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Publicado el 13 Marzo, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

ENRIQUE COLLAZO TEJADA

Mambí de pensamiento y acción

Combatiente de las gestas independentistas del 68 y el 95, también se destacó en el terreno de las ideas y es autor de relevantes títulos de la historiografía nacional

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Enrique Collazo, el general mambí. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Enrique Collazo, el general mambí. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Amaba extraordinariamente a Cuba e hizo de la lucha por la independencia la causa principal de su existencia. Lamentablemente, a Enrique Collazo Tejada (Santiago de Cuba, 28 de mayo de 1848-La Habana, 13 de marzo de 1921) muchos compatriotas lo recuerdan, a pesar de sus indiscutibles servicios a la patria, por su desacuerdo con José Martí en los días en que este último desarrollaba su labor unificadora con vistas al inicio de la guerra necesaria contra el colonialismo español.

El motivo de la discordia fue el libro A pie y descalzo, del mambí villaclareño Ramón Roa, quien narraba sus vivencias de la Guerra del 68 en un tono tan derrotista que, lejos de fomentar sentimientos patrióticos en la más joven generación, como venía haciendo el Apóstol en sus discursos, sobre todo durante las conmemoraciones por el 10 de octubre, la desanimaba a incorporarse a la futura contienda emancipadora.

No es de extrañar que el Maestro criticara duramente ese texto en un pronunciamiento público conocido bajo el nombre de Con todos y para el bien de todos. Roa no respondió directamente a Martí, como antes había hecho ante una valoración desfavorable del periodista Enrique Trujillo. La réplica fue firmada por Collazo y otros dos veteranos del 68 -muy mal informados sobre la trayectoria revolucionaria del Apóstol y la labor patriótica que desplegaba entonces-, en un lenguaje que no disimulaba, al decir de Jorge Mañach, la característica “ironía literaria” del mambí villaclareño.

La contrarréplica de José Martí fue contundente. La emigración se levantó casi unánime en su defensa y un club revolucionario de Nueva York no dudó en denominarle “Apóstol de la causa”. Un grupo de veteranos residentes en Cayo Hueso, invocando la sagrada causa, convocó a Collazo al silencio. Y la polémica terminó. Contrariamente a lo que algunos supusieron, la autoridad y el prestigio de Martí crecieron. Y el 10 de abril de 1892 proclamó la constitución del Partido Revolucionario Cubano (PRC).

El conspirador

Collazo era ante todo un patriota. Y un cuarto de siglo después, en los días de su controversia con Martí, seguía creyendo en las mismas ideas que lo llevaron, en diciembre de 1868, a abandonar la Escuela de Artillería de Segovia (España) para marchar a Norteamérica y enrolarse en la expedición del vapor Perrit. Tras incorporarse a la manigua, peleó bajo las órdenes de destacados jefes como Thomas Jordan y Máximo Gómez. Terminó la guerra (1878) con el grado de comandante.

En 1892 su participación en la polémica no le impidió involucrarse con conspiradores independentistas. A través de ellos conoció la paciente tarea del Apóstol, quien iba sumando, uno a uno, a los mambises del 68, ya fueran veteranos de Baraguá o equivocados que habían aceptado el Zanjón. El encuentro personal entre ambos se produjo en noviembre de 1894. El mambí santiaguero partió de Cuba el 15 de ese mes. Hizo breves escalas en Tampa y Cayo Hueso y se fue a Filadelfía a entrevistarse con el Delegado del PRC. Miles de predisposiciones debieron tal vez pasar entonces por su cabeza.

Lejos de sus prevenciones, el diálogo entre ellos fluyó cordial. Años después confesaría: “Un abrazo leal de ambos fue la línea de conducta para lo porvenir”. Tras incorporárseles Mayía Rodríguez, suscribieron el Plan de Alzamiento, redactado por Martí. Collazo lo firmó como comisionado de los mambises de la Isla. Pero no fue hasta los aciagos días del fracaso de La Fernandina, que aquilató al Apóstol en toda su magnitud.

