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Publicado el 29 Noviembre, 2020 por Redaccion Cultura e Historia en Historia
 
 

La constitución del Ejército Invasor

En el potrero de Lázaro López, el 29 de noviembre de 1895, se unía el contingente oriental comandado por Antonio Maceo con la tropa seleccionada por Máximo Gómez en Camagüey y Las Villas

Gómez y Maceo

Por ERNESTO USTARIZ RAMÍREZ *

La Invasión a Occidente de 1895 fue, seguramente, la mayor hazaña militar de las guerras independentistas cubanas. Una lucha contra un enemigo muy superior en hombres y armamento por la consecución de un ideal: la libertad definitiva de Cuba. Desde el primer momento de la contienda, llevar la guerra a todo el país había sido un objetivo de los principales líderes.

En Occidente se concentraba el poder y la riqueza que alimentaba el numeroso ejército español en Cuba, y que no había sido dañado durante la Guerra del 68, uno de los factores que incidió en su fracaso.

El comienzo de esta proeza estuvo marcado por la salida de las tropas a cargo de Antonio Maceo el 22 de octubre de 1895 desde Mangos de Baraguá, donde 17 años antes había protagonizado la histórica Protesta. A los pocos días, Máximo Gómez por su parte, cruza la trocha de Júcaro a Morón en dirección al Camagüey para preparar las condiciones de la marcha mientras esperaba al Titán de Bronce.

Maceo, por su lado, comandaba una columna de alrededor de 1 500 efectivos pobremente armados, a razón de 10 tiros por combatiente. Esta parte del contingente invasor logró cruzar la Trocha de Júcaro a Morón el 29 de noviembre sin apenas lanzar un disparo, así de formidable era su empuje. Apenas media hora después se producía el encuentro de Máximo Gómez y Antonio Maceo. Desde allí el Generalísimo dispuso la partida hacia la finca Lázaro López.

El Ejército Invasor

En este lugar se dieron los últimos preparativos al contingente invasor. Casi 4 000 soldados formaban las fuerzas mambisas, de ellos 3 000 pertenecientes a la caballería y 1 000 a la infantería. Al amanecer del día siguiente, 30 de noviembre, con todas las formalidades que permitía la vida en campaña, se constituyó el Ejército Invasor.

En una formidable parada militar, los generales y el Consejo de Gobierno que los acompañaba pasaron revista a las tropas que debían llevar la guerra hasta el último pueblo del occidente. Junto a los dos grandes caudillos, se encontraban José Miró Argenter como Jefe del Estado Mayor; Luis de Feria Garayalde lideraba la Caballería y Quintín Bandera, la Infantería.

El día que no haya combate será un día perdido, o mal empleado
Gómez dispuso que la Infantería, liderada por Quintín Bandera, se dirigiera al sur de Las Villas, hostigando el valle de Trinidad. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Gómez dispuso que la Infantería, liderada por Quintín Bandera, se dirigiera al sur de Las Villas, hostigando el valle de Trinidad. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Frente a la tropa, el General en Jefe arengó a sus soldados sin mentirles: “En sus filas que veo tan nutridas la muerte abrirá grandes claros. No os esperen recompensas, sino sufrimientos y trabajos. El día que no haya combate será un día perdido, o mal empleado”. Comenzaba de esta manera la parte más difícil de la Invasión.

Este formidable Ejercito puso rumbo a Las Villas donde pretendían frenarlo unos 20 000 efectivos peninsulares al mando de Arsenio Martínez Campos, uno de los mejores generales militares de la Corona española. Estaba dispuesto el Capitán General ofrecer resistencia a toda costa y el subordinado suyo que no lo cumpliese, sería llevado a consejo de guerra sumarísimo.

Los mambises, entretanto, seguirían una táctica: avanzar al Occidente a toda costa, y solo retroceder ante un peligro mortal, tras el cual, una vez superado, seguirían rumbo hacia el poniente. La orden era adelantar a las fuerzas enemigas y si era necesario el combate, hacerlo sobre la marcha.

Desde la partida, Gómez dispuso que la Infantería, se dirigiera al sur de Las Villas, hostigando el valle de Trinidad. Tenía como propósito esta acción dividir las fuerzas colonialistas, y a la vez, golpear las riquezas de esa zona. Justo es decir que la misión encomendada no cumplió totalmente su objetivo, pues los mandos españoles no movieron muchos de sus efectivos.

La tea incendiaria

Desde un inicio la columna invasora había comenzado a ejecutar una política planteada desde mucho antes: la tea incendiaria. Esto con la idea de acelerar la victoria cortándoles los suministros a las arcas españolas.

Los insurrectos realizaron un avance veloz sobre el territorio villareño, devorando muchos kilómetros diarios. Y le propinaron una contundente derrota al enemigo en Iguará. En este punto, los miembros del Consejo de Gobierno regresaron a Camagüey para atender la situación creada por agentes de Martínez Campos que pretendían dividir al campo mambí con propuestas de una paz sin independencia, táctica ya usada durante la Guerra de los Diez Años. El mando militar no puso óbice alguno, pues constituían un lastre en los agiles movimientos que imponía la lucha.

Tal como había ordenado la jefatura insurgente, hubo muchas escaramuzas y combates en la región de Las Villas, pero ninguna de gran importancia que comprometiera el avance hacia el oeste. No se imaginaba la alta oficialidad ibérica que pronto se libraría uno de las más formidables operaciones de la contienda, donde las fuerzas españolas sufrirían una costosa y arrolladora derrota: el combate de Mal Tiempo.

Fuentes consultadas: La forja de una nación, de Rolando Rodríguez; El desafío del yugo y la estrella, de José Cantón Navarro; y el Diario de campaña de Máximo Gómez

*Investigador  y profesor universitario


Redaccion Cultura e Historia