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Publicado el 5 Noviembre, 2020 por Pastor Batista en Historia
 
 

Operación Carlota

Angola, el otro rostro de la misma guerra

Lo que miles de niños jamás olvidarán. ¿Qué otro ejército extranjero cura a la población oriunda que el enemigo ataca? El rescate de una manito necrotizada ya. No regresaré a mi Cuba sin salvar tu pequeño pie. Para a desfrute da felicidade nas crianzas angolanas. Elpidio Valdés conquista a la muchachada de Petrangol y Natalia Herrera a Cuando Cubango. ¿Arte o brujería en Cabinda? El Sol… ni con un dedo.

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

La ayuda solidaria no solo fue militar. Una colaboradora cubana confraterniza con niños angolanos. (Foto: PASTOR BATISTA)

Combatientes cubanos regalan juguetes rústicos, fabricados por ellos mismos, a niños de aldea cercana a Cuito Cuanavale.

Aunque han transcurrido 45 calendarios, para miles de hogares el tiempo da la impresión de haberse detenido en distintos peldaños intermedios, desde que el primer grupo de cubanos arribó a la República Popular de Angola, para ofrecer una ayuda internacionalista que se prolongaría durante aproximadamente tres lustros.

Urgente, por el grave peligro que en 1975 corría la independencia de esa nación (en medio de una conjura encabezada por Estados Unidos y la CIA, con participación de organizaciones contrarrevolucionarias internas y gobiernos como los de Zaire y Sudáfrica), la operación de solidaridad se denominó Carlota, en homenaje a la esclava africana que en 1843 había encabezado una rebelión contra la opresión española en el ingenio Triunvirato, de Matanzas.

Más de 370 000 hombres y mujeres, en total, procedentes de la Mayor de las Antillas, no solo salvaron inicialmente a Luanda, capital de aquella nación, asediada y a punto de ser víctima de la voracidad imperial, sino que expulsaron al agresor sudafricano por la frontera sur, garantizaron seguridad frente a similar peligro durante años y volvieron a aplastar definitivamente al ejército racista de Sudáfrica en 1988, tras su aplastante derrota en Cuito Cuanavale y en el flanco sudoccidental, en ofensiva que condujo a la independencia de Namibia y al fin del Apartheid.

Luanda despide a internacionalistas cubanos en Angola. Operación Carlota

Luanda se volcó a sus calles y avenidas para despedir a los internacionalistas cubanos.

A pesar de que mucho se ha escrito de esa epopeya, nunca será suficiente, por lo que significó la operación desde el punto de vista propiamente militar y político, pero también por la huella humana dejada por los internacionalistas cubanos en un pueblo muy sufrido durante siglos, que no por casualidad despidió a las tropas cubanas en medio de las más diversas y espontáneas muestras de gratitud.

Acerca de esa sensible arista de la guerra, les ofrezco estos apuntes que forman parte de mi libro Arma Secreta de Cuba en Angola, listo para impresión en la Editorial Pablo de la Torriente Brau:

EL OTRO ROSTRO DE LA MISMA GUERRA   

No es Nankova el único escenario que niñas y niños recordarán, por los siglos, como rara e inaudita expresión de una guerra en la que, contrario a toda praxis anterior, una de las partes beli­gerantes, lejos de dejar una estela de muerte, penuria y sufri­miento, regala algo tan ajeno a un entorno así, como… juguetes.

Desierto de Namibe, niños aguardan por el alimento que con ellos comparten “los primos de Cuba”.

Desierto de Namibe, niños aguardan por el alimento que con ellos comparten “los primos de Cuba”.

Aquel espontáneo gesto hacia la niñez de Cuito Cuanavale, se in­serta entre numerosas formas de reacción cubana frente a las di­fíciles condiciones que amordazan a miles de infantes y a la población adulta, en un país que ya no soporta más angustia.

