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Publicado el 17 Mayo, 2021 por Pedro Antonio García en Historia
 
 

CUBA 1946

El crimen fue en El Vínculo

El Gobierno de Grau San Martín nada hizo por encausar a los asesinos del pequeño agricultor Niceto Pérez

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Retrato de familia. Niceto adolescente, al fondo, al lado de su padre. (Foto: Blog CARACOL DE AGUA)

Retrato de familia. Niceto adolescente, al fondo, al lado de su padre. (Foto: Blog CARACOL DE AGUA)

Era un simple campesino que solo ambicionaba tener un pedazo de tierra, un cuartón a lo sumo, con el que poder alimentar a su familia y ganar un poco de dinero para satisfacer las necesidades básicas. Hijo de humildes emigrantes canarios (Agustín Pérez y Genara García), algunos autores ubican su nacimiento en San Antonio de los Baños, aunque el historiador Pablo Llabre lo consigna oriundo del municipio de Güira de Melena. Solo tenemos una certeza: desde su más tierna infancia tuvo dos compañeras inseparables en la miseria y la pobreza.

A los 12 años, Niceto marchó con su familia a recorrer Cuba en busca de mejores condiciones de vida. Mil kilómetros después, fueron a parar a Guantánamo, en el extremo oriental del país. Se asentaron en El Vínculo, uno de los tantos realengos que proliferaban en la zona.

De España heredamos algunas curiosidades geográficas y político-administrativas. Madrid concedía haciendas a sus súbditos en forma de círculos. Si los lectores dibujan en un papel tres circunferencias, verán que queda en medio un triángulo libre. Ese es el realengo, jurídicamente propiedad del Rey y, luego, del Estado cubano. Tierra virgen, sin dueño, se establecieron en ella, desde tiempos de la colonia, blancos pobres, primero; y después negros y mulatos emancipados. Ya en la república neocolonial a muchos de sus descendientes les otorgaron títulos de propiedad.

Retrato de familia. Niceto adolescente, al fondo, al lado de su padre. (Foto: Blog CARACOL DE AGUA)

Retrato de familia. Niceto adolescente, al fondo, al lado de su padre. (Foto: Blog CARACOL DE AGUA)

En los años 40 del siglo XX, El Vínculo se hallaba rodeado, lamentablemente, por tres latifundios pertenecientes a la compañía Ermita, S.A., a la Guantánamo Sugar Company y al terrateniente Lino Mancebo Rosell, figura vinculada a la cúpula del Partido Liberal, una fuerza política muy poderosa en la antigua provincia de Oriente.

El geófago quería agrandar su vasta hacienda a costa de los montunos. Y a la finquita de Niceto Pérez envió sus matones. La primera vez, sus esbirros profirieron amenazas al pequeño agricultor. “Para sacarme de mi tierra, hay que matarme”, este respondió. Luego, respaldados por la Guardia Rural, volvieron y destruyeron las siembras: “Díganle a Niceto que, si no se va, lo vamos a picotear como a sus viandas”. El 26 de abril de 1946, se presentó una acusación contra Lino Mancebo por sus reiteradas agresiones contra el campesino. Personajes influyentes lograron que no se le diera curso legal a la denuncia.

El 17 de mayo de 1946, Niceto se hallaba con sus hijos y un vecino desyerbando un platanal. Andaba desarmado. Rodeado de matones, uno de los Mancebo descargó un revólver calibre 38 contra su pecho. Murió en brazos de su esposa, Marina Trujillo.

Amparados por la maquinaria política del Partido Liberal, los Mancebo huyeron a La Habana; sus cómplices, en definitiva, nunca fueron encausados, a pesar de las protestas de las organizaciones campesinas, la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y los alumnos del Instituto de Guantánamo. El sepelio de Niceto devino manifestación de duelo popular y de repulsa contra el crimen. Cuando alguien preguntó indignado si los asesinos no pagarían su felonía, varias voces se oyeron: “Si las autoridades no actúan, tarde o temprano se hará justicia”.

En el lugar del crimen hoy se erige un monumento. (Foto: Portal del Centro de Patrimonio Nacional)

En el lugar del crimen hoy se erige un monumento. (Foto: Portal del Centro de Patrimonio Nacional)

El Gobierno del doctor Grau San Martín, tan democrático y justo como afirman ciertos historiadores actuales, desoyó el reclamo popular y permaneció inmutable, alegando subterfugios legales. Jueces y abogados infames apelaron a trucos y artimañas para que el homicidio continuara impune. En las paredes de los edificios de la capital se inscribieron anuncios: “Se ofrecen 100 pesos por la captura de Lino Mancebo, asesino de Niceto Pérez”. El terrateniente, dicen, declaró: “No me asustan los letreritos”.

Nueve meses después del asesinato, a la salida de la Lonja del Comercio, lo ajusticiaron con cinco certeras balas de pistolas calibre 45. Según mi padre, quien como reportero radial cubrió la noticia, “la impopularidad del geófago era tal que, pese a lo concurrido del lugar, nadie ‘pudo’ identificar a los autores”.

Niceto Pérez García nunca ha sido olvidado. En 1949, las organizaciones campesinas, con el apoyo de la FEU, instituyeron el 17 de mayo como Día del Campesino. Y esa fue la fecha escogida en 1959 por el Gobierno Revolucionario para promulgar la Primera Ley de Reforma Agraria. Dos años después (1961), en la conmemoración de su muerte, se constituyó oficialmente la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).

Al respecto, Fidel subrayaría que se había querido rendir homenaje “al valiente y honesto campesino y a todos los que han caído por las reivindicaciones del campesinado. [La ley] se firmó ese día simbólico como reparación definitiva de todos los abusos y de todas las injusticias […] Entre los muchos que tuvieron que sufrir de la injusticia, alguno habría de simbolizar la causa del campesinado. Esa fecha, sin embargo, dolorosa y triste, tuvo un día cumplida recompensa”.

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Fuentes consultadas: Testimonios ofrecidos al autor por los periodistas Enrique de la Osa y Pedro García Yanes. Los textos periodísticos “Un eslabón más”, de Enrique de la Osa (sección En Cuba, BOHEMIA, 1947); “El asesinato de Niceto Pérez, un crimen que no debe ser olvidado”, de Pablo Llabre (Apicalternativa, 2014); “17 de mayo. El crimen y la reivindicación”, de Pedro A. García (Granma, 2016); y “Mi tío Niceto”, de Arnoldo Fernández Verdecia (blog Caracol de agua, 2017).


Pedro Antonio García

 
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