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Publicado el 29 Mayo, 2021 por Redaccion Cultura e Historia en Historia
 
 

Un joven con madurez de veterano

Desde las tribunas obreras su verbo era crítico y muy valiente contra los opresores e imperialistas. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Por MARÍA CARIDAD PACHECO GONZÁLEZ*

Cuando se aborda la existencia de Lázaro Peña González, uno de los dirigentes sindicales más queridos y admirados por la clase obrera cubana, generalmente la etapa menos conocida es la de su niñez y juventud. Sin embargo, esta es clave para entender cabalmente los valores éticos y políticos que definen su ideología y practica revolucionaria a lo largo de su existencia.

Nacido el 29 de mayo de 1911, en la habanera barriada de Los Sitios, al quedar huérfano de padre a los 10 años de edad tuvo que renunciar a los estudios. En el transcurso de su vida se empleó como aprendiz de herrero, carpintero y albañil, ocasionalmente fue lector de tabaquería y aprendió el oficio de torcedor.

Pronto se convirtió en un descollante líder obrero. En 1929, a los 18 años, ingresó al Partido Comunista de Cuba. Dentro de la entonces clandestina organización política se opuso activamente a la tiranía de Gerardo Machado, por lo que sufrió persecuciones, cárcel y golpizas. Según testimonio del dirigente obrero Isidro Figueroa, en ocasión de celebrarse una actividad en la Sociedad de Torcedores a inicios de 1930, en la que Lázaro fue orador principal, Rubén Martínez Villena dijo –cautivado por su elocuencia– que a pesar de su juventud tenía toda la expresión de un veterano y agregó: “Esa es mi sorpresa, no esperaba la forma conceptual y profunda con que este compañero desarrolló su discurso y lo más importante, que no llevaba nada escrito”.

A los 21 años sufrió su primer encarcelamiento en el Castillo del Príncipe. En 1934, al celebrarse el II Congreso del Partido Comunista de Cuba, fue elegido miembro de su Comité Central. Tras asumir como Secretario General del Sindicato de Tabaqueros integró el Comité Ejecutivo de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC).

Lázaro Peña en su curul de representante, a su izquierda Juan Taquechel. Durante la neocolonia fue representante ante el parlamento cubano (al centro de la foto), en el cual propuso legislaciones a favor de los trabajadores. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Durante la neocolonia fue representante ante el parlamento cubano (al centro de la foto), en el cual propuso legislaciones a favor de los trabajadores. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

El fracaso de la huelga de marzo de 1935 lo llevó una vez más a la cárcel, pero ni con torturas lograron arrancarle una palabra que comprometiera a sus compañeros. Al salir de la prisión, el Partido le dio la misión de reconstruir el movimiento obrero, desmembrado y tenazmente perseguido, para lo cual devino forjador de un considerable grupo de jóvenes dirigentes sindicales, entre los que se encontraban Jesús Menéndez, Aracelio Iglesias, Miguel Fernández Roig y José María Pérez, en unión de quienes, en enero de 1939, fundó la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), de la que fue su Secretario General.

Estas experiencias lo hicieron gran impulsor de la promoción de jóvenes para cargos en organismos de base e intermedios, y a nivel superior, la creación de escuelas destinadas a su formación, así como el fomento de métodos y formas de organización inclusivos, desprovistos de mensajes encartonados, para incorporar de manera consciente a esos hombres y mujeres a los sindicatos.

Ya por entonces era un líder obrero querido y respetado. Sabía persuadir a los trabajadores, con un lenguaje que les era cercano. A ello había contribuido su carácter franco y jovial, su preocupación por la justicia e incesante espíritu de superación e instrucción autodidacta.

