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Publicado el 26 Febrero, 2021 por Liset García Rodríguez en Historia
 
 

Nadie sabía qué bala te podía tocar

Entre el secreto y la osadía transcurrió la vida de no pocos héroes, todavía hoy desconocidos que, infiltrados dentro del enemigo, defendieron la soberanía de Cuba
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Desde que Romelio se llevó en su yegüita a Ubaldina, compartieron una vida de sacrificios, pero en la po-breza del hogar no faltó el deseo de luchar por los demás. (Foto: Cortesía de la familia)

Desde que Romelio se llevó en su yegüita a Ubaldina, compartieron una vida de sacrificios, pero en la po-breza del hogar no faltó el deseo de luchar por los demás. (Foto: Cortesía de la familia)

Por LISET GARCÍA

“Cómo nos íbamos a imaginar que aquel hombre bajito y menudo, casi analfabeto, que trabajaba de sol a sol cortando caña, era un héroe”. Nereida Rojas Bonachea habla así de su padre. Apenas logra contener la emoción de la voz y el brillo de sus ojos, al revelar la hazaña guardada durante 60 años, que todavía le resulta sorprendente, porque él nunca dijo ni una palabra.

A Romelio Rojas Montiel, el agente Camagüey, quien vivió tranquilo hasta los 97 años, no se le hizo nunca un homenaje público. No lo necesitaba. Sabía bien que en silencio tenía que ser. En medio de tanta balacera, ese era el único modo de proteger a su numerosa familia, entonces de ocho hijos -después fueron nueve, más 23 nietos, que de anciano lo rodearon de afecto.

Cuando murió el 21 de diciembre pasado, se llevó consigo una epopeya que pocos conocieron al dedillo. Su esposa, Ubaldina Bonachea -fallecida a los 83 años- fue la única testigo de su riesgosa misión, que permitió liquidar la banda de alzados de Arnoldo Martínez, uno de los más connotados asesinos que operaron bajo instrucciones de la CIA en el llamado frente norte de Las Villas.

Aún a sus 97 años, el agente Camagüey tenía perfecta lucidez. Aquí junto a su hija Nereida. (Foto Cortesía de la familia)

Aún a sus 97 años, el agente Camagüey tenía perfecta lucidez. Aquí junto a su hija Nereida. (Foto Cortesía de la familia)

Elementales razones de compartimentación obligaron a que ni compañeros de trabajo, ni vecinos, ni amigos… podían saber la peligrosa tarea que estaba cumpliendo el agente Camagüey.

Nereida, sus hermanos y el resto de los familiares conocieron hace muy poco esa historia, hecha pública en el sitio Razones de Cuba, tras la muerte de Romelio.

Incluso nunca supieron por qué la familia dejó de vivir aislada en medio del monte en un sitio conocido como Tasajera, en Villa Clara, y fue a vivir a una comunidad llamada La Carlota, creada en el municipio matancero de Jovellanos, con familias campesinas procedentes de la zona oriental del país.

Corría la década de 1970 y se conoció que familiares de uno de los bandidos capturados quería localizar a Romelio Rojas, lo cual obligó a su discreto traslado.

Pisándoles los talones

Luis Rodríguez Hernández, jefe del Buró de Lucha Contra Bandidos (LCB) en el frente norte de Las Villas, desgrana como si hubiera ocurrido ayer, cada detalle de aquellos acontecimientos.

Desde cómo reclutaron al humilde campesino Romelio, quien enseguida se mostró dispuesto a cooperar con el Departamento de Seguridad del Estado (DSE), hasta la información que suministró, a raíz del despliegue en la zona próxima a su casa de los contrarrevolucionarios al mando de Arnoldo Martínez Andrade, jefe del frente Yaguajay-Morón, integrante del bandidismo en el Escambray.

Relata que en un tiempo muy breve “ubicó en dos ocasiones a la banda completa, pero por distintas causas los bandidos lograron escapar, lo que resultaba muy peligroso para la seguridad del agente. Los bandidos demostraron que conocían muy bien el terreno y lograban evadir el cerco de las milicias”.

Gracias a su inteligencia, Camagüey logró que Arnoldo lo tuviera entre sus colaboradores más cercanos. Se había ganado su “amistad”. Tenía la virtud de la imaginación y la respuesta rápida, narra Luis Rodríguez, quien también cuenta que un día el bandido le comentó a Romelio su sospecha acerca de que había algún traidor entre sus colaboradores, pues cada vez que hacían una movida, los milicianos les pisaban los talones.

