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Publicado el 5 Noviembre, 2020 por María de las Nieves Galá León en Historia
 
 

Pelotón, ¡listo!

Los jóvenes angolanos formados por el instructor cubano Héctor Felipe Hernández Alfonso, durante la misión internacionalista, quedaron por siempre en su memoria

Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

Héctor inernacionalista Angola

Héctor Felipe fue uno de los instructores cubanos que partió para Angola en septiembre de 1975. (AGUSTÍN BORREGO TORRES)

Angola llegó de forma inesperada a la vida del hoy teniente coronel (r) Héctor Felipe Hernández Alfonso. Sin saber cuál era la misión exacta, cuando lo convocaron, dio su disposición. El 29 de septiembre de 1975, en la pista del aeropuerto de Rancho Boyeros, minutos antes de la salida, conoció su destino: Cabinda. Partía junto a otros combatientes hacia Angola, para el continente africano donde el Che Guevara había dejado su huella.

Ese día, los 70 hombres que viajaban, vestían de traje, tan parecidos unos con otros, que cualquiera podía confundirlos. Todo era tensión. Luego de algunas semanas de preparación, tuvieron que hacer extrañas y rápidas despedidas con los familiares y amigos.

Héctor dio unos consejos a los niños, los de siempre, “pórtense bien, ayuden a su mamá, saquen buenas notas…” Antes de salir, tuvo un pequeño aparte con su madre, conversaron como si fueran dos viejos amigos, ella sospechando que él pronto partiría. La “vieja”, como muchas veces le decía con cariño a Ana Rosa, estuvo parada en la acera hasta que se alejó. Ninguno sabía que esa era la despedida. Sería esa la última imagen que tendría Héctor de ella. Meses más tarde, en difíciles circunstancias recordaría aquel instante y se arrepentiría de no haberle dicho más cuánto la quería y necesitaba.

Héctor Felipe fue uno de los instructores militares de aquel grupo, al cual la Revolución le dio el privilegio de adiestrar para defender al pueblo hermano víctima de más de cuatro siglos de coloniaje brutal. A la altura de los años, recuerda aquellos momentos inolvidables. Los jóvenes angolanos que preparó como comunicadores quedaron en su corazón como si fueran hijos.

“Poco a poco fuimos armando mi pelotón. Se incorporó un grupo mixto proveniente de Cabinda propiamente y de Malange, con varios muchachos, en número de cuatro. De esa forma, comenzamos a darles la instrucción requerida. Entre ellos los había de 20 años y quien tenía solo 14, como era el caso de Andrade Massanga, quien en ocasiones me dejaba loco con las disquisiciones políticas de las cuales hacía gala en su conversación. Lo mismo pasaba con el resto del grupo, con ligeras excepciones de mutismo en esa dirección.

“Empleamos un programa que tenía la finalidad de hacerlos, en la primera etapa, radiotelefonistas linieros, aunque variamos los temas priorizando la instrucción individual del soldado, o sea, infantería, tiro e ingeniería de combate, introduciendo el manejo de los equipos de radiocomunicaciones R105M, de los cuales disponíamos”, precisó.

A menudo recordaba las palabras pronunciadas por el Comandante en Jefe Fidel Castro, en el teatro de la Fortaleza de la Cabaña, el 12 de septiembre de 1975, a un grupo de instructores:

“La misión de ustedes es crearles, ayudarles a desarrollar una nueva cultura, una nueva actitud, una preparación militar, una capacidad de reaccionar y de actuar frente a las distintas tareas militares que se presenten. No se olviden de esto nunca, de las relaciones de ustedes con los hombres que ustedes van a tratar. Si en algún momento algún compañero angolano observa en ustedes una actitud de arrogancia, de superioridad, eso tendría efectos muy malos, muy negativos. Que nunca experimenten ellos la sensación de que ustedes se sienten superiores a ellos, que nunca tengan la impresión de que son subestimados, menospreciados por ustedes; desde el punto psicológico esa es una cuestión clave”.

No había sido maestro como tal, pero Héctor Felipe siguió esos consejos de Fidel. “Los puse en práctica y creo que me dieron resultado. Los caractericé, socializamos ideas, también aprendimos de su cultura, sus costumbres. De pronto yo no era solo el padre de Aymee y Héctor, ellos me empezaron a ver como su padre. Me llegaron a tratar así”, afirmó. Hoy se acuerda de todos sus nombres, apoyado, además, en el libro donde recogía el plan de clases y resultados de las evaluaciones de los alumnos.