En uno de sus libros medulares, Cuba independiente, escribiría sobre las amargas jornadas en las cuales el gobierno de Estados Unidos confiscó los tres buques pertrechados para iniciar la guerra necesaria en Cuba: “Martí, con aquellas muestras de simpatía y respeto que de todos los presentes recibía, declaró que aun cuando todo se había perdido, aun cuando no había un real para continuar los trabajos revolucionarios, no era posible abandonar la empresa acometida con tanta decisión y entusiasmo”. No debe extrañarnos que en ese mismo volumen expresara la siguiente valoración: “Martí levantó de nuevo el pabellón; de un grupo de cubanos dispersos en la emigración creó un pueblo entusiasta, y dio vida a la nueva Revolución”.

El general mambí
Tras reunirse con Martí y Gómez en Montecristi (marzo de 1895) le ordenaron regresar a Norteamérica con la encomienda de llevar hombres y armas hacia el occidente cubano. AUTOR NO IDENTIFICADO)

Tras reunirse con Martí y Gómez en Montecristi (marzo de 1895) le ordenaron regresar a Norteamérica con la encomienda de llevar hombres y armas hacia el occidente cubano. AUTOR NO IDENTIFICADO)

En febrero de 1895 partió con el Maestro y Manuel Mantilla hacia Montecristi a encontrarse con Máximo Gómez. El Generalísimo le ordenó regresar a Norteamérica con la encomienda de llevar hombres y armas hacia el occidente cubano. Innumerables obstáculos y dificultades le impidieron cumplir la misión en corto plazo. Al fin pudo organizar la expedición del vapor Three Friends, que desembarcó con 54 expedicionarios por Varadero el 19 de marzo de1896. Luego cargó al machete bajo el mando de José Lacret y Juan Bruno Zayas. Trasladado a Oriente, lo nombraron jefe de la Brigada de las Tunas con el grado de general. A pesar de sus ocupaciones militares tuvo tiempo para fundar, junto con Federico Pérez Carbó, el periódico insurrecto Patria y Libertad. Luego, ya durante la primera ocupación yanqui, dirigió la publicación El cubano.

En la neocolonia, el presidente Estrada Palma lo cesanteó como jefe de la Armería, debido a las críticas que hizo a su gobierno. Para combatir la corriente anexionista que pretendía convertir a Cuba en protectorado estadounidense, integró la Junta Patriótica de La Habana. Por su relevante labor historiográfica, la Academia de la Historia lo aceptó como miembro. En los últimos años de su existencia ejerció el periodismo y dirigió el rotativo La nación.

El historiador
Como afirmara el académico Julio Le Riverend, su obra, fundamentada en hechos testimoniales, nos ayuda a pensar históricamente sobre nuestro pasado.

Como afirmara el académico Julio Le Riverend, su obra, fundamentada en hechos testimoniales, nos ayuda a pensar históricamente sobre nuestro pasado.

Al igual que en los campos de batalla, Collazo desempeñó un importante papel en el terreno de las ideas. Como acertadamente han señalado varios autores, se dio a la ardua tarea, mediante sus textos, de despertar conciencias, enaltecer los verdaderos héroes de la patria, desenmascarar enemigos, analizar los errores que condujeron a costosos reveses. Antes de estallar la contienda del 95 había publicado sus vivencias y criterios sobre el 68 en el volumen Desde Yara hasta el Zanjón. Tras el cese de la dominación española aparecieron otros tres títulos suyos imprescindibles: Cuba independiente, en plena ocupación yanqui (1900): Los americanos en Cuba (1905) y Cuba heroica (1912), cuya continuación, La guerra de Cuba, fue publicada póstumamente (1926).