“También le reveló -recuerda- que él rompía los cercos con facilidad porque los milicianos por la noche tiraban muchos tiros, pero hacia arriba, por lo que luego de provocar el tiroteo durante la noche se escapaban corriendo”.

Tal información resultó útil, pues en lo adelante la orden del comandante Tomassevich, jefe de la LCB del Ejército Central, fue emplazar las ametralladoras a nivel de los “tobillos”.

Fue así que el 27 de septiembre de 1962, Camagüey informó que “Arnoldo había llegado con su banda a su casa donde pensaba pasar algunos días hasta que las cosas se tranquilizaran”. Tan precisa información permitió tomar todas las medidas organizativas y movilizar tropas suficientes.

El cerco se cerró dos días después. Durante las noches los alzados intentaron escapar varias veces, pero no lo lograron porque el volumen de fuego era mucho mayor del que ellos conocían.

“El 1ro de octubre, cayendo la tarde, los bandidos irrumpieron en zafarrancho de combate cerca de nuestro puesto de mando, y en un combate breve pero muy violento terminó la historia de Arnoldo Martínez y su pandilla de asesinos, duro golpe para la contrarrevolución”, describe Luis Rodríguez.

En medio de la balacera

El jefe del Buró de la LB en el frente norte de Las Villas, quien conoció bien y siempre mantuvo contacto con el agente Camagüey, dice categórico que ese hombre es uno de esos héroes anónimos de la Revolución cubana. En la soledad del monte y desarmado, enfrentó y venció a una banda de asesinos, con lo que no solo puso en riesgo su vida, sino las vidas de su esposa y sus pequeños hijos.

Nereida Rojas, enfermera jubilada, afirma que nunca imaginó que su padre fuera un héroe. (Foto: YASSET LLERENA)

Nereida Rojas, enfermera jubilada, afirma que nunca imaginó que su padre fuera un héroe. (Foto: YASSET LLERENA)

Ahora, tras darles a conocer a la familia detalles de esos peligrosos pasajes y las proezas del padre, de los que sin saberlo fueron protagonistas, Nereida ha comentado con sus hermanos la razón de las advertencias que él les hacía.

Rememora que “eran ocho hermanos, todos pequeños, y él nos tenía advertidos que no podíamos salir de la casa. Ese era un aviso que ninguno de nosotros se atrevía a violar, y si queríamos ir a algún sitio, aunque fuera al patio, había que decirlo. Un día, una de mis hermanas salió a buscar caña a un montecito cercano y demoró en regresar.

“Mi padre estaba furioso y no hacía más que decir: si le pasa algo a la muchachita, los voy a matar”, recuerda Nereida. “Nos miramos, con el miedo reflejado en los rostros. La tensión fue subiendo ante la tardanza de mi hermana; temíamos una fuerte reprimenda. Aquella frase: los voy a matar… nos hizo temblar.

“Tantos años después entendimos el sentido de sus palabras. No era a nosotros, mataría a esos asesinos si mi hermana hubiera caído en sus manos. Andaban cerca, incluso algunos estuvieron en el ranchito vara en tierra, a pocos metros de la casa.

“En medio de tanta balacera, que a veces oíamos de lejos y otras muy cerca, no se sabía qué bala nos podía tocar. Él lo sabía muy bien, por eso siempre nos protegió hasta de la verdad”.

La proeza contra los bandidos

Después de la derrota sufrida por la Brigada de Asalto 2506 en Playa Girón, en 1961, la CIA preparó bandas terroristas en el centro de Cuba. Un numeroso grupo de agentes entrenados en campamentos de Florida se infiltraron por la costa norte de esa región, con el objetivo de fomentar alzamientos armados para destruir la Revolución. A fin de detectar y frustrar a tiempo el accionar enemigo, los Órganos de la Seguridad del Estado, creados ese año, armaron una red con cerca de 300 campesinos que vivían y trabajaban en esas zonas.

Convertidos en agentes del G-2, contribuyeron a sanear las zonas de operación de esos bandidos, que llegaron a diseminarse por todas las provincias, donde sembraban pánico y muerte. Aquella lucha contra bandidos culminó en 1965 y su historia llena de héroes anónimos espera aún por develarse en su totalidad.

Durante la lucha contra bandidos se puso de manifiesto la heroicidad de muchos protagonistas. (Foto: Cortesía de Luis Rodríguez)

Durante la lucha contra bandidos se puso de manifiesto la heroicidad de muchos protagonistas. (Foto: Cortesía de Luis Rodríguez)

 

 

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