Durante la misión en Angola. (CORTESÍA DEL ENTREVISTADO)

Durante la misión en Angola. (CORTESÍA DEL ENTREVISTADO)

“A escondidas me decían Listo, eso lo supe después, porque siempre llamaba a la disciplina, ¡Pelotón listo!, y eso dio sus resultados. Logré un pelotón donde prevalecía la disciplina bajo cualquier circunstancia.

“Dentro del grupo los más destacados, serían: Tomás Tchitchi Bemba, quien tenía quinto año, casi era bachiller; José Pedro Benge, con sexto año; Antonio Arturo Zinga y José Miguel Goma, con cuarto. En el Liceo se daba desde primer a sexto año. Los demás compañeros estaban de segundo año para abajo. En la primera jefatura que formé del pelotón, Tchitchi Bemba ocupó el cargo de jefe de comunicaciones, Antonio Arturo y Pedro Benge estaban al frente de las dos escuadras de radio y Joan Joaquín Mondo, como jefe de la de teléfonos.

“Tchitchi provenía de una familia emprendedora y con algún desarrollo, de Cabinda. Conocía casi toda Angola, pues había viajado mucho con sus padres y su nivel escolar era superior. Había vencido el Liceo -preuniversitario en nuestro sistema- además de ser muy revolucionario y consciente. Siempre vi en él un cuadro.

“José Miguel era muy inteligente. Se interesaba constantemente por conocer cómo los cubanos nos habíamos librado del colonialismo español. Asimismo, quería saber sobre José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez y otras figuras insignes. Todos esos nombres resultaban comunes en las conversaciones. Tenía siempre que explicarles cómo, a pesar de ser de cuna acomodada, Fidel y Raúl fueron revolucionarios, desde su más temprana juventud.

“Prácticamente, eran verdaderas clases de política las que se establecían casi todas las noches, a la luz de las balas de proyectiles de cañón, preparados y devenidos mechones con petróleo, luz brillante o lo que se consiguiese, supliendo la falta de electricidad, en el campamento de Belice y su villa.

“Otro tema eran los comentarios que hacía con ellos respecto a la correspondencia que recibía, amén de las fotos que en ocasiones aparecían. En una oportunidad, recibí fotos de mis hijos, Héctor José y Aymee, en carta de mi esposa. Se las enseñé a algunos, Miguelito, (Julio Andrés Miguel) vio la de Aymee, que contaba solamente con nueve años y medio, y le provocó un amor a primera vista.

“Al poco rato, ya me estaba diciendo que en cuanto viniera a Cuba a estudiar me pediría la mano de mi hija en matrimonio. Sin tomarlo en serio, le dije la edad de mi niña, y cuando creí que lo tenía convencido, pues me oía con mucha atención, me contestó: ‘Camarada instructor, esa rapariga (muchachita) ya presta’.

“No perdía oportunidad para recordármelo, con seriedad y respeto. Él era de Malange y, según averigüé, al comentar con los otros la actitud de Miguelito, allí se pide la mano de las muchachas, desde que son niñas, no importa la edad.

“Capítulo aparte era Andrade Massanga, también de Malange, quien había terminado el segundo año de Liceo. Tenía 15 años, alto, corpulento y comilón. Lo más sorprendente de este muchachón -en aquel entonces, con aquella edad, tenía seis pies o más de estatura- era la politización sobre la necesidad de la lucha y de la unión en Angola.

“En una ocasión, uno de ellos, Joan Joaquín Mondo, quien era de Malange, decía que en cuanto pudiera se iba de allí, pues él no era de Cabinda. Con la rapidez de un rayo, Andrade le espetó: ‘Yo soy de Malange igual que tú, hace rato que no veo a mi familia, pero Angola es Angola, desde Cabinda a Cunene, no solo Malange’.

“Como secretario del núcleo del Partido, y parte de la jefatura, teníamos las informaciones de las concentraciones enemigas en determinados puntos fronterizos con la provincia de Cabinda, así como la existencia de fuerzas mercenarias y del Frente de Liberación del Enclave de Cabinda (FLEC). Esto nos hacía trabajar mucho y dormir poco, en pos de una rápida preparación de los muchachos, fundamentalmente, en las funciones que iban a realizar: operadores de radio. A finales de octubre ya teníamos una ínfima cantera de ‘comunicadorcitos’ para darles misiones si fuera necesario y poder, de manera descentralizada, garantizar enlaces con las pequeñas unidades.

Solos

Pronto el pelotón de comunicaciones del segundo batallón de intervención de las FAPLA mejoró su preparación, su cohesión y capacidad de poder maniobrar dentro de su especialidad y cumplir misiones solo.

Ese día llegó. En una operación contra una base del FLEC, una fuerza de comunicaciones dirigida por el jefe de escuadra José Miguel Goma, fue destacada hacia el área donde se iban a realizar las acciones combativas.