No hay descripciones gratuitas en estos libros. Cada anécdota, diálogo, documento y testimonio que invoca, incluso los de otros combatientes, aparecen en función de la tesis que esgrime. En Cuba independiente, por ejemplo, no solo valora en toda su dimensión la labor de Martí en la preparación de la guerra necesaria, sin caer en la apología, a la vez argumenta inobjetablemente las diferencias en la composición de la dirigencia de la gesta iniciada el 24 de febrero con respecto a la comenzada por Céspedes en el ingenio Demajagua.

Uno de los primeros textos que analizó las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos desde una óptica auténticamente patriótica.

Uno de los primeros textos que analizó las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos desde una óptica auténticamente patriótica.

Un tema que no pudo abordar con profundidad en este libro le servirá de espina dorsal para el siguiente, su lógica continuación: Los americanos en Cuba. Obra de historia como denuncia, al decir del historiador cubano Julio Le Riverend, con su crítica pormenorizada y consistente de la dominación extranjera coadyuvó desde inicios del siglo XX a la formación de una conciencia antimperialista en nuestro pueblo.

Todo lo anterior a este volumen, apuntaba Le Riverend, “eran observaciones copiosas, fértiles, pero no formaban, ni lo pretendían, un conjunto de elementos articulados entre los hechos históricos y el pensamiento antimperialista”. Por el contrario, Los americanos… constituye una réplica contundente al anexionismo que comenzaba entonces a aflorar en la Isla. A los partidarios de esta tendencia ideológica, Collazo los fustiga: “lo sacrifican todo ante la seguridad de vivir tranquilos, aunque esclavos de un pueblo absorbente y codicioso”, al cual “no hay barrera que lo detenga, ni derecho que valga ser respetado, ni compromiso sagrado que deba ser cumplido, si esto se opone a sus intereses”.

En cada uno de los ocho capítulos de su libro, con sólidos e irrebatibles argumentos, se evidencia que nunca las distintas administraciones de aquella nación habían apoyado los esfuerzos del pueblo cubano por alcanzar la libertad. El vecino norteño, afirma, “siempre ha sido enemigo de la independencia cubana, su política ha sido siempre hostil a los cubanos y es más, en los momentos precisos en que su indiferencia solo hubiera sido necesaria para desarrollar en Cuba el espíritu de independencia, fue agente poderoso que mató esos intentos en provecho del Gobierno español”.

No escapa a su escalpelo crítico la rastrera actitud, ante Estados Unidos, de Tomás Estrada Palma y la Delegación Cubana en Norteamérica, los cuales no desconocían las maniobras del presidente McKinley ante el Congreso para impedir cualquier resolución sobre el reconocimiento de la independencia de la Isla y, en cambio, adoptar la de intervención, como sucedió.

Tampoco exonera de culpas a la miopía política del alto mando político mambí en la manigua. Y concluye amargamente: “Por desgracia para la Revolución, tanto el gobierno de la República [de Cuba en Armas] como su representante en el extranjero [Estrada Palma] no pensaron en otra cosa sino en acatar servilmente el mandato del más fuerte […] Así lo demostraron los hechos entonces y los sucesos posteriores vinieron a confirmarlo, haciéndonos sufrir injustos y brutales desprecios primero, y pérdida de derechos y de territorios más tarde”.

A un siglo de su desaparición física, las palabras con que el general Collazo comienza Los americanos en Cuba conservan una impactante actualidad: “El pueblo débil que confía la defensa de su libertad y su derecho a un pueblo vecino, poderoso y fuerte, merece ser esclavo y lo será. Aprendamos en la historia de nuestro pasado a desconfiar de nuestros humanitarios protectores, buscando en la paz a desarrollar nuestra riqueza, para poder hacernos fuertes, si es que queremos conservar la independencia absoluta y la libertad por la cual hemos luchado”.

Fuentes consultadas

Los libros Cuba independiente y Los americanos en Cuba, de Enrique Collazo; José Martí, con el remo a proa, de Luis Toledo Sande; Antología crítica de la historiografía cubana, de Carmen Almodóvar;  Historia de la Literatura Cubana, de José A. Portuondo, Cira Romero y otros; y el Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García