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Publicado el 2 Enero, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1896: Adiós, Pacificador

Ante los éxitos de la Invasión a Occidente, la corona española sustituye a su capitán general en la mayor de las Antillas
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Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Hasta el último día de su mandato Arsenio Martínez Campos se negó, por sus principios morales, a aplicar una política de genocidio. (Foto: LIBRARY OF CONGRESS)

Hasta el último día de su mandato Arsenio Martínez Campos se negó, por sus principios morales, a aplicar una política de genocidio. (Foto: LIBRARY OF CONGRESS)

Después de la victoria mambisa en el combate de Mal Tiempo, la oligarquía azucarera en la Isla y los círculos de poder de la península comenzaron a perder la fe en Arsenio Martínez Campos. El militar segoviano había ganado merecida fama gracias a sus dotes en la verbosidad y la retórica, aparte de su talento como militar, poniendo fin a la guerra civil en España al neutralizar a los carlistas e instaurar a los Borbones; y posteriormente, al dividir el campo mambí, logrando un gran triunfo político con el Pacto del Zanjón (1878). Pero 17 años después, al intentar repetir la fórmula, chocó con la incredulidad de los cubanos, quienes ya no confiaban en el Madrid siempre incumplidor.

Tal parecía que el Pacificador, sobrenombre con el que era también conocido por su accionar de antaño, estaba totalmente desorientado debido a la estrategia adoptada por Gómez y Maceo al incursionar en Las Villas. Tras traer efectivos del este insular, agrupó una tropa formidable en la localidad matancera de Coliseo. Pero sus columnas, mayoritariamente de infantería y con escasa caballería, muy lenta, además, combatían por separado, incapaces de detener a los jinetes insurrectos que, con una velocidad increíble, los arrollaban antes de que pudieran recibir apoyo de unidades cercanas

El propio Martínez Campos confesaba entonces al ministro de Guerra hispano Marcelo Azcárraga. “Hay quien cree que debemos montar la fuerza. Si yo tuviera buenos jinetes, con otra arma que el sable y que la supieran manejar bien, tal vez acudiría a este medio, pero ellos en su combate que les es desfavorable se abren y nosotros no podemos hacer esto”.

No era lo único que preocupaba al segoviano: “Por regla general, nosotros no sabemos dónde están [los mambises] porque las partidas pequeñas de exploradores procuran despistar diciendo [a los campesinos] que el grueso está cerca y cortan los telégrafos y queman las alcantarillas, desviando los raíles […] Gómez tiene dicho que ‘nosotros tenemos el telégrafo humano y las noticias espontáneas que es (sic) mejor que el telégrafo de los españoles’”.

En horas del mediodía del 23 de diciembre de 1895 el contingente invasor entró en Coliseo (a unos 37 km de la ciudad de Matanzas) y arrasó con la pequeña guarnición allí acantonada. Un campesino avisó a Gómez de la proximidad de una fuerza formidable al mando de Martínez Campos y el Generalísimo alertó a Maceo para que abandonara la localidad y ocupara posiciones más ventajosas.

Después de una temeraria carga al machete encabezada por el dominicano y el santiaguero, el primero movió a la retaguardia por el camino real para resguardarla, acción mal entendida por el Pacificador quien, al intuir un movimiento envolvente, ordenó un repliegue. Los insurrectos, ya anocheciendo, marcharon hacia Sumidero (a unos seis km de Coliseo) y acamparon.

Para su desgracia, el militar español tenía que combatir en varios frentes, uno netamente político, en La Habana, contra los integristas (nacionalistas españoles intransigentes) que le criticaban su llamada “política de clemencia” (intento de apaciguar a los mambises para que pactaran una paz sin independencia como en 1878). De regreso a la capital de la Isla el 25 de diciembre, los Voluntarios (paramilitares al servicio de la Colonia) lo recibieron con vivas a Weyler.

Ya para entonces Gómez y Maceo enrumbaban su tropa hacia Cienfuegos, adonde llegaron el 27 de diciembre, tras una breve estancia en las inmediaciones de la Ciénaga de Zapata para dejar heridos en un hospital de campaña. El alto mando español malinterpretó este movimiento, luego denominado por los historiadores la Contramarcha Estratégica. Martínez Campos trasladó tropas de los límites de Matanzas con la actual provincia de Mayabeque hacia el centro de la Isla. Entretanto, el contingente mambí se dirigió en forma rápida hacia el oeste y sus zapadores inutilizaron la vía férrea para impedir el retorno de los efectivos españoles que ya hollaban suelo cienfueguero.

El 1° de enero de 1896 los insurrectos ya pisaban tierra mayabequense y la tea incendiaria se cebaba en los cañaverales próximos a la capital, lo que inundó de pavor a los integristas. La prensa madrileña la emprendió contra el Pacificador y este supo que sus días como capitán general estaban contados. Hasta el último día de su mandato se negó, por sus principios ético-morales, a aplicar la limpieza étnica que los ultrarreaccionarios de la Corte borbónica le exigían.

Valeriano Weyler intentó a sangre y fuego la pacificación de Cuba. (Autor no identificado)

Con Valeriano Weyler, Madrid podía adoptar el genocidio como política de Estado. (Foto: Autor no identificado)

El Gobierno de Cánovas del Castillo, en la península, tuvo sus manos libres para sustituirlo por Valeriano Weyler, un militar mallorquín con inmerecida fama de liberal, pues ostentaba una ideología similar al partido Vox de la España actual, y una amplia hoja de servicios como cruel represor en la propia Cuba, en el 68, Filipinas, Catalunya y Euskadi. Con él, Madrid podía adoptar el genocidio como política de Estado.

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Fuentes consultadas

Cuba, la forja de una nación, de Rolando Rodríguez; Mayor General Máximo Gómez, sus campañas militares, del Centro de Estudios Militares de las FAR; y el Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba.

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