Coro de la CTC, fundado por el líder obrero, quien sentía una inclinación especial por el sector artístico. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Coro de la CTC, fundado por el líder obrero, quien sentía una inclinación especial por el sector artístico. (Foto: AUTOR NO IDENTIFICADO)

Como todo cubano era fanático al béisbol, al boxeo y a la música. El compositor Ignacio Piñeiro, los cantantes Miguelito Valdés y Rita Montaner, el pelotero Martín Dihigo gozaron de su amistad; y aunque poco se habla de ello, se sabe que, además de tener buen oído y gustarle el baile, celebraba en su casa descargas musicales con declamaciones de poemas. Según algunos de sus allegados, escribió varias letras de canciones, lamentablemente desconocidas debido a su proverbial humildad.

A la vez, desde las tribunas obreras, su verbo era crítico y muy valiente contra los opresores e imperialistas. Un ejemplo fue su denuncia, con nombre y apellidos, del asesino del líder azucarero Jesús Menéndez, en el mismo Manzanillo donde fue ultimado el mártir del proletariado. Siempre estuvo en el centro de los peligros y el combate, e hizo una gestión constructiva, de reclamo, en pro de innumerables legislaciones que favorecieran a los trabajadores, incluyendo a los del sector artístico y cultural, ámbito por el cual sentía una inclinación especial, tal vez por su frustrado sueño de ser violinista, y su gran sensibilidad humana.

Otra de sus ingentes preocupaciones fue la superación de las nuevas hornadas de trabajadores y el respeto de sus derechos, por lo que el 15 de enero de 1941, bajo su orientación, fue creada la Comisión Juvenil de la CTC, a la cual dio un especial apoyo, fundamentalmente en la campaña pro ley de defensa de la juventud trabajadora, la cual enfrentaba, entre otros problemas, la falta de educación profesional y los salarios bajos. Aunque fue presentada por los comunistas ante el Congreso de la república para su aprobación, nunca llegó a discutirse debido a la presión que ejercieron elementos reaccionarios de la Cámara y el Senado.

Atento siempre a los intereses y demandas de los jóvenes, brindó su respaldo a las iniciativas de la Comisión Juvenil en cuanto a crear la Sociedad de Conciertos y la Comisión Nacional de Cultura Física y Deportes. Lázaro Peña se comprometió a sufragar los gastos que originaba la asistencia a los conciertos en el teatro Auditorium (hoy Amadeo Roldán) por donde pasaron famosas luminarias del arte mundial, como la cantante Marian Anderson y Arturo Rubinstein, uno de los más notables pianistas del siglo XX.

La Comisión de Deportes, integrada, entre otros, por el campeón centroamericano de lanzamiento del martillo y profesor de educación física, Troadio Hernández, organizó festivales deportivos y un campeonato de pelota en el que intervinieron equipos formados por obreros de diferentes fábricas y sindicatos, e incluso, cuando Jesse Owens, el atleta más destacado de la Olimpiada de 1936, visitó La Habana, un grupo de la Comisión fue a darle la bienvenida al hotel Regina, donde el afamado campeón intercambió opiniones con los jóvenes cubanos.

La trayectoria posterior es más conocida. Se enfrentó a los gobiernos auténticos (1944-1952) cuando estos minaron la unidad del movimiento obrero. Durante la tiranía batistiana se le impidió regresar a Cuba luego de participar en el III Congreso de la Federación Sindical Mundial, celebrado en 1953 en Viena. Volvió a la Patria al producirse el triunfo revolucionario y se consagró con pasión y energía a la obra de la que había sido cimiento.

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Fuentes consultadas

El libro Lázaro Peña. Capitán de la clase obrera cubana, de Lucinda Miranda. Testimonios ofrecidos por Isidro Figueroa y Jaime Gravalosa al periódico Trabajadores (1981 y 1989 respectivamente). El texto periodístico Memorias de un fundador, de María Caridad Pacheco (Juventud Rebelde, 1989).

María Caridad Pacheco González, Centro de Estudios Martianos

 

*Doctora en Ciencias Históricas e investigadora titular del Centro de Estudios Martianos.


Redaccion Cultura e Historia