

El documento, leído por el líder revolucionario, no solo respondía y condenaba la Declaración de San José, sino que proclamaba los derechos del campesino a la tierra, del obrero al fruto de su trabajo, de los niños y jóvenes a la educación, de las mujeres a la igualdad civil, social y política, de los enfermos a la asistencia médica y hospitalaria, del anciano a una vejez segura.

También proclamaba y reafirmaba los derechos de los negros y los indios “a la dignidad plena del Hombre”, de los estudiantes a la enseñanza libre, experimental y científica, de los intelectuales, artistas y científicos a luchar, con sus obras, por un mundo mejor.

A partir de aquel día el texto aprobado se conoció con el nombre de Primera Declaración de La Habana.

Aquel viernes de septiembre, los congregados en asamblea proclamaron el derecho a hacer la Revolución y suprimir la explotación del hombre por el hombre. Condenaron “enérgicamente la intervención abierta y criminal que durante más de un siglo ha ejercido el imperialismo norteamericano sobre todos los pueblos de América Latina, pueblos que más de una vez han visto invadido su suelo”.

Reivindicaron el derecho a convertir las fortalezas militares en escuelas y a armar a los obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales –sin importar edad, sexo o color de piel–, a todos los oprimidos, para defender por sí mismos sus derechos y sus destinos.

Reafirmaron el latinoamericanismo martiano, al expresar su fe en la América Latina, su decisión de trabajar por ese común destino que permitirá a nuestros países edificar una solidaridad verdadera, asentada en la libre voluntad de cada uno de ellos y en las aspiraciones conjuntas de todos.

Y en la voz de aquel millón de cubanos, que al aprobar la Declaración hicieron ondear sus banderas de combate y esgrimieron sus fusiles y machetes, iba también el grito solidario e internacionalista a todos los pueblos hermanos del mundo.

A ellos el pueblo en asamblea les dijo: “Cuba no fallará. Aquí está hoy Cuba para ratificar, ante América Latina y ante el mundo, como un compromiso histórico, su dilema irrenunciable: Patria o Muerte”.

 

Compartir

Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García