Me gustaría saber qué reglamento, de qué otro ejército, ordena, recomienda o al menos permite que el personal médico militar atienda, con igual sensibilidad, a la población civil del lugar donde las tropas se encuentran acantonadas o en avance.

Al enfermero Arturo Loaces, por ejemplo, nadie tuvo que in­dicárselo aquella sombría tarde cuando hasta el batallón de tropas especiales llegó, desesperado, un matrimonio de nativos con un niño que presentaba serias lesiones como consecuencia de la mordida de una cobra, 14 días atrás. En Cuba, donde, por suerte, no hay serpientes venenosas que atacan, ni leones, pan­teras u otras fieras, Arturo hubiera arremetido contra aquellos padres, por haber esperado tanto, aplicando quién sabe cuán­tos remedios, a la postre todos inefectivos. Pero el momento no era para reprimendas, ni aquella pobre familia merecía rega­ños en tan amargo trance.

—Causaba verdadera grima —relata— tenía necrotizados los tejidos de la mano derecha. Tuvimos que retirarle toda esa piel, actuar con lo que, en campaña, teníamos a nuestro alcance, e indicar la rápida evacuación para el hospital civil más cercano. De lo contrario, hubiera sido inminente e inevitable amputar. Nunca olvidaré la expresión de gratitud en el rostro de los pa­dres, antes de partir. Algo muy parecido viví frente a una niña afectada por tres accesos plantarios con comunicación entre los dedos del pie izquierdo. Traía criterio de amputación. «Sería un crimen hacerlo», me dije; «no volveré a Cuba con el remor­dimiento de que no le hayamos salvado el pie». Tres semanas después la angolanita estaba de alta y el padre nos entregaba lo único material a su modesto alcance: una carta, escrita a mano, en agradecimiento «al noble corazón de la medicina cubana». Ahora no recuerdo el nombre de la niña, pero sé que en algún lugar debe estar jugando, a lo mejor correteando, como otros niños, y que no será una más, entre miles de personas de este país que andan por las calles con un solo pie, ayudadas por un par de muletas.

Médico cubano atendiendo a población nativa en Cabinda.

Médico cubano atendiendo a población nativa en Cabinda.

Lo escucho y, a medida que relata, a mi mente acude la silueta del joven médico a quien una fresca mañana le tomé, sin pre­vio aviso, una foto de rutina mientras atendía a dos niños, junto a su madre, allá, en el norteño territorio de Cabinda. La consul­ta transcurría a cielo abierto, bajo la sombra de un árbol, pero aquel muchacho actuaba con tal pasión y profesionalidad que parecía estar dentro del más confortable consultorio médico del Vedado.

No. El combatiente internacionalista cubano no es una má­quina que se programa para ejecutar, invariablemente, un conjunto de operaciones afines a determinada especialidad militar. Mucho menos, un robot diseñado para matar. Cada nuevo contacto con las unidades de combate, con quienes aseguran la retaguardia, devela el hondo sentimiento hu­mano, como uno de los principales rasgos de esos hombres y mujeres, incluidos los de la colaboración civil que, al re­tornar de vacaciones en Cuba, cargan ropa, juguetes y otros obsequios para niños angolanos, como si lo hicieran para el hijo del entrañable amigo, para el sobrino, para el retoño propio.

Testigos de gestos así son infinidad de parajes, en las selvas, prácticamente vírgenes, del norte; en las praderas y sabanas que van perdiendo intensidad a medida que uno avanza de centro a sur, en ese entorno de vegetación mucho más discreta que pare­.

Donde parece rascar la piel de zonas costeras o en el citadino ambiente de Luanda, donde al adolescente Pedro José Kutunga se le dispara el ritmo cardíaco a medida que avanza entre la muchachada del barrio Petrangol, en el municipio de Ambisanga, para recibir las llaves del parque infantil que jamás tuvo esta parte de la ciudad.