“Era finales de mayo o principios de junio de 1976. Llegó el primer comandante Joaquín Quintas Solá en un helicóptero para revisar la preparación del personal antes de emprender el camino hacia el área prevista. Me preguntó cómo estaban los muchachos y los equipos, le dije que bien. Todo estaba previsto y cuando observó que yo tenía todo el equipo de combate arriba, me dijo: ‘¿A dónde piensas ir?’. Le respondí que con los muchachos. Expresó que no: ‘ya tú les diste la tarea’. No obstante, agregué: ‘jefe, nunca he dejado de salir con ellos’, y me contestó: ‘¡Es una orden! Ellos van a resolver el problema solos, creo que tú los hayas preparado bien’. Tuve que acatar la orden.

“En ocasiones pensaba que hubiera querido tener más conocimientos para dárselos todos. De esa forma y en la rutina de las operaciones contra el FLEC nos fuimos adentrando en aquel año 76 con visitas de jefes, tanto cubanos como angolanos, de vez en cuando, y ya, cuando no teníamos operaciones de guerrilla, el tiempo se hacía insoportable en aquel mar extenso, verde y peligroso”.

Hubo momentos que marcaron el alma. “Fueron cosas que nos golpearon intensamente: la pérdida de vidas de compañeros o heridas graves de otros, con peligro para sus vidas, noticias que cuando menos lo esperaban, llegaban por diversas vías por donde estábamos. Entre esos casos estuvo lo que ocurrió a Carlos Suárez, jefe de nuestra especialidad en la provincia. Era un compañero exigente, habíamos hablado con él y nos había dicho por el equipo de radio que tuviéramos la precaución de andar con no menos de 500 tiros arriba, previendo; pues había caído en una emboscada y a duras penas habían salido a tiro limpio.

Después, al otro día, supimos que se cayó de una barcaza cruzando el río Chiluango, y casi se ahoga. Al tercer día consecutivo, en un reconocimiento de dos vehículos, en la zona de Masabi, él se cambió del jeep que tenía la antena, para otro que no la poseía. Entonces, el de la antena demoró en arrancar y el otro, tomó la delantera. No anduvo ni 50 metros, cayó en una mina descomunal; ahí iban el comandante Ciro Berrios, el médico capitán Idilio Rodríguez, el capitán Carlos Suárez y el chofer que no recuerdo su nombre. Los restos de Carlos fueron encontrados muy distantes del lugar del hecho.

“Después nos tocó la infausta noticia de la caída en una mina de la BTR del comandante Ramón Espinosa, donde además de resultar herido gravemente él y otros compañeros, perdió su preciosa vida el comandante Árides Estévez.

“Luego de estabilizado el pelotón, con autonomía de pequeña unidad de aseguramiento, a solicitud de la FAPLA fui mandando para ofrecer cursos a algunos compañeros. Ese fue el caso de Tomás Tchitchibemba y José Miguel Goma; ya Pedro Benge había sido desmovilizado para irse a formar en la universidad un tiempo atrás”.

El 24 de agosto Héctor Felipe partió de Angola. “Llegamos a La Habana aproximadamente, el mismo día, sobre las siete de la noche. Nos internaron tres días en la Cabaña, para chequeo médico. Nadie sabía que estaba de regreso”.

Al salir, tuvo un solo fin. “Frente al hospital de Emergencias, divisé a una taxista y le saqué la mano. Felizmente paró, pero me dijo que había terminado su trabajo. Insistí, y cuando le comenté de dónde venía y hacia dónde quería ir no puso más reparos. Me ayudó a subir la maleta y me expresó: ‘A su servicio, para donde haga falta’.

“Éramos los primeros en regresar de Angola y eso, entre los cubanos, impresionaba. Mucho más fue cuando le conté que mi madre había muerto, mientras yo cumplía misión. Sin mediar más palabras, encaminó rumbo a Zapata. Yo no sabía con exactitud dónde se encontraba la tumba en el cementerio de Colón, sólo tenía alguna referencia y entre los dos la localizamos. Me quedé frente a aquel sitio frío, donde descansaban los restos de mi querida madre.

“La taxista, ni siquiera conocía su nombre, fue a comprar flores, cogió un jarrón de una tumba cercana y le echó agua. Era blanca, trigueña, de unos treinta y tantos años, y me acuerdo que cuando yo estaba sumido en mis sollozos, cual si fuera una hermana o una hija, me pasó el brazo por los hombros y creo que también se secó las mejillas. Ese gesto aún lo recuerdo, y me acuerdo muy bien de la taxista, de su rostro triste, sin saber su nombre ni ella el mío, pero a mí lado, como una hermana. Eso solo podía pasar entre cubanos”.

 

 

 


María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León