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Publicado el 15 Marzo, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

Baraguá, el eslabón imprescindible

La Protesta de Antonio Maceo, más que perseguir objetivos militares, fue una conmoción política e ideológica que salvó para el futuro el prestigio del 68 y convirtió la capitulación del Zanjón en simple tregua.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

En Cuba, advirtió Maceo en Baraguá, nunca podría haber paz sin independencia ni abolición de la esclavitud (Foto: autor no identificado)

En Cuba, advirtió Maceo en Baraguá, nunca podría haber paz sin independencia ni abolición de la esclavitud (Foto: autor no identificado)

Se citaron para el 15 de marzo de 1878, en Mangos de Baraguá, en la hoy provincia de Santiago de Cuba. “¿Cuál de ustedes es el señor Maceo?”, dijo el general español Arsenio Martínez Campos, con la señalada intención de evidenciar que no les reconocía la beligerancia ni los grados militares a los mambises. “Yo soy el general Maceo”, le rectificó el jefe insurrecto.

Ya desde su inicio, aquel encuentro presagiaba el enfrentamiento de dos fuerzas antagónicas: la del Estado español, representada por el rico entorchado del militar segoviano; la de la nación cubana, por la humilde chamarreta del mulato.

A Martínez Campos lo acompañaba la fama de su habilidad en la diplomacia y la retórica, con las que en España había puesto fin a una guerra civil de varias generaciones, al desarmar con su verbosidad a carlistas y facciosos.

A Martínez Campos le perseguía la fama de su habilidad en la diplomacia y la retórica, con las que en España había puesto fin a una guerra civil de varias generaciones al desarmar con su verbosidad a carlistas y facciosos. (Foto: autor no identificado)

A Martínez Campos le perseguía la fama de su habilidad en la diplomacia y la retórica, con las que en España había puesto fin a una guerra civil de varias generaciones al desarmar con su verbosidad a carlistas y facciosos. (Foto: autor no identificado)

Tales cualidades le habían sido muy útiles para lograr que los cubanos dejaran caer la espada en el Zanjón. Y le habían asegurado –andaba muy mal informado– que en Baraguá, encontraría simplemente a un “mulato que era arriero y hoy se cree general”.

En realidad, los Maceo nunca habían sido arrieros, sino pequeños propietarios de fincas. Tenían cierta instrucción, ya que excepto los padres todos sabían leer y escribir, y gustaban de la lectura de monografías y novelas históricas.

El general español creyó también que la única razón de la entrevista en Baraguá era la vanidad del cubano y se dispuso a halagarla. El jefe mambí lo atajó a tiempo e igualmente, en voz baja y con un gesto conminatorio, impidió la lectura de las bases del Pacto del Zanjón.

En Cuba, le advirtió a Martínez Campos, nunca podría haber paz sin independencia ni abolición de la esclavitud y en el Pacto nada de esto se contemplaba.

Maceo avizoró que solo una conmoción política e ideológica como la Protesta salvaría para el futuro el prestigio de la Revolución del 68 y convirtiera la capitulación del Zanjón en simple tregua. (Foto: autor no identificado)

Maceo avizoró que solo una conmoción política e ideológica como la Protesta salvaría para el futuro el prestigio de la Revolución del 68 y convirtiera la capitulación del Zanjón en simple tregua. (Foto: autor no identificado)

Maceo había avizorado que, después del Zanjón, si no se producía una conmoción que contrarrestara la capitulación, resultaría casi imposible en el futuro convocar a las más jóvenes generaciones para iniciar una nueva etapa de lucha.

Con la rendición había reinado el desaliento, se desvanecía toda la mística del 68, se hacía trizas las tradiciones patrióticas devenidas convicciones que constituían entonces, y aún hoy, el basamento ideológico de la nacionalidad cubana. Diez años de esfuerzos por forjar una nación se perdían en un instante de vacilación.

Quien piense que a Maceo solo le interesaba continuar la guerra tras el infame Pacto, subvalora al Titán. Eso era lo que menos le preocupaba. Su Protesta no perseguía objetivos militares, sino salvar para el futuro el prestigio de la Revolución del 68 y convertir la capitulación en simple tregua.

He ahí el verdadero significado de Baraguá.

Solo ante la intransigencia de Maceo, Martínez Campos comprendió su errónea apreciación. Su verbosidad se estrellaba contra los principios no negociables del cubano.

Con su Protesta, el Titán trastornaba de un golpe la Historia de Cuba. El Zanjón no había puesto fin a la guerra, sino a tan solo una de sus etapas. “¿No nos entendemos?”, indagó el español. “No nos entendemos”, replicó el santiaguero.

La noticia se propagó por el campamento cubano y un combatiente mambí comenzó a gritar: “El 23 se rompe el corojo”.  Maceo, dicen, sonrió. Sabía que el hilo conductor, trenzado por Céspedes en el ingenio Demajagua y que el Zanjón había tratado de quebrar, ya se había restañado. Poco importaba si los cubanos que quedaban sobre las armas podrían mantener en 1878 la beligerancia.

Más temprano que tarde, y de esto estaba totalmente seguro el general santiaguero, el pueblo cubano volvería con nuevos bríos a la manigua y el viejo sueño del Padre de la Patria, que los caballos mambises abrevaran en el Almendares, se cumpliría.

Y con la Invasión a Occidente, realizada 17 años después por él junto con el generalísimo Máximo Gómez, aquel sueño se volvió realidad.

 


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García