No fueron, desde luego, la UNITA ni el FLNA (Frente de Libe­ración Nacional de Angola) y, mucho menos, los racistas suda­fricanos, quienes construyeron los columpios, hamacas, sillas, el tío vivo y otros aparatos para la más sana distracción. El milagro tiene olor inconfundible a Caribe. Llegó por medio de cubanos, pertenecientes a los talleres de reparación de medios técnicos de retaguardia, con su jefe, el Teniente Ro­lando Serrano, al frente, y de manos como las del Soldado de la Reserva Vicente Lorenzo Díaz, autor, en trazos autodidactas, de la rana, el león, el perro y esos otros animales, incluido el caballo Palmiche, que en cualquier momento parecen saltar del muro donde están para mezclarse con la cuadrilla de chi­quillos que, ensimismados, se detienen a observarlos, ajenos al llamado de adultos que les insisten en ir a recibir sus caramelos, dulces, refrescos y bocaditos porque, de lo contrario «se van a quedar fuera». Ignoran, padres y abuelos, que ninguna de esas golosinas puede superar, en este momento, la magia con que un hombrecito llamado Elpidio Valdés, vencedor de rayadillos colo­niales españoles y de intrusos norteamericanos, armados hasta los dientes con dólares y cañones, acaba de conquistar, sin más disparo que el de la solidaridad, a las niñas y niños de Petrangol.

Desde un balcón cercano, una mujer fija la vista en algo que su limitada visión no alcanza a precisar bien. Es una inscripción sobre cuatro lozas. Convencida de que, desde allí, no logrará leer nada, gira, baja las escaleras, avanza y se sitúa frente a lo que alguien ha rotulado para la posteridad:

Un parque para la niñez del barrio Petrangol, en Luanda.

Un parque para la niñez del barrio Petrangol, en Luanda.

Este parque infantil foi construido com muito amor y carinho pelo combatientes internacionalistas cubanos para a desfrute da felici­dade nas crianzas angolanas, donos legitimos desta nasao.

Para ella, para la niñez, para la nación angolana, e incluso para su presidente José Eduardo Dos Santos, actuarán, en otros es­cenarios y momentos, quince niños procedentes de Cuba, inte­grantes del Grupo Patria, de Artemisa, y de la Escuela Vocacio­nal de Arte ubicada en Güira de Melena.

Para ellos, como para la actriz Natalia Herrera y para otros artistas, a quienes vi encaramarse sobre un potente camión Kraz, a fin de esparcir su arte sobre nuestras tropas en peligrosas zonas de Cuan­do Cubango, también el tiempo pasará e irá acrecentando la satis­facción de haber sobrevolado el Atlántico para concretar la cuerda locura de llevar el mensaje de paz y de ternura que ojalá conociera toda conflagración armada, si es que no se puede evitar antes el indeseable rugido de las armas entre los predios de la muerte.

Por eso para ellos, también, y para quienes no saben qué es una luneta de teatro, un títere, un payaso, un humorista… el Solda­do Reservista holguinero Antonio Núñez Peña saca de la manga de su camisa de camuflaje los dotes que ni él mismo se conocía, convertido ahora en mago, allá en Cabinda, para adivinar car­tas, devolver metros de pañuelo por la boca, dejar embobecido hasta el moco que bordea las narices de los niños, desaparecer y hacer que aparezca, intacta, esa gallina que al final su dueño se niega a aceptar, ¡ni loco!, repitiendo: «esa galiña ten ficticio, esa galiña ten ficticio…» por considerarla obra de brujería, en tanto los menos incrédulos gozan burlones o reclaman el ani­mal, para llevarlo esa misma noche al fondo de una olla.

Este es el otro rostro de la misma guerra. Son, apenas, peque­ños pedazos de una realidad cuya dimensión y brillantez ningún dedo humano puede ocultar, aun cuando mañana, u hoy mismo, haya lenguas que se crean con la «herrada» capacidad de hacer­lo, desconociendo al Sol, invocando verdades de pura mentira.


Pastor Batista

 
Pastor Batista